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[Relatos y Leyendas]

Aún se ‘escuchan’ risas y juegos en el panteón de niños El Chaparrito

La verdad yo trato de programar mis corridas para pasar de día por la zona, cuenta un transeunte

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Aún se ‘escuchan’ risas y juegos en el panteón de niños El Chaparrito
Cabe mencionar que los niños muertos y sepultados ahí no tienen algún registro oficial | Foto: Especial
Baja California Sur.- A poco más de dos kilómetros al norte de la comunidad de Guerrero Negro, municipio de Mulegé, rumbo al llamado puerto del Chaparrito, se localiza casi abandonado un peculiar camposanto, cuya característica principal es que sólo se observan tumbas de niños menores que no rebasan los diez años de edad, según las polvorientas lápidas de algunos sepulcros.

Conductores de la empresa de transporte El Águila, única compañía foránea que recorre los más de dos mil kilómetros de la península de Baja California (desde Cabo San Lucas hasta Tijuana), afirman haber escuchado a lo lejos risas de niños jugando, cuando pasan a altas horas de la noche, por donde se encuentra el cementerio de niños.

“La verdad yo trato de programar mis corridas para pasar de día por la zona del Chaparrito, ya me tocó escuchar sus risas y hasta se me imaginó ver a unos niños jugando con la pelota”, expresó para el Excélsior un conductor de autobús, quien antes de salir a Tijuana nos dijo: “No ponga mi nombre porque los compañeros me darán carrilla; eso no me gusta contarlo, porque hasta se me enchina el cuerpo al acordarme”.

Sin embargo, habitantes septuagenarios de Guerrero Negro afirman, incluso juran haber visto, haber escuchado con frecuencia en altas horas de la noche y por las madrugadas a niños jugando pelota, cantando alegres o paseando en triciclos a las afueras del panteón: “Son los niños de Las Cruces, son los niños del Chaparrito, que quieren que nadie los olvide”, coincidieron algunas personas longevas de Guerrero Negro.



Semiperdido en el desierto, el llamado Panteón de Los Niños está rodeado de pequeños arbustos desérticos; no hay cercos, no hay bardas, las lápidas no tienen floreros ni capillas ni restos de veladoras y pese a que lucen en total abandono, la gran mayoría de las tumbas tiene al pie de la cruz un pequeño juguete, ya sea una pelota, un osito, un conejo de peluche, un carrito de madera, etcétera.

Juguetes que han llevado y puesto en las tumbas aquellas personas que atraídas por la leyenda, llegan a visitar, de día, dicho cementerio.

Tumbas que no pasan de 70, en su mayoría tienen cruces de madera a flor de tierra, quizá las más recientes de la década de los 30 de los 40 llegan a tener cruces de hierro, pero son las menos. Algunas aún conservan los datos del niño difunto, en otras, los vientos marinos se han encargado de borrarlos con el paso del tiempo.

La leyenda tiene dos versiones sobre el nacimiento de este Panteón de Los Niños.

Algunos jóvenes y adultos de la tercera edad dicen que la mortandad masiva de los niños “se debió a una rara enfermedad”; otros dicen que fue por una intoxicación que sufrieron los niños en alguna festividad de ese pueblo pesquero, fantasma, que nunca tuvo nombre, ni apellido, sólo se le conoce como la zona del Chaparrito.

¿Por qué el nombre del Chaparrito? Tampoco se sabe a ciencia cierta.

¿Rara enfermedad?

Ante el temor de que esta “rara enfermedad o intoxicación” pudiese contagiar a los demás habitantes, los estadunidenses, que exploraban en ese entonces los salitrales de Guerrero Negro, pidieron a los padres de familia que los niños fallecidos los enterraran lejos de la comunidad. Y así nació el Panteón de Los Niños.

Lo curioso del caso es que esta rara enfermedad sólo atacaba a algunos niños menores de diez años. Las muertes de infantes y entierros en el Panteón de Los Niños continuó por casi dos décadas.

Vecinos de Guerrero Negro aseguran que las tumbas son de los hijos de los primeros pobladores de la zona; mucho antes de que naciera la comunidad de Guerrero Negro, donde se encuentran los salitrales más importantes del mundo.

A inicios del siglo pasado decenas de familias inmigrantes, que en busca de fortuna caminaron en medio del desierto, en medio de la nada, llegando a la mitad del tortuoso camino entre La Paz y Ensenada; lugar que durante décadas sólo se podía llegar entre brechas o pendientes rocosas, a pie o a caballo.

Familias llegadas de Punta Prieta, Calmallí, Rosarito, El Arco, Santa Gertrudis y otros de Santa Águeda, Santa Rosalía, San Ignacio y más rancherías del entonces territorio sur de la Baja California Sur, de apellidos Arce, Macklis, Murillo, Gutiérrez, Espinoza, Romero, Arce, Tellechea, González, Rousseau, Sánchez, Duarte, Castillo.

La abundancia de caguama, langosta, abulón y tiburón, cuya carne y aleta salaban y secaban al sol para ofrecerla en pacas a los comerciantes que pasaban por El Arco, por el llamado Camino Nacional, generó en ese entonces la migración de familias que comenzaron asentarse en esos terrenos yermos y agrestes, durante las primeras cuatro décadas del milenio pasado inmediato.

Al duro aislamiento geográfico de la zona se le sumaban otras carencias, como sería la falta de doctores, la falta de medicinas, la falta de alimentos vegetales y la falta de agua, entre otras.

Esas privaciones, las críticas condiciones de vida, pudieron ser la causa de la alta mortandad de los infantes, quienes fueron los primeros pobladores de este camposanto, ubicado en una inhóspita y desértica región.

Se desconoce cuántas de las 70 tumbas de este peculiar cementerio son de los niños que no sobrevivieron en este pueblo pesquero fantasma. Asimismo, se desconoce cuántos eran hijos de los primeros obreros de la empresa Exportadora de Sal de Guerrero Negro, por los años 40.

Cabe mencionar que los niños muertos y sepultados ahí no tienen algún registro oficial; sus nombres no quedaron inscritos en alguna acta y en ningún libro, muchos se perdieron, incluso de la memoria de su parentela.


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