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hace 1 año
[Relatos Paralelos]

Dejé de flotar

Yo sólo quería flotar panza arriba y tocar con los dedos las piedras del fondo del río

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Dejé de flotar
Yo sólo quería flotar panza arriba y tocar con los dedos las piedras del fondo del río, ver cómo el sol se colaba por los árboles y escuchar mi propia respiración. En suma, tener 10 años y dejar que la corriente me llevara hasta donde las piedras, ya a poca profundidad, detuvieran la navegación río abajo.

Tuvieron que pasar 12 años y 374 kilómetros para volver al “Tigre”, un pedazo de río en Tamaulipas pegado a la Sierra Madre Oriental y a la carretera interejidal, un nudo de comunidades rurales en donde conviven en la misma dimensión el bien y el mal, sitios patrullados por los buenos y los malos, por turnos, y en donde conviven las dos caras de la criminalidad.

El sitio que hace una década se puso “bien feo”, al que nadie quería ir y en donde habitantes y visitantes cierran puertas apenas el sol se va y abre paso al miedo y la inseguridad. De día usted puede venir, no pasa nada, todo está tranquilo, “ellos” ahí andan, te ven que no eres de aquí, pero no te dicen nada, ellos nomás andan vigilando, no se meten con nadie.

Aquí tenemos de las dos vigilancias, dice la señora desde su portal, la misma a la que hace un par de días se le acabaron las gorditas y el pan de elote, todo el que iba a vender en un ratito, porque “aquellos” se pararon y le compraron todo de un jalón.

Por eso ya no tienen nada para vender, todo se le acabó.

Flotar de espaldas es fácil, alcanzar las piedras del fondo no tanto. Llovió las dos noches anteriores y el agua subió de nivel. Aun así, el sonido de la respiración es claro, constante; se escucha el murmullo acuoso del resto de las personas cuando caminan en el agua, moviendo las piedras del fondo.

Volver a ese sonido conocido es la única forma de relajar el cuerpo y el alma, una forma que ni los aceites y esencias, ni la aromaterapia o la más intrincada postura de yoga pueden lograr. Dejarse llevar por la corriente, con los oídos inundados y la boca esbozando una leve sonrisa para no tragar agua; abrir los ojos y ver cómo el verde sobre ti avanza despacio.

Se escuchan motores saliendo de la sierra, avanzando entre el cauce pedregoso del río, no son los primeros que pasan por ahí y volteamos a verlos, hacemos apuestas mentales de si lograrán pasar o no el reto todoterreno que la naturaleza les impone. Esta vez no son camionetas de caja ranchera cargadas con familias y hielera.

Son camionetas con hombres armados y con uniforme.

-Mira qué bien, ¿hasta acá viene la Fuerza Civil primo?

-¡Nombre!, son de los otros.


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