En la política contemporánea, pocos fenómenos resultan tan desconcertantes como la persistente defensa de regímenes que, tras décadas de gestión, han demostrado con creces su incapacidad para garantizar lo más elemental: la prosperidad, la libertad alimentaria y la seguridad de sus ciudadanos. La reciente postura del expresidente Andrés Manuel López Obrador, quien ha llamado a la solidaridad económica con Cuba, no sólo resulta cuestionable desde una perspectiva jurídica y política, sino que revela una profunda contradicción ética que merece ser diseccionada, para analizarse luego, con profundo cuidado.
Sin duda, es necesario preguntarse cómo un político que se dice progresista, puede erigirse en defensor de modelos que han sumido a sus naciones en un rezago económico crónico. Culpar permanentemente a terceros de las fallas estructurales de un sistema es una estrategia desgastada que ya no logra ocultar la realidad: si el modelo funcionara, los resultados hablarían por sí mismos. Tras 65 años de un discurso que se apoya en la narrativa de la intervención externa para justificar la carencia interna, nos lleva a la conclusión de que ha sido el tiempo el que castigó la ineficacia de tales regímenes. Las ideologías colectivistas, en sus vertientes comunistas o socialistas autoritarias, han demostrado ser reliquias de un pasado que no solo fracasa en la gestión, sino que restringe la autonomía individual y el crecimiento económico.
La comparación con el escenario europeo es inevitable y necesaria. En diversas regiones del viejo continente, la experiencia histórica ha llevado a las sociedades a blindarse contra los discursos totalitarios, reconociendo el daño profundo que causan al tejido social y democrático al considerarlos ilegales. Mientras Europa avanza hacia la consolidación de derechos civiles y libertades económicas, en América Latina parece existir una preocupante tendencia, impulsada por ciertos sectores gobernantes, de emular estructuras que han demostrado ser nocivas. La pregunta que surge para México es si estamos caminando hacia la adopción de un modelo cuya marca distintiva es la erosión de las libertades que tanto costó construir.
La solidaridad que debería prevalecer es con los pueblos, no con las élites que los oprimen. Resulta alarmante que, mientras se alzan voces en toda la región exigiendo justicia y libertad, desde el Ejecutivo se priorice la defensa del régimen por encima de las aspiraciones legítimas de quienes sufren la represión. Cuando los pueblos llegan al límite y tocan fondo, es precisamente ahí donde surge la posibilidad de un renacimiento. América tiene la oportunidad histórica de redirigir su rumbo, alejándose del populismo autoritario y abrazando un verdadero progresismo: aquel que no sólo proteja los derechos humanos, sino que fomente una independencia alimentaria real, seguridad jurídica y un desarrollo económico sostenido.
El momento de reflexión es ahora. Las próximas decisiones políticas no deben ser tomadas a la ligera, pues lo que está en juego es la naturaleza misma de nuestra convivencia. ¿Queremos profundizar en un camino que ha probado ser un callejón sin salida para otras naciones hermanas, o estamos dispuestos a construir un país y una América unida, competitiva, libre y, sobre todo, soberana frente al autoritarismo? La historia no perdonará la indiferencia ni la complicidad ante el retroceso.
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