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AP
Publicado el sábado, 19 de marzo del 2011 a las 04:56
Nueva York, EU.- Un inmigrante mexicano que fue atacado brutalmente en Long Island hace más de una década dijo que la decisión de una corte de obligar a su agresor a cumplir con la totalidad de su sentencia es la “única satisfacción” que le queda.
Israel Pérez, quien está a punto de cumplir 30 años, se mostró satisfecho con la decisión del lunes de la Corte Federal de Apelaciones de Nueva York de no suspender la sentencia de 25 años de cárcel impuesta a Christopher Slavin.
“Estoy muy contento porque esta es una buena señal de la justicia”, dijo Pérez el viernes durante una entrevista telefónica con The Associated Press, desde California. “Sinceramente, esta es nuestra única recompensa, nuestra única satisfacción, el hecho que estas personas estén en la cárcel. Es algo muy bueno”.
Pérez fue golpeado y agredido con un cuchillo junto a un amigo suyo, Magdaleno Estrada, el 17 de septiembre del 2000, en Farmingville, en el condado de Suffolk. Sus agresores, Slavin, y Ryan Wagner, quienes entonces tenían 29 y 20 años respectivamente, engañaron a los jornaleros mexicanos prometiéndoles trabajo y llevándoles a un edificio abandonado. Allí cometieron la agresión, que fue procesada como el primer crimen de intolerancia racial en el estado de Nueva York.
Slavin había pedido recientemente a la corte que suspendiera su sentencia, alegando que durante su juicio se violó la quinta enmienda de la Constitución estadounidense. Slavin dijo que la fiscalía le forzó a mostrar los tatuajes de su cuerpo, entre los que hay una enorme esvástica. La fotografía de la esvástica fue usada como prueba en el juicio y eso violó el derecho de Slavin a no incriminarse, alegó el acusado.
Wagner fue sentenciado también a 25 años de cárcel pero un tribunal redujo la sentencia a 15 años en el 2006.
Pérez dijo el viernes que nunca olvidará la agresión que sufrió.
“Está en mi mente como si fuera ayer”, dijo. “Me dejaron cicatrices tanto físicas como mentales. Viviré con ello siempre. Las heridas aún están ahí”.
El mexicano nacido en Pachuca, en el estado de Hidalgo, trabajaba como jornalero cuando fue agredido. Ahora, explicó, no puede hacer más trabajo de construcción porque aún sufre dolores en la mano. Pérez trabaja como cocinero en un restaurante cerca de Oakland, de siete de la mañana a tres de la tarde, y luego conduce hasta otro establecimiento, donde continúa cocinando de 3:30 de la tarde a diez de la noche. Su esposa Mónica hace de camarera en uno de los restaurantes, explicó.
“Aquí estoy más tranquilo, aquí no hay grupos que te insultan y que te pegan”, dijo. “Yo llegué a Nueva York con la ilusión de trabajar y hacer mi dinerito, como todos. Pero en ese tiempo había mucho racismo, mucha discriminación”.
La zona de Long Island se vio afectada por otro grave crimen de intolerancia racial a finales del 2008, cuando un inmigrante ecuatoriano llamado Marcelo Lucero murió a manos de un grupo de jóvenes que le profirieron insultos racistas. El Departamento de Policía creó una unidad para investigar los crímenes de intolerancia racial. Aún así, el Departamento de Justicia está investigando la forma en que las autoridades de la zona responden y manejan delitos en contra de inmigrantes.
Pérez regresó a México después del ataque y vivió allí dos años, para después trasladarse a California, con su esposa y su hijo Israel, quien ahora tiene 12 años.
El inmigrante dijo que interpuso una demanda contra Slavin y a Wagner para recibir alguna indemnización pero que hasta ahora no ha visto “ni un dólar”.
“Económicamente no estamos muy bien”, dijo Pérez, quien indicó que no ha logrado legalizar su situación migratoria por falta de dinero para pagar a un abogado.
“Me iría a México pero los salarios son muy bajos”, explicó. “Creo que es mejor ser un poco pobre aquí que en México”.
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