¿Has sentido ese pellizco en el bolsillo desde que arrancó el año? Yo sí, y no soy el único. Estamos en febrero de 2026, y apenas nos estamos sacudiendo las fiestas de fin de año cuando, ¡zas!, llegan las alzas en cascada.
Incremento en gasolina, diésel que se encarece, tarifas de luz que te hacen parpadear al ver la cuenta. No es novedad, claro; la historia lo tiene grabado a fuego; siempre son los marginados, los que andan con lo justo, los desprotegidos, los que pagan los platos rotos.
Los que menos tienen terminan estirando el mismo salario para cubrir lo básico, mientras el resto del mundo sigue girando como si nada. Piénsalo, en la última semana de diciembre del 25 y estos primeros días del 26, el IEPS a los combustibles se ajustó al alza, es decir, la gasolina regular saltó de 6.46 a 6.70 pesos por litro, la premium a 5.66, y el diésel hasta 7.36, y eso sin contar los estímulos fiscales que el gobierno dejó de aplicar desde el 1 de enero.
Teniendo como resultado final precios que rondan los 24 pesos por litro en la Magna, pero en premium y diésel ya se dispararon hasta un 10-15 por ciento en algunas regiones, según lo que vi en las noticias locales.
Y no para ahí; la inflación anual se disparó al 3.79% en enero, con un repunte mensual del 0.38% en el INPC, presionada por alimentos, impuestos y hasta los salarios mínimos que no alcanzan.
Es una realidad cruda, en donde el consumidor final, es decir tú, yo, el vecino que carga la despensa para tres generaciones es el que absorbe el golpe.
Imagina a un padre de familia en Ecatepec o Guadalajara, despertándose a las cinco para subirse al camión que ahora cuesta 20 centavos más por boleto gracias al alza en transporte. Ese diésel que usan los autobuses urbanos se encareció, y de repente, lo que antes era un gasto fijo se convierte en un lujo.
Otro ejemplo es aquella mamá en Monterrey que apaga luces para ahorrar en la luz eléctrica, porque las tarifas de la CFE subieron entre 5 y 7 por ciento en promedio para hogares de bajos ingresos, según los reportes de Banxico.
Y ni hablemos de lo indirecto como son los impuestos que suben en todo, desde el pan de cada día hasta el recibo de renta, que para los que viven en arrendamiento se ajusta con la inflación y te deja contando monedas.
En mi experiencia, conozco a un compadre que trabaja de mecánico en Saltillo; el año pasado, con la inflación rondando el 4.21% a fin de 2025, ya andaba vendiendo el coche viejo para no gastar en gasolina.
Ahora, con este arranque del 2026, dice que ni para el camión le alcanza sin recortar en la comida de los chavos. ¿Cuántos como él? Según el INEGI, en el último trimestre de 2025, el 46 por ciento de los hogares mexicanos reportaron presiones en el gasto por inflación, y los de ingresos bajos al menos de 10 mil pesos mensuales, sintieron el impacto en un 62%, con recortes en nutrición y salud.
La mejor manera de capear estas tormentas, como siempre, es tener un pie adentro del gobierno. Ahí sí que no falta el sueldo, por más austeridad que prediquen. Prestaciones, bonos, viáticos que cubren hasta el café de la esquina, y en muchos casos, canonjías que engordan el bolsillo más que el salario base.
Trabajas en una dependencia federal o estatal, y aunque el país grite “crisis”, ellos cobran puntuales, con aguinaldo y prima vacacional intactos. Es un privilegio que no todos venimos al mundo con él. Para los que están fuera como son los autónomos, changarros familiares, vendedores ambulantes, cada alza es un mazazo directo.
El mínimo repunte en gasolina te sube el costo de moverte, de llevar a los hijos a la escuela, de lo que sea. Y si eres de los que dependen del transporte público, olvídate porque por solo mencionar en ciudades como CDMX o Monterrey, las tarifas urbanas ya ajustaron un 3 y 5 por ciento en enero, encadenando el diésel al bolsillo del usuario.
Por eso me hierve la sangre con esas declaraciones de políticos que parecen vivir en otro planeta. Recuerdan al exdiputado panista Luis Enrique Mercado allá por 2010, soltando que con los aumentos en gasolina “no pasa nada”. ¿En serio? Claro que tenía razón… para él.
Para el desempleado que ve cómo el litro de leche sube 8% por la cadena de costos energéticos, sí pasa algo terrible. Para el jefe de familia con ingresos a goteras, digamos, 8 mil pesos al mes para cuatro bocas, cada centavo cuenta.
Lo mismo para la madre soltera que manda a sus chamacos en el camión a la prepa, calculando si alcanza para el regreso. ¿Sensibilidad?, cero.
Desde la curul, con sueldo de 74 mil pesos mensuales más dietas de 20 mil y gastos de representación ilimitados lo anterior, datos recientes del Congreso para 2026, ¿qué va a saber de estirar la semana y menos una quincena?.
Y no es solo él; en este 2026, con el arranque de aumentos que provocó enojo masivo en redes y protestas en gasolineras, hemos oído ecos parecidos. Economistas y analistas en Milenio y El Universal hablan de “retos” para el año, con crecimiento proyectado al 1.3% pero inflación que muerde más a los pobres, y algunos legisladores de oposición minimizando: “Es temporal, ajusten su presupuesto”.
¿Temporal? Para un hogar en pobreza extrema, que según Coneval subió al 9.1% en 2025 por presiones inflacionarias, no hay “temporal”; es supervivencia diaria.
Y el dominó sigue, es decir, gasolina cara encarece el camión, el camión caro te obliga a caminar más, la renta sube con la inflación general algo que por cierto Banxico advierte erosiona el poder adquisitivo de los bajos ingresos el 15 y 20% anual acumulado, y los productos básicos, es decir, tortillas, huevos, y frijoles se van al carajo porque el transporte de mercancías depende de diésel.
Agrega el pago anual de INFONAVIT, que para millones de derechohabientes se ajusta al salario mínimo que en 2026 llegó a 315.04 diarios, un 13% arriba pero insuficiente contra la inflación, y ya tienes un cóctel que deja a la gente sin aliento.
Cubriendo la información de un evento en un barrio saltillense, una vecina me contaba la otra semana: “Guillermo, con lo de la luz y el gas, ya no compro carne; es arroz y frijol puro”. Me quedé callado, porque ¿qué vas a decir?
Esos son los que pagan las consecuencias de decisiones que se toman en oficinas con aire acondicionado, mientras el resto sudamos la gota gorda.
Al final, ¿qué esperar de esta indiferencia? De los que disfrutan las mieles del poder, sean blanquiazules o de qué color sea la camiseta, poco. Pero una mayoría que son los de a pie, pagan mucho. Porque en la crisis, como en la calma, son los que se la rifan; compartiendo despensa, caminando en vez de manejar, regateando en el mercado.
Ojalá sirviera de lección para que, la próxima vez que un diputado suelte un “no pasa nada”, le recuerden que, para millones, sí pasa. Pasa hambre, pasa estrés, pasa el sueño de un futuro mejor. Y mientras, aquí sigo, contando centavos y pensando: ¿cuándo va a tocarle a ellos sentir el peso real? (Premio Estatal de Periodismo 2011 y 2013, Presea Trayectoria Antonio Estrada Salazar 2018, finalista en Excelencia Periodística 2018 representando a México, Presea Trayectoria Humberto Gaona Silva 2023) www.intersip.org
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