Monclova

Publicado el jueves, 14 de mayo del 2026 a las 04:06
Monclova, Coah.- Por unas horas, los martes dejan de ser martes en el Museo de Coahuila y Texas, en Monclova.
Entre pinceles, texturas y manos que tantean el relieve de una obra, el arte pierde su costumbre de ser solamente visto y comienza a sentirse literalmente.
En un salón donde el silencio se rompe con conversaciones pausadas y risas discretas, personas con discapacidad visual, motriz e intelectual se reúnen para crear.
Un centro de comunión
No llegan sólo a pintar, llegan a encontrarse.
Ahí está el proyecto que hace un año comenzó como un pequeño taller de arte sensorial y hoy se ha convertido en una escuela abierta, gratuita y permanente.
“El arte normalmente es para verse, pero en el caso de nosotros puede tocarse”, dijo Eleazar Castellanos Rodríguez, director de Atención a Personas con Discapacidad y del Adulto Mayor, mientras observa el movimiento de alumnos y maestras improvisadas de vida en uno de los salones del museo ubicado en la calle Aldama.
La historia comenzó en 2025, con un taller dirigido a personas con debilidad visual, el cual superó expectativas, pues los asistentes no querían despedirse del espacio, al contrario, querían quedarse, aprender más y volver.
Fue así que nació la idea de convertir el Taller Siglo XXI en una escuela que funciona cada martes, de 10 de la mañana a 1 de la tarde, con materiales, maestro y transporte gratuito para algunos de los asistentes.
Pero en este taller no sólo se enseña pintura, sino que se reconstruyen rutinas, se vencen encierros y se combate la tristeza.
“Tenemos personas que perdieron la vista ya grandes y por primera vez volvieron a salir de su casa, encontraron un punto de expresión y de posibilidades”, compartió en entrevista Castellanos Rodríguez.
Lleno de historias
En el grupo hay historias que podrían llenar una galería completa. Una de ellas es la de Bedy Gamboa Lugo, quien a sus 99 años continúa reinventándose.
Su presencia no pasa desapercibida. Aunque sus ojos apenas distinguen formas, sus manos siguen buscando caminos para crear.
“Ya casi no veo”, dijo Bedy con serenidad, mientras sonríe y comparte que sigue pintando a pesar de que ahora ve como si estuviera en un banco de niebla.
Bedy, cuyo cabello ya está pintado de blanco por las canas, contó que perdió la capacidad visual desde niña. La tosferina, el sarampión, la bronquitis y la neumonía, llegaron una tras otra cuando apenas tenía cuatro años. Eran otros tiempos, cuando los medicamentos aún no ofrecían demasiadas respuestas, aún así, nunca dejó de imaginar.
No aprendió pintura en escuelas ni academias. Fue autodidacta. Nunca pudo copiar modelos como le pedían algunos maestros.
“Yo no sé copiar”, recuerda entre risas. “El maestro me borraba casi todo y me decía: ‘Señorita, usted es una mentirosa, eso no es así’”.
Pero quizá ahí estaba la clave: Bedy nunca copió. Inventó.
Con hojas secas y flores creó cuadros; con imaginación levantó formas; con intuición hizo arte.
La vida de Bedy
Nació en la Ciudad de México, estudió Medicina, aunque no la ejerció mucho tiempo. La vida la llevó por otros caminos: el inglés, la enseñanza, los hijos, los libros y finalmente Monclova, ciudad a la que llegó en 1962 acompañando a su esposo estadounidense, maestro de inglés.
“Cuando llegué a Monclova pensé: ‘¿En este pueblito voy a vivir?’”, recordó divertida. Pero aquella impresión duró poco. Descubrió una ciudad amable, de gente dispuesta a ayudar y se quedó.
En Monclova hizo su vida, enseñó inglés, ayudó a fundar proyectos educativos y hasta escribió un libro de cuentos, poemas y meditaciones.
Una segunda oportunidad
Después, el tiempo hizo lo suyo. La vista comenzó a apagarse lentamente y el oído también. Pintar parecía haber quedado atrás.
Hasta que apareció el taller. “Dije: ‘Bueno, ¿por qué no?’”, contó. Y volvió.
Volvió al arte cuando muchos pensarían en retirarse. Volvió cuando la mayoría hablaría de límites.
Por eso, para el maestro pintor Fernando González, Bedy es mucho más que una alumna.
“Es una inspiración para todo el grupo”, dijo. “Una mujer de su edad, con todo lo que ha vivido, nos llena mucho de amor al arte”.
Que fluya la creatividad
Fernando fue quien propuso originalmente el taller de inclusión. Hoy acompaña a un grupo donde no existen moldes rígidos ni modelos obligatorios para copiar. Aquí el arte se adapta a las personas, no al revés.
Hay alumnos que tocan una textura para imaginar un paisaje. Otros exploran materiales como si estuvieran descubriendo un idioma nuevo.
Y, poco a poco, algo cambia.
Se forman amistades. Se comparten medicamentos, consejos médicos, historias personales. Se crean redes de apoyo.
“Queremos que la gente vea que somos personas con nombre, apellido, sueños e inquietudes, igual que cualquiera”, concluyó Eleazar.
Inciusividad en el arte
En el Museo Coahuila y Texas, el arte dejó de ser un privilegio de quien puede mirar perfectamente.
Aquí también se pinta desde la memoria, desde el tacto, desde las ganas.
Y quizá por eso, mientras Bedy se acerca a los cien años y sigue mezclando colores que apenas alcanza a distinguir, el taller se convierte en una lección silenciosa para todos los demás: Nunca es demasiado tarde para volver a empezar.
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