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[Arte]

Descansa Adolfo Olmedo su pincel; fallece el pintor y periodista

Deja el docente un gran legado en las ramas a las que dedicó su vida

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Descansa Adolfo Olmedo su pincel; fallece el pintor y periodista
Foto: Zócalo | Archivo
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Saltillo, Coahuila-. | Christian García | Gustavo Ochoa El hombre es el arquitecto de su propio destino”, esta máxima guió a Adolfo Olmedo Muñoz, quien siempre vio la vida como un aprendizaje constante, ya que a sus 77 años seguía explorando todos los caminos que le interesaban: arte, derecho, periodismo y, por supuesto, la docencia; en los que dejó un largo legado que se acrecentó con el tiempo y finalizó ayer con su muerte.

Olmedo era autodidacta porque para él, “la mejor forma de aprender, porque el maestro más cercano a nosotros, somos nosotros mismos”, como explicó a Zócalo hace un mes con motivo de su última exposición: Topografía Figurativa, muestra en la que el cuerpo femenino representa el placer de la existencia.

Ya que el pintor fue, ante todo, un hombre que festejaba la vida: “Los humanos estamos sensibles ante el Eros, el arte-vida que, en este caso, está representado en la figura del cuerpo. Para mí lo bello es lo que genera vida, lo proactivo, lo evolutivo”, detalló.


Arte, primer amor

La historia de Olmedo Muñoz no puede entenderse sin la influencia de su padre: Adolfo Olmedo Luna, quien falleció en el avionazo de Cerro del Mesón, Veracruz en 1970, y le heredó la pasión por el periodismo, pero también la obligación por estudiar Derecho en la Universidad Autónoma de México (UNAM), alejándolo del arte, que Olmedo Muñoz definió como “su primer amor”.

“Desde muy niño me interesó el arte. Fue una vocación que ya traía desde mi infancia. Si bien fue desde muy joven no lo pude ejercer porque a mi padre no le complacía. Pero nunca lo suprimí, siempre me acompañó”.

Debieron pasar años para que pudiera dedicarse al ejercicio del pincel y la pintura, ya que antes se entregó al oficio del reportero debido al accidente en el que falleció su padre. Así, llegó al periódico Ovaciones y a partir de ahí siguió una serie de vacantes que lo trajeron a Saltillo en donde se afincó en 1982 como director del extinto El Sol del Norte, puesto que ocupó hasta 1984.

“Me forjé como reportero, de la misma manera que mi padre. Me arraigue aquí después de vivir en diferentes estados siendo director de diversos periódicos. Mi carrera duró 35 años ejerciendo el periodismo y actualmente escribo una columna. No la he dejado porque los amores de verdad no se pueden soltar. Mi primer amor fue el arte y segundo el periodismo”.

Al dejar el puesto al fin pudo dedicarse a su primer amor y estudió en la Escuela de Artes Plásticas Rubén Herrera en 1985.

Desde ese momento y hasta ahora se dedicó a la docencia en la Universidad Autónoma de Coahuila (UAdeC), y en la Universidad Autónoma del Noreste (UANE). Siendo esta última faceta en la que dejó mayor huella.


Recuerdos, letras y pintura

Así lo recuerda Arturo Recio, alumno de Olmedo de 1989 a 1993 en la UAdeC.

Lo define como “consciente de su clase, tanto a nivel pedagógico como de prestancia social. Elegante en el hablar, en el vestir y en el trato a los demás: un caballero. Preocupado por transmitir conocimiento, la docencia se le daba de un modo natural, sin jactancia. Escuchar sus recuerdos de anécdotas reporteriles era un verdadero deleite. Alternaba además su actividad como docente con el amor por la plástica, y de hecho tenía talento para ello. Es de esos maestros que le deja a uno más que buenos recuerdos”.

Pero, como se ha dicho, la figura del pintor abarcó décadas como ejemplifica Noé Silva, diseñador egresado de la UANE en 2013, y que tuvo a Olmedo como maestro de Dibujo e Ilustración.

“Lo recuerdo como una persona muy apasionada en su labor de enseñar, era estricto y era un pintor bastante talentoso que traba de impulsar la pasión a sus alumnos. Creo que fue un gran referente en la universidad para todos”, apuntó.

En cambio, Topografía Figurativa –que aún está en exhibición– puede entenderse como una despedida, ya que fueron las nietas de Olmedo quienes pidieron Erick Villaseñor, propietario del bar Oniria, que permitieran montar las obras del creador.

La experiencia es definida por Villaseñor como “trabajar con una persona súper sencilla, con muchísimo talento y con muchas ganas de que los chavos salieran adelante. No le gustaban las cosas oficiales, como las exposiciones. Es una persona súper sencilla y siempre vamos a recordarlo”.


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