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[Arte]

‘El humor es la manera de sobrellevar la brutalidad’

Muestra Sara Sefchovich los cambios del mundo a su personaje Beatriz de Demasiado Amor

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‘El humor es la manera de sobrellevar la brutalidad’
Foto: Zócalo | Archivo
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Saltillo, Coah-. Si como dijo el escritor David Foster Wallace “toda historia de amor es una historia de fantasmas”, habría que preguntarse cuáles son los espíritus que perviven en los pliegues del recuerdo: el ser amado y también el ser que uno era cuando el primero lo amó. Los lugares que visitaron juntos y las heridas que se causaron. Un sinfín de sombras que viven en las esquinas del corazón y a las que, en ocasiones, hay que darles borrón y cuenta nueva como lo hizo Beatriz, personaje que la escritora Sara Sefchovich creó hace 30 años en su novela Demasiado Amor y quien regresó este año en Demasiado Odio (Editorial Océano, 2020).

La primera aparición de Beatriz es una novela luminosa llena de la alegría de vivir y el placer de la experiencia e incertidumbre de viajar por un país como México en el que la naturaleza lo cubre todo y el calor de su gente arropa. Un país que 25 años después –tiempo que pasa entre uno y otro libro–, se ha convertido en un violento y brutal caos, un lugar “que ya no es para ti” porque “México ya no es para nadie”, como dice Beatriz al inicio de su viaje, uno que recuerda al que Dante emprende al leer, también, una lapidaria frase en la puerta del infierno: “aquel que entre aquí, abandone toda esperanza”.

Beatriz se llama así, precisamente, porque recorrió el cielo y el infierno. Cuando ella comenzó a existir ese infierno no existía como tal. Sí había cosas feas, problemas... y siempre los hay porque el mundo es así, la vida es así, no podría ser de otra manera. Pero no era lo dominante, eso era una linda historia de amor, una linda sexualidad, un lindo viaje por el país; un amor con la hermana, una vida familiar, una vida con amigos y etcétera.

“Beatriz regresó a mí sin que yo la convocara, porque eso es lo último que hubiera querido; preferiría haberla dejado en aquel momento que siempre me pareció maravilloso y que ahora, visto a la distancia, me parece mucho más. Pero volvió y me dijo ‘hay que ver qué es lo que está pasando, enterarnos qué está sucediendo’, y yo me dejé llevar por ella, me decidí a seguirla después de mucho tiempo sin saber qué le había pasado”, apuntó Sefchovich a Zócalo en entrevista.

Relaciones mutantes

Ahí arranca un nuevo y vertiginoso viaje a través de un país destrozado que huele a pólvora y sangre, en el que la violencia es la norma para las generaciones que crecieron rodeadas de ella. A diferencia de Beatriz quien ha visto mejores años.

Ese encuentro, muchas veces choqueante, se da a través del intercambio generacional entre Beatriz y su sobrina, pero sobre todo con Alfonso, el joven amante que le dará, como señala Sefchovich, “una historia de amor” no romántica, sino actual y contradictoria que muestra el cambio al que las personas y el mundo están sometidos.

“Beatriz encuentra otra historia de amor con alguien que es tan joven que no puede comparar tiempos pasados, porque este no los ha vivido. Ese amor es el que puede haber en este momento, en este país y en este mundo. Esa relación me resultó interesante porque me permitió conocer todo sin comparar: ver sin ninguna nostalgia, ningún recuerdo... Así la ‘personaja’ se integra a la vida de hoy gracias al personaje joven con el que tiene este amor, uno que no era posible hace un cuarto de siglo”, explicó la escritora que presenta hoy su libro de forma virtual.

A pesar de que la heroína de Sefchovich vive asaltos, robos y violaciones, sobrevive en un país que arde por daños ecológicos, el narcotráfico y es acuciado por un dolor permanente en el que, sin embargo, hay momentos de paz, un lado lleno de luz. Porque Demasiado Odio intenta “ser como es la vida, una mirada de cómo la gente común y normal vive y puede vivir en el México de ahora. Un mundo en el que a veces nos reímos, lloramos, nos da culpa y también nos damos cuenta de que no somos quienes creíamos ser, que lo que pensamos de nosotros mismos a veces no es exactamente lo que es. Emociones que yo creo, como gente de a pie que soy, sentimos todos”.

Así, en la novela se cruzan momentos que si bien son brutales piden seguir leyéndolos, un tremendo caos que entre golpe y golpe, a veces da un beso, ya que “uno no podría vivir si la realidad fuera, siempre, gruesísima e insoportable. Eso es lo que a Beatriz le pasa; hay momentos en que la relación de amor es tiernísima, en otros la pasan muy bien y en otros descubren lugares muy lindos, se ríen y comparten cosas... pero hay otros que son brutales. La novela no podría ser siempre así, brutal, porque la vida no puede serlo siempre, si así fuera nadie podría vivirla. Necesitamos de esos momentos gloriosos, amorosos, si no todos estaríamos muertos, nos tiraríamos por la ventana”.

Además de esos remansos, la voz de Beatriz está plagada de un humor negrísimo con el que se escuda del horror que hay allá afuera, pero que no hace más que revelar la cara oculta del mundo porque lo abre y muestra el mal en él. Un recurso que recuerda a Jorge Ibargüengoitia y su capacidad de enfrentar al país a través del humor, pero no de los chistes sencillos, sino de una ironía que recala en los huesos e invita a la risa nerviosa del que quizá ha perdido todo, pero sigue apostando.

“El humor es la única manera de poder sobrellevar todo esta brutalidad. Pensar que si nos vamos a tomar todo tan a pecho pues, ahora sí, mejor tirémonos por la ventana. Se pueden tener afectos, amores, amistades pero todas las relaciones son complejas, se enredan, se involucra el mundo en cosas que nunca pensaste que lo haría. Entonces o te tomas el mundo un poco a la ligera y con humor o de plano piensa en cómo vas a vivir, porque el hombre está loco y el mundo también, y por eso no podemos tomarnos todo tan en serio, por eso queremos seguir viviendo”, detalló.


Sin fronteras


Y ese humor tan mexicano, tan cerca de la tierra se vuelve necesario también al encontrarse con un mundo que actualmente está en la palma de la mano y que no puede escapar de la sordidez que muestran los noticieros. Porque si en Demasiado Amor, Sefchovich conocía a detalle el país, en Demasiado Odio se rinde ante la globalización y borra las fronteras para llevar a su pareja Londres, París, Estambul, Tokio. Reinos que están, a su vez, acuciados por una celeridad inaudita y en las que el descanso está prohibido.

Porque otra cosa de la que habla Sefchovich es, precisamente, de esta modernidad desenfrenada que remite a la velocidad con la que cuenta la historia: una prosa rápida que tiene al personaje sin aliento y atrapa al lector sin soltarlo.

“La prosa quiso tomar lo acelerado de la modernidad. En el universo de las redes sociales uno habla rápido, corto y a lo que va, pero no es solo eso, sino que gracias a Beatriz también creé un lenguaje natural. Los libros que relatan situaciones difíciles y violentas están escritos con un lenguaje igual de violento, en cambio el de Beatriz no es así porque ella ha naturalizado esa violencia en su lenjuage, para ella es lo normal.

El lenguaje le dice al lector ‘el mundo es así de acelerado y así de violento’, pero sin la necesidad de mostrarlo. Eso con el fin de romper con esa violencia sin la necesidad de demostrarla con el lenguaje, sino al revés: hacer una descripción que parezca lo más sencilla y simple de fenómenos que son muy brutales y, a partir de ahí, preguntarnos ‘¿para quién son brutales?, solo para la gente que los vive'’, porque en estos tiempos ya no lo son para nosotros, porque ya son cosas muy naturales”, finalizó la también socióloga e historiadora por la UNAM.

Sin fronteras

Y ese humor tan mexicano, tan cerca de la tierra se vuelve necesario también al encontrarse con un mundo que actualmente está en la palma de la mano y que no puede escapar de la sordidez que muestran los noticieros. Porque si en Demasiado Amor, Sefchovich conocía a detalle el país, en Demasiado Odio se rinde ante la globalización y borra las fronteras para llevar a su pareja a ciudades como Londres, París, Estambul, Tokio..., reinos que están, a su vez, acuciados por una celeridad inaudita, urbes en las que el descanso está casi prohibido.

Porque otra cosa de la que habla Sefchovich es, precisamente, esta modernidad desenfrenada que remite a la velocidad con la que cuenta la historia de Beatriz: una prosa rápida que momento a momento tiene al personaje sin aliento y que atrapa al lector y no lo suelta.

“La prosa quiso tomar lo acelerado de la modernidad. En el universo de las redes sociales uno habla rápido, corto y a lo que va, pero no es solo eso, sino que gracias a Beatriz también cree un lenguaje natural. Los libros que relatan situaciones difíciles, violentas y lo que sea, están escritos con un lenguaje igual de violento, en cambio el Beatriz no es así porque ella lo naturaliza.

“Por eso, aunque la prosa sea intrépida y la velocidad con la que se cuenta la historia es actual, el lenguaje también y le dice al lector 'el mundo es así de acelerado y así de violento', pero sin la necesidad de mostrarlo. Eso con el fin de romper con esa misma violencia sin la necesidad de demostrarla con el lenguaje, sino al revés: hacer una descripción que parezca lo más sencillo y simple de fenómenos que son muy brutales y, a partir de ahí, preguntarnos '¿para quién son brutales?, solo para la gente que los vive', porque en estos tiempos no lo son para nosotros, porque ya son cosas muy naturales”, detalló.

Sefchovich no solo es escritora, sino que su formación es la de socióloga. Por eso su ojo está entrenado para ver esas grietas que la sociedad ha dejado, pero que busca no meter en sus libros, y por ello Demasiado Odio “no es una novela de tesis, de drama ni de reflexión aunque sí quiere llevar al lector a una”. Sino que intenta solo mirar al mundo y permitir al lector observar junto con ella y sus personajes.

“Cuando me dedico a escribir me cambio totalmente el sombrero. En el caso de Demasiado Odio fueron dos años que dejé de pensar como socióloga y traté de escribir como narradora para no hacer una tesis, para no hacer literatura comprometida ni poner en la boca del lector palabras que un personaje como Beatriz o los otros que aparecen en la novela, no podrían decir porque son gente muy común, y no esos académicos que tienden a ser muy cerrados.

“Por eso cuando escribo me sumerjo completamente en esos personajes que tienen su propia forma de decir algo, de hablar y que tienen un punto de vista personal. Por eso dejé de escribir novela durante tantos años, porque lo difícil es dejar de hacer todo eso: los personajes están contigo, están en tu piel, te acompañan siempre y duermes, comes y te bañas con ellos. Entonces dejar de pensar como ellos y regresar a mi trabajo como académica y decir las cosas de otra manera, me cuesta muchísimo, porque son dos personalidades bien diferentes, pero todos en este mundo, como el mismo México, tenemos varias personalidades, Tenemos, como dijo Octavio Paz, nuestras distintas máscaras”.


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