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[Saltillo]

Casa Alameda, 102 años de historia reducidos a cenizas

Casa Alameda soportó casi todo: el suicidio de su notable dueño, el abandono y la fama que le precedía como lugar de embrujado

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Casa Alameda, 102 años de historia reducidos a cenizas
Fotos: Zócalo | Ulises Juárez / Josué Cepeda / Homero Sánchez / John Ritchy / Saltillo del recuerdo
Saltillo, Coah.- Como “una desgracia de pérdidas irreparables” calificó el cronista de la ciudad, Armando Fuentes Aguirre “Catón”, el incendio que, con excepción de la fachada, consumió en su totalidad la Casa Alameda, un testigo histórico de la cultura, la política y la sociedad saltillense.

La casa de estilo arquitectónico art nouveau construida en 1917 por el ingeniero Francisco Salas sufrió un incendio presuntamente provocado por un cortocircuito, y aunque por fortuna no hubo víctimas humanas, todo en su interior fue reducido a cenizas.

“Es una tragedia, este tipo de casas fueron parte de una moda de las familias ricas que hicieron de la Alameda una zona residencial en Saltillo”, aseguró el historiador de arte Javier Villarreal Lozano.
Aunque todavía no hay un recuento económico de daños, culturalmente la comunidad saltillense mostró consternación y dolor por la pérdida del recinto, que desde hacía casi cuatro años había sido reactivado como centro cultural y gastronómico.



Faltando 10 minutos para terminar la primera hora del jueves, una llamada de emergencia alertó a los bomberos sobre la presencia de fuego en el primer cuadro de la ciudad. Desesperada, la voz al teléfono dictó a los elementos la dirección en llamas, calle Purcell 121.

En una madrugada común, una construcción excepcional sufrió su trágico destino de convertirse en nada.

La Casa Alameda soportó 102 años en pie, primero como una exuberante joya arquitectónica completamente fuera de lugar, y después como un testigo de la historia social, política y cultural de la ciudad.

En los viejos libros del Archivo Histórico está el registro de la casa, construida en el año 1917, cuando el país salía de la convulsión de violencia y crisis económica provocada por la Revolución.

El ingeniero Francisco Salas, dueño del predio, diseñó la casa con estilo afrancesado, que molestó a los revolucionarios por revivir los recuerdos del viejo régimen francófilo del general Díaz.

El orgulloso dueño no escatimó recursos de su hacienda personal para construir la mansión a todo lujo en el corazón de la ciudad: contrató a Domingo Villarreal para encargarse de la obra de acabados finos y fastuosos.



En el inventario final, la residencia se dio por inaugurada como un chalet de dos pisos, con sótano para el resguardo de cavas de vino, techos tipo mansarda, famosos por ser utilizados en el Palacio de Versalles, un par de bodegas en la parte trasera, un cuarto para servidumbre, un garaje y el estupendo jardín a la francesa. Un pedacito de París, en la esquina de la Alameda.

En el trote de la historia, la casa fue la primera en su estilo y a partir de su construcción, otras familias acaudaladas desearon mostrar su poder económico levantando mansiones de influencia extranjera.

De acuerdo con el historiador de arte Javier Villarreal Lozano, “la zona de la Alameda fue en ese momento el sector residencial de la ciudad donde construyeron sus casas las familias más ricas de Saltillo”.

Sin embargo, ningún otro miembro de la burguesía se atrevió a hacer lo que Francisco Salas hizo con su residencia, aconsejado por el señor Barraza, un decorador y pintor fino de mansiones que marcó de por vida a la casa pintándola de rojo.

“El color de la Casa Alameda es muy inglés, busca la elegancia y la distinción. Por eso marcó la postal de la ciudad para siempre, todos recordaremos su fachada roja con blanco”, comentó Villarreal Lozano.



En su interior, la residencia estaba forrada de madera: pisos y paredes con acabados exquisitos que sobrevivieron 102 años, algunos de ellos incluso en el total abandono.

Los techos tenían plafones art decó que enmarcaban la vista de impresionantes candiles, recuerdo añejo de la opulencia que hubo en esa zona de la ciudad. Las chimeneas de madera tallada, las escaleras de barandales hechos con maderas preciosas, la terraza blanca con postes blandos de patrón original.

Todo en pasado porque el fuego redujo a cenizas el terruño francés de la esquina de Purcell y Ramos la madrugada del jueves, cuando, decíamos, una llamada alertó a los bomberos sobre el incendio.

La madera que seca que por un siglo fue parte de la belleza de la mansión, esta madrugada trágica fue la peor enemiga de la casa, de los bomberos y de la sociedad de Saltillo, que vio el incendio consternada.

Entre la impotencia de no poder salvarla, los bomberos combatieron heroicamente las llamas, uno de ellos, en el esfuerzo por aminorar el monstruo rojo como la propia casa, se intoxicó a mitad de la refriega, en la cual utilizaron incluso agua del Lago República que está frente a la propiedad, en la Alameda Zaragoza.

El apagafuegos tosía fuerte en la banqueta, auxiliado por dos de sus compañeros; en la ambulancia, frente a la casa, los cinco jóvenes que lograron salir de la propiedad antes de que se propagaran las llamas sufrían crisis nerviosas y estados de shock por los hechos.

Los vecinos, los corredores nocturnos y decenas de curiosos se acercaron a la esquina de la casa para grabar en sus teléfonos celulares la tragedia, todavía sin dimensionar bien el golpe seco que sufrió la cultura saltillense ante tal pérdida.

Fue la primera tragedia de dimensiones históricas que transmitieron los saltillenses en vivo por Facebook e Instagram, boquiabiertos, sorprendidos, adoloridos también.

Así lo dijo el cronista de la ciudad, Armando Fuentes Aguirre, “la pérdida de la casa es una desgracia para Saltillo y para Coahuila; es una estampa que nunca vamos a olvidar, que se queda en la memoria de la ciudad”.



La fama le precede

No es la primera tragedia que sucede en esa casa, pues en 1947, el exgobernador Ignacio Cepeda Dávila se quitó la vida en el segundo piso de la residencia tras volver de la Ciudad de México.

En aquella visita a la capital, Cepeda se encontró con el presidente Miguel Alemán y discutieron duramente por diferencias políticas, el Gobernador no era parte del equipo del Presidente y terminaron a insultos.

La presión que tuvo el Mandatario local lo llevó a tomar la decisión de quitarse la vida, disparándose en la sien y terminando así un corto mandato de apenas dos años, el mismo tiempo que vivió en la casa tras comprársela a la familia Gil.

En aquella tragedia, el duelo fue político y la información reservada, la casa fue el único testigo de los hechos y se llevó aquella historia a la tumba de las cenizas.



En esta ocasión, el incendio es público y las consecuencias no son políticas ni de un solo hombre, sino que están marcadas con tinta indeleble: los techos mansarda colapsaron y es irreparables, según Protección Civil, las maderas finas se consumieron, los detalles, el decorado, todo.

Aunque los encargados de la casa anunciaron que la tragedia “no es un adiós, es un hasta pronto”, quizá reconstruyendo algo semejante, pero nunca igual ni en materiales ni historia.

Porque además de tragedias, la casa fue sede de instituciones que aportaron cultura a la ciudad, primero como hogar de la Escuela de Música de la Universidad Autónoma de Coahuila y luego como el complejo cultural en el que se convirtió hace casi cuatro años, cuando la rescataron del abandono.

Se quedará en el recuerdo “la casa roja”, Casa Alameda, la casa bonita, la casa de las leyendas, la casota de la esquina, la casa donde espantan, donde recientemente vendían comida, montaban obras de teatro, conciertos, recorridos temáticos y exposiciones de pintura, y donde hoy quedan solamente cenizas, algunas sillas tiradas, mesas rotas y tiznadas, y una fachada que pese a la voracidad del fuego se resistió a colapsar.

El relato de un gato que eligió su hogar

Era un domingo al final de la primavera cuando fueron a buscar comida a Casa Alameda. Las calles alrededor estaban cerradas al tráfico de coches con unos conos y unos trafitambos anaranjados.

Un oficial de tránsito en la esquina de Purcell y Ramos tomaba refresco mientras las familias caminaban a media calle, seguras de no ser atropelladas en su “dominguear” en la Alameda, un recorrido tradicional entre cientos, quizá miles de personas cada fin de semana.

Ellos andaban sobre la banqueta de Purcell, hambrientos, pues recién habían despertado. Ambos son jóvenes, habitan en la primera mitad de su segunda década.

Casa Alameda tiene casi cuatro años de haber sido abierta y aunque todavía tiene detalles estéticos, en su inmensidad no se notan. En la planta baja de la residencia los administradores instalaron un restaurante con mesas de terraza, muy a la francesa, igual que la casa.

El lugar era ideal para los enamorados: bonito, libre, romántico y poco a poco se convirtió en un destino gastronómico obligatorio del Centro Histórico.

Cuando llegaron al restaurante pidieron una hamburguesa y un panini, jugos y unas papas a la francesa, que pusieron al centro de la mesa. Era una hora muy vaga, recién había pasado el medio día del domingo, no había gente en la terraza.



Como estaba prohibido el paso de carros en torno a la casa, no había tampoco mucho ruido, la gente en la Alameda Zaragoza apenas se escuchaba como un murmullo y si acaso las estridentes risas infantiles rompían la magia de la mansión de techos altos y espacioso jardín.

¿Cuántos enamorados no han pasado por esa terraza?, ¿cuántas parejas se fotografiaron en las escaleras y los salones de la casa?, ¿cuántos besos se dieron ahí adentro?, ¿cuántas pedidas de matrimonio?, y ¿cuántos sueños no se apostaron para reconstruir la casa y mantenerla viva?

En lo que esperaban la comida en silencio, tomados de las manos, un gato gordo irrumpió en la terraza por el piso de azulejos negros y maltratados por los años. Era gordo, anaranjado y sus ojos color miel mezclados con verde olivo, la cola anillada y las orejas rosadas.

El felino se sentó en el piso, volteo a verlos como seguramente volteaba a ver a todas las visitas en esa casa donde habitaba. No se resistieron a su mirada y le tomaron una fotografía, le pasaron un pedazo de pan y lo cargaron para acariciarle la cabeza y la panza.

Eran varios los gatos que vivían en esta casa que durante la madrugada de este jueves fue consumida por las llamas, y testigos silenciosos y vivos de todos los recuerdos que junto a los techos y el interior de la casa se redujeron a cenizas.


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