Aunque poco se note, el sistema de partidos en México se encuentra en una fase de metamorfosis silenciosa y profunda. Mientras el ruido de las mañaneras, cada vez acapara menos la atención pública, en el Instituto Nacional Electoral (INE) se construyen las nuevas circunstancias que definirán las elecciones próximas federales de 2027 y 2030. Y es que, el INE ha confirmado que tres agrupaciones políticas nacionales están a un paso de consolidar su registro como partidos políticos nacionales tras cumplir con las asambleas y el número de afiliados requeridos por la ley.
Hace dos días, el órgano electoral declaró que, según las cifras más recientes, sólo tres agrupaciones alcanzaron, preliminarmente, los requisitos para solicitar su registro como partido político, aunque para emitir la calificación final, aún resta concluir la revisión documental. Los grupos que se encuentran en este grupo son: Construyendo Sociedades de Paz, grupo ligado a iglesias cristianas evangélicas; México tiene Vida, de corte próvida y conservador, y Personas Sumando, organización operada por ex funcionarios del INE
En política nada es coincidencia y dicha máxima viene al caso, dado que una de estas agrupaciones no sólo ha adoptado una estética visual que evoca irremediablemente el color guinda de Morena, sino que juega con una nomenclatura que sorprende: “Construyendo Sociedades de Paz”, tiene como siglas, CSP, mismas que coinciden, casualmente, con las iniciales de la actual Presidenta, Claudia Sheinbaum Pardo.
Aunque desde su mañanera la Presidenta ha negado la autoría de esta estructura, la realidad es que, la mandataria jamás ha destacado por su honestidad, así que, muy probablemente Sheinbaum vea en este movimiento un “Plan B” de supervivencia política. Es decir, que quizás estamos ante la preparación de su desmarque total del grupo de Andrés Manuel López Obrador.
La historia nos enseña que el poder no se comparte, y que, en este caso, la sombra del antecesor puede volverse asfixiante, por lo que la creación de un vehículo político propio permitiría a la Presidenta volar sola, alejándose de los escándalos de corrupción que han empezado a salpicar al círculo cercano del sexenio pasado y blindando su propio proyecto transexenal.
Por otro lado, las otras dos agrupaciones que perfilan su registro, de orígenes diversos, con integrantes de sectores liberales y hasta bases regionales, se presentan ante la ciudadanía como la esperanza del cambio para el 2030; no obstante, el escepticismo es una virtud necesaria en el México actual. El riesgo de que estas nuevas fuerzas terminen operando como partidos satélites del oficialismo es latente. Ya hemos visto cómo organizaciones que nacen con banderas de independencia terminan siendo simples comparsas que alquilan sus votos en el Congreso a cambio de prebendas y supervivencia.
En fin, el registro de un partido es sólo el inicio de un proceso burocrático; su legitimidad y su propósito dependen del escrutinio público, por lo que, si permitimos que el sistema se siga inundando de siglas vacías que sólo sirven para fragmentar el voto o validar el autoritarismo, seremos cómplices de la erosión democrática. El 2030 parece lejano, pero se construye hoy, vigilando que estas nuevas agrupaciones no sean meros apéndices del poder. México necesita alas, no más cadenas pintadas de nuevos colores.
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