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hace 11 meses
[Relatos Paralelos]

Del bordo al camino sin retorno

Es la esquina de bulevar Pedro Figueroa y Eulalio Gutiérrez, el aire arrecia, el olor a cebolla asada impregna el ambiente

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Del bordo al  camino sin retorno
Ilustración: : Zócalo | Gairy Alvarado
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Saltillo, Coah.- Es la esquina de bulevar Pedro Figueroa y Eulalio Gutiérrez, el aire arrecia, el olor a cebolla asada impregna el ambiente, al igual que el hambre, la misma que siente la familia de “José”, sazonada con incertidumbre y cansancio.

“José” recorre Saltillo junto a su familia, van de paso. El punto de salida fue marcado en uno de los bordos –como se le conoce a los sectores de pobreza extrema– de San Pedro Sula. Dejaron atrás una vivienda construida con pedazos de lámina y desperdicios de madera, lo llamaban “hogar”.

Esperaba obtener alguna moneda al sortear entre vehículos. Dos pequeños, de 4 y 2 años son la preocupación principal de la pareja que conforma el hombre con “María Teresa”, a quien conoció tres años atrás. El mayor es fruto de una relación pasada, pero “José” lo cobija como propio.

“Para hoy sólo tenemos frijolitos y unas cuantas tortillas para almorzar, a la hora de la cena seguro no vamos a comer”, narró con un toque de tristeza en cada palabra.

Fueron cerca de 680 kilómetros a pie y de “aventón” desde San Pedro Sula a Ciudad Hidalgo, Chiapas. Cruzar a México significó dinero y terminar empapados en las aguas del río Suchiate. Una balsa improvisada, su transporte hacia una nueva travesía.

Las opciones en suelo chiapaneco eran pocas –al igual que en Saltillo o en alguna otra ciudad en su trajinar–, tratar de “domar” a la bestia o avanzar gastando suela sin cesar.

“María Teresa” lleva en brazos a la pequeña “Jocelyn” tratando de protegerla del viento. El temor de una enfermedad se magnifica, conseguir medicinas representa un lujo imposible de darse en este momento. Consigue dos y tres pesos de dos manos que apenas asoman de las ventanillas antes de que el verde del semáforo los aleje.

Compañeros de “José” le recomendaron tomar camino al noreste, sin tener una idea clara de qué esperar. Como guía a ciegas, marcó el sendero “a tientas”, la certeza se había perdido incluso antes de salir del bordo hondureño.

De manera súbita un automóvil detiene la marcha a un costado del camino. Una pareja desciende y se dirije al líder de esta familia migrante. Toma sus reservas pero accede a escucharlos.

El objetivo era brindarles algunas bolsas con ropa –en especial para niños–. La emoción se hizo palpable en el rostro de “José”, al fin tendría con qué abrigar a los pequeños, en especial para mitigar el intenso frío nocturno.

Su estancia en Saltillo acumula cinco días; dejaron la capital potosina con más tragos amargos que recuerdos por presumir, pero la idea firme de alcanzar la frontera, o al menos como afirma, no regresar a esa estructura de láminas y madera que suponen alguien más ya ocupó en San Pedro Sula. Están en un punto sin retorno.

La brevedad es la constante en sus vidas en este momento. Breve es su paso en cada ciudad, breve es el espacio para disfrutar a la familia, breve es el sueño al dormir entre tarimas o el suelo “en donde sea posible”.

Matamoros, pronuncia “José” con firmeza al comentar sobre su próxima parada, en espera de ahí cruzar a Estados Unidos. No conoce a Donald Trump, ni le interesa, pero sabe que la frontera ya representa un muro difícil de escalar, mas no infranqueable.

El único muro del que tiene conocimiento es el de la pobreza, por eso decidió recorrer junto con los suyos el camino agreste que marcan miles de centroamericanos por México, “porque atrás ya no hay nada, nada puede ser peor”, asegura antes de continuar con “William” de la mano, a su lado, esperando que unas monedas más puedan dar la cena.


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