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hace 10 meses
[Ruta Libre]

El Faro Rojo: Las tortilleras

Perdió la compostura y se convirtió en asesina

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El Faro Rojo: Las tortilleras
Foto: Especial
Por: Rosendo Zavala

Saltillo, Coah.-
Doña Lola se quitó el mandil, mientras empuñaba su cuchillo cebollero. Sin descaro, se abalanzó sobre su vecina del barrio, recetándole siete puñaladas, para después echarse a correr sin saber que el peso de la senectud le haría caer rendida ante la Policía.

Cegada por la furia que sentía, la anciana vociferó las mentadas de madre que poco hicieron mella en los uniformados, quienes la sometieron sin problemas, provocando el asombro de quienes hasta entonces la conocían como la mas dulce abuelita de Las Jacarandas.

UNA VIEJA RIVALIDAD

Dolores sentía el cansancio de la edad, lo cargaba sobre la espalda y caminaba lentamente hacia la tortillería donde usaba el nixtamal para comenzar los quehaceres del día. Esa era una tarea comunal que se le había encomendado desde la más tierna infancia.

Empujada por la rutina, que le mantenía cautiva desde siempre, la mujer de blanca cabellera se hacía a la idea de que aquella mañana sería como todas, pero ignoraba que el destino le tenía deparada la peor de las sorpresas.

Al otro extremo del barrio, Petra Pérez soportaba en sus manos las tinajas con maíz que llevaba al único molino del rumbo, sería ahí donde la tragedia enfrentaría a las ancianas, que lejos estaban de saber que el destino las haría encararse y revivir añejas asperezas.

Los ejidatarios de Las Jacarandas vivirían uno de los episodios más asombrosos en la historia del pueblo, porque las rijosas de la tercera edad se dieron con todo para finiquitar el odio que sentían, tras haberse disputado el amor de un hombre que ya ni existía.

Cobijada por el fresco amanecer del desierto coahuilense, “Lola” sacó del granero las bolsas con maíz que acababa de desgranar, la jornada apenas comenzaba, pero avistaba un día de complicaciones por la ardua tarea casera.

Para aprovechar el tiempo, la mujer salió encarrerada de la casona. Apretó el paso y enfiló su andar hasta el sitio donde ya la esperaba el molinero, que le fabricaría la masa para que hiciera sus tortillas para su familia.

Antes de salir de casa, la anciana sacó de la cocina un cuchillo y lo guardó entre sus humildes ropas. Sabía que podría encontrarse con la mujer que desde siempre le había hecho rabiar y que la había llevado a odiarla en una mutua rivalidad.

Justo a una cuadra del negocio a donde iba, doña Lola vio a lo lejos la silueta de su enemiga, la misma ejidataria con quien años antes se había dado el agarrón, que selló el rencor que estallaría y provocaría una desgracia.

RÍOS DE SANGRE

Sintió que la sangre le hervía. La octogenaria corrió al encuentro de su enemiga natural y dejando de lado las tinajas de maíz que cargaba, enfiló su carrera contra el anhelado objetivo, creyendo que su decrépita astucia la sacaría adelante.

Al darse cuenta de lo que pasaría, Petra detuvo su andar para con terror justificado echarse a correr, sabiendo que el encontronazo de ancianas podría terminar de la peor manera, como hacía muchos años.

Saturando el ambiente con su florido vocabulario, la potencial victimaria alertó a quienes hacían fila en el exterior de la tortillería, mientras una espesa nube de incertidumbre se postraba en el lugar.

De pronto, un grito ensordecedor aterrorizó a los testigos de la nefasta escena, que sorprendidos vieron cómo Dolores sacaba de su mandil la hoja con la que ultimó a Petra, que cayó sin vida en el charco de su propia sangre.

Impresionada por lo que acababa de hacer, la otrora dulce anciana arrojó el cuchillo al suelo para perderse entre las polvorosas calles del pueblo, atrás había quedado su intención de cumplirle a la familia con los quehaceres del día.

Para su triste suerte, policías municipales que patrullaban el ejido se percataron del ataque y la siguieron sin perderla de vista, alcanzándola instantes después para someterla y encararla frente al comisariado ejidal, que se encargo del caso.

Cansada de esconder su odio infinito hacia la rival de amores que había asesinado, Lola aceptó su delito mientras a unas cuadras yacía el cuerpo inerte de Petra, que pagó con sangre la osadía de haber postrado sus ojos en un hombre ajeno.

Desde entonces, el pueblo de Las Jacarandas ya no es el mismo. Sus pobladores construyeron la leyenda de aquellas abuelas que pelearon por amor, borrando con sangre la tranquilidad del poblado, que mediante la tragedia, salió del anonimato para convertirse en el célebre triste barrio de las tortilleras.


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