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Vive Christian Andersen en sus cuentos de hadas

Cumple el importante escritor infantil danés 145 años de su muerte

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Vive Christian Andersen en sus cuentos de hadas
Foto: Zócalo | Archivo
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Saltillo.- “La vida de cada hombre es un cuento de hadas escrito por la mano del Señor”, dijo el cuentista danés Hans Christian Andersen alguna vez en su vida. Una frase que reflejaba su creencia en los milagros cotidianos, mismos que lo llevaron a escribir cuentos que todos han leído o escuchado y que se han convertido en parte de la imaginación del mundo, como La Sirenita, La Reina de las Nieves, El Patito Feo y La Vendedora de Cerillas.

Fue esa capacidad de crear otras realidades la que lo salvaron de la locura, pues Andersen, nacido el 2 de abril de 1805 en una familia pobre de Oslo, Dinamarca, fue hijo de un padre zapatero y una madre lavandera, oficios que no les permitió vivir con aquellos lujos que Andersen siempre deseó y, que en cambio, los orilló incluso a vivir bajo puentes y mendigar ayuda.

A los 14 años, harto de la vida pobre y después de la muerte de su padre, huyó a Copenhague, la capital del país danés, impulsado por los sueños de convertirse en cantante de ópera. Aunque al principio fue rechazado en todas sus solicitudes, Andersén logró hacerse de amigos importantes: los músicos Christoph Weyse, Giuseppe Siboni, quien fundó la Real Academia Danesa de Música y, finalmente, al poeta Frederik Hoegh-Guldberg.

A pesar de eso, uno de los tropiezos de Andersen comenzó ahí, ya que aunque Siboni pagó sus clases de canto, el crudo invierno nórdico ahunado a las paupérrimas condiciones en las que vivió el poeta le provocaron que perdiera la voz.



Las letras

Pero, como escribió el autor de La Sirenita: “Mi vida es una historia hermosa, feliz y llena de incidentes”, frase que se manifestó en la amistad que cultivó con Jonas Collin, director del Teatro Real de Copenhague y consejero de Estado, quien se convirtió en su mecenas pero, aún más, en su amigo.

Y aunque siguió estudiando canto, el verdadero oficio artístico de Anderesen se vería tiempo después, cuando tomó una pluma y escribió el poema El Niño Moribundo, cuya publicación original en 1827, fue en la revista Kjøbenhavns flyvende Post, difundiendo su nombre hasta Alemania.

A partir de ahí comenzaría, además, a publicar una serie de crónicas de viajes en diferentes periódicos, ya que estos eran una de sus pasiones: “Viajar es vivir”, siempre dijo.

Su primer libro, en cambio, llegaría cuatro años después, un poemario llamado Fantasías y Esbozos, de 1831. A ese le siguió un periplo auspiciado por el rey, el cual lo llevaría a Roma, ciudad que se clavó profundo en su mente y corazón, y de donde nació su primera novel El Improvisador, de 1835.

Fue tal el impacto de la capital italiana que dijo: “Roma es como un libro de fábulas, en cada página te encuentras con un prodigio”.

Durante el tiempo que pasó en Roma escribió y publicó numerosos libros que, aunque sin mucho éxito, ayudaron a que su nombre se conociera: Historias Para Niños, su primer libro de cuentos de hadas y el poemario Los Doce Meses del Año.

Es ahí donde nacen las letras que convertirían su nombre en uno de los más altos picos del relato infantil: El Patito Feo, El Traje Nuevo del Emperador, Las Zapatillas Rojas, El Soldadito de Plomo, El Ruiseñor, La Princesa y el Guisante y Pulgarcita dieron paso a un leyenda que pervive hasta nuestros días.

La escritura de esos cuentos de hadas continuaron en diferentes series hasta la Navidad de 1872, año especial ya que en primavera sufrió un caída que le provocó numerosas heridas de las cuales nunca se recuperó y que lo llevaron a la muerte un 4 de agosto de 1875, un día como hoy pero de hace 145 años, pero como señaló Andersen: “Disfruta de la vida. Hay mucho tiempo para estar muerto”.





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