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[Pierdas Negras]

La peculiar historia de la profesora Licha

Este lunes llega a su centenario de vida...

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La peculiar historia de la profesora Licha
Piedras Negras, Coah.- La suya es una historia peculiar, lo es porque nació un día como hoy pero de 1919 y al llegar este lunes a sus 10 décadas de vida, lo hace de una manera plena, pero sobre todo feliz, se trata de María Alicia Guerra Luna, “La profesora Licha”.

Con una lucidez digna de admirarse, la maestra da muestras de ser buena conversadora, lo refleja en la claridad de sus palabras con una articulación casi perfecta y sobre todo una fluidez poco imaginable para una mujer que cumple 100 años de existencia.

Entrar en la sala de su casa, ubicada en la calle Mina de la colonia González, -construida hace más de un siglo- es toda una experiencia, en su interior es como si estuviera detenido el tiempo, de las paredes pintadas en color menta, penden retratos antiguos de sus seres queridos.

Con añoranza menciona a sus padres, “amados” -así dice ella-, José Carlos Guerra y Zeferina Luna y su entrañable amor, su esposo José Cisneros Briones, también profesor.

De su padre habla con admiración, alude que sin ser un hombre letrado, los conocimientos que adquirió de forma autodidacta tras haber trabajado desde joven con abogados, lo llevaron a ser un conocido vista aduanal, en Piedras Negras.

Nacida en Saltillo, Coahuila, la profesora fue la segunda hija de diez hermanos y junto a su familia, llegó a la edad de cinco años a esta ciudad fronteriza.

Fue entonces que tuvo su primer contacto con el piano, disciplina que cultivó desde pequeña; el tiempo y la experiencia, la llevaron a convertirse en una respetada maestra de música, en más de una escuela de Piedras Negras.

Su gusto por la música sobre todo clásica, no fue casual, viene de familia, -su abuelo materno fue concertino (violinista)-, lo dice con orgullo, su melodía favorita era la Polenesa, de Frederic Chopin.

De su madre, “Doña Zeferina”, rememora su actitud férrea, su fineza como persona y sus enseñanzas, por ella aprendió el gusto por el orden y los quehaceres del hogar.

Lustrar los pisos y los muebles de madera, actividad que hacía con esmero durante el tiempo que le fue posible, fue gracias a su madre.

“Siempre me ha gustado que mi casa esté impecable, que los pisos estén brillantes, que haya flores por todas partes, aunque sean artificiales” lo dice con emoción incontenible, con una sonrisa que enmarca su rostro dividido por los pliegues que el paso del tiempo ha dejado en su piel.


Feliz de cumplir un centenario de vida

Sin malestares que la aquejen, con una visión que le permite leer diariamente el periódico sin necesidad de anteojos y solo con una audición desgastada por los años, la Profe Licha, se dice feliz de llegar a la edad de 100 años, lo dice con alegría.

A la lectura, una alimentación saludable, porciones moderadas de comida, haber vivido sin excesos y lo más importante feliz, atribuye la oportunidad de llegar a un centenario de vida y estar consciente de ello.

Lo expresa con nostalgia, mientras sollozos contenidos asoman en su mirada; aunque se han ido la mayoría de sus seres queridos, le sobreviven algunos sobrinos que en la medida de lo posible, están al pendiente de ella en Piedras Negras o en la distancia.

“Tengo dos sobrinas que viven en Los Ángeles y me visitan cada año”, Patricia Silva, -una de ellas- junto a su hermano José, que no veía desde hace 10 años, llegaron de sorpresa el viernes, recorrieron más de dos mil kilómetros desde California, para acompañarla en el homenaje que el sábado le dedicaron por sus 100 años.

Sus historias, son innumerables, los recuerdos se agolpan en su mente, los que le dejaron más de 50 años de trabajo en la docencia, en Piedras Negras su tierra adoptiva.

Con seguridad afirma que fueron cientos, quizá miles los alumnos que vio desfilar en las escuelas en donde colaboró por más de cinco décadas.

Sus inicios se remontan a los años 40, cuando invitada por Fausto Z. Martínez, impulsor de la educación en Piedras Negras y creador del complejo universitario que actualmente lleva su nombre, se integró como maestra de música.

Las palabras para el profesor, están plagadas de elogios, lo recuerda apasionado de su trabajo por la educación, preocupado por el desarrollo de los niños y jóvenes de su época, legado que sigue actualmente su hijo Xavier Martínez.

“Fue gracias a él, que un día me invitó a aprender taquimecanografía, además de mi gusto por el piano, me motivó a prepararme más, así fue como estudié y después comencé a impartir clases de secretariado en la secundaria Benito Juárez y otras escuelas”.

Al profesor Martínez, le atribuye haber mediado como “cupido” para que conociera a su esposo, tiempo después sería él junto a otros dos profesores, que cedieron su mano en matrimonio con el que sería su compañero por 10 años, hasta que una enfermedad le quitó la existencia.

Del matrimonio, no hubo hijos, pero sí amor, el suficiente para conservar vívidas memorias, “era una persona muy alegre, muy buena”, dice mientras señala el retrato del día de sus nupcias, que posa sobre su piano.

El gusto por la religión también ha formado parte de su vida, su fe en la Iglesia católica es genuina, así se puede ver en las imágenes que conserva en su hogar.

En su charla, la maestra evoca los nombres de otros colegas de su época, algunos de ellos impuestos a varias escuelas y es que trabajó lo mismo en públicas o privadas, donde se le brindaba la oportunidad, la tomaba y lo hacía con gusto, cuenta.

“Eran otros tiempos, los maestros de ahora son diferentes, ante al maestro se le respetaba, se le daba su lugar de una manera especial, ahora hay muchachitos que se atreven a amenazar a sus profesores”.

Lo dice con conocimiento de causa, la maestra es una lectora habitual del periódico y otros contenidos, principalmente religiosos, procura actualizarse con las noticias locales, asegura que eso le ayuda a tener activa la mente.

El sábado, familiares y amistades, dedicaron en la Parroquia de San Juan, una misa en su honor, por sus cien años de vida, después le ofrecerían un discreto convivio en su hogar.

El tiempo ha vuelto sensible a la maestra Licha, que por la edad, sale cada vez menos a la calle, en su casa se siente segura; le conmueve recibir a exalumnos que se toman el tiempo de visitarla o llevarle algún obsequio, se siente agradecida porque la tienen presente a través de los años, lo dice así, en su centenario de vida.


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