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hace 4 semanas
[Coahuila]

Se quedan sin niños los ejidos de Saltillo

Llevan jeeperos ropa, medicinas y despensa, pero los juguetes no logran agotarse

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Se quedan sin niños los ejidos de Saltillo
Foto: Zócalo | Staff
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Saltillo, Coah.- Natalia abraza sus juguetes como si fueran un tesoro. Lleva entre sus brazos dos muñecas, un juego de belleza para pequeñas, dos carritos y hasta una pelota. Tiene 7 años y una sonrisa que derrite. Vive en el ejido Astillero, y apenas tiene para comer.

No es la única a la que le brillan los ojos de felicidad. Niñas y niños de ese ejido perdido en la sierra del sur de Saltillo también corren de un lado a otro con obsequios. Los reciben de manos de familias de jeeperos que cada año acuden a visitarlos. Y no es que este año hayan llevado más juguetes, es que los niños son cada vez menos.

Son los regalos de los Reyes Magos, que para ellos son familias que llegan en una caravana de vehículos todoterreno, la mayoría de las veces tres o cuatro días después del 6 de enero. Quizá los pequeños no lo recuerden, pero para algunos de sus abuelos, los rostros de Max Cámpora y Luis González son conocidos. Ellos lideran el Club Saltillo 4X4.

Son familias de jeeperos que desde hace 16 años reúnen juguetes, cobijas, despensas y ropa para llevarlos a ejidos que se encuentran en lugares muy alejados y poco accesibles, por caminos y veredas de terracería a los que en ocasiones solo pueden llegar en vehículos con doble tracción.



Sin zapatos

El primer ejido que visitan es San Felipe. Apenas ven llegar las camionetas, se acercan los pocos niños que todavía hay, acompañados de sus madres, abuelos y abuelas. Entre estas últimas está María de la Luz Mata Rodríguez.

La abuela trae puestos unos zapatos de lona muy delgada que alguna vez fueron negros y que, de tan rotos, asoman la mayor parte de su pie izquierdo. Mientras las familias de jeeperos reparten ropa y juguetes a los pocos niños del pueblo, otros le buscan zapatos a doña María.

“Aquí hay mucha pobreza. Casi no hay niños. Yo tuve 15 hijos y la mayoría se fueron a trabajar a Saltillo. Acá quedamos nomás viejos, y unas pocas mujeres con sus niños, que viven de criar chivas o de las ayudas del Gobierno”, dice la anciana.


En lo que le traen dos pares de zapatos de su medida, cuenta que ella y su marido viven de algunas chivas que crían con uno de sus hijos, y hasta el año pasado, también sobrevivían con un apoyo de 900 pesos de programas sociales, que ya no tienen.

“Mi hijo, ese que se me murió, apenas tenía un mes de muerto cuando le quitaron la ayuda a mi nuera, de Oportunidades, se la quitaron, se tuvo que ir a trabajar a Saltillo. Yo ya no tengo desde octubre del año pasado que ya me lo quitaron, ya no me lo dieron”, cuenta la mujer.


A su nuera no le dijeron por qué le quitaban el apoyo y a ella que porque ya no tenía familia a quien mantener, pues ya solo vivía con su marido, don Leandro Silva Campos. Antes, con ese apoyo, compraban algo de mandado, ahora comen “lo que Dios nos da”, dice ella.


Tres años sin cosecha

Otro de los ejidos visitados se llama La India. Ahí hubo menos niños que en San Felipe y ya no fue la misma cantidad de personas que el año pasado, según cuentan los jeeperos. Entre los que recibieron ropa, cobija y despensa está Higinio García López, de 98 años.

La mayor parte de los habitantes de ese ejido tienen esa edad. Los adultos más jóvenes no tienen menos de 50. Y luego están algunas mujeres con algunos hijos o hijas adolescentes y niños, cuyos maridos trabajan en empresas de Derramadero.

Don Higinio es campesino, pero dice que nomás es un decir, porque aunque tienen tierras y las siembran todos los años con maíz, trigo o frijol, si el de “allá arriba” no los bendice con la lluvia, no hay cosecha.

“Ya llevamos 3 años que no levantamos nada, sí sembramos, pero se seca la planta por falta de agua”, platica el hombre. Antes, cuando llovía suficiente recogían de 3 a 6 toneladas y las vendían. Pero luego, ya solo les daba para consumo propio. Ahora ya ni eso.

Hace como 10 años pedían riego al Gobierno, pero no se los autorizaron, por eso ahora sobreviven gracias “a la bendición de Dios” y lo poquito de la cosecha que se salva, más algunas chivas o vacas que aún conservan

Sobreviven de algunos programas del Gobierno, como 70 y Más, y las ayudas de grupos como los jeeperos que les llevan despensas. La mayoría de los ancianos están en la misma situación. Por eso ellos mismos dicen que nomás muriendo ellos, se acaban esos pueblos.


Enfermedad acaba con ellos

El problema médico en aquellas tierras es grave. No hay clínicas cercanas ni médicos. En el siguiente ejido que visitaron los jeeperos, se acercó otra mujer anciana de nombre Aurora, a quien le regalaron ropa, zapatos y despensa. Pero cuando vieron sus ojos rojos y vidriosos, y su rostro temblar, se dieron cuenta de que algo más necesitaba.

“Me siento mal, traigo temperatura, ya llevo varios días así, pero no tengo medicina, el doctor viene cada mes y toca hasta la otra semana”, dijo la mujer. Rápido fue llevada a su casa y le dieron algo de medicamento para bajarle la temperatura y otro para la fuerte gripa.


Pero no es la única enferma. Hay más adultos mayores y niños con enfermedades. Algunos de ellos sin atención se mueren. Otra anciana de nombre Alicia Contreras cuenta que tuvo 15 hijos, dos se le murieron, una niña con fiebres muy altas, sin haber sido atenida por ningún médico.

El otro fue un hijo ya casado a quien le dio una embolia, lo quisieron llevar a Saltillo, pero en el camino falleció. Allá, en la sierra, si alguien se enferma, incluso de una gripe, puede morir de pulmonía, porque no hay medicinas, ni dinero para trasladar a los enfermos a la ciudad.

Las familias de jeeperos platican que cada vez son menos los conocidos que ven año con año. Recuerdan a un hombre enfermo de uno de sus pies, al que ayudaron hace tres años y ahora le dicen que lo que tenía era pie de diabético. El año pasado murió, sin recibir atención médica.


Escasean los niños

En los primeros ejidos, los jeeperos racionaron los juguetes a uno por niño y rifaron una o dos bicicletas. Iban cargados con tres camionetas llenas de regalos para los niños. Pero luego de pasar por el ejido Notillas, donde hasta hubo bolsas de ropa que ya nadie se llevó, y aun traían dos camionetas llenas de juguetes, en el siguiente ejido cambiaron el reparto.

Porque al llegar a las siguientes comunidades como Tijanuela, Astillero, Palma Alta y Santa Victoria, fueron tan pocos los niños que había en esas comunidades, que decidieron entregar más regalos.

Y entonces hubo escenas como la de la pequeña Natalia, que se robó el corazón de todos, yendo de un lado a otro, recogiendo todos los regalos que pudo. Ella solo había recibido una muñeca de Navidad, por eso ahora era la niña más feliz del mundo.

“Son muchos, muchos regalos, gracias, gracias por los regalos”, no dejaba de decir la pequeña. Y como ella, otros niños y niñas iban y venían por pelotas, carritos, figuras de acción, espadas o peluches.




Lo triste para los Reyes Magos jeeperos fue darse cuenta de que había menos niños en cada lugar. Algunos porque se los llevaron sus papás a Saltillo, en busca de trabajo. Otros porque crecieron y tuvieron que trabajar a su corta edad.

“Antes eran pueblos de mujeres, viejitos y niños. Ahora ya casi no hay niños, crecen y se van o sus papás se los llevan. Un día, Dios nos va a recoger y el ejido se va a acabar. Ya hay muchas casas solas, los viejitos se han ido muriendo”, dice Margarita Salas, del ejido Tinajuela.


Este año pasó lo que no había sucedido en las otras 15 ocasiones. Por primera vez hubo ejidos donde los jeeperos se quedaron con bolsas completas de ropa, de niños, niñas, adolescentes y jóvenes, sin abrir, que les dejaron para que luego las vendieran o intercambiaran. Y de embarazadas, unas cuantas, solo dos de ellas en Notillas.


Luces de esperanza

Pero no todo está perdido allá en la sierra de los olvidados. Hay historias esperanzadoras. Como el de la maestra de la escuelita en el ejido Astillero, donde hace tres años, la primaria estaba en ruinas y abandonada, porque no había niños y por tanto tampoco les mandaban maestra.

Fue Barbarita Guillermo Rodríguez, del ejido La india, pero casada en Astillero, quien al tener tres hijas, vio la necesidad de que estudiaran, pero para hacerlo había que trasladarlas a otro ejido, lo que implicaba un gasto en transporte.

“Fui a pedir que si había el servicio, pero no hubo muchacha que quisiera venir tan lejos y pues yo tuve que ingresar al Consejo Nacional de Fomento Educativo (Conafe) como maestra, por mis hijas, para no andarlas trasladando a otra comunidad”, platica la maestra y madre de familia.


Fue capacitada en Saltillo y regresó para convertirse en la maestra del pueblo, donde sin apoyo de ninguna autoridad, realizó actividades con los padres de familia, como kermeses y rifas. Con eso y la participación de los pocos que aún quedan ahí, arreglaron y pintaron la primaria.

Actualmente tiene nueve alumnos, uno de preescolar, dos de primero, dos de segundo, dos de tercero y dos de sexto. Nueve son los niños que todavía quedan en ese pueblo, más una adolescente que fue la primera graduada de primaria siendo Barbarita la maestra, pero la chica ahora va todos los días al ejido Palma Alta a la secundaria.

La profesora recibe a los jeeperos con mucha alegría, porque los mesabancos que tienen fueron donados por ellos, también la mayoría de la biblioteca y en la más reciente visita le llevaron más libros, cuadernos, útiles escolares, uniformes y hasta una despensa, para cuando la profesora recibe a los inspectores que visitan el pueblo.


Ampliar la ruta

No fue la única comunidad a donde los jeeperos llevaron útiles escolares. Se niegan a que aquellas comunidades desaparezcan. Pero saben que no puede hacer más. Incluso analizaron la posibilidad de ampliar a más ejidos la ruta del siguiente año.

Este año fueron a un ejido al que no habían ido y ahí preguntaron sobre más comunidades cercanas. Dicen que quizá no encuentren en esa misma ruta, poblaciones con mayor cantidad de habitantes, pero ampliarán la posibilidad de que otros reciban apoyos.

Así terminó la ruta del Club Saltillo 4X4 de esta año, con la satisfacción de haber ayudado, pero con un sentimiento de tristeza, al ser testigos de cómo en estos 16 años han visto cómo esos pueblos poco a poco van desapareciendo.

Esperan que el próximo año puedan encontrar más historias como la de la profesora Bárbara, que se niega a que se acabe su comunidad. Y poder llevar más ayuda, como sus Reyes Magos jeeperos, 16 años más.




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