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Jorge Castañeda
Jorge Castañeda
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02 Octubre 2017 04:08:00
Banderazo a las candidaturas independientes
En los próximos días se cierra el plazo para registrar candidaturas independientes o sin partido a los múltiples cargos de elección federal en disputa el año entrante. Las fechas para las elecciones estatales, incluyendo 9 gubernaturas, entre ellas la de la Ciudad de México, varían pero no se alejan demasiado de las federales. De suerte que ya dispondremos, muy pronto, de las respuestas a varias interrogantes.

Primero: ¿Cuántos ciudadanos intentarán obtener las firmas necesarias para figurar en la boleta en 2018? Tomando en cuenta las diferencias entre 2015, 2016 y 2018 (más elecciones, más polarización, mayor participación, mayor tiempo transcurrido desde la legalización de las candidaturas sin partido) ¿serán más o menos que en los años anteriores y pertinentes (2017 fue atípico)? De ser mayor el número, proporcionalmente hablando, podremos decir que la figura comienza a calar en la sociedad civil mexicana, como la única fórmula para hacer política electoral fuera de los partidos (las iniciativas populares en su forma actual no funcionan). De no serlo, habrá que concluir que el descrédito de la política se extiende más allá del ámbito de los partidos. También empezaremos a comprender si la “app” del INE, que permite el casi equivalente de una firma electrónica, facilita la recopilación de firmas, o la
obstaculiza.

Otra pregunta importante consistirá en el cargo para el cual se postulen más candidatos independientes. Los partidarios de esta figura siempre sostuvimos que era a nivel municipal, o distrital, donde las candidaturas de esta índole encerraban mayor sentido. A esa escala, la gente conoce a la gente: al médico, al profesor, al cura en su caso, al profesionista, al empresario, o al activista. El número de firmas, sin dejar de ser leonino, es alcanzable, y resulta más factible la difusión de ideas y características, careciendo de acceso a los medios masivos de comunicación. Es la historia de Pedro Kumamoto en Zapopan, de Alfonso Martínez en Morelia y de Manuel Clouthier en Culiacán. Se juegan un gran número de presidencias municipales trascendentes el año entrante, además de los 300 distritos de mayoría relativa. En pocos días sabremos.

Asimismo, veremos si el poco éxito –por lo menos frente a las expectativas– de las candidaturas independientes en 2017 desa-lienta o no a diversos aspirantes a cargos ejecutivos o legislativos del Senado. Hay un premio para el Senado: por la vía de primera minoría, puede ser más fácil ganar que una diputación uninominal. Supongo que ese es el cálculo de Kumamoto en Jalisco. Para las alcaldías de la capital del país, o para los nueve gubernaturas, tal vez no proliferen las independientes, aunque en la Ciudad de México, después de la movilización pos-sismo, es posible que la tentación –y la realidad– de captar el mismo entusiasmo por la acción solidaria y el mismo hartazgo con los partidos induzca a ciudadanos de a pie a presentarse. El problema sería el tiempo.

Por último, habrá el tema de los aspirantes presidenciales sin partido. Llegó la fecha fatídica para decidir (no para recaudar el millón y pico de firmas necesarias, tomando en cuenta la merma inevitable). Pedro Ferriz ya lo hizo; le deseo la mejor de las suertes, ya que fue el primero en arrancar, con mucho valor y mostrando mucha perseverancia. Doy por descontado que Armando Ríos Piter también lo hará en el transcurso de la semana, y desde luego cuenta con todo mi apoyo para juntar firmas y recursos. Emilio Álvarez Icaza declaró hace tiempo que sólo buscaría aparecer en la boleta si para agosto juntaba 80 mil firmas de apoyo –sin valor jurídico–, pero no he sabido si en efecto las reunió y si va a presentarse en el INE esta semana.

Y luego tenemos a Jaime Rodríguez, quien deberá resolver un dilema propio y otro que se le plantee al INE. Ha recorrido el país durante los fines de semana desde hace un año, tiene un nivel de reconocimiento adecuado, aunque estable, cuenta con los recursos del Gobierno del Estado de Nuevo León, por lo menos para las firmas, y nadie duda de su ambición. Pero lanzarse por las firmas es lanzarse para la elección, porque con toda seguridad las podrá conseguir. ¿Estará dispuesto a renunciar a la Gubernatura para jugar una candidatura presidencial que en las encuestas hoy no supera los 5%? O el INE aceptará que busque firmas, incluyendo en su propio estado, siendo Gobernador en funciones? ¿Se vale que el Gobernador le pida su firma a un empleado en el Gobierno que encabeza? ¿O el PRI y sus votos en el Consejo del INE y en el Tribunal ni siquiera lo plantearán como pregunta?

Esta semana se despejarán las dudas citadas, y otras más. Nadie sabe para quien trabaja, pero albergo la satisfacción de haber trabajado para una idea que hoy se vuelve realidad. No siempre
sucede.
23 Enero 2021 04:01:00
Conjeturas electorales
Ya estamos cerca de las elecciones de medio periodo: dentro de un par de semanas faltarán apenas cuatro meses. Por lo tanto, comienza a ser buen momento para arrancar con los vaticinios, o la pura especulación, que en muchos casos es lo mismo. Me limitaré a los porcentajes de votos, no tanto al número de escaños, a sabiendas que al no haber coaliciones totales los porcentajes no son un reflejo perfecto de las proporciones en la Cámara.

Muchos de los datos más abstractos ya se encuentran disponibles. Faltan nombres de candidatos a Gobernador en algunos estados, y sobre todo la identidad de los aspirantes a las 300 diputaciones de mayoría relativa. Aunque en este último caso, sabemos que una elevada proporción -tal vez hasta las tres cuartas partes- de los actuales diputados buscarán la reelección.

Sabemos también que se enfrentarán cuatro grupos de partidos: las dos alianzas grandes, los tres nuevos y Movimiento Ciudadano, que en principio va solo. Podemos empezar con los tres nuevos -Fuerza Social, de Pedro Haces, el PES, y Redes Sociales.

Si votan unos 45 millones de mexicanos -un poco menos de la mitad de la lista nominal de 92 millones- y se necesita alcanzar 3% de los votos emitidos para conservar el registro, los tres nuevos deberán obtener un poco menos de un millón y medio de votos cada uno para sobrevivir y tener representación en la Cámara de Diputados. Hoy por hoy, apuesto a que los tres lo logran; mi duda sería el partido de Haces, a pesar de los apoyos que logre en la 4T. Si así sucede, por definición allí se irán entre 8 y 9 puntos porcentuales del voto.

Luego viene MC. Me imagino que sus dirigentes y simpatizantes esperan entre 8 y 12% del voto y más de 40 diputados (tiene 27 actualmente). Me permito dudarlo. Creo más bien que si llega a 5 puntos será un buen desempeño, aunque no sé si habrá valido la pena negarse a participar en la coalición de Va por México. Tengo la impresión de que si mi estimación es correcta, PRI, PAN y PRD le hubieran ofrecido más diputaciones de las que obtendrá solo. Pongamos 5%. Van 13%-14 por ciento.

Ahora los grandes. Si nada cambia, la coalición Va por México presentará candidaturas únicas en hasta 220 distritos, pero no menos de 178 distritos. En los demás, habrá candidatos de los tres partidos que la conforman, pero de nuevo, por definición, serán distritos donde uno de los tres, y sobre todo PRI o PAN, tienen una gran ventaja. Apuesto a que dicha coalición, a pesar de todo lo que se le critique con lugares comunes como “pragmáticos”, “oportunistas”, “agua y aceite”, “sin propuestas”, etcétera, se acercará al 40% del voto, si sumamos los sufragios de los tres partidos en los distritos donde no irán unidos (menos de la cuarta parte). Si desglosamos por partido, y con un cálculo optimista, es posible que PRI y PAN se aproximen a 20% cada uno, y el PRD a unos 5%-6%, sobre todo porque es el gran ganón de la repartición de distritos dentro de la alianza. Así superarían el umbral de los 42.1% necesario para la sobrerrepresentación. Llevamos 57%-59% del voto, o en la visión optimista, casi 45 por ciento.

Ahora la 4T, compuesta electoralmente este año por Morena, PT y Verde. De nuevo, no van en coalición total, y por lo tanto los porcentajes sumados no son perfectos indicadores de los escaños. Hasta ahora, los tres integrantes llevan 151 distritos de fórmula única; pueden ser más todavía. Pero simplemente por eliminación andamos ya en 41%-43% del voto, si a la oposición le va regular, y sin alcanzar 40%, si a la oposición le va bien. Es mucho menos que en 2018, cuando Morena sumó 36.6% y los otros dos 3.4% y 4.6 por ciento.

Como se ve, si estas estimaciones o conjeturas tienen sentido, la 4T pierde con mucho la mayoría constitucional en la Cámara, y más que posiblemente la mayoría absoluta también. Puede ser la coalición más grande -está por verse- y tal vez pueda contar con una decena de diputados de los tres nuevos (no todos, aún si los tres consiguen el registro).

Todo esto, si las cosas van bien para López Obrador y su Gobierno. A juzgar por el fiasco de las vacunas y por el número de muertos, no es probable. A ello se deben, tal vez, el mal humor y los bandazos de la 4T.
21 Enero 2021 04:00:00
Las vacunas y los paisanos
Hace unas semanas el encuestador Jorge Buendía publicó un artículo sugerente en El Universal. Apuntaba que si bien la pandemia no afectó mayormente la popularidad y aprobación de López Obrador el año pasado, la evolución en 2021 podía ser diferente. No se si todas las encuestas arrojan la misma conclusión para 2020, pero creo que el razonamiento de Buendía es válido para este año.

La idea es que la vacuna es un tema mucho más cercano a la gente, mucho más conocido por la gente, y mucho más fácilmente comparable con el resto del mundo que el desempeño del Gobierno frente al Covid-19 en abstracto. Creo que tiene razón.

Las comparaciones internacionales sobre los diversos índices de combate a la pandemia son contundentes, pero no son siempre fáciles de asimilar. Tan es así, que el Gobierno de López Obrador ha mentido sistemáticamente al respecto, sin pagar un precio muy elevado. La vacuna va a ser más compleja, por varias razones, pero sobre todo por dos.

Por un lado –y es el menos importante– decenas de miles de mexicanos se comenzaron a trasladar a Estados Unidos desde diciembre para vacunarse. La inmensa mayoría provenían de las clases medias altas, o altas. Unos lo lograron por contar con la doble nacionalidad. Otros, por disponer de un domicilio en algún estado de la Unión Americana, sin necesariamente ser residentes permanentes. Algunos, por ser empleados temporales en Estados Unidos, o tener más de 65 años, o padecer de alguna condición de vulnerabilidad. Todos ellos –y son muchos: no nos equivoquemos– vienen de regreso a México y cuentan su historia. Una vacuna confiable; una espera razonable; una segunda cita segura.

Pero la segunda razón es más importante. Decenas de millones de mexicanos tienen familia o amigos en Estados Unidos. De ellos, algunos son naturalizados norteamericanos. Otros son residentes permanentes. Muchos –6 millones– son indocumentados. Todos ellos, en mayor o menor medida –los que carecen de papeles en Nebraska, por ejemplo– se podrán vacunar en las próximas semanas. Sus hijos, padres, hermanos, primos y compadres en México, no.

En un país tan interconectado con Estados Unidos, todos estos últimos van a compartir su experiencia allá con sus familiares y amigos acá. Para ciertos paisanos, será negativa. Para la inmensa mayoría, resultará positiva, sobre todo comparada con la mexicana. Es posible, incluso probable, que los de acá comparen la experiencia de los de allá con la suya. Y se pregunten: ¿Por qué en México no se puede?

De la misma manera en que todos los países –con muy contadas excepciones– manejaron mal la pandemia, la inmensa mayoría –salvo Israel– han enfrentado mal hasta ahora el reto de la vacunación. México lo ha hecho peor que casi todos los países en lo tocante a la pandemia, y dejando a un lado las mentiras del Gobierno, va muy mal en materia de vacunas. Es lógico, aunque evitable.

La diferencia con otros es que 10% de nuestra población vive en Estados Unidos, y un 25% tiene familiares allá. La comparación es inevitable, y desventajosa. López Obrador lo sabe, y por eso le teme.
14 Enero 2021 04:04:00
Las autónomas y el provinciano
Sabemos que en su infinita ignorancia y desmemoria, López Obrador hoy hace caso omiso de las razones por las cuales se crearon un buen número de instituciones autónomas en México, o se dotó de autonomía a varias más preexistentes. Este fue un país de partido único durante casi 70 años. La agenda democratizadora, es decir, de poner un término al régimen de partido único, consistió en parte en retirarle al Gobierno -es decir al partido- el mando sobre el conjunto de instituciones del Estado.

A diferencia de otros regímenes autoritarios, bajo los cuales se produjo un ruptura radical con el orden anterior, en México se conservó una gran cantidad de características del autoritarismo de antes. Nadie -ni el PRI, ni el PAN, ni el PRD, ni ahora Morena- quisieron ver al régimen previo como un sistema que debía ser por completo desmantelado. Se optó -todos optaron, desde Zedillo hasta AMLO, pasando por Fox y Calderón- por la vía de los parches, del gradualismo, de la media ruptura medio pactada. Esto implicaba necesariamente quitarle poder al Gobierno, para que pudiera haber alternancia dentro del sistema. Esto no fue ni Europa del Este, ni España, ni siquiera Chile. Las autonomías en México son producto del tipo de transición que se escogió, y en parte también, desde luego, de tendencias globales.

Si López Obrador es incapaz de entender lo primero, es aún menos apto para comprender lo segundo. Su provincianismo y simplismo no le permiten ver que en otros países, la creación de entes autónomos fue para evitar males mayores. Por ejemplo, a propósito del Inai y la transparencia, la Freedom of Information Act de 1967 en Estados Unidos surgió en alguna medida para evitar las filtraciones a la prensa. Las comisiones de competencia o antimonopolios se crearon para que no fuera el Gobierno -siempre en peligro de ser capturado- que tuviera que enfrentar directamente a lo que desde Marx se llamaban los grandes trusts. Y muchas comisiones de Derechos Humanos nacionales u ombudsmen han surgido a lo largo de los últimos decenios para limitar -no siempre para bien- la mirada externa ante violaciones de derechos humanos.

En otras palabras, si López Obrador logra su cometido, en alianza con parte de la oposición, de destruir las instituciones autónomas tanto reglamentarias como constitucionales, no solo revertirá buena parte del progreso democrático del país, sino que también generará una tendencia contraria y contraproducente, ante sus propias intenciones.

Si no hay Inai, habrá filtraciones como antes (y las sigue habiendo). Pero sobre todo, las organizaciones de la sociedad civil y los medios, a quienes tanto detesta el Presidente, llenarán el vacío, como lo hacen ahora con la corrupción de sus hermanos, primas y cuates. Si no hay Cofece, las instancias antimonopólicas de naciones con las que México ha firmado acuerdos de libre comercio (sobre todo Estados Unidos, pero también Canadá, la Unión Europea y Japón) llenarán el vacío; lo mismo sucederá con el IFT. Si no hay CNDH digna del hombre (la actual no lo es), Amnesty International, Human Rights Watch, el Departamento de Estado y el Parlamento Europeo llenarán el vacío.

Y si a López Obrador se le ocurriera recolonizar al INE y al Banco de México, la sociedad civil mexicana, los gobiernos interesados en la democracia en México (por buenas o malas razones) y el Fondo Monetario Internacional y en menor medida el Banco Mundial, llenarán el vacío.

López Obrador parece pensar que en todos estos asuntos, “otro mundo es posible”, como le encantaba decir a su héroe Fidel Castro. Para China, tal vez. Para países como el nuestro, no. Su atentado contra las autonomías resultará pernicioso para la democracia, sin duda, pero también fútil. ¿Por qué se parecen tanto los estados modernos? ¿Por el neoliberalismo o por la globalización? Lo primero es ficción o combatible, a un costo. Lo segundo, no. Aunque a AMLO no le guste.
09 Enero 2021 04:01:00
El peor Presidente de la historia de EU y los testículos del toro
Desde principios de 2016 advertí, en un video visto por millones de personas (el único para el que he tenido un público semejante) que Trump era un peligro para México, para Estados Unidos y para el mundo.

A lo largo de estos cinco años, y del cuatrienio de su mandato, insistí que los intentos de unos y otros –desde Peña Nieto hasta López Obrador, desde Shinto Abe hasta Macron, desde Bolsonaro hasta Erdogan– por entenderse con él, aplacarlo o ser acomodaticios con él, fracasarían y encerrarían un elevado costo.

Estaba destinado a ser el peor Presidente de la historia de Estados Unidos, al ser derrotado en su intento de reelección, y a ser juzgado y encarcelado cuando vuelva a la vida civil. Casi todos estos vaticinios se han confirmado. Falta el último.

Varios presidentes norteamericanos han pasado a la historia como extraordinariamente malos. Andrew Johnson, que sucedió a Lincoln y destruyó la esperanza de la reconstrucción posterior a la Guerra de Secesión, quizás fue el primero. Warren Harding, electo justo después de Woodrow Wilson, corrupto y decidioso, podría ser el segundo. Herbert Hoover que, se desentendió de la Gran Depresión entre 1929 y finales de 1932, sin duda califica. Trump es el cuarto, aunque algunos historiadores norteamericanos podrían encontrar otro par.

Para quienes los apoyaron durante sus mandatos, dentro o fuera de Estados Unidos, el estigma fue permanente. Lo será para Trump también, no solo por lo que ya sabemos de su reinado, sino sobre todo por lo que nos falta saber. La corrupción, las mentiras, las violaciones a múltiples leyes, el racismo y el aliento a los supremacistas blancos, van a hundirlo para siempre, conforme vaya emergiendo la verdad de sus fechorías.

Pero lo peor será lo último; así suele suceder en todas partes. Recordamos a López Portillo por los últimos meses de su gestión y a Salinas de Gortari por el último año de la suya. La historia puede ser injusta, pero es también inclemente.

Lo que hizo Trump en la capital de su país, como desenlace de sus falsedades e inventos desde el 3 de noviembre, es por lo que será recordado. Junto con las consecuencias: ya sea un nuevo impeachment, esta vez exitoso, ya sea la aplicación del 25 Enmienda constitucional, que implica su destitución por el Gabinete, ya sea un autoindulto que nadie le perdonaría.

Ser amigo de Trump fue entonces una mala idea. Admirarlo, identificarse con él, respaldarlo en todo, fue una peor idea. Y seguir tomando su partido (por ejemplo contra Facebook y Twitter) es una franca estupidez.

López Obrador no solo se verá estigmatizado para siempre en Estados Unidos, sino también por muchos sectores en México y en el resto del mundo.

Llegará el momento que a fuerza de jalarle casi diario los testículos al toro, este último se va a enojar. Y Biden tiene fama de mecha corta.
07 Enero 2021 04:00:00
Aplausos y resultados
Una de las discusiones más interesantes en las páginas editoriales de los periódicos en México y en los medios masivos consiste en responder a una pregunta. ¿Cómo es qué con resultados tan mediocres, por no decir patéticos, López Obrador conserve una popularidad tan elevada? No pretendo ofrecer una explicación, pero sí aportar algunos elementos propios de los últimos días.

Conviene de entrada matizar una interpretación, a saber, que Fox y Calderón se encontraban en niveles de aprobación casi idénticos a los de López Obrador al comenzar el tercer año de su sexenio. Sí, pero con resultados económicos muy superiores. Con los números de la 4T, los dos panistas se habrían desplomado.

Justamente en eso estriba un elemento de cierta pertinencia. Quienes sostienen que AMLO mantiene su popularidad a pesar de nulos logros, suelen argumentar que existe una conexión prácticamente mágica entre el Presidente y sus seguidores: los 30 millones que votaron por el, o los 20 que todavía lo aplauden, o los 35 que lo veneran más que nunca. Por lo tanto, los resultados no vienen al caso. Se trata del  equivalente de Trump, y de su famosa puntada: “Si matara a alguien en plena Quinta Avenida, no pasaría nada”.

Otros pensamos que es solo cosa de tiempo para que los resultados y los aplausos se equiparen, en un sentido o en otro. El Banco Mundial acaba de publicar cifras para el 2020, ya casi definitivas, de contracción económica, y para el 2021, de crecimiento de las economías. El caso de México es el siguiente, sujeto a pequeñas variaciones en los últimos meses del año pasado.

La economía mexicana decreció 9% en 2020, según el BM, y la mayoría de las demás instituciones públicas o privadas que proponen estimaciones. La economía mundial se habrá contraído 4.3%, es decir, menos del doble que México. Las economías emergentes y en desarrollo disminuyeron su tamaño en 2.6%, casi cuatro veces menos que México. El PIB de Estados Unidos, que debiera ser el principal punto de comparación para nosotros, cayó 3.6%. Si no nos gusta ese referente, podemos irnos a Brasil: -4.5%, la mitad de la caída mexicana. Solo algunas economías europeas y Argentina padecieron una caída tan pronunciada como la de México.

Estos son datos duros, pero abstractos. Sin embargo, reflejan variaciones análogas en empleo, ingreso, inversión y salud. Esas afectan directamente a la gente. A nadie le importa que nos haya ido peor que a Brasil, salvo a los comentócratas. En cambio, la intensidad, la profundidad y la duración del desempleo sí le preocupa a la gente. Sobre todo si recordamos que los países mencionados, y muchos más, no solo decrecieron menos que nosotros, sino que gastaron mucho más en proteger a la gente, principalmente en Europa. Es decir, a los mexicanos nos fue peor casi que a todos: mayor contracción, menores apoyos. No creo que haya magia que resista a esto.

Ahora bien, una golondrina no hace verano, pero incluso una serie de encuestas como las de El Financiero, que casi siempre mantiene a López Obrador en niveles de aprobación superiores a las demás empresas, comienza a reflejar el emparejamiento de los aplausos y los resultados. No me refiere al pequeño descenso en la popularidad presidencial, que puede ser estacional. Me centro en la pregunta que tanto en México como en otros países sirve más, en sus distintas versiones, para palpar el sentimiento de la gente: El país ¿va por buen o mal camino?

En la encuesta publicada ayer en el citado diario, aparece una caída dramática en el “buen camino” entre noviembre y diciembre. En el penúltimo mes del año, 46% de los mexicanos pensaban que el país iba por buen camino, 31% por mal camino, y 22% “regular”; en mi opinión, y de varios encuestadores, en México “regular” posee una connotación negativa. Estas cifras ya reflejaban una baja importante en relación a octubre, cuando el “buen” camino se encontraba en 51%, el “mal” camino en 25%, y el “regular en 22 por ciento.

Pero en diciembre se produjo un desplome. El “buen” camino descendió 18%, llegando a 28% de los mexicanos; el “mal” camino subió ligeramente, de 31% a 34%, y el “regular” se disparó 15 puntos, alcanzando 37%. El “buen” camino ha perdido 23% en dos meses.

Son encuestas telefónicas, con muestras pequeñas, en coyunturas muy especiales. No señalan necesariamente una tendencia. Pero si juntamos los sondeos con las cifras económicas nacionales comparadas con las de otros países, y el gasto de apoyo en estos últimos, comienza a configurarse un patrón. O eso parece.
24 Diciembre 2020 04:03:00
AMLO y la comentocracia
Desde hace varios sexenios, el estamento nacional que creo haber bautizado algunos años atrás como la comentocracia, ha sostenido una relación compleja, contradictoria y mutuamente benéfica con el Estado mexicano. Compuesta por una mezcla ecléctica y en ocasiones excéntrica de la academia, la intelectualidad, los creadores artísticos, un sector de los medios impresos y ahora electrónicos, parte del servicio exterior o de las tecnocracias en reserva o en retiro, este segmento de la sociedad mexicana ha sido a la vez poderoso y marginal, congruente e hipócrita, íntegro y parte del sistema.

Una de sus características siempre fue ser un puente, en gran medida autodesignado, entre el Estado y por lo menos una parte de la sociedad. En ocasiones era parte del Estado; a veces criticaba al Estado; de vez en cuando incluso luchaba contra el Estado; pero siempre mantenía algún tipo de comunicación con el Gobierno en turno.

En cada sexenio, por lo menos desde el general Cárdenas, y en todo caso desde Echeverría, la comentocracia crítica y en particular la intelectualidad de oposición, mantuvo puntos de encuentro con el Gobierno. Aun tratándose de uno de los regímenes más represivos y anti-intelectuales como pudo haberlo sido el de Díaz Ordaz, desde la secretaría de la Presidencia, Emilio Martínez Manautou, y desde la SEP, Agustín Yañez, tejieron todo tipo de vínculos con la oposición intelectual. Como es bien sabido, el director de Petróleos Mexicanos, Jesús Reyes Heróles y el de la Conasupo, Jorge de la Vega Domínguez,  representaron a Díaz Ordaz en las negociaciones con los líderes estudiantiles en 1968.

En todos los sexenios subsiguientes, varios secretarios de Estado, y con mucha frecuencia el propio Presidente de la República, dialogaban con economistas, académicos, escritores, artistas, muchos de ellos opositores, o por lo menos críticos frente a su gobierno. Estos, por su parte, podían sostener cierto tipo de relación con el Estado. A partir del golpe contra Scherer en Excélsior en 1976, en alguna medida se complicó esta relación, pero nunca dejó de existir. Hacia finales del Gobierno de López Portillo, este último acuñó la frase celebre de que “no les pagaba para que le pegaran”, pero el hecho es que muchos de los integrantes de su gabinete sostenían relaciones constantes y mutuamente productivas con buena parte de la comentocracia.

Cada presidente sucesivo lo hizo a su manera: De la Madrid con cierta parquedad; Salinas de Gortari con entusiasmo y a veces con una buena dosis de cinismo; Zedillo con indiferencia y resignación, pero con sentido de obligación; Fox con pereza e indiferencia, pero consciente de la necesidad de hacerlo. De Calderón, no tengo la menor idea, pero en el caso de Peña Nieto, sin disponer tampoco de mucha imformación, sé que sus principales colaboradores frecuentaban a parte de la comentocracia. Peña mismo no; como le dijo a un jerarca priísta el Presidente: “Para que los veo si ya sé lo que me van a decir”. Me recordó lo que me dijo una vez Zedillo cuando me invitó a comer a Los Pinos en 1995: “Por aquí desfilan todos diciéndome lo que tengo que hacer. Ya estoy harto”.

Todos estos gobiernos, ya sea a través del Presidente o de sus más cercanos colaboradores, conversaban con la comentocracia porque era una manera de captar lo que sentía la sociedad mexicana. No que la comentocracia fuera representativa de la misma; obviamente no lo era, pero constituía una de las cadenas de transmisión existentes y hasta cierto punto eficaces. De ese modo, el Presidente y el Gobierno tenían más o menos idea de qué pensaba “la gente” o en todo caso lo que pensaba el grupo que formaba opinión en nombre de esa gente. De esta manera, el Presidente y sus colaboradores más cercanos recibían información, sensibilidad y sentimientos de la parte de la sociedad que en teoría representaba el estamento en cuestión, con todas las variantes posibles de veracidad, de representatividad, y de pertinencia.

López Obrador, hasta donde yo tengo conocimiento, no conversa con nadie de la comentocracia crítica u opositora. Salvo dos o tres de sus colaboradores, tampoco nadie de su Gobierno lo hace. Pero incluso quienes sí mantienen alguna comunicación con la comentocracia -Ebrard, Cárdenas, Scherer, antes Moctezuma- guardan su contenido para sí mismos; no se lo transmiten al jefe.

En consecuencia, López Obrador desconoce por completo el estado de ánimo de ese sector, que a su vez refleja el humor de la mitad de la sociedad que no lo apoya. Y por lo tanto, López Obrador, a diferencia de todos sus predecesores, ignora la profundidad, la intensidad, el carácter multifácetico, del descontento -o incluso del odio- que ese sector le tiene. No son todos los mexicanos, tal vez no sean una mayoría, pero son muchos. Más que los beneficiarios, por cierto, de las 3 mil vacunas que la SRE mandó traer de Europa (Trump parece que no nos quiere tanto), en una tomadura de pelo sin rival a la ilusionada sociedad mexicana. Lo que sigue de bananero.
21 Diciembre 2020 04:00:00
El semáforo rojo, los brasileños y la necedad de Morena
La Ciudad de México se vio obligada a tomar una decisión desgarradora. Por un lado, el nivel de contagios, de hospitalizaciones y de fallecimientos se acercó peligrosamente a los picos de abril o mayo, tal vez incluso rebasándolos. Había que hacer algo. Por el otro, cerrar todo de nuevo (semáforo rojo), en esta temporada, será devastador para la economía del Valle de México. La primera vez que se cerró todo, la gente pudo recurrir a ahorros, vender algo, cancelar proyectos. Esta vez, no.

El riesgo no es menor. El Fondo Monetario Internacional ha estudiado casos de disrupciones provocadas por pandemias en 133 países entre 2001 y 2018. Encontró que suelen producirse brotes de inestabilidad social 14 meses después del inicio de la enfermedad, y entre más desigual es cada sociedad, mayor la inestabilidad.

La solución a esta alternativa del diablo, sin embargo, parecería obvia, a la luz de la experiencia de otros países. Lo lógico estribaría en cerrar la economía otra vez, hasta que los números desciendan y/o las vacunas lleguen (quizás las traigan los médicos cubanos de Navidad), e invertir una gran cantidad de dinero en apoyo a las personas, a través de mecanismos ya utilizados en otros países.

Uno puede ser la entrega de un cheque grande a cada mexicano adulto, como en Estados Unidos. Otro reside en mantener el salario de los empleados, obreros, etcétera, mediante un subsidio gubernamental, a la europea. Otro más consiste en el esquema brasileño: un ingreso básico masivo para la gente de menores ingresos, de duración limitada, de monto reducido pero significativo, y que no reviente las finanzas públicas (hasta donde sea posible).

La revista The Economist explica con gran detalle esta semana el esquema de Brasil. El Congreso brasileño, junto con el Gobierno de ultraderecha de Bolsonaro, pusieron en práctica un programa llamado auxilio emergencial para 68 millones de personas, casi la tercera parte de la población.

Se le entregaron 600 reales (110 dólares) mensuales a esa población durante seis meses; luego la suma se redujo a la mitad, pero se extendió la entrega hasta final de año. Junto con otros gastos especiales, el apoyo fiscal de Brasil alcanzó 8 puntos del PIB, entre los más altos del G-20, y el doble de la mayoría de las economías emergentes.

La pobreza extrema disminuyó en Brasil estos meses y el mecanismo impidió la caída en la pobreza de 15 millones de personas. El coeficiente Gini, que mide la desigualdad, mejoró, bajando de 0.55 a 0.49, un cambio importante. La contracción económica para todo el año será de menos de 5%, la mitad de la caída mexicana.

El problema es que al concluir el esquema el 31 de diciembre, el Gobierno no tiene más que tres soluciones, según The Economist. O bien reduce los apoyos a los niveles de antes de la pandemia, en una situación aún de desempleo y de caída dramática del ingreso. Esto podría provocar varios tipos de inestabilidad.

O bien rompe el techo constitucional de gasto público, incluso si reduce los estipendios paulatinamente, incurriendo en el riesgo de incrementar el déficit, la deuda pública y de sufrir en su calificación crediticia. O bien pone en práctica una serie de reformas fiscales, reduciendo el gasto en otros rubros, algo difícil en plena recesión.

Puede haber también una combinación de las tres opciones. El hecho es que un Gobierno de derecha aplicó un programa de desembolso verdadero a la gente, y le salió bien. Enfrenta las consecuencias de su éxito.

En México hoy enfrentamos las de nuestro fracaso. Cerrar la economía del Valle de México (y quien sabe de cuantos estados más) sin un programa fiscal robusto de apoyo a la gente y a las pequeñas empresas, es criminal. Teniendo acceso incondicional a las líneas de crédito gigantescas del FMI, es aberrante. Para cualquier Gobierno, y sobre todo para uno que se presume de izquierda.
19 Diciembre 2020 04:01:00
El semáforo rojo, los brasileños y la necedad de Morena
La Ciudad de México se vio obligada a tomar una decisión desgarradora. Por un lado, el nivel de contagios, de hospitalizaciones y de fallecimientos se acercó peligrosamente a los picos de abril o mayo, tal vez incluso rebasándolos. Había qué hacer algo.

Por el otro, cerrar todo de nuevo (semáforo rojo), en esta temporada, será devastador para la economía del Valle de México. La primera vez que se cerró todo, la gente pudo recurrir a ahorros, vender algo, cancelar proyectos. Esta vez, no.

El riesgo no es menor. El Fondo Monetario Internacional ha estudiado casos de disrupciones provocadas por pandemias en 133 países entre 2001 y 2018. Encontró que suelen producirse brotes de inestabilidad social 14 meses después del inicio de la enfermedad, y entre más desigual es cada sociedad, mayor la inestabilidad.

La solución a esta alternativa del diablo, sin embargo, parecería obvia, a la luz de la experiencia de otros países. Lo lógico estribaría en cerrar la economía otra vez, hasta que los números desciendan y/o las vacunas lleguen (quizás las traigan los médicos cubanos de Navidad), e invertir una gran cantidad de dinero en apoyo a las personas, a través de mecanismos ya utilizados en otros países.

Uno puede ser la entrega de un cheque grande a cada mexicano adulto, como en Estados Unidos. Otro reside en mantener el salario de los empleados, obreros, etc, mediante un subsidio gubernamental, a la europea. Otro más consiste en el esquema brasileño: un ingreso básico masivo para la gente de menores ingresos, de duración limitada, de monto reducido pero significativo, y que no reviente las finanzas públicas (hasta donde sea posible).

La revista The Economist explica con gran detalle esta semana el esquema de Brasil. El Congreso brasileño, junto con el Gobierno de ultraderecha de Bolsonaro, pusieron en práctica un programa llamado Auxilio Emergencial para 68 millones de personas, casi la tercera parte de la población. Se les entregaron 600 reais (110 dólares) mensuales a esa población durante seis meses; luego la suma se redujo a la mitad, pero se extendió la entrega hasta final de año. Junto con otros gastos especiales, el apoyo fiscal de Brasil alcanzó ocho puntos del PIB, entre los más altos del G-20, y el doble de la mayoría de las economías emergentes.

La pobreza extrema disminuyó en Brasil estos meses, y el mecanismo impidió la caída en la pobreza de 15 millones de personas. El coeficiente Gini, que mide la desigualdad, mejoró, bajando de 0.55 a 0.49, un cambio importante. La contracción económica para todo el año será menor del 5%, la mitad de la caída mexicana.

El problema es que al concluir el esquema el 31 de diciembre, el Gobierno no tiene más que tres soluciones, según The Economist. O bien reduce los apoyos a los niveles de antes de la pandemia, en una situación aún de desempleo y de caída dramática del ingreso; esto podría provocar varios tipos de inestabilidad. O bien rompe el techo constitucional de gasto público, incluso si reduce los estipendios paulatinamente, incurriendo en el riesgo de incrementar el déficit, la deuda pública y de sufrir en su calificación crediticia. O bien pone en práctica una serie de reformas fiscales, reduciendo el gasto en otros rubros, algo difícil en plena recesión. Puede haber también una combinación de las tres opciones.

El hecho es que un Gobierno de derecha aplicó un programa de desembolso verdadero a la gente, y le salió bien. Enfrenta las consecuencias de su éxito. En México hoy enfrentamos las de nuestro fracaso. Cerrar la economía del Valle de México (y quien sabe de cuántos estados más) sin un programa fiscal robusto de apoyo a la gente y a las pequeñas empresas, es criminal.

Teniendo acceso incondicional a las líneas de crédito gigantescas del FMI, es aberrante. Para cualquier Gobierno, y sobre todo para uno que se presume de izquierda.
17 Diciembre 2020 04:04:00
Las vacunas y los amiguitos de Trump
Al día de hoy, en el mundo occidental, existe una vacuna que ya le ha sido aplicada a un determinado número de personas. No como parte de pruebas masivas de Fase 3, ni la rusa o la china que se aplican en esos países (y en Bahrein) sin el mismo procedimiento de pruebas en tres fases que en los países de la OCDE. Esa vacuna es la Pfizer. La de Moderna ya pasó el penúltimo filtro norteamericano ayer; el último (del CDC) será mañana o pasado, y posiblemente se estará inyectando a principios de la semana entrante.

La de Pfizer se ha colocado, al día de hoy, en tres países: Reino Unido, Estados Unidos y Canadá (en Toronto, desde el domingo), en orden cronológico. Las dosis se están surtiendo de plantas de Pfizer o Pfizer-BioNtech en Michigan y Bélgica.  En otras palabras, las primeras vacunas son para los que la produjeron -los norteamericanos- y para sus dos amigos de siempre, Inglaterra y Canadá.

Según el periódico Milenio, las dosis para 125 mil personas (no 250 mil) se encuentran ya en camino a México, aunque el Gobierno ha dicho que no llegarán hasta después del 22 de diciembre. Ningún otro diario mexicano ni extranjero ha confirmado que las vacunas para México ya fueron subidas a sus respectivos tráileres ni existe noticia alguna de que esto haya ocurrido. Por lo pronto estamos en la cola, no precisamente hasta adelante.

Durante muchos años, Canadá y el Reino Unido se vanagloriaban de una “relación especial” con Estados Unidos en general, y con Washington en particular. Cualquiera de los dos jefes de gobierno era el primero en ser recibido o visitado por un nuevo presidente estadunidense; a través del grupo Five Eyes, compartían cierto tipo de inteligencia solo con ellos; y en momentos críticos, Canadá y Londres eran mano para cualquier trato especial por parte de la superpotencia.

A partir de las presidencias de George W. Bush y Fox, esto cambió ligeramente. El primer país en recibir a Bush fue México, y el primer mandatario en ser invitado a una visita de Estado a la Casa Blanca fue Fox. No pasó de lo protocolario el cambio, pero fue un paso.

Ahora sabemos que Biden buscó dar un paso adicional. Procuró convencer a Justin Trudeau y a López Obrador que ellos fueran, como naciones vecinas, los primeros mandatarios en felicitarlo, de ser posible simultáneamente, el sábado 7 noviembre, una vez que las cadenas de televisión, conforme a la tradición estadunidense, lo declararan vencedor. Trudeau aceptó; López Obrador se negó. También mandó una ley al Congreso que hoy fue aprobada y que ha sido considerada por Estados Unidos como contraria a la cooperación entre ambos países.

Hasta ahora se animó a enviarle un carta fría, egocéntrica (It’s all about me), de ardido y medio bananera (su no intervención, su sureste y Centroamérica, su 4T), y es muy probable que en los próximos días se producirá una conversación telefónica entre AMLO y Biden. Además, habrá cambio de embajadores en ambos países, y eso siempre ayuda en situaciones como esta.

¿Qué tienen que ver la vacuna de Pfizer y la carta a Biden? En principio nada, salvo dos posibles conclusiones. Ser amiguitos de Trump no parece habernos servido de nada, en cuanto a ser los primeros en recibir la vacuna. Trudeau no fue a la “cumbre” del T-MEC en Washington en agosto, fue el primero en felicitar a Biden, y el segundo en recibir la vacuna, escasas horas después de Boris Johnson en Inglaterra. Nosotros no estamos en la primera división, o en las ligas mayores, o en la metáfora que a cada quien le guste. ¿No importa? ¿No nos corresponde? Quién sabe, pero pronto sabremos a cuántas personas podremos vacunar en cuánto tiempo, comparados con otros países. Todo se sabe.
16 Diciembre 2020 04:03:00
¿De locos o de estrategia?
Es difícil determinar si el frenesí legislativo y de nombramientos extraños de los últimos días hábiles del año corresponden a una estrategia del Gobierno, o, como lo sugiere Macario Schettino, un diseño de locos. Ambas hipótesis tienen lógica, y las dos encierran elementos incomprensibles.

La de locos, primero. Las iniciativas de ley sobre outsourcing (pospuesta de jure gracias a compromisos de facto de las empresas), pensiones, agentes extranjeros, compra de dólares por Banco de México, glifosato e importación de maíz transgénico, junto con la posposición de una resolución sobre la mariguana hasta las calendas griegas, la felicitación a Biden por su triunfo casi hasta entonces y los nombramientos en Economía, Tesorería y Banxico, conforman un conjunto disparatado, en apariencia carente de cualquier racionalidad.

Lo de Banco de México ha sido ya tan analizado y criticado que no tiene mayor sentido repetir las objeciones. Si responde a una presión de algunos bancos, o un primer intento de acotar su autonomía, en sí mismo no importa mucho. En esta óptica, de ningún “method in his madness”, es una ocurrencia más de López Obrador, o de sus colaboradores cercanos, sin valoración alguna de los daños colaterales.

El intento por convencer a los espías que se registren como espías, e informen de sus actividades de espionaje, así como de los resultados obtenidos espiando, es del Inspector Clouseau. Los nombres de los agentes de la DEA no encubiertos se encuentran en una caja fuerte de Relaciones Exteriores desde 1992. Lo demás es ridículo.

Posponer de nuevo la descriminalización de la mariguana, salvo para los pobres ilusos nacionales y extranjeros que se la creyeron, no hace más que confirmar el cinismo de López Obrador. Los deja emocionarse hasta donde quieran, sabiendo que su desencanto será efímero.

Los nombramientos son en buena medida aberrantes, pero solo si importaran. Como dan lo mismo, son insignificantes. Y si AMLO permitió que su afecto y admiración por Trump lo condujo a posponer hasta el último momento su felicitación a Biden, ni modo. Se trata de una excentricidad más del mexicano, incluso loable al mostrar un lado humano y solidario que no se le conoce demasiado.

Ahora bien, la tesis según la cual todo esto constituye un giro consciente de la 4T hacia la izquierda, y un endurecimiento frente a Estados Unidos, tampoco desmerece. Casi todos las medidas descritas poseen un tufo antiempresarial (salvo el caso de algunos empresarios de la banca). Los nombramientos encierran un sesgo de izquierda aparente, por lo menos en la opinión, aunque no necesariamente en los hechos.

Las enmiendas a la Ley de Seguridad Nacional van dirigidas contra Estados Unidos, aunque no se diga explícitamente (nadie más, salvo los cubanos, tiene auténticos agentes encubiertos en México). Las nuevas prerrogativas del banco central a quien más pueden irritar es a Washington, tanto por razones monetarias como de narcotráfico.

En esta óptica, López Obrador habría resuelto endurecer su postura en general, para fines electorales el año entrante, y ante Estados Unidos en particular, al quedarse ya sin su aliado y amigo. Para las elecciones de medio período, López Obrador quiere dirigirse a su base y movilizarla, y para eso nada es tan eficaz como el nacionalismo y medidas simplonas pero atractivas para la gente: reducir por ley las comisiones de las Afores y suprimir el outsourcing, por ley o por chantaje, por ejemplo.

Pero habría también un mar de fondo en algunas de las decisiones de los últimos días. Las disposiciones sobre agentes extranjeros permitirían muy a la mexicana y a la cubana o soviética, aplicar una serie de exigencias discrecionalmente: a unos sí, a otros no; a unos en una coyuntura dada, y no en otra.

Es una espada de Damocles suspendida sobre la cabeza de la DEA y demás, que permitiría una expulsión legal cuando fuera deseable hacerlo, aunque en realidad solo obligará a las agencias norteamericanas a sumergirse más en la clandestinidad, como lo ha sugerido Hope.

Y los nombramientos en Tesorería y en Banxico no es que sean de izquierda o de derecha, sino de cuadros leales y políticos que pueden actuar de una manera u otro según las circunstancias. López Obrador posee la notable habilidad de traer a todo el país adivinando el sentido profundo de sus actos.

Estas dos hipótesis son tan válidas, o irreales, como otras. Seguramente se divierte con los misterios que lanza al mar, como otros nos entretenemos procurando descifrarlos. Ejercicios ociosos, ambos, pero es el Gobierno que hay.
10 Diciembre 2020 04:00:00
Las mentiras del Gobierno
Los gobiernos mienten, ahora y siempre. Algunos lo hacen con cierta prudencia, a través de omisiones, exageraciones y medias verdades. Los presidentes solían dejarle la tarea de mentir a sus subordinados, porque los primeros no son sustituibles. Una mentira de un jefe de Estado o de Gobierno descubierta provoca una crisis política mayúscula; si se trata de un ministro o portavoz, simplemente se va.

Esto cambió con la llegada a la Presidencia de gente como Trump, López Obrador, Bolsonaro, Duterte y varios más. La cantidad de mentiras de Trump ha sido contabilizada y divulgada por The Washington Post; la de López Obrador por estudiosos como Luis Estrada. En el caso de México, sin embargo, se podría pensar que al igual que los tuits de Trump, las mañaneras de AMLO son pasatiempos o divertimentos; no se deben tomar muy en serio. Hay algo de razón en esto. Pero hay también un peligro. El Gobierno de López Obrador miente, en asuntos sin mayor importancia, como el que reseñaré a continuación, y en otros de enorme trascendencia, como el de la vacuna. Ya no son juegos u ocurrencias de la mañanera. Son cosa seria.

Desde la visita del secretario de Estado Pompeo a México en el verano de 2018, cuando se reunió con López Obrador, y en múltiples ocasiones a partir de entonces, el equipo de López Obrador ha afirmado que pensaba enfocar la crisis migratoria del triángulo del norte, México y Estados Unidos mediante medidas coercitivas, pero también con programas de apoyo, inversión y desarrollo en Honduras, El Salvador y Guatemala. Insistió repetidamente que Washington estaba de acuerdo, y que no solo contribuiría a este esfuerzo, sino que lo haría en montos muy superiores a los de México.

Primera mentira: Trump nunca accedió a aportar un solo centavo para Centroamérica, y hoy, a 40 días de su partida, no lo ha hecho ni lo hará. Cuando mucho, se anunció sin fundamento, que Estados Unidos, vía la exOPIC (ahora Development Finance Corporation) garantizaría inversiones por un supuesto total de casi 5 mi millones de dólares. Huelga decir que nada de eso sucedió.

Pero el equipo de López Obrador insistió que en todo caso, México pondría su parte: 30 millones de dólares, en una primera entrega, para los tres países. Altos funcionarios mexicanos viajaron a El Salvador y a Honduras para participar en ceremonias de entrega de los recursos; hasta plantaron arbolitos con los presidentes de dichos países. Ahora resulta, según nota de Reforma publicada el 28 de noviembre, que de acuerdo con la Auditoría Superior de la Federación, que “los 62 millones de dólares que fueron comprometidos por el Gobierno de México a Honduras y El Salvador no fueron ejercidos durante el año pasado”. Los recursos fueron trasladados al Banco de Bienestar, y allí se quedaron. Obvio no se los robaron (en este sexenio eso no ocurre); simplemente los guardaron. Todo el proyecto para Centroamérica, tanto de Trump como de López Obrador, fue una simple y gran mentira.

Ahora la vacuna. Primero, como lo ha repetido varias veces el Presidente, “en mi viaje a Washington hice ese planteamiento al Gobierno de EU... a Trump... y ellos ayudaron, facilitaron para que México fuese tomado en cuenta y contara con la vacuna. Por eso el acuerdo ayer (4 de diciembre) con Pfizer es importante”. O sea, gracias a la buena relación de AMLO con Trump, México tendrá más vacunas y antes que nadie, o casi nadie (por lo pronto Inglaterra ya nos ganó, justamente con Pfizer).

Solo que ayer el mismo Trump firmó una orden ejecutiva estableciendo que la prioridad para los productores norteamericanos (incluyendo desde luego a Pfizer y Moderna) será entregar vacunas primero en Estados Unidos, hasta que todos estén vacunados. Como siempre con Trump (y con AMLO), está por verse si la instrucción es legal, si puede imponer su aplicación a empresas privadas o si excluye a México como regalo de despedida a su amigo.

En segundo lugar, tanto AMLO como López-Gatell han presumido 250 mil vacunas de Pfizer para diciembre. De nuevo: ¿podrán mandarse? Luego, ¿son 250 mil vacunas de doble dosis, es decir, dos vacunas para 125 mil personas, o 250 mil dosis de dos vacunas para 250 mil personas? Más aún: Pfizer anunció el 4 de diciembre que solo podría surtir la mitad de los compromisos asumidos, ya que se habían retrasado las entregas de materias primas en la cadena de suministros. Las 250 mil vacunas o dosis anunciadas por el Gobierno de México para diciembre ¿son antes de la reducción a la mitad, o después? ¿Llegarán 250 mil, o 125 mil?

¿Importan estas minucias? Por supuesto. En el peor de los casos, se podrán vacunar, con dosis completa, a 62 mil mexicanos: mejor que nada, pero apenas más que un universo de prueba. En el mejor de los casos, alcanzará para 250 mil mexicanos plenamente vacunados, si Trump permite la exportación o si Pfizer se atreve a desafiarlo. Otra vez, las mentiras de este Gobierno: ni tendremos vacunas en diciembre que impacten, ni seremos los primeros, ni tendremos un trato preferencial. Solo que aquí se encuentran en juego vidas, no dólares: el costo de las mentiras.
03 Diciembre 2020 04:04:00
Sobre el enigma de las encuestas
En casi todas las encuestas publicadas en estos días, al cumplirse los dos años de Gobierno de López Obrador, el rubro de mayor aprobación de su gestión parece ser el de los llamados programas sociales. Cuando se le presenta a la gente una lista de temas para aprobar o desaprobarlos, los programas sociales llegan en primer lugar. Cuando se indagan los motivos de la aprobación (elevada, sin duda, pero no mayor a la de Calderón o Fox en el mismo momento de sus sexenios), la respuesta tiende a ser, de nuevo, los programas sociales.

¿A qué se refiere la gente? En primer término, a los programas propiamente tales. Estos, como es bien sabido, son aquellos que el Gobierno actual ha construido en sustitución de los que existían antes. Se trata de Jóvenes Construyendo el Futuro (los ninis), Sembrando Vidas (los arbolitos), pensiones o más bien pagos no contributivos para adultos mayores, indígenas y discapacitados, Becas Benito Juárez para preparatorianos, la supuesta gratuidad de los servicios de salud, algunos pagos directos en lugar de guarderías infantiles. En suma, la gente se refiere a un paquete de “apoyos” (eufemismo maravillosamente mexicano para hablar de dinero) nuevos o rediseñados, en lugar de los que existían.

La primera pregunta que surge es si el gasto social total y ejercido por la 4T es superior al de los gobiernos anteriores, tanto en montos absolutos reales, o como proporción del presupuesto y/o del PIB. El cálculo es complicado por muchas razones, pero varios intentos tienden a concluir que la diferencia es mínima, si de verdad se comparan manzanas con manzanas.

Una segunda pregunta se refiere al carácter directo de la entrega. López Obrador alegaría, ante una posible igualdad de montos ejercidos ahora y antes, que hoy el dinero le llega directamente a la gente, sin intermediarios. Eso implicaría que no solo se trata de sumas mayores, sino que están desprovistas de la condicionalidad política o de la naturaleza humillante del esfuerzo anterior. Suponiendo que así fuera en teoría, necesitaríamos saber si la entrega directa realmente existe, o si más bien nos hallamos ante un exhorto, una aspiración o un simple deseo piadoso.

La interrogante entonces se complica. Quienes aprueban a AMLO y que lo justifican por los programas sociales ¿lo hacen porque consideran que ahora reciben más que antes? ¿Porque la entrega es más directa? ¿Realmente reciben más? En realidad, esta última pregunta es la más importante.

En vista de todo lo que sabemos de la ineficacia del Gobierno actual, de cómo se recortó el programa de los ninis, de cómo los arbolitos no se sembraron, de cómo las universidades nuevas no existen, de cómo el padrón de beneficiarios no se ha levantado ni a la mitad ¿la gente está recibiendo más apoyos? ¿O solo cree que los demás si los está recibiendo, y espera recibir los suyos pronto? El único caso más o menos categórico es de las pensiones para adultos mayores, cuyo padrón ya existía. Ellos sí reciben su estipendio y en muchos casos, se trata de un monto mayor que antes.

Todo lo cual nos conduce a la idea del principio. Los mexicanos ¿aprueban a AMLO porque reciben más recursos a través de los nuevos programas sociales? O más bien ¿lo califican bien gracias a la idea de los programas sociales, con independencia de su novedad, eficacia, monto o realidad? Algunos dirán que da lo mismo, lo importante es que la gente esté contenta. Otros pensamos que además de engañarla, en caso de ser la idea lo que cuenta, y de tratarse de una idea falsa, el esquema acabará por reventar.
28 Noviembre 2020 04:01:00
Las falsas vacunas de la 4T
Con sus contradicciones de siempre, el Gobierno ha insistido, en anuncios y tuits, que ya adquirió, de una manera o de otra, una gran cantidad de vacunas contra el Covid-19. Muy pronto, en cuanto se dé la aprobación de las instancias sanitarias de Estados Unidos y de Europa, en México dispondremos de un amplio volumen de vacunas, a precios razonables en cuanto al impacto sobre el erario, y gratuitas para la población.

Se pelean López-Gatell y el secretario de Relaciones (nadie entiende qué vela tiene en este entierro) sobre la aprobación por la Cofepris y las dificultades de la distribución de una u otra vacuna, pero convienen en que todo está listo para proteger a 130 millones de mexicanos dentro de muy poco tiempo. No se entiende muy bien por qué piensan que todo esto es inminente.

En Estados Unidos Pfizer y Moderna aún deben recorrer varias etapas de aprobación final por la FDA; nadie cree que se puedan colocar vacunas (pasar de vaccine a vaccination) antes de la última quincena de diciembre, y eso solo para los trabajadores del sector salud. Los demás esperarán hasta enero, en el mejor de los casos.

En cuanto a AstraZeneca –la vacuna que en teoría se fabricaría en México una vez que fuera aprobada en Inglaterra– ha enfrentado varias controversias en los últimos días. La distintas dosis han arrojado resultados diferentes, y sus pruebas en Brasil por ejemplo, han generado sospechas de opacidad y manipulación. Las vacunas chinas y rusas, por otro lado, pueden resultar muy eficaces y seguras, pero el proceso de prueba y aprobación puede también dejar algo que desear. Por lo tanto, no resulta fácil comprender el optimismo oficial ante un proceso al que aún le cuelga.

Más aún cuando nos enteramos de un estudio realizado por el World Economic Forum de Davos. El análisis recopila datos de los tres fabricantes ya mencionados, y establece un ranking de países según la cobertura de vacunas ya pedidas o compradas. En lo tocante a la suma de las tres empresas, en primer lugar aparece Canadá, con vacunas ya adquiridas para el 127% de su población. Enseguida vienen Japón, Reino Unido y Estados Unidos, todos con una cobertura de más del 100%. Siguen la Unión Europea (27 países), Chile, Costa Rica, Suiza, Argentina, Brasil, Ecuador, Indonesia, India, Perú, Nueva Zelanda y Egipto, con una cobertura de apenas 15% de su población.

La clasificación es más o menos la misma si se realiza vacuna por vacuna, y por dosis preadquiridas, salvo que los países latinoamericanos que figuran en la tabla descienden de lugar, junto con Canadá. Los países más poblados, lógicamente, han solicitado más dosis; los menos poblados, menos.

Lo extraño es que México no aparece en ninguna de las clasificaciones. Esto puede deberse a que no accedimos ni siquiera a la cobertura de Egipto, o a que el Gobierno de López Obrador no proporciona la información públicamente, o a que las vacunas adquiridas por México no son ninguna de las tres “grandes”. También sería factible un error del WEF, o un factor ya mencionado por López Obrador, a propósito de otro ranking, el de Bloomberg de los mejores y peores países donde pasar la pandemia.

Como ya se ha comentado ampliamente, llegamos en el lugar 53 de 53 países, pero López Obrador sugirió que eso se debía a una voluntad de dañar a México, y que igual no importa porque en México nadie se entera.

Pero a menos de que exista alguna explicación alternativa –procedente del mundo alternativo donde radica nuestro presidente Rey del lugar común– no tenemos vacunas ni siquiera para el 3% de la población. No parece justificarse tanto optimismo.
26 Noviembre 2020 04:00:00
La confesión en los tiempos de la 4T
Desde que existe una clara aplicación de la tortura como instrumento para inducir el comportamiento de un ser humano –a diferencia de un simple castigo- el dilema de ceder o aguantar ha sido irresoluble. Patriotas, resistentes, agentes encubiertos, guerrilleros, militantes y militares por un lado, reciben instrucciones de permanecer callados durante un mínimo de días o de horas, mientras sus compañeros logran huir, esconderse o destruir pertrechos y reservas comprometedoras. Por otro lado, la gran mayoría de las víctimas se rinde.

El delator es siempre vilipendiado; el héroe que resiste, glorificado. Pero en realidad, nadie puede colocarse en el lugar del torturado: solo él o ella saben lo que sufrieron. Nadie puede juzgarlos, salvo quizás alguien que padeció ese horror, y no “cantó”. Para los seres humanos comunes y corrientes, el suplicio es imposible de conocer y, por lo tanto, de juzgar.

En México, la tortura ha sido utilizada, hasta el día de hoy, por los diversos aparatos de seguridad, para obtener información de grupos hostiles al Gobierno de turno: opositores, guerrillas, narcos, secuestradores, etcétera. Es una práctica semejante a la que impera en otros países –por ejemplo, en Estados Unidos contra Al Qaeda- y se suele justificar por motivos de seguridad nacional. No siempre con resultados de valor: más allá de consideraciones morales, los militares de muchos países rechazan la tortura para obtener información porque con frecuencia la que se obtiene no sirve; es inventada para interrumpir el terror.

Pero en nuestro país también ha servido a lo largo de los años como instrumento privilegiado de “aplicación de la ley”, sin sustento político alguno: para arrancar confesiones que permiten inculpar a un acusado, en ausencia de otras pruebas, y con indiferencia ante su posible culpa o inocencia. La confesión fue durante largos años la “prueba reina”, hasta que fue medio desterrada de la administración de justicia en México. Medio desterrada, porque aún se puede utilizar en la acumulación de pruebas.

Como lo señala en parte Carlos Puig, ahora una forma de tortura –el encarcelamiento arbitrario en condiciones especialmente severas- ha comenzado a ser utilizada para lograr el equivalente de una confesión: el criterio de oportunidad. Sin libertad bajo fianza, con la imputación de familiares y cuentas congeladas, acumulando acusaciones, una persona perseguida de esa manera por el Estado puede llegar a sentir que no tiene alternativa. “Canta”: se acoge al criterio de oportunidad. Y en las condiciones descritas, la víctima declara lo que quienes la atormentan le piden, al igual que el torturado denuncia a quienes sus victimarios desean. Es una nueva “prueba reina”, obtenida por coerción, amenazas y humillación.

Es el caso de Lozoya, de Emilio Zebadúa y ahora de Rosario Robles. En el caso del primero, gracias a las acusaciones contra su madre, su hermana y su esposa, este resolvió “cantar” como sus acusadores le dijeran. No importa si lo que dice sea cierto o no; el procedimiento está viciado, sobre todo cuando el sesgo político es evidente: involucrar a Peña Nieto y a Videgaray, su enemigo en el Gabinete. Zebadúa puede o no decir la verdad a propósito de su exjefa Robles; ante las amenazas que recibió, prefirió declarar todo lo que le dijeran, cierto o falso. Es imposible juzgarlos moralmente.

El caso de Robles es el más emblemático, por ahora. El Gobierno advirtió abiertamente que si contaba todo, sería magnánimo. Ella rechazó públicamente la oferta y resistió durante más de un año. Ante su negativa, el Gobierno reclutó a uno de sus colaboradores más cercanos para inculparla, y le acumuló más cargos y más años de posible condena. Ya no aguantó, y ahora procede de la misma manera que los anteriores: acusa a los de más arriba de todos los delitos habidos y por haber. De nuevo, con el mismo sesgo político: era aliada de Osorio Chong en la sucesión presidencial y adversaria de Videgaray. No la puedo juzgar moralmente.

¿Esto es justicia, estado de derecho, debido proceso, presunción de inocencia? No creo, y tampoco pienso que nos lleve a un destino feliz, aún cuando caigan posibles culpables. ¿Es la única manera de combatir la corrupción y la impunidad? Puede ser, pero conviene subrayar que estas prácticas son fungibles. Hoy se dirigen contra los supuestos corruptos, mañana contra los enemigos de la patria, pasado mañana contra los traidores a la causa. Entre cientos de miles de otros, Zinoviev, Kamenev, Bujarin y Artur London nos pueden servir de
ejemplos.
21 Noviembre 2020 04:02:00
Cienfuegos: ¿a quién le cree la gente?
Seguramente López Obrador no lee las encuestas de Reforma, y si las ve, no las cree. Pero entre un pleito y otro con ese diario, con El País, con el Gobierno español y la conquista (o invasión como le dice él), podría echarle un ojo a los resultados de un sondeo interesante de Reforma, justamente, sobre el caso Cienfuegos. Se sorprenderá, aunque en parte él mismo sea el responsable de dichos resultados.

Conviene aclarar que se trata de una encuesta telefónica –mitad celular y mitad línea fija– con una muestra muy pequeña. Seguramente encierra un sesgo hacia la clase media, urbana, joven, informada. Pero ese es el sector que forma opinión en México, y sus puntos de vista terminan por permear al resto de la sociedad.

La pregunta es sencilla: Cienfuegos, detenido y acusado en EU por delitos de narcotráfico y lavado de dinero, fue liberado y regresó a México, ¿cree que es inocente? 77% respondió que no, solo 11% que sí. Para todos fines prácticos, los mexicanos piensan que el exsecretario de la Defensa sí cometió los delitos de narcotráfico y lavado de dinero. Y le creen a las autoridades norteamericanas, pero no tanto a las mexicanas.

A la pregunta ¿Pisará la cárcel en México? 69% opina que no, 27% que sí. Se trata de una proporción de casi tres a uno; la justicia mexicana, la Fiscalía, y el propio Presidente no parecen gozar de una gran credibilidad entre la gente. Sobre todo si consideramos que primero los encuestados opinaron que no es inocente. En otras palabras, creen que sí es narco, pero que no le va a suceder nada.

Estas cifras sugieren un par de conclusiones. La primera es que si bien el Ejército es una institución respetada en el país –como le encanta recordar tanto a la comentocracia como a los sucesivos gobiernos– los mexicanos no extienden ese certificado de buena conducta a un exsecretario, es decir, al jefe del Ejército durante seis años. De formularse una pregunta hipotética –¿si Estados Unidos acusara al actual secretario de la Defensa de narcotráfico y lavado de dinero, lo consideraría inocente o culpable?– es factible que el resultado fuera el mismo. Aunque López Obrador diría que tal vez eran corruptos antes, pero ya no.

En segundo lugar, mientras López Obrador siga apelando a los peores instintos de la sociedad mexicana (instintos que no son gratuitos, desde luego) –por ejemplo: todos son corruptos– la gente lo va a seguir creyendo. Eso vale para su Gobierno y los anteriores, para las Fuerzas Armadas y los funcionarios de Hacienda, Relaciones, Banxico y los de las secretarías menos probas. El supuesto golpe mediático que fue el regreso de Cienfuegos a México tal vez deba ser visto como un gesto de buena voluntad de la Presidencia con el Ejército, no con la opinión pública.

Estoy seguro que Estados Unidos sale mal parado de todo este asunto. Pero cada día que pasa, voy creyendo más lo mismo de México, y del Gobierno. No se si fue un gran día para México, aunque lo haya sido para el Ejército.
19 Noviembre 2020 04:04:00
Cienfuegos: el fin de la historia
Sorprendente y misteriosa la decisión estadunidense de desistirse de sus acusaciones contra el general Cienfuegos y devolverlo a México, donde es altamente probable que nunca le pase algo. Incluso tal vez pueda escuchar el discurso de su sucesor el 20 de noviembre, ya que de manera insólita ha sido designado el actual secretario como orador. He escuchado tres explicaciones: dos posibles y una extravagante. Esta última -que todo esto es gracias a la decisión de López Obrador de no felicitar a Biden- es descartable y no merece mayor comentario.

Otra consiste en pensar que López Obrador y/o el Ejército por su propia cuenta, por una vía u otra, advirtió a Estados Unidos que si seguían por ese camino se reduciría de manera dramática la cooperación de México en la guerra contra el narco, por lo menos en lo que tocaba al Ejército. Ante este chantaje, Trump o sus colaboradores, que se enfocaron en este asunto, habrían cedido. Es la explicación más probable, aunque me cuesta un poco de trabajo pensar que López Obrador, sumiso y aterrado ante Trump durante dos años y medio, de repente se envalentonara.

La tercera explicación, que no está reñida con la segunda, es la que ofrecí el 24 de octubre pasado en una columna digital para CNN en español. Ahí escribí lo siguiente: “eso no significa que la detención en particular del general Cienfuegos en Los Ángeles hace unos días haya sido una decisión acertada por parte del presidente Donald Trump. Ya este último actuó de manera irresponsable… en materia migratoria… (pero) arrestar a un exsecretario de la Defensa rebasa por mucho la irresponsabilidad en materia migratoria… Si después de recibir la opinión de las decenas de expertos dentro del Gobierno de Washington, se llegaba a la conclusión que era más importante proceder contra la máxima autoridad militar en México, rompiendo equilibrios duraderos, para castigar una supuesta complicidad con el narcotráfico, ni hablar…No fue el caso… parece que el llamado establishment de política exterior no participó en la decisión de lanzar una investigación sobre Cienfuegos, ni de pedir una orden de aprehensión en su contra ni mucho menos de arrestarlo. Al contrario, las apariencias sugieren que todo se trató en el estrecho ámbito de la DEA, de algunos fiscales del Departamento de Justicia, sin injerencia alguna del Departamento de Estado, del Consejo de Seguridad Nacional, del Pentágono o de Homeland Security… el establishment de política exterior norteamericano siempre pensó que los riesgos para la estabilidad mexicana superaban los beneficios de una efímera victoria contra la corrupción. Y siempre consideró que el interés primordial de Estados Unidos en México consistía en dicha estabilidad, no en la integridad o deshonestidad de sus militantes. Tenía razón el establishment y se equivocan los fiscales de Eastern District de Nueva York”.

Poco a poco, en Washington se fueron enterando que los militares mexicanos estaban furiosos, que la cooperación peligraba, que López Obrador dependía de las Fuerzas Armadas para casi todo en su Gobierno, y que las cosas se le estaban complicando. Sencillamente no valía la pena juzgar y encarcelar a un militar mexicano, por corrupto o cómplice del narco que fuera, ante un panorama de este tipo.

Las “consideraciones sensibles e importantes de política exterior” a las que se refiere el documento presentado por el Departamento de Justicia, y que “pesan más que el interés del Gobierno de seguir adelante con el proceso”, son justamente todas estas. En el Manual de Justicia citado en el documento, se afirma explícitamente que “Pueden surgir situaciones en las cuales razones sustantivas de seguridad nacional, de política exterior o semejantes, puedan llevar al Departamento de Justicia a abandonar una investigación, a desistirse de un litigio o de descartar un caso”.

Si pensamos por un momento que en un juicio difícilmente se iba a poder evitar la divulgación de otros nombres, otras complicidades y otros secretos, razón de más para los pocos seres pensantes que aún permanecen en el Gobierno de Trump para tirar la toalla. Igual ya se van.
14 Noviembre 2020 04:03:00
Peña Nieto y el ‘mal desempeño’ de Alejandro Gertz
El diario Reforma publicó el jueves extractos más largos de la solicitud de la Fiscalía General de la República de una orden de aprehensión contra Luis Videgaray. Lo notable y novedoso de los pasajes publicados reside en las acusaciones formuladas en dicho documento contra Enrique Peña Nieto, sobre todo en lo que se refiere a la “traición a la patria”.

La redacción exacta del cargo es fantástica: Peña “no solo obtuvo beneficio personal sino procuró ‘también el beneficio de la empresa Odebrecht quien los había hecho (a Peña, Videgaray y Lozoya) objeto de cohecho, traicionando a la patria con su mal desempeño’”.

Ya se han sugerido explicaciones posibles y el motivo jurídico de “traición a la patria” y el involucramiento de Peña Nieto. Para que el criterio de oportunidad se aplique a Lozoya, este debe permitir perseguir un delito mayor y –se entiende– un delincuente mayor que el propio beneficiario del criterio de oportunidad: solo Peña y la traición a la patria califican plenamente.

Pero sea esta o no la razón, y a pesar de la increíble redacción incomprensible del documento (incluso para los estándares aberrantes del leguleyismo mexicano), el fondo del asunto es absolutamente bananero, por no decir ridículo.

En la gran mayoría de los países normales, la traición a la patria es un delito o bien militar, o bien propio de un estado de guerra. Pero eso es lo de menos. Lo insólito es acusar a alguien de traición a la patria por “mal desempeño”, supongo que en su función de Presidente.

En otras palabras, se le acusa de un delito extraordinariamente grave, en las bananeras leyes mexicanas, por haberse desempeñado “mal” como Primer Mandatario. No de haber robado, matado, mentido o engañado (todo lo cual puede o no ser cierto en el caso de Peña) sino de haber sido, al final de cuentas, un mal Presidente.

En teoría, en la democracia, existe un mecanismo para determinar si un Presidente fue bueno o malo. Se llama “elecciones”. Cuando hay reelección consecutiva o espaciada, los ciudadanos emiten un juicio sobre el “desempeño” del Mandatario en funciones: Trump por ejemplo.

La elección se transforma en un referéndum sobre ese desempeño. Cuando no existe la reelección, los votantes se pronuncian sobre el candidato del Presidente saliente y/o de su partido: sobre Peña Nieto, o Calderón, o Fox, o Zedillo. Emiten su voto, a favor o en contra de Labastida, Calderón, Vázquez Mota o Meade, en buena medida en función de su juicio u opinión sobre el “desempeño” del Presidente que se va. Es un asunto que se resuelve en las urnas, no en los tribunales.

Mi amigo de casi 30 años, Alejando Gertz, tendrá sus razones jurídicas para proceder de la manera en la que lo está haciendo. Pero haber permitido que se inculpe a un expresidente “de traición a la patria por mal desempeño” es una aberración política, digna de la peor de las repúblicas bananeras. Que lo haya bateado un juez no arregla las cosas, incluso si no se vuelve a presentar la solicitud de orden de aprehensión de la misma manera.

Quedará para la historia como un relato de García Márquez. Recuerdo como evocaba con frecuencia el caso de un dictador latinoamericano (creo que era Juan Vicente Gómez de Venezuela) que mandó a hacer una estatua de sí mismo a Europa, pero cuando llegó a tierras americanas, resultó que no era una efigie suya. Resolvió que no importaba, y que igual se colocara en la Plaza de Armas del pueblo donde la quería: una estatua de alguien que no es. Bananero.
12 Noviembre 2020 04:00:00
Biden, Trump y López Obrador
Sigo pensando que la razón principal por la cual Andrés Manuel López Obrador cometió el error garrafal de no felicitar a Joe Biden (y no de no reconocerlo; la Doctrina Estrada solo es pertinente en las pequeñas cabezas de los ignorantes) yace en que Trump le sabe algo. Pero a falta de pruebas –por ahora-  prefiero reflexionar sobre las condiciones políticas e ideológicas bajo las cuales se produce esta magna metida de pata.

López Obrador llegó a un entendimiento, más o menos tácito, con Trump desde que reventara la crisis de las caravanas centroamericanas. En pocas palabras, si AMLO ponía el muro de Trump (y obvio: lo pagaba), el presidente norteamericano se abstendría no de intervenir, si no de interesarse por lo que sucediera en México. Faltaba finiquitar el T-Mec, pero tanto para López Obrador como para Trump el contenido resultaba indiferente; querían el hecho de un nuevo acuerdo. Fuera de eso, que AMLO hiciera lo que quisiera en México.

Se parece un poco este pacto al del PRI desde Plutarco Elías Calles. Mientras México no se aliara con algún adversario de Estados Unidos, y no afectara a propiedades norteamericanas, el partido de Estado podía gobernar con el autoritarismo, toda la corrupción y toda la ineficiencia que quisiera.

El pacto le convenía enormemente a López Obrador, y lo aprovechó al máximo. Por eso le apostó a Trump desde principios de año; por eso se fue desanimando conforme las encuestas daban ganador a Biden; por eso se entusiasmó con los primeros resultados del martes 3 de noviembre; por eso se volvió a disgustar con la declaratoria de las cadenas de televisión (la misma que hacen desde 1952 con Eisenhower). Y por eso le sigue apostando a un milagro.

Lo hace porque sabe que la derrota de Trump es su derrota, no solo porque se viene abajo el pacto implícito o formal. Tampoco únicamente porque respaldó a Trump. Sobre todo porque el desenlace de Estados Unidos muestra que las barbaridades que uno dice y hace en el poder sí cuentan; que las elecciones sí sirven; que todo es reversible en política; y cuando pierde un amigo, pierde uno.

Todas las afinidades descritas por múltiples analistas, y subrayadas por el propio López Obrador en su carta a Trump del verano de 2018, son reales. Son antisistema; buscan y desean una comunicación directa con “el pueblo”; detestan y denuestan a los medios; les irrita pero no les interesa lo que sucede en el mundo; desprecian a sus adversarios. AMLO no puede no saber que lo sucedido en Estados Unidos puede ocurrir en México.

Más allá de cualquier cálculo racional –que insisto: creo que existe en torno a lo que Trump puede divulgar de sus acuerdos con o de la historia de López Obrador- la sensación de derrota permea a toda la personalidad política del Presidente mexicano. El electorado estadunidense demostró que vencer a los demagogos, con todo el poder de Estado a su servicio, es factible.

Biden podrá o no tener éxito en su proyecto. Enfrenta, desde ahora, una disyuntiva que me explicó un amigo mexicano que trabaja en The New York Times. Va a tener que decidir si pone su atención en la miseria rural, blanca y Trumpista, o en la pobreza urbana, más negra e hispana. Es probable que se vaya a ir por lo primero, por urgencia política. Pero la coalición demócrata exige lo segundo. Esto subraya lo difícil que es construir una sociedad de bienestar con políticas dirigidas en lugar de programas universales.  Huelga decir que este tipo de disquisiciones son ajenas a López Obrador.
05 Noviembre 2020 04:04:00
La sorpresa esperada
En un final de terror y que aún podría teóricamente modificarse, todo parece indicar a estas alturas de la mañana, que Joe Biden será el próximo presidente de Estados Unidos y que Donald Trump habrá sido el cuarto presidente en tiempos recientes de un solo periodo. Con el triunfo de Biden en los Estados de Wisconsin, Michigan, Arizona y Nevada (este último no se sabrá con certeza hasta el jueves) Biden superará los 270 votos electorales necesarios para ganar, pero de panzazo. Este desenlace es a la vez sorprendente y el que se esperaba.

Sorprendente porque Biden solo le habrá arrebatado a Trump, 3, 4 o 5 estados de los que se habían mencionado: Arizona, Michigan y Wisconsin. Y no es imposible que también se lleve Pensilvania y Georgia aunque no son necesarios para que gane Biden pero no es ni mucho menos seguro. Estados que se pensaba que tal vez Biden podía llevarse con una “ola azul” como Florida, Carolina del Norte, Ohio y hasta Texas, pues simplemente no dieron la sorpresa.

Previsible porque la campaña de Biden siempre le apostó a dos factores: llevarse los estados de Pensilvania, Wisconsin y Michigan, el viejo centro industrial, y de hacerlo sobre todo a través de boletas enviadas por correo. Por eso la noche del martes, Trump iba ganando en los tres estados, pero ya para el miércoles en la mañana, Biden lo había rebasado por lo menos en Wisconsin y en Michigan, y posiblemente lo haría en Pensilvania. Arizona siempre fue el estado que más parecía posible “voltearse” junto con los tres del este, y todo parece indicar que así sucedió. Hillary Clinton ganó en Nevada en 2016 y todo sugiere que Biden lo haga también.

Otro elemento inesperado es que parece que el margen en el voto popular nacional a favor de Biden es más pequeño que el se esperaba y el que pronosticaban las encuestas, e incluso tal vez más pequeño en términos porcentuales que los 2.5 de Clinton hace cuatro años. Esto todavía es incierto ya que faltan por contabilizarse votos por correo y en el occidente del país.

Asimismo, el voto hispano en Texas y en Carolina del Norte no acabó de materializarse, aunque los porcentajes a favor de Biden fueron elevados. Quizás el aspecto más decepcionante para Biden y los demócratas fue haber vuelto a entregarle el voto cubano-americano en Miami al partido republicano y parece ser que o bien lo ganó Trump, o bien ganó Trump en el condado de Miami Dade, donde se encuentra la mayor parte del voto cubano, o Biden habría ganado por un pequeño margen; sigue siendo el costo a pagar por la normalización de las relaciones entre Washington y La Habana llevada a cabo por el presidente Obama hace ya cinco años.

Todo esto aún puede cambiar ligeramente y es altamente probable que los cambios sean más bien a favor de Biden, si los hay.

Tres comentarios adicionales: en primer lugar, ya las cadenas le adjudicaron a Biden la victoria en el estado de Michigan y de esa manera Biden ya está en 257 votos electorales, a 13 votos de la victoria, justamente el numero de votos que le darán mañana Arizona y Nevada. No es imposible que también gane en Pensilvania y/o Georgia, pero no importará más que para fines de mandato y de legitimidad y el senado. Y los litigios electorales provocados por Trump -voto por voto y casilla por casilla- no prosperarán.

Notable el resultado de un referéndum en el estado de Oregón donde por 58% del voto contra 42% se despenalizó el uso de la cocaína, la heroína y el fentanilo. Más allá de los detalles de esa decisión, y de las implicaciones que pueda encerrar, se trata de un acontecimiento histórico en el proceso de abandono del enfoque punitivo contra las drogas.

Un torito para la 4T: ¿cuándo debe López Obrador felicitar por teléfono a Joe Biden? Seguramente ya lo tienen muy estudiado en Palacio y en Cancillería, pero la decisión no deja de ser compleja. Los parámetros son evidentes: si se adelanta AMLO corre el riesgo de hacer enojar a su amigo Trump, que todavía tiene más de dos meses y medio por delante para cobrarle “la traición”. Si se tarda demasiado, López Obrador corre el riesgo de que Biden piense que sigue apoyando a Trump y que se agregue una cachetada más a las que ya le ha infligido el mexicano. A ver cómo le hacen.
31 Octubre 2020 04:04:00
Más sobre el general Cienfuegos
Tres datos importantes, no necesariamente ciertos, surgieron esta semana en el drama del General Cienfuegos. Empezamos a saber un poco más de lo que ha sucedido entre el momento en que se expidió la orden de aprehensión, en agosto de 2019, y ahora mismo.

En primer lugar, Christopher Landau, el embajador de Estados Unidos en México, declaró en un zoom con la Universidad de Rice que él supo de la orden de aprehensión expedida por un Gran Jurado de Brooklyn desde que llegó a México, es decir, el 16 de agosto de 2019, el mismo día de la expedición de la orden de arresto. Aclaró que no pudo informar de dicha orden de aprehensión al Gobierno de México, ni siquiera al propio López Obrador, debido a una orden de sigilo del Gran Jurado. Eso no es cierto: existen “waivers” ante el “Grand Jury secrecy rules”, y además al no ser Landau parte de la Corte, puede compartir el dato con quien quiera.

Es difícil determinar si Landau realmente supo lo que dice, quien más supo en Washington (alguien le tiene que haber informado, y no fueron el Gran Jurado ni el juez directamente), y si esa fue la razón real de su silencio. Pero con su declaración pública se confirma lo que siempre se supuso, a saber, al Gobierno de México nadie le dijo nada nunca. No le tuvieron confianza a su amiguito.

En segundo lugar, esto mismo lo confirmó el secretario de Relaciones, al divulgar el hecho de que el Gobierno mexicano le había comunicado al de Washington que se encontraba “profundamente descontento” con el silencio de Estados Unidos.

Obviamente no han decidido en Palacio Nacional qué hacer al respecto –por eso postergaron el anuncio de cualquier decisión hasta después de las elecciones del próximo martes, como si a algún votante le importara la posición de López Obrador sobre la DEA- pero ya se orillaron a hacer algo. Pueden, como Peña Nieto con el muro, centrar todo en un aspecto secundario del problema –no lo vamos a pagar; ¿por qué no me avisaron?- en lugar de ir a lo esencial.

Esto consiste, en primer lugar, en el hecho del espionaje a Cienfuegos por Estados Unidos estando el titular de la Sedena en territorio mexicano, y la ubicuidad y proliferación de efectivos antidrogas norteamericanos desde la época de Calderón.

En segundo término, lo esencial es si ahora Washington va a compartir o no con el Gobierno de México las pruebas que va a presentar en el juicio de Nueva York. Legalmente lo pueden hacer -se hace todos los días con Inglaterra, Canadá o Alemania, por ejemplo- y quien puede compartir todo lo que le entreguen en el llamado “discovery” es el propio Cienfuegos.

El tercer dato interesante es que el PRI, a través de su Presidente, ha pedido que el Gobierno de México se haga cargo de los honorarios de los abogados de Cienfuegos y de otros exfuncionarios de seguridad acusados en Estados Unidos (y no en México). Esto incluiría  a Cienfuegos, a García Luna, a Cárdenas Palomino y a Pequeño (si es que los detienen).

El PRI recorre así el mismo camino que han emprendido varios exfuncionarios de administraciones anteriores del PRI: hay que ayudarle a Cienfuegos a sufragar los 4 o 5 millones de dólares que va a costar el bufete de abogados que contrató.

Pero López Obrador respondió de inmediato, sin que quede claro si sabía de qué estaba hablando, que el pago “no estaba contemplado”, refiriéndose a la protección consular. Para empezar, depende. En ciertas ocasiones, los consulados sí ponen a disposición de acusados mexicanos a abogados consultores. Pero en este caso, no se trata de eso, sino de que la Sedena compense a los abogados escogidos por Cienfuegos. Hay muchas razones para pensar que el propio Ejército le ha pedido eso a López Obrador, pero a este le da terror apoquinar más de 100 millones de pesos para defender a un miembro del Gabinete de Peña, que además tal vez resulte ser narco.

Todo esto para decir que un asunto en sí tremendamente complejo y delicado se le empieza a salir de control al Gobierno, debido a su propia desidia e incompetencia. En cuanto llegue Cienfuegos a Nueva York todo se va a complicar más. Y ya sin Trump y Kushner, peor aún.
29 Octubre 2020 04:00:00
La mariguana de López Obrador y de Biden
Un sector de ninguna manera despreciable de la intelectualidad y del activismo cívico mexicano votó por López Obrador debido a su creencia de que el tabasqueño legalizaría la mariguana. En realidad, no había razones para pensarlo, ya que en el mejor de los casos el sempiterno candidato siempre afirmó que el tema carecía de importancia, y en algunas ocasiones manifestó su franca oposición. Pero debido a un simple silogismo –legalizar la mariguana es una medida de izquierda; AMLO es de izquierda; ergo, legalizará la mariguana- pensaron que así sería.

Huelga decir que no solo no ha sucedido, sino que toda la evidencia sugiere, a pesar de ciertas esperanzas renovadas de algunos comentócratas, que no tendrá lugar ni este año, ni el siguiente, ni nunca. A menos de que algún factor desconocido, nuevo y externo al debate actual, venga a incidir en él.

Quienes siempre hemos sido partidarios de la legalización del uso recreativo de la mariguana, y que hemos luchado por ello en los tribunales, en la plaza pública y ante los legisladores, sabemos bien que hay por lo menos cuatro razones por las cuales López Obrador, dejado a sí mismo, jamás daría ese paso. La primera, igual que con el aborto, es porque la Iglesia (o las iglesias, pero hay niveles) se opone. Es un pleito que no vale la pena para el Presidente. En segundo lugar, porque el Ejército se opone, con o sin razón, y ese pleito tampoco tiene sentido. En tercer lugar, por sus propias convicciones: AMLO es mojigato y de una izquierda tradicional, para la cual estos temas no solo carecen de importancia, sino que desvían la atención de otros más importantes, y además dañan a la juventud y a los consumidores en general. Mejor combatir las adicciones.

La cuarta razón podría parecer la más importante, a la luz de lo ocurrido a lo largo de los primeros dos años (ya casi) del sexenio. Se trata del desacuerdo de Donald Trump con dicha legalización. Se han producido varias filtraciones, según las cuales en distintas ocasiones el Gobierno de Estados Unidos le habría expresado a López Obrador que vería con muy malos ojos cualquier medida en ese sentido. Pero aún sin dichas filtraciones, es evidente que la Administración saliente en Washington está ferozmente en contra de la legalización. El primer fiscal general, Jeff Sessions, fue particularmente virulento en su combate a las legalizaciones estatales, y a los efectos que de ellas se derivaban. Asimismo, la base electoral de Trump, en especial los evangélicos y la derecha conservadora, también rechazan la legalización. Trump quería evitar ese pleito, sobre todo si lo generará López Obrador (a diferencia de Trudeau, por ejemplo).

Pero ¿qué pasa si de repente Trump ya no existe, y el nuevo Presidente de Estados Unidos no solo no se opone a la legalización recreativa federal de la mariguana, sino que la impulsa y la lleva a cabo? Como es sabido, tanto Joe Biden como Kamala Harris se han pronunciado a favor de la legalización en los debates, en sus discursos y en la plataforma o programa del Partido Demócrata. También es un hecho que casi 70% de la opinión pública, de acuerdo con la serie de encuestas de Gallup, que mide el tema desde los años 70, apoya la medida.

Es posible que Biden decida postergar cualquier iniciativa al respecto, y seguir dejando que los estados de la Unión Americana den pasos adicionales, uno por uno. Incluso el estado de Oregon votará el martes a favor o en contra de la legalización de la heroína, la cocaína y el fentanilo. Biden puede pensar que frente a la magnitud de los demás retos, no quiere gastar capital político en esto. O al revés, puede concluir que se trataría de cumplir con una promesa de campaña altamente simbólica, de gran aprobación en la sociedad, y que le costaría muy poco. Veremos. Como veremos también qué hace López Obrador si su nuevo socio le voltea la tortilla.
25 Octubre 2020 04:00:00
La carta contra la 4-T
La carta de 41 legisladores norteamericanos a Donald Trump y a sus principales colaboradores, acusando al Gobierno de México de violar el espíritu del T-Mec en su política energética, constituye un buen ejemplo del enredo en que se ha metido López Obrador en toda la relación con Estados Unidos. No es un grupo de bajo calibre: incluye a dos senadores republicanos de Texas, archiconservadores, varios congresistas demócratas méxico-americanos progresistas de California, muchos jóvenes y otros no tanto.

Los “staffers” de los firmantes hicieron la tarea. Reseñan varias medidas tomadas o anunciadas por el Gobierno mexicano, así como iniciativas de ley presentadas por Morena que según ellos, ponen en riesgo la viabilidad y seguridad de las inversiones de empresas estadunidenses destinadas a fomentar y facilitar las exportaciones de energía –gas y gasolinas sobre todo– de EU a México. Le piden a Trump que intervenga con López Obrador para “encontrar una resolución con el Gobierno de México para mantener las condiciones de mercado actuales que brinda el marco regulatorio de la reforma energética, junto con certeza y equidad para las empresas norteamericanas operando y compitiendo en México”. Ojalá hubiera legisladores en México que defendieran así a empresas mexicanas ante las autoridades estadunidenses (o mexicanas por cierto).

Lo que buscan estos legisladores es exactamente lo contrario de lo que persigue López Obrador. Él se propone revertir la reforma energética, de preferencia sin verse obligado a cambiar la Constitución, pero como ya lo dijo, modificándola si es necesario. Prefería un enfoque gradualista, de hechos consumados, regulatorio y administrativo, con la esperanza de que nadie se diera cuenta. Hasta ahora, había corrido con suerte en cuanto a esto último.

O más bien, le había salido bien la jugada. Los canadienses patalean, los japoneses hacen muecas, los europeos se rascan la cabeza con perplejidad, pero lo que cuenta, es decir, Estados Unidos, hasta ahora no ha entorpecido mayormente los planes de la 4T. Mientras AMLO le cumpla a Trump haciéndole el trabajo sucio con los migrantes centroamericanos, lo demás, al Mandatario estadunidense lo tiene sin cuidado. Los empresarios mexicanos que apoyaban a Trump, o que aún albergan la esperanza absurda de que puede ganar por considerar que podía ser un muro de contención contra López Obrador, se equivocan por completo.

No es que les crea del todo. Muchos de los que simpatizan con el republicano ultraderechista lo hacen por afinidad ideológica, no por un supuesto cálculo anti-4T. Disimulan sus simpatías pro-Trump en materia económica y “cultural” detrás de esa pantalla de “contención”. Pero en todo caso, en la realidad política norteamericana y en la relación de Washington con López Obrador, no hay tal contención.

Por eso, la carta de los legisladores permanecerá sin respuesta de Trump. Carecerá de consecuencias, salvo quizás una gestión burocrática del embajador Landau ante Ebrard o Márquez. La idea de que Trump pudiera tomar el teléfono y hablarle a su colega mexicano para quejarse de la preferencia indebida de este por Pemex y CFE es inverosímil. Menos aún a 10 días de las elecciones o después de su derrota.

No sabemos qué hará Biden con la carta de los legisladores, pero simplemente por sus años y los de Kamala Harris en el Senado, por su necesidad de buscar votos para sus proyectos en el Congreso, y por la diversidad de su agenda con México, es probable que le haga más caso a los firmantes que Trump. Y entonces López Obrador tendrá que decidir si quiere seguir adelante con su proyecto de reversión energética, sabiendo que puede violar el T-MEC, o desistir de sus sueños de ser un Echeverría supuestamente sin corrupción con Pemex como factotum de todo. Complicado.
25 Octubre 2020 04:00:00
La carta contra la 4-T
La carta de 41 legisladores norteamericanos a Donald Trump y a sus principales colaboradores, acusando al Gobierno de México de violar el espíritu del T-Mec en su política energética, constituye un buen ejemplo del enredo en que se ha metido López Obrador en toda la relación con Estados Unidos. No es un grupo de bajo calibre: incluye a dos senadores republicanos de Texas, archiconservadores, varios congresistas demócratas méxico-americanos progresistas de California, muchos jóvenes y otros no tanto.

Los “staffers” de los firmantes hicieron la tarea. Reseñan varias medidas tomadas o anunciadas por el Gobierno mexicano, así como iniciativas de ley presentadas por Morena que según ellos, ponen en riesgo la viabilidad y seguridad de las inversiones de empresas estadunidenses destinadas a fomentar y facilitar las exportaciones de energía –gas y gasolinas sobre todo– de EU a México. Le piden a Trump que intervenga con López Obrador para “encontrar una resolución con el Gobierno de México para mantener las condiciones de mercado actuales que brinda el marco regulatorio de la reforma energética, junto con certeza y equidad para las empresas norteamericanas operando y compitiendo en México”. Ojalá hubiera legisladores en México que defendieran así a empresas mexicanas ante las autoridades estadunidenses (o mexicanas por cierto).

Lo que buscan estos legisladores es exactamente lo contrario de lo que persigue López Obrador. Él se propone revertir la reforma energética, de preferencia sin verse obligado a cambiar la Constitución, pero como ya lo dijo, modificándola si es necesario. Prefería un enfoque gradualista, de hechos consumados, regulatorio y administrativo, con la esperanza de que nadie se diera cuenta. Hasta ahora, había corrido con suerte en cuanto a esto último.

O más bien, le había salido bien la jugada. Los canadienses patalean, los japoneses hacen muecas, los europeos se rascan la cabeza con perplejidad, pero lo que cuenta, es decir, Estados Unidos, hasta ahora no ha entorpecido mayormente los planes de la 4T. Mientras AMLO le cumpla a Trump haciéndole el trabajo sucio con los migrantes centroamericanos, lo demás, al Mandatario estadunidense lo tiene sin cuidado. Los empresarios mexicanos que apoyaban a Trump, o que aún albergan la esperanza absurda de que puede ganar por considerar que podía ser un muro de contención contra López Obrador, se equivocan por completo.

No es que les crea del todo. Muchos de los que simpatizan con el republicano ultraderechista lo hacen por afinidad ideológica, no por un supuesto cálculo anti-4T. Disimulan sus simpatías pro-Trump en materia económica y “cultural” detrás de esa pantalla de “contención”. Pero en todo caso, en la realidad política norteamericana y en la relación de Washington con López Obrador, no hay tal contención.

Por eso, la carta de los legisladores permanecerá sin respuesta de Trump. Carecerá de consecuencias, salvo quizás una gestión burocrática del embajador Landau ante Ebrard o Márquez. La idea de que Trump pudiera tomar el teléfono y hablarle a su colega mexicano para quejarse de la preferencia indebida de este por Pemex y CFE es inverosímil. Menos aún a 10 días de las elecciones o después de su derrota.

No sabemos qué hará Biden con la carta de los legisladores, pero simplemente por sus años y los de Kamala Harris en el Senado, por su necesidad de buscar votos para sus proyectos en el Congreso, y por la diversidad de su agenda con México, es probable que le haga más caso a los firmantes que Trump. Y entonces López Obrador tendrá que decidir si quiere seguir adelante con su proyecto de reversión energética, sabiendo que puede violar el T-MEC, o desistir de sus sueños de ser un Echeverría supuestamente sin corrupción con Pemex como factotum de todo. Complicado.
21 Octubre 2020 04:04:00
Las teorías conspirativas sobre Cienfuegos
Seguimos sin saber demasiado sobre el “caso Cienfuegos”, salvo que le fue negada la libertad bajo fianza en Los Ángeles, antes de ser trasladado a Nueva York. No queda más remedio que seguir especulando. Comparto con los lectores algunas teorías y tesis, más o menos descabelladas, que he escuchado en los últimos días. A estas alturas ninguna posee más verosimilitud que otra.

Carece de sentido pensar que la detención del exsecretario fue una maniobra electoral de Trump. La intensidad de esta campaña por la presidencia, la ausencia completa del asunto en los medios masivos, el nulo conocimiento de los votantes sobre el acontecimiento, desmienten este explicación. Ni a Trump o a sus asesores se les hubiera ocurrido semejante idea, ni la han mencionado una sola vez desde que sucedió el arresto de Cienfuegos en Los Ángeles, ni le importa a nadie en el electorado norteamericano qué tan corrupto o no sea el estamento militar mexicano.

En segundo lugar, lo que debiera preocuparnos es otra tesis, de alguna manera contraria, que circula más bien entre exfuncionarios norteamericanos y conocedores de estos temas. Sugieren que el problema puede ser que la detención de Cienfuegos, junto con la expedición de la orden de aprehensión hace más de un año, fue llevada a cabo sin la injerencia del “establishment” de política exterior de Estados Unidos. Ni el Departamento de Estado, ni el Consejo de Seguridad Nacional en la Casa Blanca, ni el Pentágono o Homeland Security, fueron involucrados en el proceso de decisiones. Este último se habría realizado sin tomar en cuenta elemento alguno de política exterior y de seguridad nacional de Estados Unidos.

Aunque parezca increíble, es posible que el golpe más duro que haya recibido el sistema político mexicano, o la estabilidad política mexicana, en años, si no es que en la historia, se haya asestado sin que los que a eso se dedican en Estados Unidos hayan intervenido. De haber ejercido alguna influencia, probablemente le hubieran aconsejado a Trump que la reacción de los militares mexicanos sería feroz, pero dirigida contra Estados Unidos. Los indicios disponibles sugieren que así ha sido. Todo esto sería parte del caos cada día mayor del Gobierno de Trump, a la hora del crepúsculo de los dioses.

Una de las teorías conspirativas en boga sostiene, sin mayores pruebas, que la captura de Cienfuegos fue en realidad una autoentrega. Por un lado, se afirma que no es creíble que ignorara por completo el hecho de que existía una orden de arresto en su contra desde agosto de 2019, ni que la investigación sobre sus presuntos vínculos con el narco haya comenzado por lo menos un año antes. ¿Qué sentido tenía haber ido de vacaciones a Estados Unidos, es decir de manera completamente innecesaria, cuando podía haber un proceso en curso en su contra, de cuya existencia tenía conocimiento un buen número de personas, desde un corresponsal de Proceso hasta los integrantes de un gran jurado en Brooklyn? Cienfuegos se entregó, según esta versión, o bien porque temía por su vida, amenazada por el narco, y sabía que nadie en México lo protegería; o bien porque prefirió cooperar con la DEA y los fiscales federales radicados en Nueva York, en lugar de enfrentarlos en una batalla perdida. ¿Poco creíble? Sin duda, pero no más que las acusaciones contra Cienfuegos, que pueden resultar ciertas.

Por último, una temeraria teoría conspirativa adicional. Washington le hubiera informado a López Obrador hace poco que iban a proceder contra Cienfuegos, pidiendo su detención provisional para fines de extradición. Y le dieron a escoger, si prefería que así se desarrollara el proceso contra el exsecretario, o si optaba más bien por convencerlo/inducirlo/obligarlo a viajar a Estados Unidos, para que fuera detenido allí. AMLO se hubiera inclinado por esta segunda opción, para no tener que arrestar a un exsecretario de la Defensa en México, y alguien lo operó. De nuevo: ¿increíble? Sí , como todo lo demás.
18 Octubre 2020 04:00:00
¿Comisión de la Verdad?
Ahora que el ministro Zaldívar nos aclara que con su pregunta trespatinesca para la consulta popular, lo que realmente quiso decir (dixit Rubén Aguilar) fue que se crearan dos, tres, muchas comisiones de la verdad (dixit El Che Guevara) conviene retomar una discusión que en el caso de México viene de hace por lo menos 20 años. He aquí una breve contribución a ese debate.

Desde que se empezó a hablar de la necesidad de crear una Comisión de la Verdad ad-hoc y extrainstitucional para juzgar delitos del pasado, fueran de corrupción o de violaciones a derechos humanos, o de fraudes electorales, por ahí del año 2000, se enfrentaron dos tesis en particular sobre el tema. Una sostenía que no era necesaria ningún tipo de cooperación internacional para dicha comisión ya que los mexicanos éramos perfectamente capaces investigar el pasado, saldar cuentas con el mismo y empezar a mirar hacia adelante. Otros sosteníamos que por diversas razones –debilidad institucional, aversión al enfrentamiento, complicidades transexenales– no podríamos los mexicanos proceder de esa manera. Necesitaríamos algún tipo de cooperación internacional –asistencia técnica, mirada externa, ejercicios comparativos con otros países– para llevar a cabo esa faena.

Los segundos nos remitíamos, de vez en cuando, a la experiencia histórica. Pasaban los años y no creábamos ninguna Comisión de la Verdad –con la excepción de la que presidió Ignacio Carrillo Prieto, creada por Fox, Creel y Macedo de la Concha en el 2001– y menos aún que se acercara a la investigación de posibles delitos cercanos en el tiempo. Ni Fox, ni Calderón, ni Peña Nieto, ni López Obrador ahora durante sus primeros dos años, han podido resolver el problema de juzgar el pasado sin hacerse una gran cantidad de bolas, como hubiera dicho el clásico. O bien han recurrido a chivos expiatorios –Peña y López Obrador– o se han hecho de alguna manera de la vista gorda ante hechos de corrupción o violaciones a los derechos humanos de sus predecesores, Fox y Calderón. Y ha resultado evidente que, si nos atenemos a la experiencia histórica de los últimos 20 años, la respuesta al dilema planteado originalmente es obvia: no, los mexicanos no somos capaces de llevar a cabo este tipo de proceso por nuestra cuenta, solos, sin cooperación

internacional.

Por eso, ahora que Zaldívar quiere una Comisión de la Verdad, que varios voceros de López Obrador durante la campaña dijeron que la habría, que se ha creado una Comisión de la Verdad para Ayotzinapa, con algún tipo de asesoría internacional, la pregunta es: ¿por qué no resolver el tema de los regímenes pasados, de los delitos pasados de corrupción y violaciones a los derechos humanos, no por una consulta popular aberrante, ni por una investigación por este mismo sexenio, que ni va a tener lugar ni podría ser realmente justa ni imparcial ni atenida a derecho –basta ver el caso de Rosario Robles para entenderlo– por qué no crear esa Comisión de la Verdad con todo el apoyo internacional que se necesite?


¿En qué puede consistir ese apoyo internacional? No es demasiado complicarlo entenderlo. En primer lugar, una participación de juristas, activistas, expertos internacionales, autoridades morales amigos o amigas de México, que pudieran participar directamente. En segundo lugar, la asistencia técnica de organismos como la ONU, la OEA, organismos no gubernamentales como Amnistía Internacional y Human Rights Watch, y personas que tuvieron un papel destacado en las comisiones de la verdad o asimiladas en otros países, como en Sudáfrica, Chile, Argentina, etcétera. Y por último, expertos técnicos como los forenses argentinos en el caso Ayotzinapa, pero que pudieran ayudar en otros ámbitos dotados de una pericia y una experiencia que no necesariamente tenemos en México.

No sería una panacea, ni estaría desprovista de inconvenientes y dificultades reales. Pero ya entrados en gastos, una Comisión de la Verdad con cooperación internacional, podría servir mucho más que La Tremenda Corte de Tres Patines, en cuanto a su pregunta se refiere, o una consulta popular absurda, o una investigación por un Gobierno que, por lo menos para la mitad del país según las encuestas, carece de credibilidad en esta materia.

Posdata: a diferencia de muchos colegas, me parece una excelente idea que la esposa del presidente López Obrador haya viajado a Francia para inaugurar una importante exposición mexicana en el museo Jacques Chirac, y que en su caso realice gestiones en Francia y Europa para obtener el préstamo de ciertas piezas arqueológicas para los festejos que su marido quiere organizar el año entrante en México. Lleva una representación presidencial por ser la esposa del Presidente, ha sido recibida al segundo nivel más alto que existe en Francia, donde están acostumbrados a este tipo de procedimientos, y le ahorra un viaje a su marido, al mismo tiempo que lleva a cabo una gestión importante. Lo único que no entiendo muy bien es, en qué es distinto este hecho, a la representación presidencial que llevaba la esposa del presidente Fox cuando asistía a las tomas de posesión infinitamente recurrentes de diversos mandatarios latinoamericanos. A menos de que sean diferentes.
14 Octubre 2020 04:00:00
A AMLO no le va a gustar la debacle de Trump
Las siguientes reflexiones se inspiran en uno de varios chats que sostenemos Héctor Aguilar Camín y yo cada lunes con banqueros y familiares (preferiría que mi familiar fuera banquero...), y en particular en una tesis especialmente perspicaz y original de Aguilar. Si a alguien no le gusta, es culpa de Aguilar.

Trump va a perder el 3 de noviembre; su partido probablemente pierda la mayoría en el Senado, y seguramente seguirá siendo minoritario en la Cámara de Representantes. Hasta aquí nada nuevo. Pero la derrota de Trump también va a ser la de sus partidarios o émulos en el mundo entero, ya que los adeptos de dichos amigos autoritarios del Presidente norteamericano ya no podrán repetir incansablemente su principal argumento.

Este es ya casi universal: es cierto que nuestro Trump es un populista loco, ignorante, arrebatado, irreflexivo y autoritario, pero si los norteamericanos tienen al suyo y son el país más rico y exitoso del mundo ¿que tiene de malo que nosotros presumamos el nuestro?
¿De quienes se trata? La lista es larga, pero empecemos en el barrio: por lo menos López Obrador y Bolsonaro, no solo porque se autoproclaman amigos de Trump y lo han apoyado en su intento fallido de reelección, sino porque los parecidos son evidentes y han sido comentados por múltiples analistas en todo el mundo.

En Europa tendríamos en alguna medida (le pido una disculpa a Javier Tello) a Boris Johnson, y sobre todo a Victor Orban de Hungría, a Duda de Polonia, y, según la predilección geográfica de cada quien, a Erdogan en Turquía. Por último, en Asia, Narendra Modi y Duterte en Filipinas caben perfectamente en nuestra lista.

El caso de México es obviamente el más interesante. Un sector importante del empresariado y de la clase profesionista del país, que pueden o no guardarle simpatía o resignación a AMLO, sostienen con distintos grados de vehemencia que la reelección de Trump le conviene a México.
Unos alegan que seguirá siendo el único muro de contención contras los desvaríos presidenciales, ya que los demás contrapesos no funcionan. Otros piensan que su populismo es el mismo de Trump y de otros, y que se trata de un producto de época: así soplan los vientos en estos tiempos. Otros más le albergan cierta simpatía a Trump, y por lo tanto a AMLO (los menos).

En una encuesta comisionada por Crédit Suisse y levantada por Buendía-Laredo entre inversionistas en México, tanto basados en el país como en el extranjero, resalta un dato. Solo uno de cada cinco inversionistas con activos mexicanos ubicados en México consideran que la derrota de Trump sería buena para México. Pero más de la mitad de los inversionistas radicados en el exterior piensan que la victoria de Trump beneficiaría a México.

En otras palabras, los empresarios mexicanos son más pro-Trump que los inversionistas con dinero en México pero ubicados fuera de México.
A partir del 4 de noviembre, la tesis de que cada quien tiene a su populista y que no es tan grave se caerá por su propio peso. Los delirios y las aberraciones de cuatro años de Trump habrán sido repudiadas masivamente por la sociedad estadunidense.

No es solo justicia divina o funcionalidad de la democracia representativa. Presenciaremos la eficacia de los reflectores: cuatro años de cometer y decir barbaridades en público, todos los días, sí habrán hecho la diferencia.

En México, ya no se podrá postular que “a cada quien su loco”. El de ellos saldrá de la Casa Blanca, y posiblemente terminará en la cárcel. López Obrador no solo perderá a un aliado, amigo y modelo. Se quedará sin el respaldo de una tesis falsa pero eficaz: si ellos tienen a su Trump ¿por qué no tendríamos nosotros a nuestro AMLO?
09 Octubre 2020 04:00:00
Este arroz ahora sí ya se coció
Desde hace más de un año vengo sosteniendo que Trump no iba a ser reelecto. Las razones de mi imprudente vaticinio fueron de tipo estructural, sin tener mucho que ver con la coyuntura ni menos aún con las variables de los últimos meses o semanas de la campaña, e incluso sin importar demasiado quién sería el candidato demócrata. Apuntaba yo a tres consideraciones de largo plazo fundamentales.

En primer lugar, que más del 30% de los votantes el día de la elección iban a ser afroamericanos, latinos, asiático-americanos y un pequeño número de descendientes de pueblos originarios. De ese total, pensaba yo, por lo menos dos terceras partes, si no es que 70% si excluíamos a los cubano-americanos de Florida y en menor medida de Nueva Jersey, iban a votar por cualquier candidato demócrata, con una participación por lo menos igual a la de años anteriores y probablemente superior.

En segundo lugar, pensaba que así sucedería porque en ausencia de candidatos independientes o de otros partidos, en una elección binaria, resultaba prácticamente imposible que cualquier republicano le ganara a cualquier demócrata en el voto popular. Más aún, la diferencia entre ambos iría creciendo. Me basaba en las tendencias históricas: desde 1992, seis de los siete candidatos demócratas a la Presidencia han ganado el voto popular; Clinton dos veces, Gore una vez, Obama dos veces y Hilary Clinton una vez. No existía ninguna duda de que Biden ganaría el llamado voto popular, llevando este porcentaje a 7 de 8 elecciones.

En tercer lugar, con algo de razón pensaba que las crecientes desigualdades en Estados Unidos -desde 1980-, las tensiones raciales en aumento -desde 2015 por lo menos- y la proporción también creciente de electores urbanos con educación superior, en las dos costas del país y en los suburbios, crearían una coalición anti Trump imposible de vencer.

Todo esto fue cierto antes del Covid, antes del desempeño desastroso de Trump en el debate de la semana pasada, y antes de la noticia de que Trump había sido contagiado por el virus. Si a dichas razones estructurales, presentes desde hace tiempo, le sumamos las coyunturales de por lo menos seis meses para acá, resultaba desde entonces imposible que Biden perdiera la elección. Hoy, a cuatro semanas de la votación, podemos afirmar con toda certeza que estos vaticinios se confirmaron.

¿Qué ha sucedido en estos últimos días? En primer lugar, a pesar de la impresión inicial que por lo menos yo me llevé sobre el debate, el público norteamericano -no tan abultado como en otras ocasiones, pero significativo de cualquier manera- pensó que Biden había ganado el debate por mucho (más de 2 a 1), pero sobre todo que Trump se presentó como un personaje desagradable, si no es que odioso. En segundo lugar, al haberse enfermado, pone de relieve la prominencia del tema del Covid entre las preocupaciones de la gente. Desde marzo por lo menos, una mayoría de la sociedad norteamericana sistemáticamente ha manifestado su desacuerdo en la forma en que Trump ha conducido al país en lo que se refiere a la pandemia. Entonces, si el Covid es lo más importante y Trump lo maneja mal, la conclusión es bastante evidente: no puede ganar. Pero, además, las encuestas posteriores a su contagio y a la noticia del mismo, muestran que la gente considera que era evitable su enfermedad, y que solo fue producto de su propia irresponsabilidad.

En los últimos días, por lo menos tres encuestas han mostrado dos cosas: en primer lugar, que Biden va ensanchando ligeramente su ventaja sobre Trump, en por lo menos 2 o 3 puntos, aunque algunas encuestas, por ejemplo la más reciente de CNN, le da ya una ventaja de 16 puntos, varios puntos más de los que obtuvo en la encuesta anterior de la misma empresa. Pero las de NBC-Wall Street Journal y de IPSOS-Reuters muestran la misma tendencia. Biden subiendo, Trump bajando, y un promedio, según Cinco Treinta y Ocho o Real Clear Politics, de 8 y hasta 9 puntos de diferencia entre los dos candidatos.

Este aumento en la ventaja de Biden a nivel nacional, se refleja también en los estados clave: Florida, Pensilvania, Michigan, Wisconsin, Arizona y quizás en menor medida Ohio y Carolina del Norte. Con que Biden gane dos o tres de estos estados como mínimo, y va ganando en todos ellos, la elección está ya resuelta. De tal suerte que aún si nos vamos a los estados y no a la votación nacional, a estas alturas simplemente no hay cómo encontrarle a Trump un camino hacia la victoria.

Mucha gente ha dicho desde hace un año por lo menos, que falta tiempo, que todo puede suceder, que las encuestas se equivocaron hace 4 años, que muchos votantes de Trump no revelan su verdadera intención, que Biden puede meter la pata, que Trump puede dar una sorpresa. Todo esto ha sido posible desde hace un año y lo sigue siendo en las cuatro semanas que faltan, pero nada de esto ha sucedido y es poco posible que suceda. Sería preferible entender no solo que Biden va a ganar, si no que lo va a hacer por un margen muy amplio; que los demócratas van a arrasar también en el Senado y en la Cámara de Representantes, y que la derrota de Trump va a ser probablemente una de las más grandes en la historia reciente de Estados Unidos, como la que sufrieron los demócratas ante Reagan en 1980 y 84, y ante Nixon en 1972. Hablando de osos, López Obrador se aventó un verdadero grizzly al ir a Washington a apoyar a Trump.
03 Octubre 2020 04:00:00
Sobre la Suprema Corte y la pregunta tropical
Las tres objeciones que he escuchado desde el jueves sobre las decisiones de la Suprema Corte me parecen válidas. Lo que me resulta un poco confuso todavía es el resultado neto de lo que ha sucedido.

Seis ministros se sometieron a la voluntad del Ejecutivo sin ruborizar.

Acepar la constitucionalidad de la propuesta de López Obrador es aberrante por todas las razones esgrimidas por el ministro Aguilar, por Laynez y Piña en la discusión, y después en Twitter, columnas, radio y televisión, dentro y fuera de México.

No hay manera de sostener en un país serio que la aplicación de la ley se someta a votación de la sociedad, ni que las consultas populares –existentes en un gran número de países: no hay ninguna originalidad mexicana al respecto– pueda aplicarse a obligaciones que el Estado tiene ex ante. Es una vergüenza lo que se votó ayer.

En segundo lugar, resulta evidente que López Obrador ya cuenta con un bloque de cuatro votos contra viento y marea, que impedirán la aprobación de recursos o mociones de inconstitucionalidad mucho más trascendentes que el de la consulta.

Existen 17 temas pendientes, dejados en suspenso por el presidente de la Corte a propósito, y para los cuales la votación de ayer sugiere que no habrá los ocho votos necesarios para echar para atrás leyes más aberrantes que la consulta. Sí parece que perdimos a la Corte, como contrapeso frente a la deriva autoritaria del Gobierno. No hay casualidades: los cuatro ministros nombrados o apoyados por AMLO votaron con él.

En tercer lugar, es un hecho que la pregunta reformulada desvirtuó por completo la iniciativa del Ejecutivo. No hay delitos o sanciones, no hay investigación, no hay expresidentes. Solo hay “decisiones políticas” (quien sabe que signifique eso; por ejemplo, ¿incluye el fraude electoral de Bartlett en 1988?), “actores políticos” que las toman (ni modo que las tomaran actores de reparto), y “esclarecimiento” (“whatever that means”). Hasta para el país bananero en el que nos hemos convertido bajo la 4T, se volaron la barda los ministros.

Lo que me queda menos claro con todo esto es lo que sigue. Obviamente, como ya dijimos aquí varias veces, no habrá ninguna investigación, juicio o sentencia para ningún expresidente, ni siquiera para Calderón, blanco predilecto de las rabias de López Obrador.


No se de qué manera los ministros podrán fallar –a menos que le toque al Tribunal Electoral– que la consulta tenga lugar en la misma fecha que las elecciones de medio periodo del año entrante, cuando la fecha está definida en la Constitución y es otra.

Ya se las arreglarán, supongo; quien puede lo más –sujetar la aplicación de la ley al ánimo popular– puede lo menos –cambiar la fecha del atropello–. También me resulta obvio que López Obrador le atribuirá a la inverosímil redacción de los ministros la interpretación que él quiera (para eso es dicha redacción), pero su valor jurídico será nulo, sobre todo para la justicia española, inglesa o estadunidense, bajo la cual tendrían que ser extraditados tres expresidentes. La pregunta no pasa la prueba de la risa.

Pero si este circo va a funcionarle a López Obrador frente a la persistencia de la pandemia, el enfriamiento de la economía norteamericana –y por ende de la mexicana– en septiembre, y la perpetuación de la violencia, es otro asunto.

No lo descarto –para eso se diseñó y se puso en práctica dicho circo– pero no estoy del todo convencido. Lo que sí sé es que seguimos por la ruta ya trazada: destruir, con o sin intención, lo poco que servía en el país. Poco sí, pero como diría Sergio Mendes, “más que nada”.
02 Octubre 2020 04:00:00
Macartismo en México
No quisiera pronunciarme sobre los méritos de la causa de las mujeres que han tomado, desde hace más de un mes, un local de la Comisión Nacional de Derechos Humanos en el Centro de la capital. A priori, me generan simpatía, y la presidenta de la CNDH me provoca, al contrario, una profunda antipatía. Tampoco se me antoja definirme sobre el método de lucha. La ocupación de un recinto público, dedicado a las mejores causas, no es necesariamente la vía idónea para lograr ciertos resultados.

Pero seamos claros: las mujeres ocupantes no pregonan un levantamiento en armas contra el Gobierno, ni alguna otra meta inaceptable. La ocupación de locales constituye un instrumento de lucha desde tiempos inmemoriales, y en particular desde los movimientos estudiantiles de 1968 en París, en las universidades de Columbia y Berkeley en Estados Unidos ... y enMéxico. Un movimiento importante de protesta en el mundo entero surgió hace un decenio con la consigna de “Occupy Wall Street”. Algunos auditorios de Ciudad Universitaria se encuentran ocupados desde hace 20 años. Ni cinco presidentes de tres partidos, ni tres rectores de diferentes inclinaciones ideológicas, han hecho nada para “desocuparlos”.

Por ello no puedo más que calificar de “macartismo” lo que ha hecho la Jefa de Gobierno el lunes en la tarde. Al “echar de cabeza” (“outing”, en lenguaje más moderno) a una mujer que por las razones que sean, optó por apoyar a las ocupantes con víveres, tal vez con dinero, todo ello abierta y públicamente, incurrió en algo que ella conoce, reprueba y reproduce.

Como saben los lectores, el macartismo surgió en 1950 en Estados Unidos de boca del Senador Joseph McCarthy de Wisconsin, en plena guerra fría entre ese país y la Unión Soviética. El anticomunismo feroz del Gobierno de Truman y de los Republicanos en el Congreso surgió desde antes –J. Robert Oppenheimer, el padre de la bomba atómica, fue víctima desde finales de los años 40– y McCarthy fue humillado y censurado por el Senado a partir de 1954. Pero perduró su adjetivo: se refiere a todos los intentos de la autoridad por descalificar a alguien en público con motivo de una actuación política, basándose en informaciones anónimas o confidenciales.

Eso hizo la Jefa de Gobierno con Beatriz Gasca, directora de GINGroup hasta el día de ayer. La acusó en público, desde la tribuna de la autoridad, de algo que no tiene nada de malo (como ser comunista en los años 50 en Estados Unidos tampoco lo tenía).

Insinuó causas obscuras (como McCarthy), la asoció con la empresa donde trabajaba, y a esta con el Gobierno de Peña Nieto. Se trata de un clásico ejemplo de “guilt by association” (culpa por asociación), al igual que McCarthy. Gasca es “culpable” porque apoyó un movimiento por razones inconfesables.

Además, laboraba en una empresa “vinculada” con evasión fiscal, por “ser” facturera. Peor tantito, en esa empresa trabajan como directivos altos funcionarios de la Administración de Peña Nieto, como mi amigo Javier Treviño, que también asesora al Consejo Coordinador Empresarial. Se cierra el círculo.


Ciro Gómez Leyva presentó el lunes en la noche un video mostrando a Beatriz Gasca abiertamente, sin tapabocas por cierto, apoyando a las “ocupantes”. Tenía todo el derecho de hacerlo. La jefa de Gobierno denunció que les llevaba víveres en un “auto de lujo”, que también figura en el video de Ciro. Entonces, apoyar a un movimiento que recurre a actos cuestionables, pero no violentos, en público, teniendo un auto caro, trabajando en una empresa de “outsourcing”, dirigida por exfuncionarios de Peña, se vuelve un acto digno de ser denunciado en público, con nombre y apellido, y con consecuencias previsibles (el despido) por la máxima autoridad de una de las ciudades más grandes del mundo. En castellano, y en casi todos los idiomas del mundo, eso se llama macartismo. Como dijo Belanzuarán en Twitter: “Shame”.

23 Septiembre 2020 04:02:00
Las caídas del empleo
Hace unos días me encontré un tuit de Norma Samaniego, exsubsecretaria de Trabajo y presidenta de la Comisión Nacional de Salarios Mínimos, comparando esta crisis mexicana con algunas otras que hemos padecido. Afortunadamente, somos capaces de generar un buen número de crisis económicas, y por tanto sobran casos para estudiar. Samaniego sugiere algunas conclusiones interesantes.

En un eje de la gráfica coloca la caída del empleo formal del IMSS en términos porcentuales; en el otro, los meses transcurridos entre el momento en que comienza a caer el empleo y cuando recupera el nivel preexistente a la crisis. Considera cuatro casos: la de 1995; la “atonía” económica de 2000-2004; la crisis provocada por la hecatombe financiera de 2008-2009; y la crisis actual, la del Covid-19.

La más larga, aunque representó también aquella durante la cual cayó menos el empleo, fue la de 2000-2004. El lapso necesario para volver al estatus quo ante fue de 47 meses, incluyendo la mitad del sexenio de Fox. La caída máxima del empleo fue de 4.7 por ciento.

La siguiente en duración fue la de 1995, que también ha sido la más pronunciada. México se tardó 28 meses en reponer los empleos perdidos, y el descenso más importante alcanzó a ser de 10.5%, más del doble de la anterior.

La tercera duración más larga se ubica en 2008-2009, con una pérdida de empleos formales que se prolongó por 21 meses, y una caída máxima de 4.8%, más o menos lo mismo que en 2000-2004: casi la “V” que tanto le gusta a López Obrador.

Nuestra crisis actual lleva seis meses, por ahora, y la merma de empleos llegó a ser de 6% –más que las dos primeras, menos que la tercera (la de 1995)–. Aparentemente la caída habrá sido de menor intensidad en esta ocasión, pero la duración sigue en duda. No sabemos cuánto tardaremos en volver al nivel de empleo de febrero de 2020, pero varias estimaciones colocan la cifra en un rango de 15 a 20 meses. Eso dependerá no solo de la rapidez de la recuperación económica, sino también del ritmo de recontratación por parte de las grandes empresas, pero sobre todo de las medianas y pequeñas. Lo que ya sabemos es que el hundimiento ha sido más abrupto que en cualquier momento desde 1995, que “ya tocamos fondo”, y que si seguimos con una reposición de 100 mil empleos al mes (parece difícil después del primer arranque), tardaremos un poco más de un año en volver al nivel de antes. No sería tan grave la cosa, de confirmarse esta tendencia.

Con una salvedad. Los porcentajes pueden ser parecidos, pero los números absolutos de mexicanos que han perdido su trabajo es significativamente mayor, porque somos muchos más mexicanos hoy que en 1995: como 25 millones más. Por otra parte, conviene reflexionar sobre un dato que salta a la vista de la gráfica de Samaniego: a lo largo del último cuarto de siglo, nos hemos pasado ocho años remando para permanecer en el mismo lugar. A esos ocho años habrá que agregar los seis de López Obrador.
19 Septiembre 2020 04:03:00
Oso bananero en SRE
Ser secretario de Relaciones Exteriores es una chamba de tiempo completo, aún en un Gobierno bajo el cual no existe ninguna política exterior. Hay compromisos con, y actividades de otras naciones, de organismos internacionales y de una burocracia pequeña pero elitista, semi-meritocrática y quisquillosa (con algo de razón). Si el titular se dedica a otras cosas, lo más seguro es que va a cometer errores en su propia cancha.

Dejemos a un lado la triste derrota de Jesús Seade en su quijotesco intento de llegar a la presidencia de la Organización Mundial de Comercio. Nunca debió haberlo intentado, y si bien es cierto que México tiene un pobre historial de candidaturas triunfadoras en organismos multilaterales, esta estaba más que cantada. El titular de la SRE nunca la apoyó, pero no pudo convencer a su jefe de que desistieran.

Olvidemos también la vergonzosa actuación de la SRE y de Hacienda en el fiasco del BID. Además de darle el pase al candidato de Trump, desaprovecharon la oportunidad de tener a un mexicano –Santiago Levy o Alejandro Werner– en la Dirección del banco.

Desde marzo, el Tesoro norteamericano se acercó a varios mexicanos para informarles que si México presentaba la candidatura de cualquiera de los dos economistas mencionados, Washington la apoyaría, garantizando su elección. Palacio Nacional respondió que ellos no; que tenían que ser Alicia Bárcena o Gabriela Márquez, y más allá de los méritos de ambas, no existía ninguna posibilidad que fueran aceptables para Estados Unidos.

Pero el último “oso”, menos trascendente pero más bananero, es el caso de la supuesta embajadora emérita Luz Elena Baños Rivas. Algunos lectores sabrán que la actual representante permanente de México ante la OEA fue en principio nombrada por López Obrador, a sugerencia de la SRE, embajadora eminente de México.

Nunca hubo un boletín oficial, pero sí un tuit de un subsecretario. Esta distinción, únicamente superada por los embajadores eméritos (cargo instituido por mi padre en 1982), es para embajadores de carrera con cierta antigüedad, prestigio, cargos importantes y trayectoria en la Secretaría.

La Ley del Servicio Exterior, en su Artículo 24, estipula claramente que para ser embajador eminente es preciso haber ocupado el rango de embajador en el escalafón (no ser jefe de misión con cargo de embajador) durante 10 años. En la página de la embajadora Baños, se anuncia explícitamente que fue ascendida a embajadora hace dos años (no da la fecha exacta). Por lo tanto, no califica para ser embajadora eminente, como lo denunció a tiempo Pascal Beltrán del Rio, entre otros.

Pues resulta que hubo descontento en el Servicio Exterior, y según fuentes del SEM en México, parece que un grupo de embajadores fue a ver al titular para manifestar su desacuerdo con esta evidente violación de la ley.

El canciller se molestó horrores, parece, y los mandó al diablo. Pero después, parece que un abogado cercano le explicó que por el nombramiento podría incurrir en un daño patrimonial al Estado mexicano, ya que el cargo de embajador eminente lleva un emolumento de casi 25 mil pesos mensuales vitalicios (indexados a un sueldo determinado de la Secretaría).

Allí sí le tembló el pulso a Ebrard, parece. Buscó –y tengo entendido que logró– echar para atrás la designación de Baños, a pesar de las pataletas de Palacio, donde se insiste que el nombramiento es legal porque lleva la firma presidencial, y como alega Trump en Estados Unidos, el jefe del Ejecutivo no puede cometer un delito.

El canciller se habría quejado con su equipo de que no lo cuidaron de esta metida de pata, a él “que anda en 20 pistas”. Tal vez debiera concentrarse en una: la Secretaría de Relaciones Exteriores.


16 Septiembre 2020 04:00:00
México, república bananera
Nos jactamos durante mucho tiempo de no ser una república bananera, como las de Centroamérica, el Caribe o parte de América del Sur. Primero, no exportábamos plátanos; segundo, nunca hubo una United Fruit Company en México ni su equivalente (tal vez El Águila); tercero, no subían y caían dictadores militares cada par de años, ni se disfrazaban como Woody Allen en la película epónima de 1971. En fín, ese infierno eran los otros.

La rifa del avión y la carta de López Obrador al Senado sobre los expresidentes vienen a confirmar lo que muchos intuíamos desde hace tiempo. Nos hemos convertido en aquello de lo que antes nos burlábamos: una república bananera. A pesar de la obvia necesidad de no comentar tales barbaridades, no es posible pasarlas por alto. He allí la dinámica bananera: discutir puras tonterías a sabiendas de que lo son, y descuidar asuntos de enorme gravedad, como los 200 mil muertos de la pandemia, la caída de 12% de la economía, el millón de empleos formales perdidos, el incremento del número de efectivos del Ejército desplegados en el territorio y el continuo crecimiento de la violencia, y la sumisión ahora sí completa ante Trump.

La carta sobre el juicio a los expresidentes resulta especialmente bananera. Dejo a un lado los aspectos jurídicos: abogados y juristas han explicado con detalle –y ahora lo harán con mayor entusiasmo– como se trata de una aberración legal. Insistiré en el engaño político detrás de la carta, pero no sin antes subrayar como la redacción sale directamente de Roa Bastos, Asturias, García Márquez y Carpentier. Cuando el Presidente afirma que, “esa etapa trágica en la vida se denomina período neoliberal o neoporfirista”, en un documento de Estado, rebasa los límites de la cordura. Quien la denomina así es ÉL, con mayúsculas: nadie más, salvo sus seguidores. Recurrir a un lenguaje de ese tipo en un documento de Estado es delirante.

También lo es cuando asienta que “no es mi fuerte la venganza”. ¿A quién diablos le importa cuál es su fuerte o su debilidad? No es un documento personal; el Poder Ejecutivo no tiene fuertes ni débiles. No entiende que existe una separación entre el individuo López Obrador, más o menos libre de pensar lo que quiera, y la institución que encarna y que no puede personalizarse... salvo en las repúblicas bananeras.

Pero la careta más tropical del asunto consiste en la retorcida ruta que seguirá la supuesta satisfacción del innegable anhelo popular de investigación de algunos expresidentes. Dudo que la sociedad mexicana ansíe un juicio a Zedillo, Fox e incluso Calderón; el resentimiento se dirige a Salinas –cada vez menos, debido al paso del tiempo– y a Peña Nieto. Pero la gente sí quiere sangre. López no puede dársela. Entonces inventa esta maniobra bananera, y espera que todo el mundo quede contento.

Las cámaras aprobarán –por mayoría simple– la pregunta formulada en la ya citada carta aberrante. De allí pasará a la Suprema Corte. En las circunstancias actuales, esta, a pesar del peso de sus nuevos integrantes nombrados por López Obrador, seguirá el rumbo trazado hace tiempo para otras propuestas: bateará la de López Obrador. Este, ante la derrota, denunciará a la SCJ y le explicará a sus adeptos, cual Ruiz Cortines con Gilberto Flores Muñoz (“El Pollo”) en 1957: “Perdimos, pollo”.

No habrá consulta, ni juicio, ni sentencia, ni cárcel. Por distintos motivos en cada caso, todo esto quedará archivado, pero hasta después de las elecciones de 2021. De haber querido realmente hacer algo, el Presidente hubiera podido cumplir el compromiso que muchos de sus colaboradores aprobaron durante la campaña: formar una Comisión de la Verdad, con integrantes nacionales e internacionales, para investigar crímenes (no personas) del pasado, tanto de corrupción como de violaciones de derechos humanos. Pero eso no sería propio de una república bananera, y por lo tanto no se encuentra al alcance de López Obrador.
09 Septiembre 2020 04:01:00
Ahora, una mentira latinoamericana de AMLO
El 12 de septiembre se celebrará en línea la Asamblea anual del Banco Interamericano de Desarrollo. Entre otros propósitos, elegirá al nuevo presidente del BID, para el período 2021-2026. Gracias a una decisión insólita del Gobierno de México, con casi total seguridad será electo el candidato norteamericano Mauricio Claver-Carone: el primer ciudadano de Estados Unidos en dirigir el BID desde que fue fundado en 1958, aunque el director saliente mantiene la doble nacionalidad colombiana y estadunidense.

El tácito acuerdo fundacional del BID fue que la sede estaría en Washington, el presidente sería latinoamericano, y el primer vicepresidente –en parte el que administraría los recursos– provendría de Estados Unidos. Así fue hasta ahora. Cuando Trump designa a su asesor de seguridad nacional para América Latina para presidir el banco, obtuvo el apoyo inmediato de sus aliados en la región –Brasil, Colombia, Venezuela (representada por Guaido) y varios centroamericanos. Recibe también el rechazo de grupos de expresidentes regionales, de excancilleres y exministros de hacienda y de la Unión Europea, junto con el desacuerdo de algunos países: Argentina, Costa Rica, Chile y México.

El problema es que, de acuerdo con la reglas del BID, Estados Unidos y sus aliados cuentan con los votos ponderados (tomando en cuenta la proporción de acciones de cada socio) y nominales para elegir a Claver-Carone. Los opositores diseñaron entonces una estrategia para apostarle a la derrota de Trump en las elecciones de noviembre y posponer la Asamblea hasta que pudiera ser presencial, en algún momento posterior al 20 de enero, cuando en teoría tomará posesión Biden.

Por desgracia, para postergar la reunión definitoria, se necesita un 50% de los votos ponderados y los cuatro opositores, aún con los miembros europeos significativos (España, Francia, Italia, Alemania), no los juntan. Lo sabían desde hace tiempo, como sabían que solo existía una manera de impedir la elección de Claver-Carone.

Esa era muy sencilla, y a la vez muy audaz. Para que se instale la Asamblea, se necesita que haya quorum, es decir, con las reglas del BID, 75% de los votos ponderados presentes. En otras palabras, en ausencia del 25.1% de los votantes, no se puede reunir el cónclave, y por lo tanto no hay elección, y por consiguiente, no hay nuevo director. El abogado del banco queda como interino hasta que se pueda reunir la Asamblea.

Los cuatro latinoamericanos y los europeos disponían de los votos ponderados suficientes para evitar el quorum. Ni siquiera necesitaban pararse de la mesa; bastaba con no acudir a la Asamblea. López Obrador tenía en sus manos la decisión: los europeos no querían ir solos; Chile, sin México, tampoco; Argentina no podía bloquear la elección por si misma; todo se encontraba en manos de México y de AMLO. Se rajó.

¿Porque? O bien se lo exigió Trump durante la reunión privada que sostuvieron en

Washington, aunque no es mi impresión; o bien lo pidió el propio Claver-Carone en presencia de Trump –más probable; o bien López Obrador entendió, sin solicitud explícita, que se trataba de un asunto crucial para su colega y amigo norteamericano. Aunque ya a estas alturas quedar mal con quien va a perder la elección de noviembre no podría revestir mayor trascendencia.

El Gobierno de López Obrador presume que votará por un candidato de Argentina, y que ha pedido posponer la elección. Es puro cuento. Sabe muy bien que tenía canicas para realizar un intento viable de impedir la llegada de un ciudadano estadunidense a un cargo latinoamericano. No lo hizo. Otra mentira más.
05 Septiembre 2020 04:04:00
¿Y la mariguana, Apá?
Mucho se ha comentado estos días sobre lo que no dijo Manuel Andrés López Obrador en su Segundo Informe de Gobierno. La mayor parte de los silencios criticados son aquellos que con cierta ingenuidad o mala leche le reprochan en torno al no reconocimiento de sus fracasos o de sus errores o datos incómodos.

Desde luego que se valen estas críticas, pero también se vale silenciar o desconocer las debilidades de cualquier gobierno. Pero hay otros silencios que debieran también ser criticados principalmente por sus partidarios. Me refiero a los silencios sobre lo que había prometido y que no ha hecho. Me voy a referir a uno solo de ellos que siempre me ha importado mucho.

Sectores importantes de la sociedad del “círculo rojo” en México, empezando por la actual secretaria de Gobernación, el actual líder de Morena en la Cámara de diputados, algunos comentócratas de la 4T (no hay muchos), se entusiasmaron mucho con la idea de que López Obrador legalizaría el uso recreativo de la mariguana.

Aunque nunca había sido explícito en su apoyo a esta idea, y a pesar de que en distintas ocasiones en el pasado se había manifestado en contra de la misma –ya sea por principios o ya sea por considerarlo un tema marginal– existía la esperanza de que ya siendo Presidente, y ya no sujeto a los condicionamientos de la campaña, podría avanzar en esta materia.

Se presentaron distintas iniciativas de distintos personajes de la 4T, incluyendo los dos que ya he mencionado, y de otros sectores de la sociedad civil, tanto cercanos a la 4T como opositores, pero que estaban dispuestos a trabajar conjuntamente con el Gobierno para sacar adelante una buena ley en el Poder Legislativo.

A dos años de que haya tomado posesión la nueva Legislatura, es decir la de la 4T, no ha pasado absolutamente nada. Hay varias iniciativas por ahí congeladas, pero ninguna avanza ni está previsto que avance en este periodo de sesiones. Simplemente quedó enterrado el asunto, no solo para la primera mitad del sexenio sino para el resto del mismo, o por lo menos eso pienso yo, y siempre lo he pensado y siempre lo he dicho. Esto se debe a varios factores.

En primer término, el conservadurismo del propio López Obrador. No cree en estas cosas, como no cree en el aborto, no cree en las libertades para toda la comunidad LGBT, como no cree en la muerte asistida, como no cree en prácticamente ninguno de los temas de libertades individuales.

En eso es un buen castro-estalinista y lo seguirá siendo toda su vida. Y es un factor decisivo, ya que hemos visto cómo nadie en el Congreso o en el Gabinete se atreve a oponérsele en un punto de sustancia importante.

Segundo factor es que no quiere ofender a los sectores más conservadores de la sociedad mexicana, empezando por dos: la Iglesia y las Fuerzas Armadas. Ha llevado la fiesta en paz con la iglesia católica y con las demás y piensa seguirlo haciendo. Y aunque no es un tema que las iglesias susciten por ellas mismas, si se planteara en serio el tema de la legalización de la mariguana y posiblemente otras drogas, la Iglesia católica en todo caso seguro se alzaría en armas.

Las Fuerzas Armadas por su lado, no es que tengan una opinión propia al respecto, sino que simplemente no entenderían la lógica de haber dejado cientos si no es que miles de muertos en el camino desde 2006, quemando sembradíos, deteniendo tráileres en los retenes y lanchas en altamar, y descubriendo túneles en la frontera norte, para que después se legalice lo que desde hace décadas se les ha dicho que es un mal superior a cualquier otro en la historia de la humanidad (todavía nos acordamos de la estupidez que todo esto es para que la droga no llegue a tus hijos). Este factor también es importante.

El tercero es Estados Unidos. No tengo la menor duda que pocos días después de su elección, López Obrador fue informado por algún conducto norteamericano, que Trump no toleraría ningún tipo de legalización recreativa en México. Que podía hablarse todo lo que quisiera, armarse todo el escándalo posible en el Congreso y en los medios, pero que eso simplemente estaba fuera de toda discusión.

Esto tal vez cambie muy en el futuro cuando Biden gane, los demócratas tengan una mayoría en ambas cámaras en Estados Unidos y avance la legalización estado por estado, hasta llegar al nivel federal. Pero por ahora, no viene al caso. Y Biden se opondría a cualquier comportamiento de esa naturaleza en México al igual que lo hizo Trump.

La legalización de la mariguana, a la luz de la catástrofe que vive el país, no parece ser el tema más trascendente de la agenda. Pero para muchos que por otros motivos no hubieran votado por Morena, sí era y sigue siendo un asunto vital. Pues que vayan pensándole muy bien si quieren volver a votar por quienes les vieron la cara de tontos…útiles.

Renata Chapa escribe en Espacio 4 sobre la evolución de las telcomunicaciones y el impacto de las tecnologías de la información y la comunicación en el contexto de la pandemia. “Era el tiempo del presidente López Portillo cuando una moda apareció en los techos de miles de casas. Desde una perspectiva aérea, era posible distinguir círculos blancos en algunas viviendas de colonias residenciales. Desde el suelo, la instalación de esas enormes cazuelas era un símbolo de estatus para familias ochenteras que podían presumir que ya tenían ‘antena
02 Septiembre 2020 04:00:00
El T-Mec en Toluca
El 27 de agosto sucedió algo interesante en Toluca. Chistopher Landau, embajador de Estados Unidos en México, en compañía del gobernador Alfredo del Mazo, del Estado de México, realizó una muy publicitada visita a las plantas de Fiat-Chrysler y General Motors en esa cuidad. Conversaron con los gerentes y el personal, sobre el coronavirus y las medidas sanitarias en ambas fábricas, todo con gran amabilidad.

Lo que los medios no informaron con tanto bombo y platillo fue la presencia y la misión de otra acompañante de Landau.

Se trata de Naomi Fellows, Labor Counselor en la Embajada de Reforma. Aunque llegó a México desde julio de 2019 –antes de la entrada en vigor del T-MEC– en realidad ya funge como una de las “attachées” o agregadas laborales, previstas por el tratado que tanto admira López Obrador.

Fellows, funcionaria del Departamento de Estado, ha sido comisionada a múltiples adscripciones, entre ellas, Iraq, Brasil, Moscú, Managua, Camerún y Bogotá. No es una advenediza. De acuerdo con versiones que escuché de su visita a la planta de FCA y de GM, su desempeño reviste características muy distintas a las de otros en el pasado. Me concentro en el caso de FCA, porque fue donde permaneció más tiempo.

La recibió, además del gerente de la planta FCA, el secretario general de la sección del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Industria Automotriz Integrada, Similares y Conexos de la República Mexicana. Sindicalista de tercera generación, dicho dirigente goza, si entendí bien, de la confianza de sus agremiados. Fellows, aunque el gerente de la planta la invitó a conversar con él, advirtió que prefería platicar con el secretario general y con los trabajadores en las líneas de ensamblaje. Pasó dos horas conversando con ellos, sola: no permitió que la acompañara alguien de la “patronal”. La empresa había sugerido que era conveniente que algunos trabajadores se “prepararan” antes para recibirla y formularle preguntas y responder a sus interrogantes; el sindicato prefirió dejar ir el intercambio por la libre y que los interlocutores de la “attachée” laboral fueran seleccionados al azar.

La síntesis que me compartieron mis fuentes apunta en una dirección muy clara. El sindicato, y sus dirigentes, mi tocayo Guillermo Díaz Castañeda, buscaban en Fellows a una aliada contra la empresa, invocando en la carta de bienvenida que le dirigieron a Landau, el T-Mec y sus disposiciones laborales. Transparencia del contrato colectivo, sindicato representativo y democráticamente electo, cumplimiento con las normas mexicanas y estadunidenses: estas fueron los temas de conversación entre Fellows y los empleados de Fiat-Chrysler.

Si se hubiera tratado de una inspección, FCA habría sido aprobada. GM quizás no, porque la visita duró menos. Pero se trata de dos de las plantas automotrices más antiguas de México (con la Ford de Tlanepantla y la Volkswagen de Puebla).

La pregunta es muy sencilla: ¿Cuántas fábricas en México aguantan ser pasadas a la báscula así? Sobre todo en vista de que nuestro candidato a la Dirección General de la OMC, Jesús Seade, permitió que en la redacción final del T-MEC, se suprimiera, en la definición de las actividades a las que se aplicarían las obligaciones laborales, las palabras “trade and investment-related industries”. O sea, se aplican a todas, no solo a los exportadores como FCA y GM. Ya pronto, la agregada Fellows y sus colegas, visitarán otras plantas, otros almacenes, otras tierras bajo cultivo. Suerte.
26 Agosto 2020 04:06:00
¿Seguirá la mata dando?
En los próximos días y semanas tendremos la oportunidad de comprobar si las tesis que muchos hemos esgrimido a lo largo del último par de años sobre un pacto entre Enrique Peña Nieto y Andrés Manuel López Obrador en torno a la elección del 2018 y la expresidencia del priista se confirman o no. Hemos comentado en estos días que la guerra de los videos parece ser un intercambio de mensajes entre el Presidente actual y su predecesor, con sus colaboradores, sobre la vigencia o ruptura del pacto de impunidad del 2018. Como toda hipótesis, el tiempo y los hechos pueden comprobarla o desmentirla. Tal vez en estos días o semanas sucederá lo uno o lo otro.

En realidad, conforme nos acercamos al desenlace de una evolución de un proceso inevitablemente binario, podremos comprobar la verdad o la ilusión de ese pacto y de los compromisos que implicó. Después del video sobre el hermano de López Obrador se abren dos posibilidades. La primera es que la embestida detonada por Emilio Lozoya contra Peña Nieto, Luis Videgaray, y varios otros funcionarios del Gobierno de Peña, sigue adelante o se pasma. Si sigue adelante, y se intensifica, puede suceder una de dos cosas. O bien se produce una nueva réplica de Peña Nieto y compañía, o bien ya no sucede nada, porque no había nada que sucediera: no había pacto, no hubo violación del pacto y no hubo quien quisiera sacar nuevos videos contra López Obrador. O bien, al contrario, ante la intensificación de la ofensiva contra Peña Nieto, aparece un nuevo video o un testimonio o un testigo o un documento que vuelve a comprometer seriamente a López Obrador en lo que más le duele: ser igual de corrupto que sus predecesores.

A la inversa, si se suspende la embestida echada a andar por Lozoya y todo empieza a estancarse en el pantano de la indefinición, de los eufemismos y de la lentitud intolerable de la justicia mexicana, podremos suponer que el primer salvo de Peña contra López Obrador fue suficiente para calmar los ánimos. Si ya no hay más videos filtrados por Lozoya o la Fiscalía o alguien más; si las pruebas que presenta Lozoya se ceban; si los testigos que prometió Lozoya, no aparecen; si no llaman a declarar o se emiten órdenes de aprensión contra Peña Nieto o Videgaray; si todo esto es así, será altamente probable que López Obrador decidió por angas o mangas, ponerle un alto a su ofensiva.

Desde luego que ese alto podría haber sido provocado por las respuestas de Peña Nieto, o porque López Obrador logró su propósito: el estigma o el escarnio social generalizado contra la corrupción de los regímenes pasados y los réditos electorales que eso puede traer. Pero también puede ser producto de la decisión de abstenerse, de replegarse ante un pleito que era de alguna manera inevitable. Si hubo pacto, y si hubo percepción de la ruptura del mismo por uno de los pactantes, y si ese pactante poseía el parque suficiente para defenderse, entonces ahí ya será la explicación.

Estas semanas serán decisivas para entender si hubo o no, en la elección del 2018, un fraude desde el punto de vista de la injerencia del Estado, tan grande como el de 1988, o como el del 2006, según López Obrador.


23 Agosto 2020 04:05:00
Los exes no están mancos
Más allá de las cantinfladas de López Obrador sobre su hermano, las “aportaciones” y las indetectables diferencias entre su video y el de Lozoya, el capítulo más reciente de la serie producida y filmada en Palacio Nacional confirma algo que hemos sostenido aquí desde hace tiempo.

Sé que muchos consideran qué a partir de la publicación del documento de 63 páginas de Emilio Lozoya, resulta difícil creer que no acabará algún expresidente en la cárcel. Sigo pensando que no. Una de las razones que siempre he esgrimido al respecto es qué si hubo pacto entre Peña Nieto y López Obrador, este descansó en un equilibrio de compromisos, amenazas y posibles represalias mutuas entre ambos personajes.

Pensar que Peña Nieto y Videgaray iban a confiar en la palabra de López Obrador como única garantía de cumplimiento es no solo ingenuo, sino absurdo. Y pensar que López Obrador no lo sabía, equivale a considerarlo un santo, que obviamente no es.

El video de Pío y León y el intercambio de dinero –probablemente originado en el Gobierno de Chiapas– entre un “consultor” de ese Gobierno y un “activista” del partido, data de 2015. López Obrador dice que tenía conocimiento del mismo hace tiempo.

Todo sugiere que el video obraba en manos del Gobierno de Peña Nieto, y que fue una de las fichas o seguros de vida que el expresidente y sus colaboradores conservaron en sitios bien guardados para utilizarlos en caso de necesidad y en el momento indicado. Parece que se violó el pacto, y que el momento llegó.

O bien le entregaron el video ahora a Carlos Loret porque pensaron que López Obrador, al divulgar el texto de Lozoya, violaba el pacto, o bien le dieron el pitazo a Loret de donde había que buscarlo. Ninguna de las dos hipótesis le resta un gramo de valor y habilidad a Loret por transmitirlo en el sitio de LatinUs. Ni le restará audacia y legitimidad a quien difunda los siguientes videos, o testimonios o documentos que aparezcan, si la violación del pacto persiste.

Sin descartar la posibilidad de que este video, o los que sigan, provengan de otras fuentes (Salinas, Calderón, Osorio Chong, etcétera) quien más capacidad posee de contar con elementos de contraataque es Peña Nieto.

Durante seis años dispuso del aparato de inteligencia del Estado para investigar todo lo que se podía investigar en el entonces presente o lejano pasado de López Obrador y de su familia. Y si alguien se anima a cuestionar la ética de atacar a la familia como procedimiento político, convendría que conversará con la esposa, la hermana y la madre de Lozoya.

¿Qué sigue? Obviamente más desmentidos de los acusados por Lozoya; desde luego más filtraciones por Palacio y la Fiscalía contra los acusados por Lozoya; inevitablemente más revires, de la misma naturaleza, de Peña Nieto, Calderón o Salinas.

No están mancos, no acostumbran quedarse quietos, y dudo que se entreguen tan fácilmente como Lozoya. Solo que probablemente cuidarán mejor a sus familiares, porque ya saben que López Obrador opera sin cuartel. Todo se vale. Ni duda cabe.

Por último, no sé si tenga mucho sentido solidarizarme con nexos en Nexos. Salvo, tal vez, para opinar que solidaridad que no es pública, o no se refleja en suscripciones o anuncios, no es solidaridad.
20 Agosto 2020 04:03:00
¿Habrá un expresidente preso? Se toman apuestas
Existe una pequeña divergencia en el seno mi comunidad de colegas de la comentocracia sobre el impacto político y electoral que surtirá el caso Lozoya, ahora aderezado con un video que no dice nada, pero muestra mucho: empleados de un expanista y otro que los sigue regodeándose con fajas de pesos recibidas de un desconocido. Algunos de mis amigos consideran que con el simple golpe mediático, López Obrador ha ganado la partida, con independencia del final de la historia. Por mi parte, tiendo a pensar que el Presidente puede estar desatando una tormenta que no va a poder controlar.

La encuesta que publica El Financiero, con todas sus limitaciones, revela algo que todos sospechábamos. Por un lado, persiste el escepticismo de la sociedad mexicana sobre el alcance de la justicia en el caso Lozoya. Aunque crece el número de mexicanos que creen que “se castigarán los actos de corrupción de gobiernos anteriores”, la diferencia con los que no lo creen (47% contra 41%) se encuentra prácticamente dentro del margen de error. Pero sobre todo, la prueba del añejo, o de ácido, para quienes no recuerdan a John Gavin, yace en que el 80% piensa que se debe investigar y en su caso castigar a Enrique Peña Nieto. En otras palabras, la gente quiere sangre, y en particular, sangre presidencial.

Los golpes mediáticos al PAN son certeros: el video es irrebatible como mancha y condena. No prueba nada, pero convence y orienta a la opinión. Diputados y senadores panistas recibieron millones de pesos para votar a favor de una reforma energética antipatriótica, corrupta y conservadora. Que hayan estado de acuerdo con dicha reforma no importa: su convicción empequeñece frente a su corrupción. Como además el PAN, por razones incomprensibles, ha dejado correr más de un mes sin intentar destruir la credibilidad de Lozoya, la mentira implícita del video se pierde ante la evidencia de su verdad.

Pero no le bastará a la sociedad mexicana enardecida por videos y mañaneras que caigan unos cuantos panistas, experredistas o priistas del poder legislativo. Tampoco alcanza con otro antiguo secretario de Estado; ya vimos que Rosario Robles no dio para mucho en términos de opinión pública. Si no cae un expresidente a la cárcel, la maniobra de López Obrador, más allá de las revelaciones de una corrupción infinita de los dos sexenios anteriores y que muchos condenamos en su momento, no solo ahora, no servirá para ganar puntos en las encuestas electorales -no de popularidad-.

El problema es que si bien hay seis expresidentes en vida (uno de los cuales, por cierto, fue juzgado y condenado a arresto domiciliario por genocidio, antes de ser absuelto dos años después), solo dos califican como posibles candidatos para prisión. Por distintas razones, ni Luis Echeverría, ni Carlos Salinas, ni Ernesto Zedillo ni Vicente Fox, se encuentran en la picota, por ahora. Los únicos dos posibles son Calderón y Peña Nieto.

Al primero, se le tendría que acusar de daño patrimonial al Estado por una decisión de política pública equivocada, algo que ni la Fiscalía ni ningún juez aceptará como delito comprobable. A menos de que se demuestre que el expresidente recibió un soborno por concretar la inversión de Etileno21 de Braskem-Idesa, y que gracias a dicho soborno, aceptó dos compromisos o contratos “leoninos”: venderle a la empresa privada etano “barato” de Pemex, y proteger mediante un arancel a la misma empresa de cualquier competencia externa. Ni en México se puede comprobar tal delito.

El caso de Peña Nieto es aún más complicado. No solo por el pacto de impunidad entre él y López Obrador -sigo sosteniendo que existe y perdura- sino porque se encuentra en España y tuvo todo el tiempo del mundo y todos los abogados de México para borrar huellas, si las hubo. A menos de que cometa el mismo error de Raúl Salinas, Elba Esther Gordillo y Rosario Robles, a saber, creer que volviendo al país no les pasaría nada. Si no, Peña tendría que ser primero detenido en España y luego extraditado. No es México. Podrían apretarlo igual que a Lozoya: con su familia, pero ya lo sabe.

Tomo apuestas: no habrá un expresidente encarcelado antes de las elecciones del 2021. Y sin este desenlace, la maniobra electoral, mediática y política no prosperará. De lo jurídico, como reconoció el albañil del chiste, mejor ni hablamos.
12 Agosto 2020 04:00:00
Las cuatro estampas de Lozoya
La denuncia en cuatro partes presentada por Emilio Lozoya hoy ante la Fiscalía General de la República (FGR), tal y como la resumió el titular de esa dependencia en un video difundido ayer por la tarde, amerita muchos comentarios. Por ahora me limito a cuatro estampas preliminares, superficiales, y especulativas.

Sobre el primer tema, a saber, el dinero que Odebrecht le entregó a Lozoya y que según él, por instrucciones de Videgaray y de Peña Nieto, él a su vez transfirió a consultores extranjeros de la campaña, convendrá saber las pruebas que Lozoya presenta. Por lo pronto las filtraciones en la prensa a lo largo de las últimas semanas sobre 19 videos, se redujeron a uno solo. En segundo lugar, al no nombrar a los consultores o asesores extranjeros, es difícil recurrir a ellos para saber si en efecto fueron contratados por la campaña de Peña Nieto, si en efecto les pagaron, y si les pagaron con dinero procedente de Odebrecht. No parece ser un caso demasiado sólido, sobre todo si uno de los consultores en cuestión es alguien cuyo talento es innegable pero que cuyo gusto por la aventura lo es también.

El segundo cargo tiene que ver con la reforma energética hasta donde entiendo. Ese nunca encerró mucha lógica. Ya se ha dicho en repetidas ocasiones que el PAN no tenía por qué ser sobornado para votar a favor de una reforma que siempre había propuesto y con la que estaba de acuerdo –en mayor o menor medida dependiendo de los términos exactos de la misma– y por la cual terminó votando de manera uniforme. No se entiende por qué tendrían que haber “mordido” a los diputados o senadores del PAN para que votaran a favor de una reforma… con la cual estaban de acuerdo.

Tercera estampa: se trata del caso Etileno XXI y la decisión del Gobierno de Calderón de, en primer lugar, comprometerse a suministrarle etano a la empresa asociada con Braskem-Idesa-Odebrecht y luego de imponer aranceles a la importación de etileno para proteger el producto ulterior de la inversión. Ya se ha dicho varias veces: puede uno estar de acuerdo o no con la decisión de políticas públicas de esa determinación de Calderón, de Meade y de Cordero. Pero no es obvio que ahí exista un delito. Nada me gustaría más que Calderón fuera procesado por este tema o por el supuesto narcoestado y los delitos posibles de García Luna. Pero todo parece indicar que en efecto se trata de una persecución política.

Cuarta estampa: que diputados o senadores del PAN hayan recibido sobornos para votar a favor de la reforma electoral de 2013-2014. Esa es la más creíble de todas, porque nunca se entendió por qué el PAN abandonó tan fácilmente su exigencia de que sin segunda vuelta en la elección presidencial, no habría reforma energética. La tesis, según la cual no podían negarse a votar por la reforma energética –con la que estaban de acuerdo– porque no había segunda vuelta, siempre fue en mi opinión absurda. Que el PAN suele doblarse cada vez que un Gobierno mete la pierna, es innegable. Pero en este caso sí parecía incomprensible que una reforma tan importante para el PAN como la segunda vuelta, fuera sacrificada a cambio de nada.

Agregaría una quinta estampa simplemente por no dejar, en cuanto al terreno de juego de estas competencias. Si hay alguien a quien López Obrador quería encarcelar, es Carlos Ahumada, el empresario argen-mex de las famosas ligas de Bejarano y varios más. A principios de este Gobierno se reactivó la solicitud de extradición de Ahumada desde Argentina, e incluso fue detenido una noche. Ayer, la solicitud de extradición del Gobierno de México fue negada por un juez de Buenos Aires, a pesar de la muy probable insistencia del Gobierno de López Obrador con el Gobierno de Alberto Fernández de que la extradición procediera. Se podrá apelar o no, pero todo parece indicar por ahora, que esa extradición no va a volar.

Esto viene al caso porque varios de los posibles imputados por las denuncias de Lozoya, se encuentran fuera de México. A menos de que se entreguen, como Lozoya, debido a presiones sobre sus familias, su caso, en su caso, será resuelto en tribunales norteamericanos o españoles. Lo que sirve para Rosario Robles en un tribunal en México con un juez sobrino de una líder de oposición, no necesariamente va a funcionar en la Audiencia Nacional Española o en un tribunal de inmigración de Estados Unidos.
05 Agosto 2020 04:00:00
Los costos de los éxitos de la 4T
Algunos críticos del Gobierno han aplaudido la reforma de pensiones propuesta por López Obrador y el CCE porque a pesar de sus defectos, tiene el mérito de existir. Asimismo, algunos partidarios de la 4T encuentran virtudes en distintas actuaciones del régimen porque tienen éxito.

El error de los primeros consiste en hacer caso omiso de los costos de la reforma, en primer lugar (Santiago Levy ha escrito una magnifica nota al respecto), y en segundo lugar en no tomar en cuenta que para este tipo de asuntos, solo alcanza el tiempo y el capital político para un tiro: no más. Sería el costo de oportunidad. El error de los segundos radica en despreciar los costos de los supuestos éxitos presidenciales, y pensar que son gratis: ganancia pura. Quiero centrarme en estos segundos, porque las consecuencias de sus errores superan a las de los primeros, que además, rápidamente se pueden corregir.

Tomemos dos ejemplos. Muchos simpatizantes del régimen han subrayado la faena del Presidente al torear a las Fuerzas Armadas. Siendo que alguien que las había criticado tanto por su pasado lejano oscuro (Tlatelolco, Guerra Sucia, Chiapas) y por su pasado cercano sangriento (la guerra del narco, violaciones a derechos humanos) ahora tiene al Ejército y hasta a la Marina comiendo de su mano. Lo ha hecho encomendándoles tareas atractivas, desde todos los puntos de vista: recursos, prestigio, novedad, capacitación adicional.

Van desde el aeropuerto de Santa Lucía hasta las aduanas y los puertos, pasando por el Tren Maya, las sucursales bancarias, el reparto de fertilizantes, medicamentos y libros de texto, la creación de la Guardia Nacional y la cacería de migrantes centroamericanos en ambas fronteras. Todo esto además de seguir librando una guerra “literal” contra el narco, con decomisos, quemas de sembradíos, capturas en alta mar, etc. Se saltó una generación en el nombramiento de los principales funcionarios de la Sedena, quizás provocó disgustos entre los generales en retiro, desapareció al Estado Mayor Presidencial, pero en su conjunto, las Fuerzas Armadas apoyan como nunca al régimen. Un gran logro.

Ahora los costos. La cobija, la formación y la experiencia ya adquirida no alcanzan. Hasta donde se sabe, el número total de efectivos de Sedena, Semar y GN no es sensiblemente mayor al de las dos primeras, más la Policía Federal de Peña Nieto. Su capacidad de construcción de aeropuertos, bancos y trenes es limitada. No hay manera de hacer todo eso bien, y además lo que se hacía antes. En segundo lugar, los peligros de contagio por el virus de la corrupción son grandes y conocidos. No porque antes no hubiera corrupción dentro del aparato de seguridad, pero con mayores oportunidades, mayores tentaciones. Y por último, militarizar un número creciente de actividades del Estado, en teoría porque no hay nadie más, no puede ser benéfico para el país ¿Un gran logro, o un gran costo?

Un segundo caso reside en la relación con los empresarios. Quienes respaldan a la 4T sostienen, con algo de razón, que AMLO ha podido forjar una adecuada relación personal con ellos, contra viento y marea. Los invita a tomar café, a cenar y comprar boletos de la Lotería, a la Casa Blanca, a apoyar la educación a distancia, y ninguno rezonga. A pesar de políticas públicas y de una retórica no necesariamente bien vistas por el sector de negocios, la relación personal, o como dicen los mismos empresarios, los puentes, no se han roto. Y es cierto. Es un logro.

Pero también hay un costo. Los empresarios detestan al régimen. No invierten. Es su derecho. Pero López Obrador no ha podido transformar una buena relación personal en una sana relación económica-financiera. Sobre todo, no ha educado a la sociedad mexicana sobre el tipo de papel que le gustaría que desempeñara el sector privado en el país. ¿Vanguardia? ¿Complemento del Estado? ¿Primus inter pares? Cuando ataca o critica al empresariado, parece que son “enemigos del pueblo”. Cuando se entrevista con ellos, o los lleva en el equivalente del echeverrista “avión de redilas” a Washington, son personas decentes. Cuando no pagan impuestos, o no invierten, son cómplices de la corrupción. ¿Qué debe entender la sociedad mexicana? ¿O conviene ver su incomprensión y confusión como un costo del “logro” de la 4T? La contabilidad de doble partida, desde hace algunos siglos, incluye por definición activos y pasivos. Los partidarios ilustrados de la 4T (los hay) no debieran olvidarlo.

29 Julio 2020 04:06:00
Tres postales mexicanas de la 4T
No se entiende la lógica de la comparecencia a puerta cerrada de Emilio Lozoya en su cuarto (o suite) de hospital. La payasada de un resumen por WhatsApp para los medios es un muy pobre sucedáneo de una audiencia abierta al público, oral y en tiempo real, sin filtros ni demoras. El Covid-19 no es excusa. Si el juez, los fiscales y los abogados defensores, además de Lozoya, pueden estar en Zoom, también se pueden conectar, sin riesgo de contagiar a nadie, los medios que lo deseen. Serían un participante más, o una multitud, o un pool, como se hace en los demás países democráticos. Diez medios representativos participan, y le comparten a sus colegas.

He aquí la más reciente manifestación de la opacidad y el desorden en el proceso de Lozoya. El rico caudal de filtraciones sobre los documentos y las pruebas que habría entregado a las autoridades mexicanas en España puede provenir de las más diversas fuentes.

Sin duda hay sectores en el Gobierno que tienen mucho que ganar divulgando sus posiciones, como si fueran ya las de López Obrador. Pero también tendrían poderosas razones los abogados y cabilderos defensores de Lozoya, como Baltazar Garzón, según La Jornada, para empañar o enlodar el proceso vía filtraciones que después se volverían argumentos de vicio del debido proceso.

Afortunadamente, gracias al incomprensible lenguaje de la justicia en México, seguimos, en la tarde del martes, sin saber absolutamente nada de lo que sucedió, o va a suceder con Lozoya. Sus declaraciones, según la versión que divulgó el juzgado, o la FGR, o quien sabe quien, son todas a futuro: mostraré, demostraré, comprobaré, etcétera. Huelga decir que los supuestos dichos del MP son ininteligibles para cualquier ser mortal común y corriente. Por lo tanto, tendremos que esperar.

No pierdo la esperanza de que la designación de Isabel Arvide como cónsul de carrera de México en Estambul sea “fake news”. Sin revestir la más mínima importancia frente a los enormes descalabros del país bajo López Obrador, es algo absolutamente increíble y altamente revelador de la podredumbre de la 4T.

Los muy escasos jóvenes que me lean tal vez solo conozcan a Arvide por su comportamiento zalamero y repugnante en las mañaneras. No: empezó a ser una persona deleznable desde mediados de los años 70.

A lo largo del medio siglo que tengo conocimiento de ello, se han producido una importante cantidad de nombramientos deplorables e incomprensibles en consulados y embajadas de México, tanto del Servicio Exterior como políticos. Pero no recuerdo muchos tan vergonzosos como los de esta persona que pertenece a la Rotonda de las Mujeres no ilustres de la República. Desde Echeverría hasta López Obrador.

Tercera postal. El avión y la rifa son una vergüenza. Quienes siempre criticamos, desde 2012, la compra de Calderón, sabemos que fue el Ejército y Aeroméxico que lo convencieron de irse por el Dreamliner, en lugar de una opción más prudente con Airbus. Pero tirarlo a la basura, y apelar a la ignorancia, al resentimiento, y a la simpleza de buena parte de la sociedad mexicana para sacar raja política de esa estupidez, es infame.

Debiera darle vergüenza a López Obrador, cuando sabe que nada de lo que dice es cierto: ni el radio de acción de la aeronave, ni lo que le van a pagar por ella, ni lo que ha costado guardarla en Estados Unidos por casi año y medio.


25 Julio 2020 04:00:00
Los 3 ejes de Lozoya y AMLO
Para el Gobierno, el caso Lozoya encierra tres posibles direcciones, no necesariamente compatibles cada una con las demás. Me refiero al caso importante para el Gobierno y para la clase política, es decir, el juicio mediático que se llevará a cabo, por definición, en los medios. El aspecto jurídico es otro asunto. Hoy como siempre, en México, eso es lo de menos. En esa materia, Lozoya será el Florence Cassez de este sexenio, pero eso es aparte.

Un eje de acción es obviamente el que involucra al régimen y a la campaña de Peña Nieto. Es el dinero que puede o no haber sido entregado por la empresa Odebrecht a Lozoya y de ahí a la campaña, a través de una serie de cuentas identificadas desde hace tiempo. También este eje involucra el tema de Agronitrogenados, es decir, la compra por Pemex de la llamada “planta chatarra” de Alonso Ancira, y en su caso la de Fertinal, esto es, otra planta en teoría “chatarra”, cuya propiedad ha sido relacionada con Ricardo Salinas Pliego.

Este eje, el más evidente, solo será redituable políticamente si alcanza a Peña Nieto. Ya la sociedad mexicana está curada de espanto; ya ha visto demasiados chivos expiatorios a lo largo de los últimos 5 o 6 sexenios, para conmoverse con una nueva camada de culpables subalternos.

Eugenio Méndez Docurro y Félix Barra; Jorge Díaz Serrano; Joaquín Hernández Galicia; Raúl Salinas; Elba Esther Gordillo; Rosario Robles: dudo que con tres o cuatro miembros adicionales del Gabinete de Peña Nieto alcance para un buen escándalo. El problema es que irse sobre el expresidente viola el pacto de impunidad que sigo pensando existió, y que no se basó nunca solo en la buena voluntad o la palabra de López Obrador -para nadie es secreto que vale muy poco- sino en las fichas, los expedientes, la información, los testimonios, las pruebas, que Peña Nieto y su equipo hubieran podido tener contra López Obrador para imponerle la continuación del pacto.

El segundo eje es el que toma por blanco al Gobierno de Calderón a través del caso del proyecto Etileno 21. También involucra en parte, se supone, al sexenio de Peña Nieto en la medida en que Odebrecht, o más bien su filial en México, Braskem, asociada con una empresa mexicana, Idesa, mantuviera en vida el proyecto en ese sexenio. Pero el objetivo central sería el Gobierno de Calderón. Este habría firmado un acuerdo ilegal o dañino para el patrimonio del Estado con Braskem-Idesa, para construir un complejo productor de etileno con una garantía de abasto de gas etano por parte de Pemex y una garantía de protección monopólica para la venta de los productos del complejo cuando estuviera terminado. Lozoya tendría elementos también para incriminar de esa manera a Calderón y a Meade.

El problema con este eje de acción es que el mejor aliado posible de López Obrador y de Morena en las elecciones de 2021 es el propio Calderón y su nuevo partido. En algunos estados puede estar alcanzando hasta 6 o 7% en las elecciones de Gobernador, y la casi totalidad de esos votos, o de los que se lleve en cualquier comicio el año entrante, se los resta al PAN, el verdadero adversario de Morena en el 2021. Es difícil saber a priori qué podrá más, el hígado de López Obrador contra Felipe Calderón, o su cinismo y estrategia política.

El tercer eje es obviamente el propio Partido Acción Nacional y el dinero que habría fluido de Odebrecht vía Lozoya y otros, a diputados, senadores y gobernadores del PAN en el 2013 y parte del 2014, para votar a favor de la reforma energética. Si bien, por un lado, este resulta ser la menos verosímil de las tres acusaciones que pudiera realizar Lozoya, ya que Acción Nacional no solo estaba a favor de la reforma energética, si no que le exigía a Peña y al PRI, no descafeinara la reforma energética y se asociara a una reforma política, puede ser eficaz en la opinión pública. Es la táctica que ya utilizaron López Obrador y Peña Nieto en el 2018 contra el PAN y contra Ricardo Anaya como candidato del Frente. El problema desde luego es que en este tercer eje al igual que en los dos primeros, todo depende de las declaraciones de un testigo protegido, como en Brasil con el “lava jato” o en Estados Unidos con el “plea bargaining”, que siempre está sujeto a dos críticas demoledoras.

En primer lugar, el declarante ante los medios y ante un juez, es alguien que ha mentido repetidamente antes de su declaración. La cantidad de veces que Lozoya (o García Luna en Nueva York) dijo que no había robado nada, recibido nada, entregado nada, es descomunal. ¿Por qué diría la verdad ahora si ha mentido tanto antes?

En segundo lugar, una cosa es el sistema jurídico brasileño o norteamericano, donde en efecto pueden los testigos protegidos llegar a un acuerdo porque prefieren eso a una sentencia aterradora, y otra cosa es México, donde lo que está en juego obviamente, no es solamente la sentencia de Emilio Lozoya, sino la libertad e integridad de su madre, su hermana y su esposa.

¿Qué estará dispuesto a decir Lozoya para que no encarcelen a su familia? Todo lo que le pidan. Veremos cuánto le alcanza a López Obrador con Lozoya y cual de los ejes de ataque escoge. Pero todos encierran contradicciones y debilidades, y ninguno es ideal.


15 Julio 2020 04:06:00
Los otros (73 mil) desaparecidos
La Comisión Nacional de Búsqueda anunció ayer una actualización de las cifras de desaparecidos en México. Sumaron, desde 1964, 73 mil personas, 11 mil más que la cifra divulgada en enero de este año. Dos mil 300 corresponden a este año, las demás, a años anteriores. Es un total estratosférico en sí mismo, pero que al desglosarse, resulta aún peor. Conviene subrayar que son números producidos por este Gobierno, es decir, por un equipo que no le guarda simpatía alguna a ninguno de sus predecesores, por lo menos de Miguel de la Madrid para acá.

En todos los años de la “guerra sucia” en las décadas de los 60 y 70 y en los sexenios de Salinas y Zedillo, se produjeron, según esta cuenta, un total de mil 500 desaparecidos. En el sexenio de Fox, menos de 500. En otras palabras, alrededor de 95% de las 73 mil desapariciones forzadas tuvo lugar en los sexenios de Calderón, Peña Nieto y López Obrador. Son directamente producto de la guerra desatada por el primero, proseguida por el segundo, y mantenida por el tercero.

Los dos peores años fueron 2017 y 2019, con más de 7 mil desapariciones cada uno. Es posible que el 2020 termine debajo de estos totales descomunales, ya que hasta julio “solo” llevamos 2 mil 400 desaparecidos. Aunque conviene señalar que, con mucha honestidad, Karla Quintana, Alejandro Encinas y Olga Sánchez Cordero advirtieron ayer que hay un rezago importante en la entrega de información de estados como Guanajuato, Baja California, Tabasco y Sonora. De modo que la disminución en el 2020 con relación al año anterior no necesariamente va a persistir.

Durante los 19 meses del sexenio de López Obrador han tenido lugar casi 10 mil desapariciones, es decir un poco más de 500 cada mes, o 17 diarias. De acuerdo con cifras del Harvard Review of Latin America (de 2013), se produjeron unas 40 mil desapariciones en Guatemala durante todo la Guerra Fría; entre mil y dos mil en Chile durante la dictadura de Pinochet; tal vez 30 mil en Argentina entre 1976 y 1982; 60 mil en Colombia a lo largo de 30 años; 6 mil en El Salvador, y 15 mil en Perú. Todos estos países poseen una población mucho menor que la de México, pero los periodos en cuestión fueron mucho más largos.

La labor de la Comisión es loable, pero como declaró José Miguel Vivanco, de Human Rights Watch, sería deseable que el Gobierno se esforzara tanto en encontrar a los culpables de las desapariciones, como en construir la nueva base de datos. Por desgracia, como advertimos muchos desde principios de sexenio, los únicos desaparecidos en la agenda de este Gobierno son los 43 de Ayotzinapa.

Abundan las personalidades que han afirmado a lo largo de estos ya casi 14 años de guerra que este era el costo a pagar para evitar algo peor: una narcopresidencia; que perdiéramos el control del país; que nos volviéramos un país consumidor de drogas; que la seguridad nacional peligrara. Es difícil cuantificar estas nociones o las tesis que las evocan, ciertas o falsas. Me quedo con una pregunta: ¿Qué puede ser peor que 73 mil desaparecidos, casi todos durante los últimos 13 años y medio? ¿No era preferible en esta materia el statu quo ante, con o sin Echeverría, López Portillo, De la Madrid, Salinas, Zedillo y Fox? ¿Con narcos y sin desaparecidos (salvo en la guerra sucia), en lugar del presente, con los mismos narcos, y con 73 mil desaparecidos?
08 Julio 2020 04:01:00
El camello de Salinas y AMLO
Varios comentaristas han subrayado la paradójica semejanza entre los gobiernos de Carlos Salinas y López Obrador a propósito de los dos acuerdos de libre comercio que firmaron con Estados Unidos y Canadá. A muchos extraña que el neoliberal por excelencia y el nacionalista revolucionario por excelencia ambos hayan conducido al país por esos rumbos –Salinas de manera más voluntaria, AMLO más resignado–, pero la similitud va más allá del rumbo.

Algunos nos opusimos al TLC tal como lo negoció Salinas. Otros lo apoyaron por razones sinceras y robustas, y otros más por oportunismo y fiebre reeleccionista. Nadie podía respaldarlo y a la vez subrayar sus limitaciones, riesgos y contradicciones. El Gobierno tampoco.

Siguiendo la máxima levantina de no hablar mal del camello, Salinas sobrevendió el TLC, tanto en México como en Estados Unidos. Allá, con la consigna de mejor exportar bienes que personas, convenció a algunos congresistas titubeantes que el TLC reduciría la migración mexicana, tanto documentada como sin papeles. Aquí, prometió tasas mucho mayores de crecimiento, de empleo, de ingresos y de modernidad. La verdad, no le quedaba de otra: o prometía el oro y el moro, o no salía el asunto.

Supimos, años después, que sin menoscabo de lo que el TLC sí trajo consigo –un sector exportador manufacturero competitivo y una vigorosa agricultura de exportación intensiva en capital, mayor inversión extranjera durante un tiempo, mayor seguridad jurídica para algunos empresarios, por algún tiempo– no trajo lo prometido.

Sabemos hoy que durante los primeros 20 años de vigencia, la tasa promedio de crecimiento económico anual se situó en 2.2%, es decir, menos de 1% per cápita por año; que el sector exportador no incorporó ni insumos ni mano de obra en la escala esperada; que los salarios reales en el sector exportador permanecieron en niveles vergonzosos –el salario promedio en la industria automotriz, la joya de la corona, es de 400 dólares mensuales–, y que la migración mexicana a Estados Unidos entre 1994 y 2008 fue la más elevada de la historia en números absolutos.

¿Nos habría ido peor sin el TLC? Es posible, como es cierto también que una serie de acontecimientos subsiguientes y por lo menos directamente ajenos al TLC neutralizaron sus hipotéticos efectos positivos: el alzamiento zapatista, el asesinato de Colosio, la debacle de noviembre y diciembre de 1994, la crisis de 1997, la alternancia del 2000, etcétera. Quizás no habría que haber hablado tan bien del camello.

López Obrador estaba haciendo lo mismo antes de la pandemia, y lo sigue haciendo en plena hecatombe. Salvo las posibles ventajas –salariales, de condiciones de trabajo, etcétera– muy a futuro y en cuanto a democratización y reconstrucción de un movimiento sindical independiente en México, el T-MEC no le trae nada especial, ventajoso o importante a México.

Su único mérito consiste en existir, o en otras palabras, que la alternativa –ni TLCAN ni T-MEC– era peor. Nadie en su sano juicio en México o Canadá hubiera preferido lo que sucedió con Trump al status quo ante.

Como este último parecía ser inviable, Peña y AMLO optaron por un T-MEC (no exactamente el mismo) que difícilmente cambiará el rumbo económico del país. ¿Cuál rumbo? El de 1994-2018, y el de 2018-2020, antes de la pandemia. Esperar más del T-MEC equivale a sobrevenderlo de nuevo.

¿Podría López Obrador hablar menos bien del camello? Confieso que no veo muy bien como, sobre todo tomando en cuenta que no tiene mucho más que vender. Pero no le sería inútil leer –es un decir– algunos análisis de la sobreventa del TLCAN y de los resultados reales del mismo antes de entusiasmarse tanto. El acuerdo será administrado, a partir de enero del 2021, por los demócratas, incluyendo a los sindicatos, los partidarios de Bernie Sanders, los ecologistas de AOC y la comentocracia antiTrump.


03 Julio 2020 04:06:00
Una disculpa ¿o dos?
Yo con gusto puedo atender la sugerencia de López Obrador de ofrecerle una disculpa a los 30 mil habitantes de Putla, Oaxaca, por haber expresado una opinión estética crítica sobre las características físicas de esa localidad. Aquí está, para quien quiera verla.

Pero dudo que López Obrador le pida una disculpa a los 60 millones de latinos representados por los congresistas de la bancada hispana en Estados Unidos, quienes en un hecho sin precedente, han solicitado públicamente que se cancele su invitación a Washington.

En efecto, nunca había sucedido algo así. El miércoles se hizo pública una carta de 12 representantes hispanos a Donald Trump pidiendo la cancelación de la visita de López Obrador, por considerarla una “distracción” que busca encubrir el mal manejo de la pandemia, los horrores de la relación migratoria y una “politicización” inaceptable, por partidista, del T-MEC y de la relación bilateral. Es como si la bancada judía-americana de la Cámara baja exigiera desinvitar al primer ministro de Israel. Insólito.

No firman la carta cualesquiera diputados. En primer lugar figura el presidente de la bancada, Joaquín Castro, de San Antonio, hermano gemelo de Julián, exaspirante a la candidatura Demócrata, y actual encargado de relaciones con la comunidad latina de … Joe Biden, probablemente el próximo presidente de Estados Unidos. En segundo término, no por antigüedad sino por notoriedad, la firma Alexandria Ocasio-Cortez, la congresista del Bronx en Nueva York, hoy en día la lideresa de la fracción radical de las jóvenes representantes demócratas y estrella montante del ala izquierda del partido.

Aparecen también los nombres de Chuy García, el padrino de toda la vida de la comunidad mexicano-americana de Chicago, y Raúl Grijalva, congresista desde 2003 por el distrito de Tucson, Arizona, uno de los más “mexicanos” de Estados Unidos. En otras palabras, aunque no firmen la totalidad de los miembros del Hispanic Congressional Caucus, sí lo hacen algunos de sus integrantes más poderosos y connotados. Con dos excepciones, todos los firmantes provienen de estados fronterizos.

Desde tiempos de Luis Echeverría, decenas de expertos, políticos, diplomáticos y curiosos han propuesta que México se vincule, organice, apoye o incluso considere a la diáspora mexicana en Estados Unidos justamente como… una diáspora. Nunca me ha agradado el subtexto utilitario de estas ideas, pero el hecho es que desde las épocas del legendario Bert Corona, hemos avanzado mucho en estrechar los lazos entre dos comunidades que no siempre se han querido: los mexicanos de aquí, y los de allá. Ahora, algunos de sus principales representantes electos -no autodesignados- rechazan la visita de un presidente mexicano, por hacerle el caldo gordo a un presidente norteamericano -ese sí es racista y desprecia explícitamente a todos los mexicanos- autoritario y repudiado por más de dos tercios del electorado latino del país, y por más de 60% de los votantes en general. En la larga lista de retrocesos de México bajo López Obrador, este puede figurar en uno de los primeros lugares. Seguramente porque lo sabe, se negó a reunirse con representantes de nacionales en Washington.

01 Julio 2020 04:06:00
Las alianzas
Agustín Basave publicó una inteligente columna sobre la necesidad de alianzas entre los partidos de la oposición en el 2021. Palabras más, palabras menos, sostuvo que sin algún tipo de frente, coalición o alianza, Morena, a pesar de sus descalabros y divisiones, puede conservar su mayoría en la Cámara de Diputados y ganará varias gubernaturas que hoy no tiene. Quisiera abundar en la línea de Basave.

Entiendo todas las reservas y dudas que esgrimen tanto la comentocracia de oposición (en realidad la única que hay; la batalla de las columnas la perdió hace tiempo la 4T; de allí la exasperación de AMLO con los columnistas y conductores), como los cuatro partidos. PAN, PRI, PRD y MC todos objetan, en menor o mayor medida -el PAN y el PRD menos, el PRI y sobre todo MC más- las alianzas con varios argumentos. El primero, medio cierto y medio falso, reside en el fracaso de 2018. ¿Para qué repetir una estrategia electoral que llevó a una derrota estrepitosa hace dos años? Si la coalición total no entrañó ni una verdadera coordinación entre los partidos del Frente, ni tampoco que unieran realmente sus recursos, y mucho menos sus votos -recordemos que muchos perredistas votaron por AMLO- ¿de qué sirve perseverar en el error?  La respuesta de Basave es pertinente: antes del fiasco del 2018, fue el éxito del 2016.

Una segunda objeción consiste en pensar que en particular la alianza PAN-PRI le hace el caldo gordo a la 4T. Sí y no. La gente descontenta con el Gobierno -que crece y va a seguir aumentando, incluso si lo hace bien- tiene que votar por alguien. El PRIAN, con MC y el PRD, no existe como tal, pero en la boleta, un solo candidato obliga al votante a optar: por Morena o por la oposición. Creo que López Obrador a lo que más le teme es a una coalición de facto o de jure, no a la dispersión. Entre más binaria sea la votación, mejor para la oposición. A condición de que la polaridad sea local, y a menos de que un estudio profundo y robusto indique lo contrario.

Ahora bien, como ha venido ya sucediendo en múltiples conversaciones -de las que no formo parte- los tres partidos más viejos pueden llegar a buenos acuerdos en distritos, estados y municipios importantes. No en todos. En aquellos donde Morena va en caballo de hacienda, probablemente no valga la pena. Pero en un centenar de distritos federales, y unas siete gubernaturas, sí.

Luego viene la réplica de la no automaticidad de la transferencia de votos. Se dice, con algún fundamento, que los panistas no sufragan por el PRI, y viceversa. Lo mismo vale para el PRD y MC. Puede o no ser. En muchos casos, desde hace 30 años, muchos votantes de izquierda han votado por el PAN, y muchos panistas lo han hecho por la izquierda. Es más difícil con el PRI, ciertamente, pero nunca se había presentado una situación como la actual. Nunca habían estado en la oposición juntos PRI y PAN, ni mucho menos frente a un gobierno incompetente, autoritario y corrupto. De nuevo, habría que estudiarlo técnicamente.

Por último, está el dilema de Movimiento Ciudadano. Sus dirigentes han dicho que prefieren ir solos en 2021. Piensan, según Basave, y parece que tiene razón, en 2024. Tienen un muy buen candidato: Enrique Alfaro. Pero si no hay segunda vuelta, su único camino a la victoria pasa por una alianza de los opositores a Morena, aunque llegue desahuciado el régimen al 2024. ¿Qué le conviene más a MC para construir esa alianza de 2024, suponiendo que su gallo sea el mejor? ¿Ir solos en 2021, y entregarle la mayoría parlamentaria a Morena, o ir en alianza, para construir el 2024?

24 Junio 2020 04:00:00
El muro y el viaje
Se extienden los rumores sobre un encuentro entre López Obrador y Trump en los próximos días. El comportamiento de los funcionarios estadunidenses frente a México sugiere que además de la migración, andan pisando con pies de plomo para no entorpecer algo que les importa mucho… probablemente la visita del Presidente mexicano.

Temas como la posible venta de gasolina a Venezuela, los médicos cubanos en México, la renuencia a apoyar a su candidato a la dirección del BID, las protestas de las empresas de energía eléctrica o petroleras norteamericanas por los cambios en las reglas mexicanas, no generan fricción pública alguna, ni siquiera filtraciones de parte de dos gobiernos especialmente indiscretos.

Ni Trump, ni sus secretarios de Estado, de Comercio o de Finanzas han puesto el grito en el cielo. El Embajador Landau manda muchos tweets, pero pocas protestas públicas, y el sello de esta Casa Blanca no es precisamente el tacto. Todo esto puede encerrar otras explicaciones que el viaje de AMLO a Washington, del cual me dicen que Palacio quiere zafarse, pero en el cual Estados Unidos insiste cada vez más. Una es migración: es el único tema de la agenda bilateral que le importa a Trump, y mientras López Obrador le siga cumpliendo, no tienen mayor queja. O el caos en el equipo de Trump ya ha alcanzado tales niveles que simplemente es imposible que se concentren en temas tan exóticos y complejos como los mexicanos.

Me inclino a pensar que sí habrá encuentro de rendición de pleitesía de AMLO a Trump, y que la Casa Blanca seguirá haciéndose de la vista gorda ante todas las contrariedades menores de la 4T. Y me imagino que de haberlo, López Obrador seguirá la misma línea de Peña Nieto, en un tema de enorme importancia para México pero que los dos gobiernos mexicanos han preferido evadir. Me refiero al muro.

Trump lo visitó el martes 23 en la frontera entre Arizona y Sonora, cerca de Phoenix. Como dijo en un tweet Nick Miroff, el que cubre estos temas para The Washington Post y antes fue corresponsal en México, “Hay muchas razones para dudar del proyecto del muro de Trump, pero menospreciarlo diciendo que ‘no es nuevo’ o ‘solo sustituye lo que había’ es un error. En su costo, su impacto ambiental y cultural, su apariencia y simbolismo, esto es un gran asunto, nos guste o no”. Subió también unas fotos ilustrativas de la diferencia entre el nuevo muro, y la vieja valla.

Tuve el privilegio de sostener una discusión de fondo, inteligente y respetuosa con el anterior secretario de Relaciones Exteriores y mi hermano Andrés, exsubsecretario del ramo, sobre cual debía ser la postura de México en relación al muro. Desde principios de 2017, expuse que México no podía ni permanecer callado, ni limitarse a argumentar que no lo pagaríamos y que era un asunto interno de Estados Unidos. Andrés pensaba que México no debía engancharse sobre el tema, y básicamente retirarlo de la agenda bilateral. En una palabra, que lo ignoráramos, salvo por la insistencia en que no pagaríamos un centavo.

Luis Videgaray le dio la razón a quien fuera más de 30 años diplomático de carrera (y a muchos otros, desde luego), pero pienso hoy más que nunca que la razón la tenía yo.

Sí hay muro; jamás lo cuestionamos salvo en cuanto a su financiamiento; hubiéramos podido demorarlo, entorpecerlo, enredarlo en mil demandas; es un símbolo odioso, agresivo y estridente de todo lo que gente como Videgaray, Rozental y yo hemos combatido a propósito de la relación con Estados Unidos. Y si faltara una prueba adicional, la 4T está de acuerdo con esa tesis, y no con la mía. I rest my case.

19 Junio 2020 04:06:00
Los méritos del Consejo de Seguridad
Templo Mayor de Reforma tiene razón en cuanto al fondo de su reseña del ingreso de México al Consejo de Seguridad de la ONU por quinta vez, desde la fundación de la misma. En efecto, no tiene ningún mérito conseguir prácticamente todos los votos si se es el único candidato; presumirlo equivale a que López Portillo se hubiera vanagloriado de su resultado en 1976 cuando el priista era el único candidato a la presidencia. En segundo lugar, el hecho es que esto se pactó desde 2011, en el sexenio de Calderón, cuando el GRULAC (Grupo Latinoamericano y del Caribe) decidió al igual que algunos otros grupos, pero a diferencia de otros en la Asamblea General de la ONU, tener un solo candidato cada año. A México le tocó desde entonces el periodo 2021-2022 para el cual acabamos de ser electos. No tiene ningún mérito el Gobierno actual en cuanto a eso se refiere. Tampoco lo tiene en cuanto a la formalización de la candidatura que se hizo durante el mandato de Peña Nieto. Todo esto se pactó hace mucho tiempo, se trabajó correctamente para lograrlo, y ahora también presumir que no costó nada, pues nomás faltaba: si no hay que hacer campaña, pues por definición no cuesta.

El mérito de Ebrard y de Juan Ramón de la Fuente consiste en una sola cosa para nada despreciable: haber convencido a López Obrador que mantuviera la candidatura de México, pactada y presentada por Calderón y por Peña Nieto, cuando todo indicaba que López Obrador es enemigo de ese tipo de posturas por una sencilla razón: porque obliga a tomar partido. Es cierto que otros países han hecho osos monumentales en el Consejo de Seguridad. Brasil, por ejemplo, en varias de sus anteriores participaciones, bajo el gobierno de Lula, se dedicaba a abstenerse, y eso que quería ser miembro permanente. En el Consejo uno se define, ya sea en las votaciones propiamente tales -que no suceden con mucha frecuencia-, ya sea en las negociaciones previas donde se comparte con los otros miembros cómo votaría uno en caso de que se llegara a eso. Todo indicaba que López Obrador se rajaría y no es menor el logro de Ebrard y de De la Fuente de haber mantenido la candidatura de México.

No sacamos significativamente más votos ni que otros países en esta ocasión -la India por ejemplo- o que México en otros momentos -2009 por ejemplo-, ese no es un gran mérito. Tampoco lo es la idea de proponer reformas a la composición del Consejo, tesis que se viene manejando desde hace muchísimos años y que no tienen absolutamente ninguna posibilidad de prosperar, ni entonces, ni ahora, ni en el futuro. El arreglo de San Francisco a finales de la Segunda Guerra Mundial, es el que es, y ninguno de los 5 miembros permanentes con derecho de veto, va a renunciar a su posición privilegiada. Roosevelt y Truman, De Gaulle, Churchill y Stalin no eran precisamente imberbes para estos asuntos. Blindaron el Consejo, y con toda la razón, desde su punto de vista. Tampoco hace mucho sentido el cuento de la postura feminista. Después de la actitud de López Obrador frente a las marchas y protestas de las mujeres a principios de marzo, y de presentar un candidato varón a la OMC contra una mujer africana, parece un poco raro presumir un supuesto feminismo.

Pero esto último no es lo importante. Veremos si el Gobierno de López Obrador es capaz de tomar partido. No lo ha hecho en un año y medio de política exterior, salvo en un solo frente: el de Estados Unidos. Y ha tomado partido sistemáticamente a favor de lo que Trump le ordena. Empieza a complicarse ya el panorama con Trump, en parte porque va a perder, pero sobre todo porque ya se acercan nubarrones en la relación. Primero, según versiones periodísticas, Trump insiste en que López Obrador sí vaya a Washington, y la presidencia y la cancillería buscan desesperadamente cómo no ir, pero no le han encontrado la cuadratura al círculo. Segundo, el número de aprehensiones en la frontera ha vuelto a subir, ciertamente a niveles muy inferiores a los del año pasado, pero una tendencia ascendente en mayo y en junio. Sobre todo, la proporción de mexicanos se ha elevado de manera impresionante: más de 80% de los detenidos ahora son mexicanos. ¿También la Guardia Nacional va a golpear, maltratar, torturar y detener a los mexicanos que quieren salir, al igual que lo hace con los centroamericanos? Tercero: la entrada en vigor del TLC como ya lo dijo el representante de comercio Lighthizer, va a conducir rápidamente a la aplicación de los mecanismos de enforcement sobre todo en materia laboral. Si López Obrador y Seade, su candidato a la OMC, pensaban que era puro cuento, muy pronto creo que van a tener que recapacitar. Sobre todo si ganan Biden y los demócratas.
17 Junio 2020 04:06:00
De visita
Si uno se atuviera a las impresiones de la ciudad de hierro desierta, con los aparadores tapados y las avenidas vueltas peatonales, concluiría que Nueva York, la capital del capitalismo, ha sufrido un golpe mortal con el coronavirus y la crisis económica.

No hay tiendas, restaurantes, bares, hoteles, ni siquiera hotdogs, pretzels y comida halal en las esquinas. Los parques se llenan, en parte de gente reuniéndose a comer un sándwich con una cerveza, en parte de locos, “homeless”, mendigos y esa especie tan neoyorquina: los que están solos.

Muchos de mis restoranes preferidos desaparecieron: ya no abrirán a finales de este mes, ni nunca. Proliferan las despedidas en las puertas o paredes de una tienda tras otra, de un café tras otro, de un restaurante tras otro. Quizás se inaugurarán nuevos negocios en esos mismos locales, pero ni pronto ni en todos. El impacto visual es desolador, sobre todo en las calles o avenidas que uno ha recorrido desde hace años.

Llueve sobre mojado. Desde antes de la pandemia y las protestas, los almacenes de menudeo de ropa, zapatos, electrónica y muebles iban cerrando. No resistió la competencia de Amazon, sobre todo con las rentas y los impuestos de Manhattan.

La triple crisis solo vino a agudizar una tendencia preexistente. De la misma manera que las consecuencias de dos mandatos del alcalde De Blasio únicamente profundizaron los procesos en marcha en Manhattan, a favor de Queens y el Bronx.

Más personas sin casa en las calles durante el verano; más basura, por más tiempo, en las banquetas; más desorden en los carriles para bicicletas, peatones y automóviles en los bulevares de sur a norte.

De Blasio, quizás con toda razón, dirigió sus esfuerzos hacia las zonas pobres de la ciudad: donde viven los afroamericanos, los latinos, los asiáticos recién llegados. Que los rascacielos, la Quinta Avenida y Wall Street se rasquen con sus propias uñas.

Se entiende. La Covid-19 en Nueva York, la ciudad más afectada del mundo, fue una enfermedad de clase y de edad. Golpeó desproporcionadamente a los pobres –que suelen ser negros e hispanos– y a los mayores de 65 años, sobre todo si padecen obesidad, diabetes, hipertensión o enfermedades cardíacas. El mapa de los códigos postales de la ciudad, sobrepuesto al de los casos de contagio o de fallecimientos es aterrador: en Manhattan al sur de Harlem murieron y se enfermaron muy pocos. Un amigo mexicano próspero, que vive en Nomad, y se reúne con todo tipo de círculos de poesía, literatura, cine o ajedrez, me comentaba que de sus 150 conocidos de esa manera, no se había enfermado ninguno.

De allí en parte el vigor, la estridencia y los excesos iniciales de las protestas. Aunque buena parte de los manifestantes son blancos de Williamsburg y Brooklyn Heights, otros, los que saquearon las tiendas, no tanto. Sucede lo mismo que en México, pero con el agravante étnico.

Las escuelas públicas de barrios más desfavorecidos atienden mucho menos a los niños online que las de las zonas de clase media. Aunque algunas empresas de celulares regalan 20 o 40 dólares de tiempo de prepago para los menores de edad –supongo que igual que en México– no duran mucho. Y los alumnos de las zonas de menores ingresos se quedan entonces sin educación.

Pero este triste panorama no debe engañar a nadie. No es el fin del capitalismo, del neoliberalismo, del imperialismo ni de Nueva York. La capital del mundo se ha repuesto de crisis parecidas; la última fue hace apenas 12 años, la anterior el 11 de septiembre de 2001. La resiliencia (horrible anglicismo aceptado ya por todos) neoyorquina y del capitalismo norteamericano es legendaria, y perenne. Apostarle a otra cosa es un absurdo. Y a Trump, lo que sigue de absurdo. Mejor a Frank Sinatra: New York, New York.
12 Junio 2020 04:00:00
La BOA
Entre las muchas ridiculices de este Gobierno deberá figurar el invento del Bloque Opositor Amplio (versión mexicana del Bloque Opositor Alternativo de Venezuela). Confieso que no me lo tomo muy en serio, y que le atribuyo un daño y una importancia menor que algunos de mis colegas. Pero en todo caso, conviene dejar constancia de ciertas definiciones.

No formo parte de la BOA. Mis participaciones políticas a lo largo de los últimos 40 años han sido públicas, explícitas y transparentes, para bien o para mal. Nunca he negado mi carácter de “intellectuel engagé” sartriano ni he criticado a quienes no comulgan con esta definición. Hasta donde a mí me consta, la BOA no existe, y ninguno de los colegas que fueron mencionadas en el libelo caricaturesco de Palacio pertenecen a la misma.

Ojalá existiera, con la membresía de las personas e instituciones que coincidieran con su hipotética razón de ser: arrebatarle la mayoría a Morena en la Cámara de Diputados el año entrante, y ganarle a López Obrador la revocación de mandato en 2022.

En lo tocante a los partidos de oposición, me parece un “no-brainer”: sin la unidad tácita o formal, es imposible ganarle un número suficiente de distritos para lograr ese propósito, ni tampoco disputarle seriamente un buen número de las 15 gubernaturas en liza.

Entre otras razones, por esto siempre he sido partidario de una segunda vuelta o de la representación proporcional completa, ya sea para los cargos de elección popular legislativos, o para ejecutivos. No hay tal, y sin algún tipo de alianza, resultará imposible parar a AMLO y a Morena.

También he pensado siempre –en estos tiempos más que nunca– que la llamada sociedad civil debe involucrarse en la lucha política. No todos, no siempre, no de manera permanente, pero en ciertas coyunturas, sí. La actual no es cualquier coyuntura.

Los empresarios, en particular, poseen una responsabilidad especial. Sin su respaldo, o sin la amenaza de suspenderlo, será más difícil convencer a los partidos de oposición a ponerse de acuerdo. Esto también es cierto para otras instancias: las organizaciones de la sociedad civil, la iglesia, los intelectuales, los activistas sociales. Tienen menos divisiones que el empresariado (dixit Stalin), pero no carecen de influencia.

El Gobierno inventó la BOA para distraer y para amedrentar. Logró, de manera muy efímera, creo, lo primero; dudo de lo segundo. Me dicen que las actividades de algunas de las personas mencionadas en el documento fabricado por el régimen están recibiendo más anuncios y apoyos que nunca. A pesar de todo, criticar a López Obrador sí compensa.

Si se piensa, como es mi caso, que este Gobierno encamina al país directamente al desastre, me parece lógico hacer todo lo posible para acotar su poder o arrancárselo. Dentro del marco legal y electoral que dicho Gobierno ha creado o aceptado, por supuesto.

Lo que hayan hecho los gobiernos anteriores –en el caso de Calderón y Peña, creo que pocos los criticaron tanto y tan temprano como yo– es harina de otro costal. La BOA es como el dios de Voltaire: si no existiera, habría que inventarla.
10 Junio 2020 03:49:00
Raza en Estados Unidos
Se esperaba que el advenimiento de un Presidente negro no solo cambiara a fondo el tema de la raza en la sociedad norteamericana, sino también lo que el resto del mundo opinaba de ella. La reacción nacional que desató Obama, a pesar de sus mejores esfuerzos, demuestra que se trataba de esperanzas ingenuas.

Henry Louis Gates Jr. sugirió al respecto: “Pensándolo en retrospectiva, alrededor de dos años después de la elección de Donald J. Trump, la idea de que un negro en la Casa Blanca –y en una Presidencia tan exitosa como la suya– podría augurar el final del tema de la raza y el racismo parece ingenua y ahistórica. […] ¿Quién habría predicho que la elección del primer Presidente negro se convertiría en un punto focal para desatar un aumento drástico de la expresión pública de algunos de los más antiguos, desagradables y vulgar aspectos de la animosidad de la supremacía blanca contra los negros?”.

Resulta obvio que Obama no fue responsable de esa situación; tal vez haya hecho más por la causa de los afroamericanos que cualquier otro presidente desde Lyndon Johnson. Sin embargo, su sucesor volvió aceptable el racismo explícito en muchos círculos de la sociedad estadunidense. Ahora, el tema de la raza resulta más presente que nunca en Estados Unidos.

El debate sobre el peso de la historia y la esclavitud se muestra más actual que nunca. La discusión de políticas públicas para superar los obstáculos hasta ahora insalvables para lograr la igualdad entre razas se ha vuelto más intratable que antes, aunque se deba a que se intentaron tantas estrategias en vano.
Aunque la cuestión de la raza abarque a todas las personas de color en la Unión Americana, incluyendo a grupos más allá de los afroamericanos, como los hispanos, asiaticoamericanos y nativos americanos, entre otros, me concentraré en cómo afecta al segmento de la sociedad en el que más han pensado los
extranjeros.

A excepción de la tragedia de los nativos americanos, que empezó a principios del siglo 16, el racismo contra los negros constituye la manifestación más antigua de ese odioso sentimiento e ideología en el continente norteamericano.

Debido a la esclavitud, resultó la más malvada y dañina, lo que no significa que los migrantes chinos y mexicanos o los nativos americanos no hayan recibido, en distintos momentos de la historia, un trato igualmente aborrecible.

Un observador mexicano muy versado, obsesionado con lo que él llamaba el advenimiento de la “raza cósmica”, detectó el racismo antiasiático presente en muchos círculos estadunidenses a finales de los años cuarenta. Vasconcelos lo describió así: “En los Estados Unidos rechazan a los asiáticos; […] lo hacen porque no les simpatiza el asiático, porque lo desdeñan y serían incapaces de cruzarse con él. Las señoritas de San Francisco se han negado a bailar con oficiales de la marina japonesa, que son hombres tan aseados, inteligentes y, a su manera, tan bellos, como los de cualquiera otra marina del mundo. Sin embargo, ellas jamás comprenderán que un japonés pueda ser bello”.

La supremacía blanca contra los afroamericanos constituye la parte menos fluida de la ecuación, pues oleadas sucesivas de migrantes asiáticos y latinos llegaron a la Unión Americana y empezaron a ascender por la escala social.

La disparidad entre ellos y los blancos ha disminuido, mientras que la brecha entre blancos y afroamericanos persiste, sin haber cedido durante los últimos 50 años. En 2019, los ingresos familiares medios generales en EU se estimaban 50% más altos que los de los negros, una diferencia casi idéntica a la de medio siglo antes.
Pero los de los asiaticoamericanos resultaban 50% más altos que los de todos los norteamericanos, y muy por encima de los de los blancos. Los latinos, por su parte, habían superado a los afroamericanos por casi 30 por ciento.

La brecha entre latinos y blancos no ha variado mucho desde 1970 –ha disminuido 5%–, pero eso se debe en parte al flujo de mexicanos indocumentados entre finales de los años 80 y 2008, que llegan con bajos ingresos y riqueza. Las cifras para la riqueza media por hogar se muestran análogas.

Resulta absurdo y doloroso pensar siquiera en términos de más o menos racismo, en particular en tiempos antimexicanos y antimigrantes. Pero el dilema básico de EU se mantiene igual que hace 80 años con Myrdal, hace 150 años tras la Reconstrucción, y 400 años, cuando arrojaron a los primeros esclavos a las playas de Virginia.
*Este es un fragmento del capítulo Raza y Religión, del libro de Jorge G. Castañeda: “Estados Unidos: en la Intimidad y en la Distancia, que será publicado este verano por Penguin Random House, versión ya disponible en Amazon.
05 Junio 2020 04:07:00
Los muertos de un día
Por una vez, López Obrador y López Gatell parecen tener razón. Solo que se han metido en un lío peor por acertar en algo, y por haber mentido antes. En la danza de cifras y de pleitos entre las diversas dependencias del Gobierno federal, entre éste y los gobernadores (incluyendo a la Ciudad de México), y las revelaciones aportadas por varias instituciones y expertos de la sociedad civil y los medios internacionales, es difícil no hacerse bolas. Pero algo se puede entender.

Es cierto que las 1092 muertes anunciadas el miércoles 3 de junio no corresponden a decesos ocurridos todos ellos el día anterior. Se refieren al total de fallecimientos reportados ese día, pero ocurridos en días previos, incluso hasta el 6 de marzo. Ya Jorge Andrés Castañeda y Sebastián Garrido demostraron en el Blog de Datos de Nexos hace unas semanas que ese es el caso de todos los datos de muertos en México por el Covid (o por lo que sea), salvo quizás, desde la época de Calderón, de los homicidios dolosos. Asimismo, varias investigaciones han advertido que el verdadero número de decesos en la Ciudad de México, y en todo el país, es muy superior al oficial: entre tres y cuatro veces. De suerte que nos encontramos en un caos estadístico bastante agudo, que invalida la mayoría de las comparaciones internacionales, o mexicanas en el tiempo.

El problema de la aclaración de López Obrador y López Gatell es que suscita más preguntas que certezas. Si se trata de un simple “ajuste” o “actualización” de datos, realizada con la misma metodología que se utiliza todos los días para entregar la cifra de decesos, ¿por qué de repente el salto del doble del pico anterior (501 muertos)? Si siempre se trata de cifras acumuladas, y se acumulan de la misma manera, ¿porque antes nos encontrábamos con 300 o 500 decesos, y ahora con más de mil?  ¿Es un hecho “extraordinario”, que no volverá a producirse? ¿Por qué se produjo esta vez, y no otras? ¿Por qué el martes y no el lunes, o el jueves? ¿Alguien “aventó” más muertos -el IMSS, por ejemplo- con motivo de conflictos internos al Gobierno? Pero si mañana o pasado reaparecen cifras de esa magnitud, o incluso la semana entrante, esta explicación se caerá por su propio peso. Si con la misma metodología, y sin más ajustes, siguen los totales al doble de antes, algo está pasando.

La otra posibilidad, perfectamente válida, es que el Gobierno cambió de metodología. Como se cambia de matriz insumo-producto para calcular el PIB cada cierto número de años -o de décadas. Al término de casi tres meses de reportar los decesos de una determinada manera, decidieron pasar a otra, más precisa, o más completa. Lo que se suele hacer en esos casos es proyectar hacia atrás la nueva metodología y presentar las nuevas cifras anteriores. Y sobre todo, las cifras hacia adelante provendrán de la nueva metodología. La nueva normalidad -ya que les gusta el terminito- serán las mil muertes diarias, y dicho número subirá o bajará según lo que acontezca con la pandemia. Ya no en función de ajustes estadísticos o de mejores reportes, sino de fallecimientos reales.

Las dos explicaciones son legítimas. Incluso una combinación de ambas se justifica. Pero tienen consecuencias. Si es la segunda, el número de decesos de marzo, abril y mayo sería superior. Si es la primera, las cifras tendrán que bajar a los niveles anteriores, con muertes acumuladas, aunque no se produzcan el mismo día. Pero en los dos casos, las mentiras anteriores, o una nueva, quedarán en evidencia. ¿Cuál es la buena metodología? ¿La anterior, o la nueva? O ¿por qué un solo ajuste, un solo día, y ya nunca más? Pronto lo sabremos.
03 Junio 2020 04:06:00
¿Ir a Washington o quédate en casa?
Siguen circulando las versiones de que López Obrador se reunirá con Donald Trump a principios de julio, en Washington o en alguna ciudad fronteriza, probablemente del lado norteamericano. Después de que la última visita de un presidente de Estados Unidos a México haya sido la de Obama a Toluca en 2014, y la última de un mandatario mexicano a Washington en 2016, y el último encuentro (no “walk-by”) entre ambos presidentes en Hamburgo, de Peña Nieto con Trump en 2017, ya sería hora de que López Obrador y Trump se encontraran.

La tradición es larga, pero no creo equivocarme en decir que en tiempos modernos, nunca habían transcurrido 18 meses de un sexenio mexicano sin que el titular del Ejecutivo se reuniera con su homólogo estadunidense en alguna parte. Huelga decir que López Obrador no ha pecado de ser antiamericano en esto (ni en nada, por cierto): no ve a nadie. El único jefe de Gobierno o de Estado en funciones de un país importante en visitarlo fue el Presidente del Gobierno español, en enero de 2019;  hace poco vino, unas horas, Iván Duque, de Colombia.

El problema es que López Obrador no podría escoger un peor momento para encontrarse con Trump, donde sea, pero particularmente en Washington. Por tres razones, por muchos ya conocidas.

En primer lugar, porque Trump pasa por el peor momento de su mandato, tanto en términos de popularidad como del rechazo que suscita entre los norteamericanos que no lo apoyan. Son menos que nunca los que lo respaldan, y los que no, lo detestan con mayor intensidad que antes. Su manejo de la pandemia, y sobre todo su actitud ante el asesinato de George Floyd y las subsiguientes protestas, le han ganado una gran impopularidad entre negros, latinos y jóvenes. Ser visto como amiguito de Trump hoy en Estados Unidos no parece buena idea.

En segundo término, las actitudes antimexicanas de Trump no han desaparecido. López Obrador puede pensar que el Presidente del país vecino se porta bien con él (obvio: hace todo lo que le pide), pero eso no significa que de repente trate bien a los mexicanos allá y acá. Deporta a indocumentados infectados, separa a familias como antes, ataca a gobernadores de estados con una fuerte población mexicana, sigue construyendo el muro y lo glorifica, y ha contribuido al trato discriminatorio contra los hispanos en lo tocante al coronavirus. Sigue siendo un Presidente antimexicano, aunque no sea antiAMLO. No es lo mismo.

Por último, como el propio López Obrador lo ha dicho decenas de veces, incluso antes cuando no era cierto, Estados Unidos se encuentra ya en plena campaña presidencial. Trump va unos 10 puntos abajo en las encuestas nacionales, y entre cinco y seis puntos abajo en los estados decisivos. Hoy perdería. Dudo que una reunión con López Obrador le atraiga muchos votos latinos, pero lo haría verse presidencial, estadista y conciliador, y le permitiría presumir su T-MEC, es decir, utilizar a López Obrador en un acto de campaña. Aunque se reuniera con Nancy Pelosi y le agradeciera a ella también la aprobación del nuevo acuerdo -sin ella, jamás se habría ratificado- el terreno sería altamente resbaloso. Y peligroso: a los demócratas difícilmente les agradaría el gesto, como no les agradó el de Peña Nieto invitando a Trump a México.

Pero sobre todo, aun si fuera posible organizar un encuentro con el candidato demócrata, a quien López Obrador conoce -Biden vino a México en 2012 a entrevistarse con los tres aspirantes a la Presidencia- la lógica y la logística de todo esto rebasaría la capacidad de cualquier equipo de cancillería, sin hablar de los de ahora. Ni siquiera si se tratara únicamente de una reunión de los tres mandatarios firmantes del T-MEC, y no un encuentro bilateral propiamente dicho.

Esta última opción encerraría, sin embargo, una gran ventaja. Si AMLO invitara a la Jefa de Gobierno para que lo acompañara, Claudia Sheinbaum le podría explicar a Justin Trudeau que debe quitarse la barba porque esta promueve el contagio. El Primer Ministro canadiense, hijo también de primer ministro, seguramente no se había dado cuenta. Lo mejor para López Obrador: quedarse  en casa.


29 Mayo 2020 04:01:00
La economía, según BofA
Las discrepancias entre las estimaciones de crecimiento para la economía mexicana este año empiezan a disminuir, entre instituciones privadas o independientes del Gobierno, y los “otros datos” de López Obrador. La pequeña polémica del Presidente con Banxico hoy no es grave, aunque entre “ya viene la recuperación” y 8.8% de contracción como escenario intermedio, existe un abismo conceptual. En realidad, el asunto es más grave.

Los economistas de Bank of America son quizá los más pesimistas, o realistas, si se prefiere ese calificativo. En el último informe, ampliamente reproducido en los medios, pronostican una caída de 10 puntos en 2020, y una mínima recuperación de 2 puntos en 2021. Solo con una definición muy flexible de la gráfica de las letras “V” y “U” se puede recurrir a cualquiera de las dos para describir la debacle actual; el banco habla de una “U” alargada, que se parece mucho a una “L”. Hasta hace poco, BofA vaticinaba una expansión de 4% para 2021. Ya no.

Una razón importante del pesimismo de la institución de San Francisco reside en su previsión para la economía norteamericana este año. La movieron de -5.6% a -8%, y de alguna manera suponen que la economía mexicana decrecerá más que la estadunidense por el “costo-Peje”, que ellos definen como “un clima anti-negocios y una pobre respuesta a la emergencia sanitaria”. Todo esto, a su vez, puede llevar a una “radicalización” en materia de políticas públicas” que complicaría aún más las cosas.

Ahora bien, la diferencia entre una contracción de 10% y una de -6%-8% es algorítmica para el desempleo, según me cuentan algunos amigos que le entienden a esto. Si con la cifra menor el número total de empleos perdidos (entre el sector formal y el informal) puede ser de entre 1.5 y 2 millones, con la cifra de -10% el total de mexicanos que se quedarán sin trabajo se eleva a 3 millones: algo nunca visto en nuestro país. Huelga decir que cualquier comparación con la Depresión de 1930 en adelante es ociosa: México era un país de 20 millones de habitantes, en su gran mayoría rurales.

Sabemos que López Obrador no va a hacer nada que reactive la economía más allá de lo anunciado, es decir un incentivo fiscal prácticamente nulo. También podemos afirmar que ningún factor nuevo, endógeno o exógeno, podrá intervenir para ayudarnos. Sí existe una interpretación inteligente, un poco audaz pero no inverosímil, según la cual podríamos argumentar que al igual que la inmensa mayoría de bancos en México, como país también tenemos un papá rico. El estímulo norteamericano de 3 billones (mexicanos) de dólares, más lo que seguramente se aprobará en el futuro, de manera inevitable repercute en México. Es la gran diferencia nuestra con Brasil, por ejemplo.

Parte de esa tremenda transfusión de recursos se filtrará (“trickle down”) a México: remesas, turismo, demanda para las exportaciones mexicanas, etc. No es un sueño guajiro, pero frente a una contracción de -.03% en 2019, -10% en 2020, y un crecimiento de 2% en 2021, parece muy poco. De eso estamos hablando. La diferencia entre “los otros datos” y estos, es enorme.
27 Mayo 2020 04:02:00
Con el tiempo y un ganchito
Es evidente que en México, como en casi todos los países afectados por la pandemia, reina una gran confusión en la sociedad sobre lo que ocurre. La información es a la vez abundante –algunos dirían excesiva– poco confiable y contradictoria. Hay países donde los liderazgos han salido bien parados, gracias a buenos resultados, y otros, donde la reprobación de la opinión pública es severa, y no necesariamente justificada a la luz de los acontecimientos.

Los casos extremos: Bolsonaro en Brasil ha tenido un desempeño político, sanitario y económico absolutamente desastroso, pero conserva el apoyo incondicional de un tercio del electorado. Macron, en Francia, va mal en las encuestas, a pesar de resultados nada despreciables. La constante es la confusión.

Un dato de Estados Unidos, publicado en Reforma el martes, ilustra el fenómeno. Ocho de cada 10 de los 100 mil fallecimientos ocurridos en ese país se produjeron entre personas de más de 65 años. Estadísticamente hablando, los decesos en los demás cohortes de la población no existen. Pero no hay un apoyo político o social en Estados Unidos para una política odiosa, pero mucho más racional, de confinamiento de los adultos mayores (tengo 67 años). El país se hubiera podido ahorrar la peor contracción económica desde los años 30 de haber previsto esta distribución de las muertes por el coronavirus.

En México, la situación es semejante. Me remito a una encuesta entre los habitantes de la Ciudad de México levantada por Reforma. Las respuestas son un ejemplo o lujo de confusión y contradicción. A la pregunta de si debe seguir el confinamiento, o ha llegado el momento de reanudar actividades, por más de dos a uno, los capitalinos responden que lo primero. Pero al mismo tiempo, 67% dicen que ha aumentado la violencia contra las mujeres, que 56% de la gente ha empezado a salir, 61% afirman que es común ver a la gente en la calle sin tapabocas, y sobre todo, 41% confiesa que ha dejado de percibir ingresos.

En otras palabras, los habitantes de la capital prefieren mantener la cuarentena, pero reconocen sus consecuencias nefastas, así como el incumplimiento de sus normas.

Lo peor es la cercanía de la enfermedad. Más de un tercio de la población encuestada declara “saber” de alguien que murió por coronavirus. Si nos atenemos a la cifra de los 8.5 millones de habitantes de la ciudad, eso significa que casi 3 millones de oriundos de la Ciudad de México “saben” de un muerto. Uno de cada cinco dicen “saber” de un vecino, es decir 1.8 millones; 13% “saben” de un amigo, y 8% de un familiar que murió. O sea, 800 mil capitalinos “saben” de un familiar que falleció; “saber” de una familiar es conocerlo. Con las cifras más elevadas de todas las estimaciones (10 mil), el dato es totalmente inverosímil, aunque el término “saber” se presta a todo tipo de interpretaciones.

Por último –y lo más revelador del pensamiento mágico– por casi dos a uno, la población del ex-DF cree que la decisión de posponer la abertura gradual de actividades del 1 de junio al 15 del mismo mes es correcta. ¿Por qué? No existe ni remotamente alguna razón. Quince días más o menos no van a cambiar nada. Es como la gente que dice “nos vemos cuando esto pase”. ¿Qué significa “cuando esto pase”? ¿Qué va a pasar? Salvo una vacuna, que tardará algunos meses, no existe ningún elemento que modifique la situación entre el 1 de junio y el 15. Existen razones logísticas de los hospitales que podrían justificar una postergación. Pero hasta donde entiendo, los capitalinos no somos funcionarios del IMSS. Todo esto equivale a pensar que, siguiendo a Leo Zuckerman con su invocación de Pepe el Toro, con el tiempo y un ganchito, las cosas se arreglan. Solo en la imaginación de Pedro Infante … y de decenas de millones de mexicanos.

22 Mayo 2020 04:06:00
A 6 meses de la elección de Estados Unidos
Si uno ve las encuestas de Real Clear Politics sobre las elecciones en Estados Unidos para la Presidencia en noviembre, hoy en día se desprenden dos conclusiones evidentes. En primer lugar, a nivel nacional, el candidato demócrata, Joe Biden, lleva una ventaja de entre 6 y 8 puntos a Donald Trump, es decir, entre el doble y el triple del margen de ganancia que tuvo Hillary Clinton sobre Trump en 2016, en lo que al voto popular se refiere. En segundo lugar, en los principales estados llamados de “batalla” -Michigan, Pensilvania, Wisconsin, Florida, Arizona, Carolina del Norte- Biden lleva una suficiente ventaja de entre 3 y 8 puntos, dependiendo del estado y de la encuesta, para que pueda sentirse seguro de transformar su ventaja nacional en el voto popular, en una ventaja estatal en el llamado Colegio Electoral. Esto significa que si la elección fuera hoy, Biden ganaría.

Huelga decir que esta conclusión es altamente especulativa, si no es que temeraria. Por las razones evidentes que todo el mundo conoce. Faltan 5 meses y pico. No sabemos si la economía norteamericana va a repuntar en el tercer trimestre o no. Sigue siendo impredecible la conclusión que la sociedad norteamericana saque de la gestión de Trump en la crisis del coronavirus: una buena gestión de una desgracia ajena, o una mala gestión de algo imprevisto, impredecible y ajeno, pero que Trump empeoró en lugar de mejorar. Y tampoco sabemos cuáles serán los elementos aleatorios que surgirán a lo largo de estos meses.

Entre estos últimos figuran la calidad y el desempeño de Biden en la campaña y en particular cómo le hará para hacer campaña desde lo que llaman el “sótano de su casa”, en vista de que no puede salir a saludar, tocar, besar, abrazar, platicar con la gente, al estilo de López Obrador. En ese aspecto Biden se parece mucho al Presidente mexicano. Tampoco sabemos cuál será su decisión para elegir a su mancuerna como vicepresidente, pero sí sabemos que será mucho más importante ahora que en otros momentos de la historia de Estados Unidos, porque Biden a los 77 años será evidentemente un presidente de un solo mandato, como él mismo lo ha insinuado. Y sobre todo, no sabemos si en la campaña, Biden, gracias a sus alianzas con Sanders, Elizabeth Warren, Alexandria Ocasio-Cortez, podrá movilizar al electorado joven, al electorado femenino, al electorado negro o al electorado latino, de tal suerte que la participación de todos estos sectores del universo electoral norteamericano salgan a votar por él y le den el triunfo sobre Trump.

Dicho todo esto, es obvio que en cualquier caso, la elección es impredecible. Y si hubiera que apostar, Biden sería el próximo Presidente. Obviamente el Gobierno de México, a diferencia de un comentócrata cualquiera como yo, no puede permitirse ese lujo. No debe apostar. Peña y Videgaray lo hicieron con Trump. No les salió del todo mal la jugada en cuanto a Trump se refiere, pero sí muy mal en cuanto a México se refiere. En algún momento algún estudioso nos dirá que tanto pesó en la debacle de Peña en el 2018, el haber invitado a Trump a México en el 2016.

Pero en todo caso, lo peor que podría hacer el Gobierno de López Obrador hoy, es volver a apostarle a Trump hoy como lo hizo Peña Nieto. No es un buen negocio en Estados Unidos, y probablemente sea un mal negocio en México. Que semejante apuesta perjudique a López Obrador, enhorabuena. Nada me daría más gusto que cometa un error que le haga daño a él. Pero como también puede perjudicar a México como país y a México dentro de Estados Unidos, todo indica que lo más prudente sería no meterse en esa contienda.

Pocos presidentes lo han hecho en el pasado. López Portillo recibió a Ted Kennedy en 1980 durante su desafío al presidente Carter como candidato demócrata a la presidencia. Probablemente no fue una gran idea. Salinas claramente le apostó a Bush en 1992, y el triunfo sorprendente de Bill Clinton seguramente ayudó a demorar la ratificación del TLCAN a finales de 1993. Desde entonces nadie se ha metido demasiado y probablemente sea la mejor idea, no por las tonterías no intervencionistas de López Obrador, sino simplemente por un cálculo político, cínico y al mismo tiempo realista. Ojalá López Obrador lo entienda y se esté quieto.
20 Mayo 2020 04:06:00
Cómo reducir la desigualdad: dos ejemplos antillanos
La comentocracia, el empresariado, Polanco y las Lomas se han espantado mucho en estos días con tres declaraciones, decisiones y advertencias de la 4T, recién hechas públicas. La primera –y más grave, para el país– se refiere al llamado “golpe eléctrico”, donde para todos fines prácticos el Gobierno suspende la inversión y la entrada en operación de nuevas instalaciones de energía renovable no hidroeléctrica, toda privada, nacional o extranjera.

Lo hace porque no tiene donde colocar el combustóleo que generan tres refinerías de Pemex y que antes en parte se vendía a buques-tanque o cargueros, pero que a partir de este año, por decisión de la International Maritime Organization, ya no pueden consumirlo, por contaminante.

Lo hace porque a López Obrador no le gusta la generación privada de energía, aunque se le venda a CFE, y porque no parecen gustarle ni a él ni a sus colaboradores la energía eólica o solar (la nuclear, quien sabe).

No solo se pierden inversiones ya realizadas, sino muchas más en camino; México emprende el magnífico camino de sustituir, aunque solo fuera parcialmente, energía renovable por no renovable. ¡Bravo, 4T!

La segunda fue la finta/indiscreción/provocación de Ramírez Cuéllar, a propósito de la supuesta entrada del Inegi a las casas y cuentas de los ricos (el primer decil o centil de la distribución del ingreso), para investigar los ingresos y el patrimonio de quienes sub-reportan en las Encuestas Nacionales de Ingreso-Gasto de los Hogares (ENIGH), base de todo el análisis de la desigualdad. Pusieron el grito en el cielo, porque para variar, la 4T tomó una buena idea y la echó a perder.

Desde hace años, se ha planteado la necesidad de que las cifras de desigualdad en el país (el coeficiente Gini, entre otras) no surjan exclusivamente de las ENIGH.

El director del Inegi, Julio Santaella, lo sugirió desde agosto de 2017 en un ensayo. Sin los datos del SAT para los más ricos (no sus nombres: solo los ingresos reportados al fisco por las personas físicas más opulentas), nunca sabremos bien a bien la magnitud de la brecha entre ricos y pobres.

Se rumoró en 2015 que cuando Thomas Picketty vino a México a presentar su bestseller, convenció a Videgaray de que le entregara esos mismos datos. No aparecen en su nuevo texto. Se trata de una medida estadística razonable, necesaria, y existente en muchos países.

Pero la 4T, con su estridencia, el contexto y la teoría de clase contra clase (Stalin, 1929), la estropeó, insinuando la inminencia de un impuesto patrimonial y sobre herencias. A ver cuando sucede lo que sí vale la pena.

Por último, como lo ha señalado Aguilar Camín, las declaraciones y los escritos más recientes de López Obrador configuran una “república pobrista”, donde cada quien tiene lo necesario (“a cada quien según sus necesidades”, la críptica definición de Marx del comunismo), es decir, por ejemplo, un par de zapatos, un pantalón, un vehículo modesto, etcétera.

No se necesitan bienes, riquezas, títulos, fama, lujos. Solo la felicidad. Pero para lograr eso, es preciso responder a la pregunta que el mismo formuló: ¿Qué hacemos con los ricos? (tomada título de un libro de Julieta Campos, gran amiga de López Obrador, ¿Qué hacemos con los pobres? retomada de una frase del Nigromante). En otras palabras ¿como reducimos la desigualdad?

Escribí hace muchos años, sin aspirar a mucha originalidad, que los únicos dos países de América Latina que redujeron la desigualdad mucho y rápido fueron Cuba y Puerto Rico, dos colonias (por lo menos entre 1905 y 1932) de Estados Unidos.

Disminuyeron dramáticamente la enorme brecha que imperaba en sus sociedades gracias a tres factores. El primero: un Gobierno –de Fidel Castro, a partir de 1961, el de Luis Muñoz Marín (entre 1948 y 1964)– empeñado en hacerlo, a como diera lugar. El segundo: un subsidio monumental del exterior (más del 25% del PIB al año), a Cuba de la URSS y a Puerto Rico de Washington.

Tercero, y decisivo: se deshicieron de sus pobres (Puerto Rico) o de sus ricos (Cuba). En el primer caso, entre la cuarta y la tercera parte de la población emigró a Nueva York (Remember West Side Story) en los años 50 y 60.

Fue la parte más pobre de la sociedad borícua. Expulsando a los pobres, baja la desigualdad. En el segundo caso, más del 10% de los habitantes de la Antilla mayor huyeron o fueron desterrados a Miami y a Nueva Jersey: los más prósperos, es decir, empresarios, terratenientes, gángsters, médicos, abogados.

Los pobres no salieron hasta el Mariel, en 1980. Pero a partir de 1960 y hasta el puente aéreo de Camagüey en 1965, la sangría de exiliados fue inmensa y pudiente. Expulsando a los ricos, baja la desigualdad.

México expulsa a sus pobres –no por la fuerza, sino por necesidad, y en condiciones mil veces peores que los puertorriqueños– desde el siglo 19. Dejo al lector la decisión de creer si ahora vamos a desterrar a los ricos. López Obrador sin duda desconoce esta pequeña historia de la desigualdad en las dos islas caribeñas colonizadas por Estados Unidos. Pero sabe lo que quiere. Que con un pantalón baste.
15 Mayo 2020 04:00:00
Los microcréditos y el pensamiento mágico
Desde que María Amparo Casar publicó su perspicaz y premonitorio ensayo en NEXOS sobre las nuevas clientelas de López Obrador y Morena (El gran benefactor, NEXOS, marzo 2019), construidas a través de los nuevos programas sociales del Gobierno, se ha producido un importante debate en México sobre algo que todos sabemos: tanto AMLO como Morena son profundamente mexicanos.

En efecto, al igual que Casar, con toda razón, temió que gracias a esos programas sociales -Jóvenes Construyendo el Futuro, Sembrando Vida, adultos mayores, becas Benito Juárez, etc.- López Obrador y su partido sentarían el cauce de un caudal electoral imbatible en 2021 y 2024, otros respondían que las intenciones y las realizaciones podían padecer de un singular desfase. Como siempre en México, y desde luego no únicamente en el sexenio actual.

Este es el país del pensamiento mágico, del infantilismo programático, del poder infinito de la palabra, y en este Gobierno, del delirio de grandeza personal y nacional. Una prueba: “El pueblo de México es el pueblo con menos analfabetismo político en el mundo” (AMLO, mañanera, 14 de mayo). Afirmación sin duda basada en varios rankings internacionales y en el profundo conocimiento presidencial de los niveles de analfabetismo político en decenas de países en todos los continentes.  

Gracias al trabajo de algunos grupos de la sociedad civil -el propio Mexicanos contra la Corrupción y la Impunidad-, a las restricciones presupuestales y al candor de los funcionarios de la 4T (no tanto de la labor investigativa de los medios impresos nacionales), sabemos ya que la puesta en práctica de los programas predilectos del régimen ha sido más que deficiente: mediocre.

El de los “ninis” vio recortado su presupuesto para este año a la mitad; la secretaria de Bienestar reveló que los arbolitos no se han sembrado, o se marchitaron; las universidades patito no existen, y así sucesivamente. Resultó lo que debió haber sido evidente: la capacidad de realización de este Gobierno es muy inferior a la de por sí limitadísima capacidad de todos los gobiernos mexicanos para transformar proyectos en hechos concretos.

Por lo tanto tampoco debe sorprendernos la confesión de la Secretaría de Economía ayer, en relación con los microcréditos para pequeñas y microempresas,
programa estelar de la respuesta de la 4T al derrumbe económico. Según Reforma, tanto SE como el IMSS solo habían recibido 316 mil solicitudes de créditos (de 25 mil pesos), de los 2 millones de préstamos disponibles: más o menos la mitad en ambas dependencias. Al grado que la SE “modificó por tercera vez las reglas, para incluir a trabajadoras domésticas e independientes”.

De nuevo, rige el pensamiento mágico: “hay un millón de microempresarios identificados como posibles beneficiarios basados en el Censo del Bienestar”. Pero claro, para que esos realmente existan, se enteren de la disponibilidad de los créditos, los deseen, y cumplan con el papeleo necesario, puede pasar una eternidad. 

Si en Estados Unidos la entrega de cheques de desempleo suplementarios arrancó mal, lento y con errores, solo cabe imaginar lo que ha de ser este programa en México. Y desde luego, conviene tomar en cuenta que el monto de apoyos en México es 300 veces menor que en Estados Unidos, y 50 veces menor que en España, un país con poco más de la tercera parte de la población de México. Chile, con siete veces y medio menos habitantes, dedica ocho veces más dinero a estos apoyos que México.

Con la excepción de las pensiones para adultos mayores (y no del todo), para las cuales existía el padrón anterior de Calderón y de Peña, ninguno de los programas sociales del Gobierno se ha cumplido a cabalidad. Muchos, en los hechos, se encuentran en vías de desaparición. Antes de la pandemia, esto no era tan grave: se trataba simplemente de un capricho no consumado. Ahora es distinto: es profundamente irresponsable.

13 Mayo 2020 04:01:00
El Peje y el Che
La compleja relación entre el Gobierno y los médicos quedó evidenciada estos días con las múltiples declaraciones de López Obrador y también con unos datos que publicó la prensa. Las primeras fueron ampliamente difundidas; los segundos mucho menos; el nexo entre unas y otras, para nada.

Primero el Presidente denostó a los doctores de México: solo preguntaban “¿que tienes?” refiriéndose a la capacidad monetaria del paciente. Después, medio pidió perdón, a su manera, evocando su admiración por el “Che” Guevara (médico, según él) y por “el mejor Presidente de América Latina”, Salvador Allende (médico también, según él). No mencionó un dato publicado por Reforma el viernes 8 de mayo, a saber, que ya había 720 médicos cubanos en México, 140 de los cuales se encontraban hospedados en el Hotel Imperial de la Ciudad de México, los demás radicados en hospitales del Valle de México, Puebla y Chihuahua. Según la nota de Reforma, los gobiernos de Jalisco y Nuevo León hubieran rechazado la presencia de los cubanos.

¿Por qué López Obrador no quiere a los médicos mexicanos, salvo los que fueron discípulos de mi amigo “El Chale” hace ya 30 años? Propongo una respuesta: porque en México existe la medicina privada, y en un mundo ideal, no debiera existir. Obvio: la medicina en México es abrumadoramente pública –IMSS, ISSSTE, Secretaría de Salud, institutos de salud de los estados– pero muchos médicos trabajan en Nutrición en la mañana y en su consulta privada en la tarde. Eso no debiera ser, según López Obrador. Los verdaderos médicos debieran solo ganar y cobrar lo mínimo, para ser fieles a su verdadera vocación: “atender a los pobres”. Así gritaban los pioneros en Cuba de chiquitos: “¡Seremos como el Che! (Informó: mandé a dos a Varadero en los años 80)”.

Además del pequeño problema de que Guevara terminó sus estudios de medicina, pero nunca fue médico (Informó: escribí una biografía suya, publicada en 20 países y traducida a 10 idiomas), y que Allende tuvo o no grandes méritos como Presidente, pero no como médico. Solo ejerció la profesión entre 1932 y 1936, antes de ser Ministro de Salud de Pedro Aguirre entre 1939 y 1942. Desde entonces, fue un político profesional, ejemplar en muchos sentidos, pero médico, lo que se dice médico, no.
Lo interesante son los cubanos. Los doctores mexicanos le resultan reprobables a López Obrador; los cubanos, aparentemente no. Para no hacernos bolas, unas preguntas, que obviamente nadie las hará al Presidente en sus mañaneras (estamos en México) pero que ilustran la dinámica. ¿Es cierto que ya hay 720 médicos cubanos en México? ¿Cuánto le cuestan al estado mexicano? Según artículos de Nexos, The Economist y El País, Cuba cobra más o menos 3 mil dólares al mes por doctor, suma de la cual solo 10% porciento se le entrega al médico. En otras palabras, el chistecito sale como en unos 2.1 millones de dólares al mes, o 25 millones de dólares al año (vean el tipo de cambio).

¿Faltan médicos en México, o faltan plazas de médicos en México? ¿Faltan médicos altruistas en México? ¿O faltan médicos/peones acasillados en México, como los cubanos, a quienes les pagan el 10% de lo que cobra el estado cubano por sus servicios, a quienes no los dejan salir de la isla con su familia, a quienes les retienen incluso parte de su móndrigo salario, y a quienes vigilan los “jurídicos”? ¿Son esos los médicos a quienes admira López Obrador, es decir, los que son, según él, como “El Che” y “El Chicho”, sin tener idea ni del uno ni del otro? Hasta la pésima película de 1969, con Omar Sharif, entendió que Guevara nunca fue médico: fue revolucionario.

08 Mayo 2020 04:06:00
La embajadora, García Luna y los presidentes
La entrevista dada por Roberta Jacobson, exembajadora de Estados Unidos en México, a la revista Proceso, la respuesta de Felipe Calderón a la misma entrevista, y la reacción de López Obrador a todo el sainete, agregan tres piezas interesantes, no necesariamente trascendentales, al expediente del caso García Luna.

Jacobson, de manera en parte incomprensible, señala que por un lado el Gobierno de Estados Unidos estaba informado sobre la supuesta corrupción de García Luna, pero, por el otro, no de sus vínculos con el narcotráfico.

Calderón desmiente a la embajadora, alegando que él no sabía nada, que si los norteamericanos supieron algo, debieron haberlo dicho, y López Obrador dice que el juicio a García Luna es un asunto interno de Estados Unidos, de esos que a él no le gustan.

Bien. He escuchado en estos meses, de varias voces análogas a la de Jacobson, que las autoridades estadunidenses siempre pensaron –que no es lo mismo que saberlo a ciencia cierta– que García Luna era corrupto.

Por mi parte, consideré desde 2007 que la corrupción en su caso era lo menos; lo esencial, y repugnante, era su conducta en la AFI y después en la guerra de Calderón, que denuncié desde los primeros días del Gobierno de Calderón. Es falso, como regla general, que Washington trata con quien ocupa un cargo, sea corrupto, asesino, o violador.

Cuando le conviene, plantea un problema al Gobierno en cuestión: fulano de tal es un corrupto, quítalo porque no podemos trabajar con él. A menos de que otros factores sean prioritarios. Parafraseando a Roosevelt, a propósito del primer Somoza: “Mengano será un hijo de pu... corrupto, narcotraficante o pedófilo, pero es nuestro hijo de pu...”.

Recomiendo la serie Narcos/México 3 o las memorias de Miguel de la Madrid para quienes deseen ver cómo se las rascan los estadunidenses cuando buscan la cabeza de un funcionario mexicano. Las afirmaciones de Jacobson, corregidas y aumentadas en dos ocasiones, y a pesar de su relativo cuidado, no se sostienen, sobre todo si uno recuerda que en diciembre de 2012, la Embajada de Paseo de la Reforma le entregó una llamada visa Einstein a García Luna, aunque ya no debían colaborar con él. Jacobson lo sabía, pero el corresponsal de Proceso omitió preguntarle algo al respecto.

Calderón, por su parte, repitió lo que ha dicho desde la detención de García Luna en Estados Unidos. El no sabía nada y su amigo policía merece un juicio imparcial. Tampoco se sostienen esas declaraciones, ni lo que añadió en su respuesta a Jacobson: si no confiaban en García Luna ¿Por qué no le dijeron?

En parte, porque la relación entre Calderón y el entonces embajador norteamericano, Carlos Pascual, se había deteriorado a tal punto que finalmente el expresidente mexicano pidió su retiro. En parte, porque varias denuncias interpuestas contra García Luna fueron desechadas por la Secretaría de la Función Pública.

En parte, porque la defensa incondicional de Calderón de la actuación de García Luna en el caso Cassez volvía inútil cualquier gestión de esa naturaleza. Y por último, tal vez sí le dijeron a Calderón, pero ese chisme aún no se ventila…

Finalmente, López Obrador. Es aberrante afirmar que se proceda en Estados Unidos, sin que siquiera se le acuse de nada en México. Santiago Nieto reveló en una insólita entrevista a El País que ya se entregó a los fiscales de Nueva York una buena cantidad de documentos y datos sobre las cuentas y las transacciones de García Luna, que surgieron a partir de las investigaciones realizadas a Eduardo Medina Mora, exprocurador de Calderón, exembajador en Washington de Peña Nieto y exministro de la Suprema Corte.

¿Por qué no se abre una investigación contra García Luna en México, se le fincan responsabilidades penales, y se solicita su extradición? Washington nunca la cederá, pero por lo menos quedará en el expediente…

En una palabra, un gran tiradero. Pero que afecta mucho al país. Cuando pase la pandemia, y arranque el juicio de García Luna en Nueva York, veremos cómo y hasta dónde. Las declaraciones no son la última piedra que cae en el frágil tejado mexicano.
06 Mayo 2020 04:06:00
Por un nuevo estado de bienestar en México
Unos países saldrán bien de esta crisis, y otros mal. Ya se han mencionado algunos que van a salir bien: Costa Rica, Corea del Sur, Alemania, Suecia, Dinamarca, Japón y Canadá, quizás Chile. Los que saldrán mal, ya sabemos más o menos quienes son: Estados Unidos, probablemente México y seguramente Brasil.

Las diferencias se dan por la oportunidad de la respuesta, la solidez de los sistemas de salud, la cultura (el caso de Japón) y los recursos humanos y financieros invertidos en combatir al Covid-19.

Todos los países comprobarán, como lo dice Warren Buffet a propósito de las crisis financieras, que estas crisis son como el mar.

Es solo cuando baja la marea que se sabe quién trae traje de baño y quién no. Esos países verán si su red de protección social o traje de baño era deficiente o no lo era. Por ahora, ya podemos afirmar que hay claramente tres países que comprobarán que esa red de protección social no estaba a la altura: Estados Unidos, México y Chile.

Para este último país, el veredicto se publicó antes de la crisis: desde las movilizaciones del año pasado. En lo que toca a Estados Unidos, cuatro años de Trump y la campaña presidencial han servido para poner en evidencia las desgarraduras de la red de protección social: ya no sirve, salvo si se le inyectan, a título de emergencia, billones (mexicanos) de dólares.

El caso de México es emblemático. La red de protección social no estuvo a la altura, y no solo por y para esta contingencia. Se trata de un problema de muchos años, pero en esta ocasión se le vieron muy claramente las placas. Por eso es que lo más importante es que al salir de la crisis, procedamos a rediseñar una red de protección social, como lo ha sugerido, entre otros, Santiago Levy.

Para comenzar, en materia de salud, vimos que ni todos los mexicanos están cubiertos, ni están bien cubiertos los que cuentan con protección. Falta infraestructura, equipo, recursos humanos; ni existe una actitud adecuada de la sociedad.

Abundan los comentarios en la prensa internacional sobre la manera en que los mexicanos agreden a los trabajadores del sector salud por miedo al contagio, en más casos que en otros países. La eliminación del Seguro Popular no ayuda, pero tampoco equivalía a una protección universal definitiva.

Vimos también las carencias en el tema del empleo. La falta de un seguro de desempleo o de un ingreso básico universal (IBU) hace que no tengamos cómo apoyar a la gente que pierde su empleo o que pierde su ingreso por encontrarse en la informalidad.

Somos de los pocos países que carecemos de lo uno o lo otro; peor aún, ni siquiera se estableció un esquema provisional de IBU como en Brasil. Los programas sociales de López Obrador –o incluso los anteriores, desde Zedillo (Progresa), Fox (Oportunidades), Calderón (Setenta y más), Peña Nieto– así como los de López Obrador, desde sus arbolitos a los subsidios a los “nini”, se dirigían a personas altamente necesitadas, pero no que habían perdido un empleo o ingreso inexistentes.

También lo vimos en materia de pensiones y guarderías. Este país está envejeciendo rápidamente y es un asunto cada vez más importante, tanto a nivel de los adultos mayores como a nivel de los niños de preescolar y guarderías, establecer un sistema de atención universal gratuita y pensiones dignas. Esto se volverá cada día más importante conforme se acerque la fecha en que comiencen a jubilarse los cotizantes a las Afores de finales de los 90 y que recibirán hasta un patético 22% de su último ingreso, según algunos cálculos. En esto López Obrador tiene razón.

El tema de los infantes y niños es parecido. ¿Qué va a pasar si muchas mujeres con hijos pequeños pueden regresar a trabajar –a la maquiladora, al tianguis, o a la casa donde laboraban antes de la pandemia– antes de que abran las escuelas de preescolar o primaria? ¿Qué van a hacer con sus hijos?

México tiene que rediseñar por completo su red de protección social y construir un estado de bienestar, dejando de creer que la Revolución Mexicana había edificado uno, como lo piensan muchos priistas y el propio López Obrador.

Habrá que hacerlo no solo desde el punto de vista del gasto sino también desde la perspectiva del financiamiento. Sin una reforma fiscal concomitante, no hay manera de rediseñar nada. Lo único que seguiremos haciendo si vamos por ese camino, son nuevos parches y más parches, como a lo largo de los últimos cuarenta años, desde IMSS-COPLAMAR. Algunos de esos parches han sido excelentes, como el Seguro Popular, pero siguen siendo parches. Se necesita un rediseño completo.

Se trata de un reto muy parecido al que enfrentan hoy Estados Unidos y Chile. Tendríamos mucho que ganar si tuviéramos una comunicación más estrecha con políticos, especialistas, activistas e intelectuales norteamericanos y chilenos que enfrentan un desafío semejante al de México. No somos únicos en el mundo.
01 Mayo 2020 03:38:00
Los bancos y los malls, en la 4T
Mucha gente le reclamó una supuesta ignorancia a López Obrador cuando declaró, hace pocos días, que el Banco de México no debía rescatar a empresas con su decisión de cuasi quantitative easing, tan aplaudida en varios sectores. ¿Cómo era posible que el Presidente no supiera que el banco central no rescata empresas, sino que únicamente introduce mayores recursos al sistema financiero al comprar papel de distintas naturalezas, pero que no le puede prestar a empresas, mucho menos rescatarlas? No sabe de lo que habla.

A menos de que supiera muy bien, y estuviera lanzando una advertencia velada a la autoridad monetaria, teóricamente autónoma, ante una situación que no ha llegado, pero que podría venir. Los bancos en México -por no llamarlos bancos mexicanos, porque los grandes no lo son- aún no padecen corridas ni graves retos de liquidez. Mucha gente ha aprovechado -con toda razón- las facilidades que han otorgado en materia de hipotecas, tarjetas de crédito, préstamos de corto plazo, etc., postergando pagos, pero la cartera vencida no se ha acercado ni remotamente, por ahora, a los niveles de 1995. El sistema financiero no se ha visto dramáticamente afectado por la crisis económica del coronavirus.

Pero hay cadenas de pago que se empiezan a debilitar o a romper. Un ejemplo: los malls. Llevan más de un mes cerrados. Las tiendas anclas -Liverpool, Sears, Palacio- junto con los cines, las boutiques -en muchos casos varias siendo de una misma empresa, como Indetex-, los food courts y restaurantes, no han ingresado un centavo desde marzo. Otros establecimientos -de telefonía, gadgets en general, etc.- tampoco venden, aunque algunos permanezcan abiertos. En algún momento, todas estas empresas consolidadas, y las individuales que hayan sobrevivido estos años, como en Perisur, dejarán de pagar rentas.

Los dueños de los malls -casi siempre grandes conglomerados diversificados- pueden sobrevivir un tiempo, o sin algunas rentas, pero difícilmente podrán resistir una cancelación de pagos de todos sus locatarios, en todos sus malls, por varios meses. Llegará el momento en que a su vez dejarán de poder pagar sus deudas con sus acreedores: los bancos. Estos, como casi todo en la vida, no son todos iguales.

Las filiales mexicanas de bancos extranjeros -CitiBanamex, BancomerBBVA, Scotiabank, HSBC- no tendrán problemas. La matriz responderá. Es una de las ventajas de la “extranjerización” que tanto criticó -con algo de razón- Carlos Salinas hace 20 años. Los mexicanos grandes -Banorte- o pertenecientes a grupos grandes -Inbursa- tienen cómo responder. Incluso Santander México, cuyo accionista principal es español pero es considerado como un banco mexicano, puede aguantar, aunque al tratar de colocar papel hace unos días, no pudo.

¿Pero qué sucederá si un banco mexicano regional, mediano, o con sede en la capital, de repente enfrenta dificultades? ¿Si los propietarios de un mall de Irapuato dejan de saldar sus deudas con un banco regional mediano porque sus locatarios dejaron de pagar, porque sus clientes dejaron de comprar o consumir, porque ellos dejaron de trabajar, y se difunde el rumor sobre los problemas en los que se encuentra el banco, y los depositantes comienzan a retirar sus depósitos, la clásica corrida? Pues sucede lo que siempre pasa en los países capitalistas: o cierra el banco y los depositantes pierden sus ahorros, o el “banco de bancos” o “pagador de último recurso” entra al quite y rescata a los depositantes, y por supuesto al banco y a sus accionistas. Esa instancia es, obviamente, Banxico. En México, el Gobierno, al igual que en Estados Unidos con el FDIC, asegura los depósitos hasta un monto de 400 mil Udis, más o menos 100 mil dólares al día de hoy, a partir de 1999, y el IPAB. Pero la inyección de liquidez a un banco para hacer frente a todos sus compromisos solo puede provenir de una acción ad hoc del banco central.

A eso, quizá, se refería López Obrador. Cuidado, Díaz de León, con andar rescatando bancos quebrados por tu cuenta. En la era de la 4T, parafraseando al clásico, el Banco de México es autónomo. Pero autónomo, autónomo, autónomo… No.

29 Abril 2020 04:06:00
AMLO, la izquierda latinoamericana y la autoconstrucción
Para entender la actitud de López Obrador ante los empresarios –y las empresas– puede resultar interesante ubicarlo a él y a Morena en el contexto de la izquierda latinoamericana. La he seguido desde finales de los años 80, y López Obrador, a través del PRD, del Foro de Sao Paulo, del Grupo de Puebla, e incluso de un par de reuniones de Alternativa Latinoamericana a las que lo invité y acudió en 1997, ha sido parte de la misma. Esta, como lo he escrito varias veces, se dividió en dos corrientes desde esas épocas; conviene estudiar a cuál de ellas pertenece AMLO.

Una parte de esa izquierda –previamente radical, autoritaria, estatista, antiimperialista, castrista, incluso partidaria de la lucha armada– renunció a sus tesis y se volvió adepta del mercado, de la democracia representativa, de la globalización y del entendimiento con Estados Unidos por convicción. Los chilenos, los uruguayos, quizás algunos salvadoreños, parte del PT en Brasil, renunciaron a esos dogmas no solo porque comprendieron que con ellos jamás ganarían una elección, sino también porque concluyeron que los regímenes casados con ellos habían fracasado. Otros –los nicaragüenses, venezolanos, bolivianos, y creo yo, los mexicanos– también renunciaron a dichas tesis, pero por resignación. Captaron que eran inviables, mas no indeseables; al contrario, en un mundo ideal, ese modelo –muy identificado con Cuba– era lo deseable, aunque no fuera factible.

López Obrador y la gran parte de la izquierda mexicana desde 1988 –con la excepción de Muñoz Ledo– forman parte de esta segunda vertiente. Se han resignado a que “otro mundo no es posible”, pero no a que no fuera deseable. Quizás el mejor ejemplo –abundan otros, pero este es el más reciente y claro– yace en las declaraciones de López Obrador sobre los créditos del Infonavit y la autoconstrucción la semana pasada.

Se recordará que en una mañanera comentó que los créditos del Instituto debieran entregarse directamente a los beneficiarios, sin pasar por los desarrolladores. Según Reforma, “López Obrador ayer puso en la mira a otros presuntos ‘adversarios’ de los trabajadores: los constructores de vivienda.

En su conferencia matutina aseguró que los desarrolladores de vivienda de interés social se quedan con la mitad del crédito como ganancia haciendo malas casas.

Y como solución propuso que el Gobierno entregue los créditos directamente a los trabajadores para que estos autoconstruyan sus casas, eviten el intermediarismo e incluso generen empleos. “Estoy planteando que se entreguen los créditos de manera directa a los trabajadores… porque entran las empresas y tienen ganancias… cobran muchísimo para un departamento muchas veces mal hecho en barrancas, en sitios alejados donde no hay comunicación, huevitos”.

Según el Presidente, con el esquema de autoconstrucción el beneficiario podrá tener una casa bien hecha y ahorrará en materiales de construcción, al tiempo que generará empleos al contratar a albañiles”.

AMLO probablemente concluirá que su esquema no es viable, que ya se intentó (en Cuautitlán Izcalli, en los años 60 en la época de Hank) y fracasó, y que aunque parte de sus críticas sea válida, suprimir a los “vivienderos” no es verosímil. Se resignará a que su esquema es imposible, pero no se convencerá que no es deseable.

Lo importante aquí es entender que en su mundo ideal, el Gobierno (olvidando que el Infonavit es un organismo tripartito) entrega dinero a los ciudadanos, estos construyen casas económicas y sólidas, y las grandes empresas desaparecen. Mejor dicho: los destinatarios del dinero compran cemento, varilla, ladrillo, cimbra, tinacos, etc., a nuevas, grandes y “solidarias” empresas del Estado, que producen dichos bienes y los venden a precios menores, ya que no generan ganancias para sus dueños. Los dueños son todos los mexicanos, a través del Estado.

Insisto: volvamos a la FCPyS de la UNAM de los años 70, a la izquierda latinoamericana antes de 1989, a los sectores de esa izquierda que realizaron su aggiornamento en lágrimas, lamentando la desaparición del socialismo real, y que sublimaron sus verdaderos deseos tras un velo de pragmatismo y realismo. Hasta que el regreso de lo reprimido los alcance, en plena autoconstrucción.
26 Abril 2020 03:41:00
Pedir prestado para Pemex
López Obrador insiste en que no quiere endeudar al país y seguramente ese es su deseo más profundo. Sin embargo, lo está teniendo que hacer por varios motivos y hoy ya vemos algunos indicios de ello. Lo que pasa es que todo esto resulta un poco más complicado de lo que parece.

Como se sabe, a principios de esta semana, México salió a los mercados internacionales para obtener en tres préstamos de 6 mil millones de dólares a una tasa ligeramente superior a la que se obtuvo en enero. A principio de año pagábamos 3.1% de interés anual; ahora a cinco años tuvimos que pagar 4.125 por ciento. Es más caro, aunque sigue siendo dinero relativamente accesible.

El problema es que ese dinero no va a destinarse para ayudar a la gente que perdió su empleo o a las pequeñas o medianas empresas que están a punto de quebrar, o incluso para proteger el empleo en las grandes empresas. Todo indica que ese dinero va a ir a Pemex.

En realidad, lo que hizo el Gobierno esta vez, y lo ha venido haciendo desde hace unos años, a diferencia de lo que sucedía a finales de los años 70 y principios de los 80, es salir al mercado a conseguir dinero para Pemex, porque Pemex o bien no puede salir, o bien tendría que pagar un precio exorbitante. Este dinero en realidad va a servir para financiar la exención fiscal que se le otorgó a Pemex y para dinero adicional que seguramente se le va a inyectar durante el año.

Si Pemex hubiera salido solo al mercado hoy de altos rendimientos, o bien hubiera tenido que pagar una tasa impagable, o bien sencillamente no hubiera encontrado compradores de su papel. El bono perpetuo de Pemex de 6.125% está hoy a .64 centavos por dólar.

Conforme vaya prolongándose la caída del precio del petróleo, la demanda de crudo y de gasolinas en el mundo, y los demás problemas financieros de la empresa, el papel de Pemex va a valer cada vez menos. Lo que esto significa en realidad es que los rendimientos de un papel de Pemex son tremendamente elevados, y nadie quiere prestar en esas condiciones.

¿Tiene sentido que México se endeude para financiar a Pemex? Tal vez sí, pero sería deseable, que se dijera tal cual que eso es lo que se está haciendo, y sería deseable que se discutiera esta opción frente a otras posibilidades de endeudamiento y de destino para los recursos obtenidos en los mercados internacionales.

Seguir insistiendo que no va a haber deuda cuando sí la hay, y canalizar lo que se obtenga por ese mecanismo a Pemex, cuando hay otras opciones, y seguir rechazando la posibilidad de inversión privada, nacional o extranjera en la extracción de crudo en México, es absurdo. Mejor decir las cosas como son.




25 Abril 2020 04:06:00
Pedir prestado para Pemex
López Obrador insiste en que no quiere endeudar al país y seguramente ese es su deseo más profundo. Sin embargo, lo está teniendo que hacer por varios motivos y hoy ya vemos algunos indicios de ello. Lo que pasa es que todo esto resulta un poco más complicado de lo que parece.

Como se sabe, a principios de esta semana, México salió a los mercados internacionales para obtener en tres préstamos 6 mil millones de dólares a una tasa ligeramente superior a la que se obtuvo en enero. A principio de año pagábamos 3.1% de interés anual; ahora a cinco años tuvimos que pagar 4.125%. Es más caro, aunque sigue siendo dinero relativamente accesible.

El problema es que ese dinero no va a destinarse para ayudar a la gente que perdió su empleo o a las pequeñas o medianas empresas que están a punto de quebrar, o incluso para proteger el empleo en las grandes empresas. Todo indica que ese dinero va a ir a Pemex. En realidad, lo que hizo el Gobierno esta vez, y lo ha venido haciendo desde hace unos años, a diferencia de lo que sucedía a finales de los años 70 y principios de los 80, es salir al mercado a conseguir dinero para Pemex, porque Pemex o bien no puede salir, o bien tendría que pagar un precio exorbitante. Este dinero en realidad va a servir para financiar la exención fiscal que se le otorgó a Pemex y para dinero adicional que seguramente se le va a inyectar durante el año.

Si Pemex hubiera salido solo al mercado hoy de altos rendimientos, o bien hubiera tenido que pagar una tasa impagable, o bien sencillamente no hubiera encontrado compradores de su papel. El bono perpetuo de Pemex de 6.125% está hoy a 0.64 centavos por dólar. Conforme vaya prolongándose la caída del precio del petróleo, la demanda de crudo y de gasolinas en el mundo, y los demás problemas financieros de la empresa, el papel de Pemex va a valer cada vez menos. Lo que esto significa en realidad es que los rendimientos de un papel de Pemex son tremendamente elevados, y nadie quiere prestar en esas condiciones.

¿Tiene sentido que México se endeude para financiar a Pemex? Tal vez sí, pero sería deseable, que se dijera tal cual que eso es lo que se está haciendo, y sería deseable que se discutiera esta opción frente a otras posibilidades de endeudamiento y de destino para los recursos obtenidos en los mercados internacionales.

Seguir insistiendo que no va a haber deuda cuando sí la hay, y canalizar lo que se obtenga por ese mecanismo a Pemex, cuando hay otras opciones, y seguir rechazando la posibilidad de inversión privada, nacional o extranjera en la extracción de crudo en México, es absurdo. Mejor decir las cosas como son.


22 Abril 2020 04:06:00
Las cifras de las muertes del virus
El debate sobre los números de la pandemia en México se ha intensificado en estos últimos días. Han surgido varias voces, más o menos autorizadas, que cuestionan los datos, los cálculos y las conclusiones del Gobierno en general, desde López-Gatell hasta López Obrador. Entre dichas voces conviene mencionar a especialistas como Lorena Becerra, encuestadora de Reforma, Arturo Erdely, matemático de la UNAM, y Javier Alatorre, de TV Azteca.

La discusión gira en torno a varias imprecisiones oficiales. La primera consiste en el número de contagiados o infectados, y el factor multiplicador que se le debe aplicar a los casos contabilizados por el sistema Centinela utilizado en México y en algunos otros países. Un tema adicional de debate se ha enfocado en las fechas utilizadas por López Gatell: si las del numerador y del denominador de sus quebrados o porcentajes son las mismas. Y un tercer elemento de discordia surge de la llamada letalidad: el número de fallecimientos como proporción de los contagiados confirmados o estimados, y si ese numerador es confiable, o si se han subreportado los decesos por falta de pruebas, autopsias o para disimular, etc.

En muchos países –The New York Times publica un largo reportaje al respecto hoy– hay grandes variaciones en el número de decesos, sin hablar del total de casos. Pero con el paso del tiempo, los países ricos o pequeños de ingreso medio han ido mejorando su contabilidad. De tal suerte que algunos profesionales en estadística –y en particular un alto funcionario del sistema de Naciones Unidas– han construido tablas interesantes y distintas que ofrecen una idea alternativa de la letalidad del coronavirus. Simplemente colocan en el numerador la cantidad oficial de muertes (a sabiendas que no es un dato perfecto), y en el denominador la población del país (ese sí es “duro”), y para ser más claros, transforman el resultado en número de fallecimientos por cada 100 mil habitantes. Uno de los propósitos del ejercicio reside en responder al comentario final de Lorena Becerra, a propósito de las muertes en Brasil y México: las cifras no cuadran.

El ejercicio arroja varias impresiones preliminares y superficiales, es decir, accesibles para un neófito como yo. Primero, una dispersión importante entre los países ricos analizados. La tasa más alta es de España, con 44 muertes por 100 mil habitantes, seguida por Italia, con 39; luego Francia con 30, Reino Unido con 24, y Países Bajos con 21. La variación es de por sí importante. Pero si pasamos a los países ricos menos afectados, vemos que Estados Unidos, a pesar de todo el escándalo, llega a 10 muertes por 100 mil habitantes (la cuarta parte de España), Alemania a 5, Canadá 4, y aunque parezca increíble, Japón a 0.2 (o incluso menos: 263 muertes para 130 millones de habitantes al día de hoy).

Primera microreflexión sobre estas cifras enigmáticas: el caso japonés sí tiene que ver con la cultura del tapabocas, del no saludo de manos, de las casas sin zapatos, y de la disciplina. Los números elevados de España y Francia se deben, en parte a la mayor edad de su población, aunque esto también valdría para Japón. Las cifras tan bajas de Alemania se originarían en la disciplina, el prestigio de sus autoridades, la cantidad de pruebas que han realizado, y su sistema de salud. Las dimensiones geográficas y la relativa juventud poblacional de Canadá y de Estados Unidos explicarían sus cifras tan reducidas, en términos per cápita.

La segunda impresión es que los países de América Latina no han padecido fallecimientos significativos en esos términos per cápita. El que arroja las peores cifras es Ecuador, con 3 decesos por 100 mil habitantes. Lo siguen Panamá con 1.5; Brasil y Perú con 1.1; Chile con 0.7; México con 0.5; Argentina y Colombia con 0.3 decesos por 100 mil habitantes.

Segunda minireflexión: tal vez en México se estén manipulando o sub-reportando de buena fe las cifras de decesos, pero resulta difícil admitir que esto esté sucediendo en toda América Latina al mismo tiempo. México se ubica en la media casi exacta de los demás países de la región, en esta materia. Y esa media es infinitesimal comparada con España o Italia, pero incluso con EU. En seis días como ayer, mueren más mexicanos en los balazos (no abrazos) que los que han muerto en más de un mes de coronavirus.

¿Que explicaciones hay de este nivel tan pequeño de decesos en América Latina? He visto tres, haciendo a un lado los genes, la raza de bronce o las culturas milenarias. Primera, y la más probable, es que el virus aún no llega con toda su fuerza a la región. En escasas semanas, o incluso días, las cifras darán un salto gigantesco y nos encontraremos en niveles por lo menos de EU, si no es que de algunos países de Europa.

No parece valer esta explicación para Chile y Argentina, que van de salida. Segunda, la pirámide poblacional latinoamericana es muy diferente a la de Europa, e incluso a la de EU. Somos mucho más jóvenes, y el virus ataca a los mayores. Es discutible, pero verosímil. Tercera, en todos los países de la región se subreportan decesos, por múltiples razones, y eso explica estas cifras tan bajas. No aplicaría para Chile, Uruguay y Costa Rica, por lo menos.

17 Abril 2020 04:00:00
¿Cuanto nos costaría el dinero?
Un par de notas publicadas esta semana por The Financial Times en Londres han puesto de relieve las consecuencias de la reacción del Gobierno de México ante la crisis por coronavirus. Pero también han contribuido al debate sobre la viabilidad de muchas de las propuestas formuladas por distintos grupos y expertos en las últimas semanas, y que el Gobierno ha decidido pasar por alto.

La editorial del periódico ha sido ampliamente comentado, incluso por el propio Presidente: dijo que no pensaba leerlo (obviamente no es cierto). Pero muchos entendieron que parte de la condena del consejo editorial del diario londinense se debía a la ausencia de un proyecto fiscal contra-cíclico de López Obrador, más que a una crítica a sus posturas ideológicas.

La otra nota destacó, cómo en marzo tenedores extranjeros de papel mexicano se deshicieron de más o menos el equivalente en pesos de 7 mil millones de dólares de dicho papel, es decir la mayor cantidad desde que se tiene registro. Varios lectores concluyeron que la época de oro del “superpeso” de López Obrador y del “carry trade” había concluido.

De estos datos y comentarios se derivan elementos para intervenir en la discusión entre especialistas –no soy uno de ellos– sobre las posibles fuentes de financiamiento de un ambicioso programa fiscal –altamente hipotético– del Gobierno. Hipotético porque AMLO no quiere aumentar impuestos ni endeudarse, que son las únicas fuentes posibles de financiamiento de un esquema de esa naturaleza. Pero por pura curiosidad intelectual, conviene examinar las dos posturas en cuestión.

Una sostiene que México no puede salir hoy a los mercados a buscar dinero porque no lo habría, o sería muy caro. Existiría un “stand still” de crédito externo para países emergentes en general, y para México en particular. La respuesta de AMLO a la crisis, su enfrentamiento con el sector privado (por cierto ¿qué pasó con el cafecito con los empresarios anunciado para el 15 de abril?), la caída del precio del petróleo y las previsiones de crecimiento negativo constituyen factores todos ellos que imposibilitarían la obtención de dinero fresco, abundante y barato en los mercados internacionales. La tasa de interés a pagar sería de dos dígitos, me dice un amigo banquero escéptico. Si se quiere un paquete contracíclico de varios puntos del PIB, es preciso financiarlo dentro de México.

La otra versión es exactamente la opuesta, y la esgrimen economistas tan calificados como los que sostienen la primera. Abunda la liquidez hoy en el mundo; México sigue siendo un gran sujeto de crédito, si nos referimos al papel soberano y no al de Pemex o de empresas privadas; aún sin señales positivas como posponer Dos Bocas, pero sin duda enviándolas, el país, con todo y la 4T, podría conseguir carretadas de dólares a buen precio en los mercados internacionales.

Otro amigo banquero me comenta la siguiente. Perú salió hoy a contratar deuda, alrededor de 3 mil millones de dólares. La demanda del papel propuesto llegó a 24 mil millones de dólares, a distintos plazos, a una tasa de interés (Tesoro norteamericano más riesgo en puntos base) de entre 2.5 y 3%. Se trata de una economía mucho más pequeña que la mexicana y por lo tanto de una suma muy significativa. Ciertamente el Gobierno de Martín Vizcarra ha sido elogiado por sus respuestas de salud pública y de política económica a la crisis, a diferencia de AMLO, pero México es México: vecino y socio de Estados Unidos, potencia exportadora, economía diversificada.

Este amigo banquero estima que México podría levantar grandes sumas de dinero, para bonos soberanos, a tasas entre 4.2% y 6% sin ninguna dificultad. No es dinero tan barato, pero tampoco se trata de un precio exorbitante. En vista de que la caída del PIB va a elevar en automático el peso de la deuda pública sobre el PIB, un poco más, en esas condiciones, no perjudicaría la viabilidad crediticia del país. Allí dejo dos puntos de vista, de economistas y de banqueros, con muchas más credenciales que yo para opinar.

08 Abril 2020 04:06:00
Los médicos cubanos en tiempos del Covid-19
Ahora, como si faltara una ocurrencia más, López Obrador nos confiesa que va a considerar la posibilidad de traer a México a un número indeterminado de médicos cubanos, especialistas en terapia intensiva.

Tengo poco que agregar a la excelente reflexión de Octavio Gómez Dantés, ¿Qué son las brigadas de médicos cubanos? subida a Nexos.com.mx el día de hoy. El especialista describe con lujo de detalles la historia de las misiones médicas castristas, que se remontan a la guerra de Angola en los 70, y que se han extendido a decenas de países: Argelia, Angola, Nicaragua, Venezuela, Sudáfrica, Bolivia, Brasil, Guatemala y ahora, en plena pandemia, a Italia.

El autor describe la evolución del proceso, y como fue mutando de una “misión internacionalista” a un negocio, que hoy constituye la principal fuente de divisas de la isla: 11 mil 500 millones de dólares, aunque The Economist en su reportaje Mercy and Money, cita esta semana una cifra menor, pero igual enorme –casi la mitad de las exportaciones–.

Gómez Dantés y The Economist enumeran las características del mecanismo: el Gobierno cubano le cobra al Gobierno del país destinatario una suma exorbitante –55 mil dólares al año por médico en el caso de Portugal– y le paga una miseria de sueldo al médico en el terreno.

Además, parte de esa miseria se le retiene en Cuba hasta su regreso; no puede llevar a su familia, y es vigilado constantemente por los “jurídicos”, es decir, los comisarios políticos que acompañan a las brigadas médicas para vigilar que “se porten bien”.

Tres preguntas a López Obrador surgen de estas dos publicaciones. En primer lugar, ¿hay escasez de médicos mexicanos, y es necesario el apoyo de los cubanos? Segunda: ¿se aceptará la violación de derechos humanos que implican sus condiciones de trabajo? Y en tercer término ¿se aceptará la llegada de “miembros del aparato de seguridad cubano que suelen formar parte de esas misiones?”

Yo agregaría dos interrogantes adicionales. Primero, he escuchado o leído que en todo caso los médicos cubanos funcionan en lo que se llama atención de primer nivel, quizás el equivalente de los “médicos descalzos” de Mao en los años 60.

La terapia intensiva exige una tecnología y experiencia en la utilización de la misma que la medicina cubana simplemente no posee, si se quiere por culpa del “imperialismo”, pero igual carece de ellas. ¿Para eso los quiere López Obrador?

Segundo, y sobre todo, existe un pequeño problema que se llama Estados Unidos. De varias fuentes, principalmente en Washington, tengo entendido que la Aqdministración Trump, desde tiempo atrás, le hizo saber al régimen mexicano dos cosas. Por un lado, no les molestaban sus coqueteos o amistades con Venezuela, Cuba, antes Bolivia, Nicaragua, etcétera. Si Yeidckol o Ebrard quieren ir a comer a La Habana cada semana, allá ellos. Ni lo de Evo Morales, en esta versión, provocó perturbaciones.

Pero petróleo mexicano subsidiado para Cuba, o médicos cubanos en México, ni yendo a bailar al Tropicana. Lo del petróleo afortunadamente no viene al caso; ni tenemos, y además, no vale la pena subsidiar hoy un producto cuyo precio está por los suelos.

Lo de los médicos, en cambio, si importa, tanto por las simpatías evidentes de una parte de la 4T por el régimen cubano, en aprietos mucho mayores que México hoy, como por la aparente oferta insuficiente de médicos mexicanos para enfrentar la pandemia.

Ha pasado la época en que el verdadero jefe del empresariado mexicano era el embajador de Estados Unidos. John Gavin tal vez fue el último de los mohicanos. Pero dada la importancia que Washington le otorga a dicho tema, a diferencia de otros de esta naturaleza, no descarto que el amigo Landau lleve a cabo algunas llamadas telefónicas con los integrantes del Consejo Mexicano de Negocios o del CCE para explicarles en que consiste una línea roja en los tiempos de Trump. Con todo y coronavirus.

03 Abril 2020 04:00:00
El nuevo estado de bienestar mexicano
A tres días de que el Gobierno de México anuncie -con varias semanas de retraso- su plan de respuesta económica -ya no monetaria, sino fiscal- a la crisis del coronavirus, contamos con varios ejemplos de lo que se está haciendo en el resto del mundo. Ya sé que eso no nos importa, según López Obrador, pero una rápida reseña de las opciones disponibles puede resultar interesante, aunque solo fuera por motivos de curiosidad intelectual.

Existen, si queremos simplificar al extremo, dos modelos de respuesta a los efectos económicos de la pandemia. El primero, de Estados Unidos, consiste en entregarle dinero a la gente -poco, y por poco tiempo-, ampliar el plazo del seguro contra el desempleo, extender créditos a empresas -Pymes, pero también a las aerolíneas, por ejemplo- y, muy pronto, un programa de reactivación basado en la infraestructura. No se apuesta a conservar el empleo; el número de solicitudes de pago del seguro superó los 10 millones durante las últimas dos semanas. Se busca sostener el consumo privado, evitar lo peor y esperar unas cuantas semanas y que la inyección de liquidez y de gasto a la economía baste para echarla a andar de nuevo cuando pase la pandemia.

En cambio, como lo ilustra en particular un largo artículo de The New York Times de este jueves, Francia, junto con varios otros países de Europa occidental -Alemania, Reino Unido, Holanda, Dinamarca-, ha seguido un camino muy distinto (Ver France Tries Limiting Joblessness to Confront Coronavirus Recession (
https://www.nytimes.com/2020/04/01/business/france-coronavirus-unemployment.html?referringSource=articleShare). Básicamente, decidieron proteger el empleo en lugar de proteger a los desempleados. El Gobierno francés paga 80% de los salarios de cualquier empresa en dificultades; la empresa la otra quinta parte. Esto va desde los 140 mil empleados de Aéroports de Paris -los vuelos en CDG y Orly han caído 90%-, hasta Pymes de 50 o menos empleados. El programa cuesta 50 mil millones de dólares, y se acompaña de unos 350 mil millones más en créditos garantizados por el Estado. Nadie pierde su empleo; el esquema puede durar varios meses; pero cuando la economía se reactive, las empresas tardarán mucho menos en volver a echar a andar sus actividades. No quebrarán ni tendrán que recontratar, o recapacitar a sus trabajadores.

Más de 3.6 millones de franceses ya se encuentran protegidos por el programa, que según el Times se inspira en dos fuentes. Primero, en la experiencia de la crisis de 2009, cuando el gobierno actuó de manera diferente y el desempleo pronto llegó al 10% (medido como en los países normales), y allí se mantuvo durante más de cinco años. Parte también del esquema alemán de Kurzarbeitergeld, o financiamiento de trabajo de corto plazo, que se utilizó en 2009 y permitió reducir el desempleo poco después de la crisis financiera.

Es cierto que el sistema europeo de bienestar permite este tipo de mecanismos más fácilmente que el estadunidense. En estos países, el seguro de desempleo cubre un porcentaje más elevado del salario anterior, durante más tiempo. Asimismo, se mantiene la cobertura de salud. De modo que el desembolso neto del Estado no es mucho mayor, a condición de que la crisis no pase de unos cuantos meses. La gran diferencia con el deficiente estado de bienestar norteamericano radica en la tranquilidad de la fuerza de trabajo: gracias a los impuestos pagados por todos, a déficits mucho más elevados permitidos por Bruselas, y a una mayor solidaridad social, nadie sufre la humillación de perder su trabajo.

En México, por el momento, se le está pidiendo a las empresas, grandes, medianas y pequeñas, que mantengan un programa como el francés, durante un mes, de su propio bolsillo. Ni el Estado pagará un seguro de desempleo inexistente, ni subsidiará una parte de los salarios de trabajadores que no trabajan. Algunas empresas -Slim, según AMLO; las cementeras, según su Cámara; Alejandro Ramírez de Cinépolis, según las redes sociales- han aceptado este arreglo. Veremos si las automotrices -casi un millón de empleos-, las tiendas departamentales -casi medio millón-, las grandes constructoras, aceptan al final del día un esquema único en el mundo. Se trata de un estado de bienestar financiado en su totalidad por el capital, por primera vez en la historia. Good luck with that.

01 Abril 2020 03:58:00
Una sugerencia inútil
Como es época de sugerencias inútiles dirigidas al jefe del Ejecutivo, va la mía. Ni tan brillante como muchas otras, formuladas en estos días, ni tan absurda como un gran número, pero igual de inútil, ya que López Obrador no escucha ni le interesa nada que no provenga de
su círculo de confort, e incluso de allí quién sabe.

Hay seis mexicanos en vida que se han encontrado en situaciones semejantes a las que vive hoy AMLO. Nadie más ha tenido que enfrentar una grave crisis sanitaria, económica, política o internacional desde la soledad del poder, sin la posibilidad de transferir a alguien más las decisiones, ni de compartir con otros la responsabilidad de lo que
se resuelve.

Esos mexicanos son Carlos Salinas de Gortari, Ernesto Zedillo, Vicente Fox, Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto. Podría agregar a Luis Echeverría, desde luego, pero por su edad y estado de salud, es un caso aparte.

Cada quien puede ver de manera distinta la inteligencia, la honestidad, la capacidad y la experiencia de los exmandatarios. Cada quien tiene una opinión diferente de cada uno de ellos. Por mi parte, conservo una buena opinión de Salinas, Zedillo y Fox, y la peor posible de Calderón y Peña. Pero se que todos poseen una experiencia, un conocimiento del país, y una vivencia del poder que nadie más en México comparte, ni siquiera los segundos de abordo, cuando los hubo.

Sabemos lo que piensa López Obrador de ellos: son los artífices del neoliberalismo que llevó al país al desastre. Tal vez le tenga menos rencor personal a Zedillo y a Peña Nieto, más desprecio a Fox, y más encono a Salinas y a Calderón. Pero cada uno, en su momento, vivió algo parecido a lo que hoy le toca a él.

Salinas, siendo candidato, padeció las consecuencias y los sobresaltos de la crisis de 1987, la conmoción del 88, y el alzamiento zapatista. No vivió el error de diciembre ni la crisis del 95 en la Presidencia, pero sin duda en su conciencia.

Zedillo sí padeció el error de diciembre, junto con todas sus consecuencias, absolutamente solo. Fox no se vio obligado a enfrentar ninguna crisis de esa magnitud, pero el 11 de septiembre y la guerra de Irak no fueron acontecimientos menores, como tampoco lo fue la elección de 2006 y la entrega de la banda a su sucesor.

Calderón pasó por la Gran Recesión de 2009, y como candidato, con la elección de 2006; Peña Nieto enfrentó la llegada de Trump y la estrepitosa derrota de su partido en 2018.
¿Qué perdería López Obrador sentándose con cada uno de ellos –por separado, porque entre ellos algunos no se quieren– para escuchar sus recuerdos, sus sugerencias, sus opiniones, y después despedirse tranquilamente de cada uno sin compromiso alguno? Más allá de su orgullo, y que lo critiquen sus bases enardecidas, pueden ser dos o tres horas útiles, productivas, o en el peor de los casos, redundantes. Si se va encerrar, no tiene mucho más que hacer.

¿Le serviría de algo? Sin duda. Los expresidentes siempre son más sabios que cuando estaban en funciones; he conocido a los suficientes en ambas capacidades para saberlo. Todos están viendo la misma crisis, nacional e internacional, con los mismos ojos: aterrados.

Tienen información, contactos, sensibilidades y distancia. Sobre todo, a diferencia de otros, no tendrían empacho en decirle clara y directamente a López Obrador lo que piensan de su respuesta hasta hora. En fin… una sugerencia inútil más.

25 Marzo 2020 04:06:00
Lo peor de la sociedad mexicana
Siempre he pensado que más allá de su éxito político y electoral, López Obrador tiende a apelar a lo peor de la sociedad mexicana. Evoca de manera constante el resentimiento, el pensamiento mágico, el orgullo patriotero balín (“como México no hay dos”), la aversión al riesgo. Pero nunca había llegado a los extremos que hemos visto en los últimos días, a propósito de la crisis del coronavirus.

Lo digo repitiendo que no necesariamente discrepo de su postura fisiócrata o decimonónica, como dijo Carlos Elizondo: laissez faire, laissez passer. En una de esas, acierta en su apuesta de que el virus le hará menos daño a México que a otros países, y que dentro del caos que es su Gobierno, es preferible cuidar los estragos económicos que las alarmas médicas.

Pero en lo que no acertará será en su empeño por perseverar en confundir, engañar, desorientar y manipular a la sociedad mexicana, recurriendo a los peores vicios de la misma. Me referiré solo a dos casos, pero podrían ser muchas más.

En el video de desayuno en Oaxaca –que según algunos ya no figura en la página de Presidencia– López Obrador afirma que gracias a “nuestras culturas milenarias” el pueblo de México es capaz de superar cualquier adversidad. Para empezar, habría que definir que entiende por “pueblo de México”. Si se refiere a los pueblos originarios que habitaban los territorios que hoy llamamos México, no solo no fueron capaces de superar cualquier adversidad, sino que fueron devastados por las enfermedades que vinieron… de fuera, como el coronavirus.

El 90% de la población, según la “leyenda negra”, murió a manos de las enfermedades españolas, no de los conquistadores mismos. Y la extrema vulnerabilidad de dichos pueblos originarios provenía de sus características insulares, de aislamiento, de escaso o nulo contacto con el mundo exterior. En materia epidemiológica, las culturas eran como los amuletos de AMLO: no sirvieron de nada.

Si nos vamos a la influenza de 1918, sucede lo mismo. Del famoso millón de muertos de la Revolución, por lo menos la tercera parte, sino es que la mitad, fue ocasionada por la misma enfermedad que mató a millones de personas en el mundo entero.

La sociedad mexicana, al igual que en el siglo 16, quizás era más vulnerable: siete años de luchas, tomas de tierra, ejecuciones, ejércitos nómadas, poblaciones desplazadas y cosechas perdidas. superaron con creces el supuesto escudo de “las culturas milenarias”.

Si no bastara este ejemplo, como los Hermanos Marx, tengo otro. Según Salvador García Soto, en una reunión de Gabinete la semana pasada, un participante no identificado señaló que “la raza mexicana es más resistente al virus que la europea, debido al mestizaje y al genoma mexicano”.

Imaginemos que en una reunión de Gabinete en Bélgica, el ministro de Cultura (por decir algo), tomara la palabra y dijera que en Bélgica la raza blanca –flamenca y valona– había resultado más resistente al virus que los inmigrantes árabes o sub-saharianos, gracias a la pureza étnica de dicha raza.

El Primer inistro lo hubiera despedido en el acto, y el Gobierno no se hubiera acabado el escándalo. En México, no pasa de un chisme en una columna. Solo son racistas los gringos y los criollos; el heroico pueblo mexicano, jamás.

¿Porque? Por que mucha gente cree semejantes idioteces. Una parte de la sociedad mexicana cree en la “raza de bronce”, o en la “raza cósmica” de Vasconcelos. Cree que el virus lo trajeron los fifís, y que solo les da a ellos.
López Obrador refuerza esas creencias primitivas, atávicas, en lugar de desmentirlas. Trata de subrayar la peregrina idea de la singularidad de la sociedad mexicana, cuando si algo esta demostrando la pandemia, es la enorme semejanza de todos los países del mundo.
20 Marzo 2020 04:00:00
Viva la deuda externa
No soy de los que descarta en automático argumentos contraintuitivos que encierran cierto escepticismo sobre la reacción mundial y de la sociedad mexicana frente al coronavirus. Sobre todo si se manifiestan con la inteligencia y perspicacia de dos comentaristas como Sergio Sarmiento hoy en Reforma y Jorge Zepeda en El País. No suscribo todos los argumentos de este último, sobre todo a propósito del paralelo 22, pero no es imposible que al final la pandemia afecte a México de manera diferente a lo que han padecido otros países. Asimismo, entiendo el entusiasmo con el que críticos del régimen de la 4T valoran la manera en la que la sociedad civil se le ha adelantado al Gobierno, pero comparto algunas preocupaciones de Sarmiento sobre la propensión mexicana a irnos por la libre (albercas, gimnasios).

Pero donde no puede haber dudas es en torno al impacto económico y financiero del coronavirus ni sobre la urgencia de tomar medidas urgentes y dramáticas al respecto. Muchos ya se han pronunciado al respecto; los partidos de oposición lo harán pronto, supongo. Por lo tanto solo expondré tres tesis sencillas, evidentes y pertinentes.

Se necesita un enorme esfuerzo contracíclico en México, parecido al que han lanzando Trump, Macron, Trudeau, y hasta Piñera en Chile (casi 4 puntos del PIB). Ese esfuerzo no se realizó durante las últimas dos recesiones -2001 y 2009-, pero esta corre el riesgo de ser más aguda y prolongada. El esfuerzo no debe ser menor, según varios economistas, de 2.5 puntos del PIB, y de preferencia de 3 puntos.

La política monetaria sola ya no alcanza. Banxico puede seguir bajando tasas -aunque la caída del tipo de cambio ya no permite un margen muy grande-, pero el esfuerzo debe ser ante todo fiscal. Sin una gran inyección fiscal a la economía, las cosas se pueden descarrilar en serio.

Los recursos necesarios para un esfuerzo de dicha magnitud no pueden provenir únicamente de más recortes al gasto, ni siquiera de la posposición o cancelación de los elefantes blancos de López Obrador: Dos Bocas, Santa Lucía, Tren Maya y Tren Transístmico. Tampoco pueden nacer de nuevos impuestos, con la economía ya en picada. Debemos pasar de un superávit primario pequeño a un déficit moderado, financiado con recursos procedentes de los mercados internacionales, donde el dinero hoy es más barato que nunca, y donde el buen crédito de México se mantiene, a pesar de todo.

Salir a buscar entre 25 mil y 35 mil millones de dólares, para un país subendeudado, no es nada del otro mundo. Con ciertas condiciones, desde luego. Primero, gastarlos en proyectos viables y necesarios, empezando por lo sanitario. Segundo, destinarlos a actividades que generen empleo y revistan un efecto multiplicador en el crecimiento de la economía: construcción, infraestructura, seguridad. Tercero, transparencia y rendición de cuentas: nada de trampas ni maniobras, ni tengo otros datos.

Se puede discutir la secuencia. Quizá resulte preferible primero cancelar las locuras internas, cambiar de equipo, y mandar señales promercado (Texcoco, aunque no lo creo; nuevas rondas -tampoco-, o salir al exterior -menos-) y ya después acudir a los mercados de capitales. O tal vez arrancar con la búsqueda de recursos, de una vez, y poner en práctica los cambios de rumbo sobre la marcha. Pero si alguien piensa que sin un esfuerzo de esta naturaleza y de estas dimensiones vamos a salir al paso de la pandemia económica, habría que preguntarle de cuál ha fumado. Ya de los efectos de salud pública del coronavirus mejor ni hablamos.

18 Marzo 2020 04:07:00
Coronavirus y automedicación a la mexicana
Hay por lo menos tres problemas con el coronavirus en México. El primero se refiere a la actitud presente de López Obrador; el segundo, a lo que está por venir; y el tercero radica en la propensión de la sociedad mexicana a automedicarse.

Como ya se ha repetido incesantemente, López Obrador no está actuando como jefe de Estado. Es cierto que una de las tareas más difíciles del mundo, en materia de estatismo, consiste en ser didáctico ante la sociedad mexicana. Es una sociedad terriblemente reacia ante cualquier tipo de educación u orientación procedente de las autoridades o del poder público. Decenios si no es que siglos de mentiras, de corrupción, de engaños y de simple estupidez han generado una suspicacia, o lo que algunos llamaron “sospechosismo” que dificulta enormemente la labor de cualquier Presidente de tratar de ser hombre de Estado y pedagogo al mismo tiempo. Pero López Obrador lleva esta dificultad al extremo. No solo no lo intenta, sino más bien trata de hacer lo contrario. Las escenas suyas de besos, abrazos, cercanía, promesas, silencios, omisiones y proclamas en forma de lugares comunes inverosímiles, no solo no educan a una sociedad poco preparada para lo que estamos viviendo, sino que más bien la confunde y la desorienta. Se entiende que sea muy difícil educar en estas condiciones, pero no se entiende que se dificulte uno mismo esa labor a un grado extremo.

El segundo problema abarca la actitud que viene. Es obvio que, en unos cuantos días, cuando sus colaboradores decidan, más o menos arbitrariamente, que ha llegado la etapa de mitigación y de aplastamiento de la curva, empezarán a imponer medidas mucho más draconianas, semejantes a las que poco a poco se van poniendo en práctica en otros países del mundo. Pero me parece absolutamente seguro que López Obrador no resistirá la tentación de recurrir a un argumento simple, comprensible, accesible y falso, pero eficaz. Me refiero, desde luego, a la idea de echarle la culpa de la debacle económica que viene al coronavirus.

En algo tendrá razón, pero no se va a limitar a esa parte. Al contrario. Nos va a inventar la historia, como ha sugerido Aguilar Camín, de que íbamos muy bien, que ya la recuperación estaba en camino, que febrero había sido un muy buen mes, que todo era miel sobre hojuelas y…¡bolas! Que nos llega el coronavirus y nos destruye todo. Por lo tanto, si las cosas salen mal económicamente hablando este año, si se tiene que recortar más el gasto público, si no se cumplen los programas sociales, si no avanzan los proyectos de infraestructura, si la economía no crece, e incluso si la pobreza aumenta en la ENIGH que se levantará en el mes de agosto, pues es culpa del coronavirus. Ya mero estábamos en el paraíso; algo pasó y ya no se pudo.

El tercer problema se parece mucho al primero. Ya lo padeció Calderón en el 2009. Es muy difícil conducir una política de salud pública en momentos de crisis en un país donde la automedicación es la regla del juego. En otros momentos, la automedicación se refiere justamente a medicamentos: personas que por no tener acceso a servicios de salud, por tradiciones, por creencias, por terquedad o por lo que se quiera, deciden automedicarse ante cualquier tipo de padecimiento que puedan sufrir. En el caso actual, me da la impresión que la automedicación está cobrando principalmente la forma de la autocuarentena. Como el Gobierno no dice claramente qué hay que hacer, cada quien decide. Cada empresa, cada familia, cada individuo toma sus propias decisiones. Las empresas deciden que la gente vaya a hacer home office, o que aquellos que estuvieron una semana, 10 días o dos semanas antes en algún conjunto de países, no deben ir a trabajar; o las familias deciden que es hora de guardarse y no salir para nada; o los individuos deciden, como me decía un queridísimo amigo, “yo creo que me voy a echar unos días de cuarentena, me van a hacer bien”. En teoría y en un país normal, estas cosas no se decidirían individualmente.

Las autoridades dictarían con claridad, cuál es el protocolo a seguir. Si hay síntomas o no hay síntomas; si los resultados de una prueba fueron positivos o negativos; si la persona o la familia o la empresa se encuentra en una situación de alta vulnerabilidad o de escasa vulnerabilidad. Pero como las autoridades no existen en parte porque están haciendo mal su trabajo, y en parte porque la sociedad mexicana es renuente a aceptar sus dichos, cada quien decide lo suyo. La automedicación en los tiempos del coronavirus es la autocuarentena. Y cada quien para su santo.
18 Marzo 2020 04:07:00
Coronavirus y automedicación a la mexicana
Hay por lo menos tres problemas con el coronavirus en México. El primero se refiere a la actitud presente de López Obrador; el segundo, a lo que está por venir; y el tercero radica en la propensión de la sociedad mexicana a automedicarse.

Como ya se ha repetido incesantemente, López Obrador no está actuando como jefe de Estado. Es cierto que una de las tareas más difíciles del mundo, en materia de estatismo, consiste en ser didáctico ante la sociedad mexicana. Es una sociedad terriblemente reacia ante cualquier tipo de educación u orientación procedente de las autoridades o del poder público. Decenios si no es que siglos de mentiras, de corrupción, de engaños y de simple estupidez han generado una suspicacia, o lo que algunos llamaron “sospechosismo” que dificulta enormemente la labor de cualquier Presidente de tratar de ser hombre de Estado y pedagogo al mismo tiempo. Pero López Obrador lleva esta dificultad al extremo. No solo no lo intenta, sino más bien trata de hacer lo contrario. Las escenas suyas de besos, abrazos, cercanía, promesas, silencios, omisiones y proclamas en forma de lugares comunes inverosímiles, no solo no educan a una sociedad poco preparada para lo que estamos viviendo, sino que más bien la confunde y la desorienta. Se entiende que sea muy difícil educar en estas condiciones, pero no se entiende que se dificulte uno mismo esa labor a un grado extremo.

El segundo problema abarca la actitud que viene. Es obvio que, en unos cuantos días, cuando sus colaboradores decidan, más o menos arbitrariamente, que ha llegado la etapa de mitigación y de aplastamiento de la curva, empezarán a imponer medidas mucho más draconianas, semejantes a las que poco a poco se van poniendo en práctica en otros países del mundo. Pero me parece absolutamente seguro que López Obrador no resistirá la tentación de recurrir a un argumento simple, comprensible, accesible y falso, pero eficaz. Me refiero, desde luego, a la idea de echarle la culpa de la debacle económica que viene al coronavirus.

En algo tendrá razón, pero no se va a limitar a esa parte. Al contrario. Nos va a inventar la historia, como ha sugerido Aguilar Camín, de que íbamos muy bien, que ya la recuperación estaba en camino, que febrero había sido un muy buen mes, que todo era miel sobre hojuelas y…¡bolas! Que nos llega el coronavirus y nos destruye todo. Por lo tanto, si las cosas salen mal económicamente hablando este año, si se tiene que recortar más el gasto público, si no se cumplen los programas sociales, si no avanzan los proyectos de infraestructura, si la economía no crece, e incluso si la pobreza aumenta en la ENIGH que se levantará en el mes de agosto, pues es culpa del coronavirus. Ya mero estábamos en el paraíso; algo pasó y ya no se pudo.

El tercer problema se parece mucho al primero. Ya lo padeció Calderón en el 2009. Es muy difícil conducir una política de salud pública en momentos de crisis en un país donde la automedicación es la regla del juego. En otros momentos, la automedicación se refiere justamente a medicamentos: personas que por no tener acceso a servicios de salud, por tradiciones, por creencias, por terquedad o por lo que se quiera, deciden automedicarse ante cualquier tipo de padecimiento que puedan sufrir. En el caso actual, me da la impresión que la automedicación está cobrando principalmente la forma de la autocuarentena. Como el Gobierno no dice claramente qué hay que hacer, cada quien decide. Cada empresa, cada familia, cada individuo toma sus propias decisiones. Las empresas deciden que la gente vaya a hacer home office, o que aquellos que estuvieron una semana, 10 días o dos semanas antes en algún conjunto de países, no deben ir a trabajar; o las familias deciden que es hora de guardarse y no salir para nada; o los individuos deciden, como me decía un queridísimo amigo, “yo creo que me voy a echar unos días de cuarentena, me van a hacer bien”. En teoría y en un país normal, estas cosas no se decidirían individualmente.

Las autoridades dictarían con claridad, cuál es el protocolo a seguir. Si hay síntomas o no hay síntomas; si los resultados de una prueba fueron positivos o negativos; si la persona o la familia o la empresa se encuentra en una situación de alta vulnerabilidad o de escasa vulnerabilidad. Pero como las autoridades no existen en parte porque están haciendo mal su trabajo, y en parte porque la sociedad mexicana es renuente a aceptar sus dichos, cada quien decide lo suyo. La automedicación en los tiempos del coronavirus es la autocuarentena. Y cada quien para su santo.



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