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José Luis del Río y Santiago
José Luis del Río y Santiago
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Actualmente es rector de la iglesia San Pablo Apóstol, ubicada en Los Valdés y encargado de la Comisión de Nuevas parroquias en la Diócesis de Saltillo, y catedrático en el Seminario de Historia de la Iglesia y Teoría Odegética. Su trayectoria por tres décadas en el Ojo de Agua lo distinguen, y más aún el hecho de que sea el único sacerdote exorcista autorizado, estudios que cursó por cuenta propia, además de actualizaciones a través de cinco congresos internacionales.

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02 Enero 2012 04:00:03
La oración fundamental (II de II)
La fe, la esperanza y la caridad, como un elemento común de los tiempos de oración y de no oración, y como soporte del “vínculo vital” con Dios y con Jesucristo, son presentadas por la Iglesia de la siguiente manera: “La espiritualidad de los laicos, en orden al apostolado, tiene como fuente y origen a Jesucristo, mandado por el Padre, y es evidente que su fecundidad depende de su unión vital con Jesucristo, según el dicho de Él: Quién permanece en Mí y Yo en él, produce mucho fruto, porque sin Mí no pueden hacer nada. (Jn. 15, 5)”. Esta vida de unión íntima con Jesucristo se alimenta en la Iglesia con el apoyo espiritual común a todos los fieles, sobre todo cuando participan de manera activa en la Sagrada Liturgia.

Y este apoyo debe ser aprovechado por los laicos, de tal manera que, mientras cumplan perfectamente los deberes del mundo, en las condiciones ordinarias de la vida, no se separen de su “unión vital” con Jesucristo, sino que, cumpliendo sus propias actividades, según la Voluntad Divina, crezcan siempre más, por lo que en estas actividades deben vivir, naturalmente, la fe, la esperanza y la caridad. Ni el cuidado de la familia ni los compromisos civiles deben ser extraños a la espiritualidad de su vida, según el dicho del Apóstol: “Todo aquello que hagan, de palabra o de obra, háganlo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios y al Padre por medio de Él” (Col. 3, 17). También la Iglesia indica expresamente las fuerzas que hacen posible esta vida de alabanza a Dios cuando dice: “Tal vida requiere un continuo ejercicio de la fe, de la esperanza y de la caridad”. En primer lugar el continuo ejercicio de la fe: “Sólo a la luz de la fe es posible, siempre y en todo lugar, conocer a Dios, en el cual vivimos, nos movemos y somos (Hechos 17, 28), buscando en todo acontecimiento su Voluntad. Hay que ver a Jesucristo en todo hombre, juzgar rectamente el verdadero sentido y valor que tienen las cosas temporales en sí mismas y en orden a nuestro fin último”.

Además de la fe es necesaria la vida de la esperanza: “Quien tiene la fe, vive en la esperanza de la revelación de los hijos de Dios, en la contemplación de la cruz y de la Resurrección del Señor. En la peregrinación de la vida presente, ocultos con Cristo en Dios y libres de la esclavitud de las riquezas, mientras contemplan los bienes eternos, con ánimo generoso, se dedican totalmente a extender el Reino de Dios y a animar y perfeccionar con espíritu cristiano el orden temporal”. Es necesario, en fin, un continuo ejercicio de la caridad: “Impulsados por el amor que viene de Dios, hacen el bien a todos… eliminando toda malicia y todo engaño, las hipocresías y las envidias, y todas las maldiciones (1 Pedro 2, 1) y atrayendo, así, a todos los hombres a Cristo. El amor de Dios, infundido en nuestro corazones por medio del Espíritu Santo que nos ha sido dado (Rom. 5, 5), hace capaces a los laicos de expresar realmente en su vida el Espíritu de las Bienaventuranzas. Cultivando la amistad cristiana entre ellos, se dan ayuda mutua en cualquier necesidad”. (Hechos 4).

La Iglesia nos enseña así, cómo es la verdadera vida cristiana, que está siempre impregnada por la fe, por la esperanza y por la caridad. Y, es así, a través de estas virtudes, que nos unen vitalmente con Dios, que la vida cristiana, en su totalidad, se convierte en verdadera oración.
19 Diciembre 2011 04:00:22
La oración fundamental
I DE II

Durante la oración, y fuera de ella, hay en el cristiano un vínculo con Dios mucho más fuerte de lo que generalmente se piensa. Dios no habla con el hombre como el hombre habla con otro hombre, no lo “toca” como sucede entre los hombres. El hablar de Dios con el hombre y su entrada en la vida del hombre son algo “absolutamente particular”. Pero, con todo, es una realidad.

El mismo comienzo de la oración ya comprende una “intervención precedente” de Dios en el alma. La oración cristiana, en efecto, es ya una Gracia especial de Dios. Según santo Tomás de Aquino, es precisamente Dios el que “induce a la oración”, es Él quien despierta el alma para la oración. Hay en todo comienzo de la oración una cierta semejanza con el Anuncio del arcángel Gabriel a la Virgen María. También, en la oración, Dios “desciende” a la creatura, desea habitarla, unirse a ella, espera el fíat de parte del hombre, desea el diálogo con el hombre.

Precisamente por este diálogo también el Espíritu Santo viene en ayuda del cristiano que ora. En efecto, y, de manera semejante, también el Espíritu Santo viene en ayuda de nuestra debilidad porque nosotros no sabemos con precisión ni siquiera cómo se ha de pedir en la oración, ni cómo convenga pedirlo, pero el Espíritu Santo, en persona, intercede por nosotros con gemidos inexpresables de amor (no con palabras que pudiera tener el pensamiento humano), y Él eleva y asume nuestro débil lenguaje con esos sus “gemidos” de amor (Rom. 8, 26).

La imagen según la cual el Espíritu Santo compone nuestra oración es la oración que, como Espíritu de Cristo, compone, en Cristo mismo, el Hijo del Padre. Oración que adquiere su pleno sentido en las siguientes palabras de San Pablo: “Son, en efecto, oraciones dichas bajo la moción del Espíritu de Dios (que hace que nuestra oración sea semejante a la que hace el Hijo) que nos hace exclamar: ‘¡Abba, Padre!’ (Rom. 8, 15-16).

Sin embargo, este Espíritu guía al cristiano no solamente en la oración, sino también en toda su vida. Toda la existencia del cristiano tiene un vínculo vital con Dios. Dios, en efecto, se dirige a nuestra vida, actúa en ella y la dirige hacia Él, aun cuando el cristiano no piense expresamente en Dios, porque aun en el trasfondo del trabajo y en las distracciones ordinarias están presentes aquellas fuerzas que constituyen la “oración fundamental”, que son: la fe, la esperanza y la caridad. Fuerzas que, aun permaneciendo ocultas, dan al ser del cristiano aquella tendencia fundamental hacia Dios, como nos la ha revelado Jesucristo. Fuerzas, que realizan aquella fundamental “elevación del Espíritu a Dios”, lo que constituye ya la oración. Por esto, hay en el cristiano, por medio de aquellas fuerzas, tanto en su trabajo como en medio de las distracciones ordinarias, el eco lejano de aquel “Abba Padre” que el Espíritu Santo compone en la oración.

Ahora, de este modo, por medio de la vida de fe, esperanza y caridad, la oración se extiende a toda la existencia ordinaria del cristiano. En efecto, en esta existencia ordinaria, hay algunos límites precisos entre los tiempos de oración y de no oración. La oración es (fundamentalmente por medio de la fe, la esperanza y la caridad) un vínculo vital con Dios, y este vínculo, por medio de sus propias fuerzas, actúa, aun en los tiempos que no son estrictamente de oración.
12 Diciembre 2011 04:00:43
La Sagrada Escritura: Coloquio de Dios con el hombre
De la misma manera que la Revelación no es sólo comunicación de palabras y acciones de Dios, sino que es la participación de Dios mismo, así también, un cristiano interesado en conocer la Sagrada Escritura no se reduce a la sola recepción de las declaraciones de Dios, sino que más bien se presta a llevar a cabo un “contacto vital” con este Dios y llegar así a una experiencia vital con Él.

La Constitución Dogmática sobre la Divina Revelación expresa este hecho de una manera muy bella: “En los Libros Sagrados, el Padre que está en los Cielos viene con mucha amabilidad al encuentro con sus hijos y platica con ellos”.

Más adelante esta misma Constitución exhorta a “todos los fieles” a recordar que “la lectura de la Sagrada Escritura, debe ser acompañada con la oración, a fin de que pueda establecerse el coloquio entre Dios y el hombre, porque ‘cuando oramos, hablamos con Él, a Él escuchamos cuando leemos su Palabra’. (San Ambrosio)”.

La “oración fundamental” es ya, la fe misma. Porque para la fe es necesaria la Gracia de Dios que previene y ayuda, ya que el Espíritu Santo mueve los corazones y los dirige hacia Dios, abre los ojos de la mente y da a todos “dulzura en el consentir y en el creer a la Verdad”, para que el hombre pueda “por entero y libremente” abandonarse a Dios y prestarle la obediencia de la fe.

“Mover los corazones, dirigir el corazón a Dios, abrir los ojos de la mente, dar dulzura, son expresiones de la “experiencia religiosa”, en la cual, el cristiano es, por una parte, “movido por Dios”, y por otra, “eleva su propia alma a Dios”, esto es, ora. La fe misma es ya una especie de oración, oración fundamental. Y, debido a que no existe fe sin la lectura cristiana de la Sagrada Escritura, es obvio que en esta fe se realiza aquello que desea la Iglesia cuando dice que “la lectura de la Sagrada Escritura debe ir siempre acompañada por la oración, a fin de que pueda desenvolverse el coloquio entre Dios y el hombre porque `cuando oramos, hablamos con Él, y a Él escuchamos cuando leemos su Palabra´”.

La Iglesia está constituida por cristianos, para los cuales la Sagrada Escritura es “fuente pura y perenne” de su vida espiritual. Podemos comprender entonces cómo la Iglesia pueda afirmar que Dios, no cesa de hablar con la Esposa de Su Hijo Predilecto.

Y sólo así es como podemos comprender plenamente por qué la Sagrada Escritura es Palabra “viva”. Por eso se debe referir a la Sagrada Escritura aquello que se ha dicho: “… la Palabra de Dios es viva y eficaz que sirve para edificar a todos los santificados”. (1 Tes. 2,13).

Es así como se puede comprender a fondo cómo la Constitución sobre la Liturgia pueda hablar, al mismo tiempo, de la “mesa del Cuerpo del Señor” y de la “mesa de la Palabra de Dios”. Pues aunque la Palabra de Dios es verdadero Pan, se entiende, de modo diferente del Cuerpo de Cristo, también se entiende que es el mismo Jesús que se entrega como Alimento Espiritual. Además, el Decreto sobre el ministerio y vida de los sacerdotes, afirma justamente: “Los fieles se alimentan del Verbo Divino en la doble mesa de la Sagrada Escritura y de la Sagrada Eucaristía”. Y la Constitución Dogmática sobre la Divina Revelación subraya: “La Iglesia siempre ha venerado las Sagradas Escrituras como lo hace con el Cuerpo mismo de Cristo, no faltando nunca, sobre todo en la Sagrada Liturgia, de nutrirse del Pan de la Vida en la mesa de la Palabra de Dios y del Cuerpo de Cristo”.

Todos aquellos que en la Iglesia anuncian la Palabra de Dios, deben primero “escucharla interiormente”: “Por esto, es necesario que todos los clérigos, principalmente los sacerdotes y todos los que, como los diáconos y los catequistas, ejercen legítimamente el ministerio de la Palabra, para que conserven un contacto continuo con la Escritura, mediante una sagrada lectura y el estudio cuidadoso, a fin de que no se conviertan en `vanos predicadores de la Palabra de Dios que escuchan, sólo de manera exterior, sin haber escuchado interiormente´ (san Agustín), sino que deben participar a los fieles, confiados a ellos, las sobreabundantes riquezas de la Palabra Divina”.

los sacerdotes nunca deben olvidar que es el Señor el que abre los corazones, y que su superioridad no proviene de ellos mismos sino del poder de Dios que, en el acto mismo de predicar la Palabra se unen más íntimamente con Cristo Maestro y son, así, guiados por el Espíritu Santo.
28 Noviembre 2011 04:00:07
Importancia de la revelación
II DE II

La custodia de la Revelación fue confiada por Jesucristo al Magisterio de la Iglesia, cuando dijo a sus Apóstoles: “…lo que aten en la tierra será atado en el Cielo y lo que desaten en la tierra será desatado en el Cielo” (Mt. 18, 18). En efecto, el Magisterio no es superior a la Palabra de Dios, sino que, más bien, es servidor de Ella. Así, enseñando, solamente aquello que ha sido “transmitido” por mandato divino y con la asistencia del Espíritu Santo, expone fielmente aquella Palabra. Y, de esta manera, a partir de este único Depósito de la Fe, el Magisterio de la Iglesia lo propone para ser creído como “Revelación de Dios”. Por lo tanto, el Magisterio de la Iglesia “sirve” a la Palabra de Dios, y debe, antes de enseñarla, escucharla con devoción.

Todo aquello que ha sido Revelado en la Sagrada Escritura, es Verdad Divina. Sin embargo, es necesario definir con precisión, “qué cosa” ha sido Revelado. Por esto, el intérprete debe investigar con cuidado, qué cosa intentaron y quisieron expresar los Autores Sagrados y qué cosa quiso Dios manifestar a través de las palabras de ellos. Sólo así podemos “entender bien aquello que Dios ha querido comunicarnos”.

En esta investigación, se debe poner mucho cuidado, y mucha diligencia al momento de examinar el contenido y la unidad de “toda” la Sagrada Escritura, teniendo muy en cuenta lo transmitido por la Viva Tradición que, entre otras cosas, hace presentes aquellas verdades que han manifestado las Declaraciones Dogmáticas. Sin embargo, al mismo tiempo, la Constitución Dogmática sobre la Divina Revelación del Vaticano II, muy abierta a las constataciones modernas de la Ciencia Bíblica, llama la atención para tener cuidado en lo que expresan los “géneros literarios”. En efecto, para conocer la intención de los Autores Sagrados, se debe tener en cuenta también estos, así llamados, “géneros literarios", pues la Verdad puede venir expresada en los textos de la Escritura, en varios modos: históricos, proféticos o poéticos, o con otros diferentes “modos de hablar”.

Es necesario, por lo tanto, que el intérprete investigue el sentido que el Autor Sagrado intentó expresar, y descubra cuáles fueron las circunstancias y las condiciones ambientales que prevalecían en su tiempo, y que quedaron redactadas a través de los modos de hablar que se usaban entonces. Para comprender en su justo valor, aquello que el Autor Sagrado quiso asegurar en sus escritos, se debe poner la debida atención a los modos habituales de entender, de expresarse y de narrar que se usaban en aquellos tiempos y que estaban en uso en las relaciones humanas de entonces.

Es claro, que la Ciencia Bíblica se encuentra ante tareas muy difíciles. Sin embargo, la Iglesia invita, decididamente, a los intérpretes, a cumplir con diligencia su arduo trabajo. Si bien es cierto, que la Iglesia tiene el mismo Espíritu que inspiró a los Autores Sagrados, no pretende en lo más mínimo disminuir, por esto, su trabajo de investigación. En el fondo está, precisamente, este Espíritu que atrae la atención de ambos sobre estos trabajos y les hace saber “el sentido” que intentó comunicarles. Por esto, la Iglesia, en su interpretación de la Sagrada Escritura, busca, al elaborar sus juicios, enriquecerse con los “datos previos”, proporcionados por el mismo método de investigación. ¡He aquí una de las sabias actitudes de la Iglesia!
21 Noviembre 2011 04:00:02
I DE II
Nunca, como ahora, el Magisterio de la Iglesia ha afrontado con tanta atención el asunto de la Revelación. Es cierto, que lo hace siguiendo todavía las pistas del Concilio de Trento y del Vaticano I, como lo manifiesta la introducción de la Constitución Dogmática sobre la Divina Relación del Vaticano II. Sin embargo, nunca se ha restringido al contenido de estos dos Concilios sino, más bien, los continúa, los desarrolla más ampliamente e, inclusive, los aclara en muchos puntos que los Concilios anteriores dejaron con cierta unilateralidad.

La Iglesia concibe la Revelación como un “donarse” de Dios mismo y como una “participación” que Dios hace de sí mismo a la humanidad, y no sólo de manera puramente intelectual como si se tratara de una simple comunicación de palabras que hablaran de Dios y sobre sus intenciones salvíficas, sino que “Dios tuvo a bien, en su bondad y sabiduría, revelar el misterio de su Voluntad, mediante el cual los hombres, por medio de Cristo, tienen acceso a Dios Padre para participar de su naturaleza Divina. Con este modo de Revelarse, Dios invisible, en su grande amor, habla a los hombres como a amigos y se entrelaza con ellos para invitarlos y admitirlos a la plena comunión con Él.

Por lo demás, la Revelación, en general, no se reduce sólo a palabras, no es sólo “doctrina”, sino, más bien una unión íntima de la acción y las palabras. En efecto: “Esta economía de la Revelación se manifiesta tanto con hechos y como con palabras, íntimamente ligados, de tal manera que las obras, realizadas por Dios en la historia de la salvación, manifiestan y refuerzan la doctrina y las realidades salvíficas expresadas por las palabras, y estas mismas palabras manifiestan las obras divinas y clarifican el misterio contenido en ellas”.

La Revelación es, por lo tanto, “la intervención” de Dios en la humanidad, en su historia. Intervención de Dios, que pone en movimiento los sucesos de la historia y abarca, como “elemento íntimo y esencial”, también la palabra, precisamente aquella palabra que suscita la fe en el hombre.

De la misma manera que la Revelación de parte de Dios es la “participación” de Dios mismo, así también, la respuesta del hombre a esta Revelación es la fe, en el sentido en que lo dice san Pablo en la carta a los Romanos: “A Dios que se revela, se le debe la obediencia de la fe”. (Rom. 16, 26), con la cual, el hombre, se abandona a Dios por entero y libremente, entregándole el “pleno obsequio de la inteligencia y de la voluntad”, adhiriéndose voluntariamente a la Revelación dada por Él. Y para que pueda darse, en la realidad, esta fe, es necesaria la intervención de la Gracia de Dios, que lo ayuda interiormente, con la acción del Espíritu Santo que mueve el corazón y lo atrae hacia Dios, abre los “oídos” de la mente, y da a todos la dulzura en el consentir y creer a la Verdad. Se trata, por lo tanto, de “donarse” a Dios que se manifiesta al hombre, inclusive de manera experimental.

Todo aquello que los Apóstoles recibieron directamente de Jesucristo o “por inspiración del Espíritu Santo” es “predicación Apostólica”. Esta fue, transmitida posteriormente a la Iglesia “por la Tradición” por medio de la palabra oral y bajo la inspiración del Espíritu Santo fue puesta por escrito por los “Apóstoles o por los hombres íntimamente ligados a ellos”. Esta palabra escrita es la Sagrada Escritura, a la cual se debe un especial honor, porque en ella, la predicación Apostólica “se expresa de un modo especial”.

¿Cuál es la relación entre la Tradición y la Sagrada Escritura?. La Sagrada Tradición y la Sagrada Escritura, están estrechamente ligadas y comunicadas entre ellas. Porque ambas brotan de la misma Fuente Divina, de tal manera que, en cierto modo, forman “una sola cosa” y tienden al mismo fin. En efecto, la Sagrada Escritura es palabra de Dios en cuanto fue escrita bajo la inspiración del Espíritu Santo y la Sagrada Tradición, recibida oralmente, transmite también la Palabra de Dios, confiada por Jesucristo y por el Espíritu Santo a los Apóstoles. Y a sus sucesores, a fin de que, iluminados por el Espíritu de la Verdad, con su predicación, la conserven fielmente y por escrito, la comuniquen y la difundan. La Sagrada Tradición y la Sagrada Escritura, constituyen un solo “Sagrado Depósito” de la Palabra de Dios confiada a la Iglesia.

14 Noviembre 2011 04:00:01
Rehabilitación de la mujer
En el cuadro de la concepción de la Iglesia como Pueblo de Dios también hay que plantear, necesariamente, la rehabilitación de la mujer.

Es necesario rehabilitar a las mujeres en cualquier lugar en donde no hayan alcanzado todavía la paridad, de hecho y de derecho, con los hombres. Bajo esta exigencia se descubre un deseo todavía más profundo y universal: las personas y los grupos siempre anhelan una vida plena y digna, propia de los seres humanos.

La mujer debe, naturalmente, junto con su marido, trabajar en la educación de los hijos. Por esto, además de la presencia activa del padre, deben salvaguardarse las atenciones domésticas de parte de la madre, de la cual tienen especial necesidad los pequeños. Sin embargo, tampoco debe descuidarse la promoción social de la mujer. De acuerdo con los tiempos, el cristiano no sólo debe reconocer esto, sino también estar atento a esta promoción social de la mujer y trabajar para que, tanto en el campo económico como en el político, y tanto en el nivel nacional como en el internacional, se reafirmen los principios fundamentales, mediante los cuales sea reconocido y actuado, en todas partes el derecho de todos y todas a una cultura humana conforme a la dignidad de las personas, sin discriminaciones de raza, sexo, nacionalidad, religión o cualquier condición social. Por esto, es necesario proveer a todos, (incluyendo, por supuesto, a la mujer), de una suficiente cantidad de bienes culturales, especialmente aquellos que constituyen la, así llamada cultura de base, a fin de que un gran número de personas, a causa del analfabetismo y de la privación de cargos de responsabilidad, no pueden ser capaces de dar una colaboración verdaderamente humana al bien común. También la mujer, ahora, debe colaborar al bien común universal.

Las mujeres en la actualidad ya se encuentran trabajando en casi todos los sectores de la vida humana. Sin embargo, conviene que ellas puedan también desarrollar plenamente aquellas tareas de su propia naturaleza. Dos principalmente: por una parte, la mujer debe poder desarrollar plenamente las funciones que tiene la vida social, y, por otra parte, que esta actividad vaya de acuerdo con su naturaleza de mujer que complementa a la del hombre. De esto se sigue que la aportación de la mujer a la vida social sea algo insustituible, y, por lo tanto, necesaria. Esta aportación debe ser reconocida y apoyada por todos los cristianos. La Iglesia lo expresa así: “Es un deber de todos hacer que la participación propia y necesaria de las mujeres en la vida cultural sea reconocida y promovida”.

La razón fundamental de esta insistencia de la Iglesia es, por un lado, la conciencia y la doctrina sobre la fundamental igualdad de todos los seres humanos. Por lo tanto, debe reconocerse que todos los seres humanos, dotados de alma racional y creados a imagen y semejanza de Dios, tienen la misma naturaleza y el mismo origen, y que, redimidos por Jesucristo, goza de la misma vocación y del mismo destino. Por lo tanto, es necesario reconocer, hoy más que nunca, la igualdad fundamental entre todos los seres humanos.

Es necesario hacer esta observación, porque existe, todavía ahora, toda clase de discriminaciones en los derechos fundamentales de las personas, por razones de sexo. En verdad, es necesario reconocer que estos derechos fundamentales de las personas no sean, todavía ahora, totalmente garantizados como sucedía en los tiempos en que se negaba a la mujer la facultad de elegir libremente a su marido y de elegir su propio estado de vida, o también el derecho de tener acceso a una educación y cultura paralela a la que se concede a los hombres.

La segunda razón fundamental de la actitud de la Iglesia en cuanto a la situación social de la mujer está en la profundización del hecho de que todo cristiano (y por lo tanto, también toda cristiana), posee su propio carisma, que los demás no tienen. Se trata aquí del carisma que ha sido dado a la mujer en su campo específico, precisamente por ser mujer. Carisma, que rinde sus propios frutos en la edificación de la Iglesia y de la humanidad y, entregar así, su aportación femenina, que es insustituible.

Y si es necesario incluir a la mujer en todas las actividades de la vida humana, es claro que también ella debe tener su parte en el apostolado de los laicos. Como por ejemplo, las comunidades de la Iglesia, las familias, los jóvenes, los ambientes sociales, el orden nacional e internacional. De la misma manera que en nuestros tiempos las mujeres toman parte cada vez más activa en la vida social, es de gran importancia que tengan una participación más amplia en los variados campos del apostolado de la Iglesia.
07 Noviembre 2011 04:00:41
El Pueblo de Dios
Con este término no debemos entender a todos los fieles enfrentados a la Jerarquía, sino más bien a la Iglesia en su totalidad, con todas las familias, comunidades y grupos que la conforman, pero todos ellos bajo el punto de vista de un pueblo, que Dios convoca para Él, que se le manifiesta, lo santifica, lo guía y, por medio de él, dirige al mundo entero hacia la perfecta unidad.

La Iglesia describe brevemente a este “Pueblo de Dios” como la expresión de la voluntad salvífica y soberana de Dios, que no está ligada a las situaciones limitadas de cada época histórica ni sólo a la pertenencia de un determinado pueblo. Todos pueden ser salvados.

En todo tiempo y en toda nación, Dios acepta a cualquiera que cree en Él y actúa con la justicia. Sin embargo, la actividad salvífica de Dios en la historia se resume en la formación de un especial “Pueblo de Dios”, con el cual Dios, ya desde el Antiguo Testamento, pactó una alianza y cómo poco a poco, lo instruye, en cada época de la historia se le Revela, le da a conocer su Voluntad y lo santifica. Sin embargo, esto es solamente la preparación y la imagen de la nueva y perfecta alianza a través de una Revelación más perfecta por medio de Jesucristo.

En esta Nueva Alianza el Pueblo de Dios se fundamenta no sólo en la carne sino, sobre todo, en el Espíritu, compuesta por judíos y no judíos, cuya cabeza es Jesucristo, que es también cabeza de toda la humanidad. El conocimiento de esta Nueva Alianza es más profundo y personal por la acción del Espíritu Santo y la aceptación de la Ley de Dios, como lo expresa Jeremías: “Pondré mi Ley en su interior y la escribiré en sus corazones”. El punto de partida de esta “Comunidad salvífica” es su institución en la Sangre de Cristo y, entre los hombres se instituye en la asimilación de la Palabra de Dios por medio de la fe y en el nuevo nacimiento como hijos de Dios a través del bautismo y la gracia del Espíritu Santo. En efecto, el individuo, en esta Nueva Alianza, se santifica convirtiéndose en miembro del nuevo Pueblo de Dios.

La independencia y las características de este Pueblo quedan establecidas por el hecho de que recibe determinadas estructuras operativas de su cabeza que es Cristo, tanto en su etapa terrena como en su glorificación. Además, el hecho de pertenecer a este Pueblo, trae como consecuencia el poder gozar de la libertad de los hijos de Dios. El orden y el bienestar de este Pueblo, brotan de la ley fundamental del amor. La formación de este Pueblo es la preparación de la realización del Reino de Dios hasta el fin de los tiempos. En este sentido este Pueblo Mesiánico constituye, para toda la humanidad, un “germen validísimo” de unidad, de esperanza y de salvación.

De la misma manera que ya al Israel del Antiguo Testamento se le llamaba Iglesia de Dios, así también al nuevo Israel se le llama Iglesia de Cristo. La Iglesia expresa de manera muy concisa el origen de su existencia y su fin, con estas palabras: el ser y que hacer de la Iglesia como Comunidad es la acción creadora, convocadora y unificadora de la voluntad salvífica de Dios. La causa histórica inmediata es Jesucristo, cuyo don es la salvación, la unidad y la paz. El fin es la realización de la unidad de toda la humanidad para formar “la gran familia de los hijos de Dios”. El sujeto de la salvación es, en primer lugar, y directamente, el Pueblo, la Comunidad, la Iglesia como “modelo” de la Alianza, mientras que cada individuo es sujeto sólo en cuanto que es miembro de este Pueblo portador de las promesas mesiánicas. Todos los caminos salvíficos de Dios conducen a la formación de una Gran Comunidad. Sin embargo, los hombres que no conocen este plan de la voluntad de Dios de formar un Gran Pueblo, y, por lo tanto no se constituyen como miembros de la Iglesia, (pero que, sin embargo, si siguen la voz de su conciencia), se colocan en el camino hacia esta Gran Comunidad y se orientan hacia la edificación del Reino de Dios.

¿En dónde pues está la importancia de la existencia de este “Pueblo de Dios”? Está en que este “Pueblo”, es la expresión del amor y de la Misericordia de Dios hacia los hombres. Esto es lo que ilustra bien la continuidad, (y también las diferencias) entre la Antigua y la Nueva Alianza. Esto expresa una más profunda actuación de la Iglesia en cuanto “comunión en el amor”, comunidad o asamblea. Esto también ayuda al trabajo del ecumenismo, especialmente en el diálogo con iglesias evangélicas. Esta realidad de “Pueblo de Dios” se acerca más, a la manera de entender las cosas, de la doctrina oriental de los ortodoxos y de la doctrina occidental sobre la Iglesia. Esta concepción de la Iglesia corresponde a las revelaciones de la Sagrada Escritura.
31 Octubre 2011 03:00:02
La Iglesia como un sacramento
La Iglesia nació directamente de Jesucristo, por eso es una “especie” de sacramento, “sacramento base”, en la visibilidad de su institución y en su gracia invisible, gracia que esta institución significa y comunica. La concepción de la Iglesia como sacramento es tan importante que merece ser considerada de manera especial.

No se trata, en efecto, de una expresión casual que la Iglesia quisiera usar sin darse cuenta de lo que dice, sino que muchas veces es una expresión bien usada y explicada.

Por ejemplo, cuando dice: “del costado de Cristo agonizante sobre la Cruz brotó el admirable sacramento de toda la Iglesia”.

En la Constitución dogmática “Lumen gentium” del Concilio Vaticano II, que trata sobre la naturaleza de la Iglesia, viene indicada, por una parte, la diferencia entre este sacramento y los “siete sacramentos”, porque la Iglesia es, según esta Constitución, “como un sacramento”, esto es, un sacramento sui generis, pero verdadero sacramento, porque significa y comunica la gracia:

La Iglesia es, en Cristo, como un sacramento, signo e instrumento de la íntima “unión con Dios”, unión que es producida precisamente por la gracia.

Por otro lado se ha dicho directamente que se trata del “sacramento de la salvación”, del “sacramento de la salvación humana”, y del “sacramento universal de la salvación”.

Entre los componentes de esta salvación universal, que la Iglesia, como sacramento, significa y comunica, se indica de manera particular, la unidad: la Iglesia es “sacramento de unidad”, esto es, Dios la ha constituido para que sea, para todos los hombres y para cada uno en particular, el sacramento visible de esta unidad salvífica, de la unidad que nace de la vida de la gracia, unidad que es de orden sobrenatural que, de alguna manera, unifica a la humanidad en general.

La Iglesia es, en efecto, “como un sacramento o signo e instrumento de la íntima unión con Dios y de la unidad de todo el género humano.

Como consecuencia de que el mundo se está unificando cada vez más por el fenómeno de la “globalización” debido a la eficacia y velocidad de los medios masivos de telecomunicación, la familia humana está tomando conciencia de que “toda ella” es una sola comunidad en medio del Universo, con una sola historia.

Cuando la Iglesia se inserta en esta situación de la globalización, lo hace como verdadero sacramento de unidad salvífica, y declara al mundo entero que también ella trabaja por la unidad, declara que ella misma, para este trabajo común, posee fuerzas que tocan los más profundos fundamentos de la unidad del género humano, que ella es, inclusive, el “signo eficaz” de la unidad.

La sacramentalidad de la Iglesia brota de Jesucristo: “Cristo es la luz de las naciones” y esta luz resplandece en el rostro de la Iglesia.

La Iglesia es, en Cristo, como un sacramento, signo e instrumento de la unión con Dios y de la unión de todo el género humano. En Jesucristo la Iglesia es la luz del mundo, en Él es el sacramento de la salvación y de la unidad.
24 Octubre 2011 03:00:28
El encuentro personal con Dios
Se dan los casos en los que, algunos católicos, consideran la administración de los sacramentos como si fueran una especie de magia. Porque la magia está ligada a un cierto “ceremonial”, que contiene algunas palabras, que se pronuncian sobre algunos objetos, por medio de los cuales, el mago intenta poner al hombre en contacto con fuerzas diabólicas.

De parte del hombre no se exige, ordinariamente, alguna actividad especial, es necesario solamente que el mago cumpla con lo prescrito por algún rito. Esto viene siendo en la realidad un “remedo supersticioso” de la administración de los sacramentos.

En efecto, para la administración de los sacramentos es necesario seguir un “ceremonial propio”, prescrito por las normas litúrgicas de la Iglesia, que, junto con determinadas acciones (por ejemplo, la imposición de las manos), se añaden ciertas palabras (por ejemplo cuando se administra el bautismo), también ciertos ritos (por ejemplo la unción con los santos óleos).

Toda la atención y la fe, en la celebración de los Sacramentos se dirigen a que se cumpla, con exactitud, lo prescrito por la Liturgia, de acuerdo al contenido de cada Sacramento, contenido, que se cumplirá, al momento de ser administrado. Sin embargo, suele suceder en la práctica, que se ignore “el encuentro personal con Dios”.

Es muy importante, por esto, aclarar que los sacramentos, no sólo presuponen el recibirlos con fe, sino que las palabras y los elementos rituales la alimentan, la fortalecen y la expresan, por esto, son llamados los “sacramentos de la fe”. La recepción de los sacramentos debe estar impregnada de fe. Cuando la fe ilumina con su luz la acción sacramental, esta acción adquiere la fuerza de una realidad muy rica, que exige del hombre una cooperación muy personal, para que pueda ponerlo en contacto vivo con Dios. Tratándose de la recepción de la gracia, en esta acción está presente, en primer lugar Dios Padre con su amor abierto hacia el hombre. Si Dios Padre no se dirigiera primero al hombre, no se realizaría la acción sacramental. Cada paso salvífico del hombre hacia Dios supone el paso gratuito de Dios hacia el hombre.

Y lo que el cristiano recibe con el sacramento es, simplemente, el efecto de este paso amoroso del Padre hacia él. Y, debido a que el sacramento es un “signo visible de la gracia invisible”, expresa, simbólicamente, la realidad invisible y personal de Dios. Esto es un misterio propio de las personas divinas.

Es por esto que el signo sacramental ofrece, de alguna manera, al hombre la vida personal de Dios, su misterio, o mejor: el Padre mismo ofrece su mano al hombre, por medio del signo sacramental, sin forzarlo de ninguna manera a aceptar la vida divina para unirlo a Él. Quien acepta libremente el signo sacramental se pone en la corriente que lo conduce al misterio personal de Dios y, se encuentra así, con el mismo Dios.

Jesucristo es el que, en este sistema sacramental, comunica su gracia al que recibe los Sacramentos. Jesucristo, así, continúa viviendo su “misterio pascual”, de muerte y resurrección en la Iglesia, en la Liturgia y en los Sacramentos. En efecto, son los sacramentos los que poseen, desde su fondo más íntimo, el “misterio pascual”. Y es precisamente por esto, que todos los Sacramentos, cada uno a su modo, significan y causan aquello que realiza el misterio de Cristo: la transformación salvífica de toda la existencia humana. San León Magno, ya lo expresaba así: “Aquello que era visible en nuestro Redentor pasó a convertirse en los Sacramentos”.

La actitud característica del “misterio pascual” de Cristo es el don de sí mismo, tanto a Dios Padre como a los hombres. Por esto es que los sacramentos representan a Cristo, precisamente en este “donarse a Dios Padre y a los hombres”, en los cuales Cristo se ofrece a los demás como el único acceso posible al misterio de la Santísima Trinidad.

Es claro, por lo tanto, que al recibir los sacramentos, el cristiano adulto no debe preocuparse, de manera superficial, de cumplir únicamente con el “rito” establecido. La recepción profunda de los sacramentos exige una participación plena y muy personal del hombre.
17 Octubre 2011 03:00:41
La espiritualidad del exorcista
3 DE 3

No podemos olvidar la importancia decisiva que tiene el recurso a la Virgen María en la lucha contra las fuerzas del Mal. No es que Ella sustituya a Jesucristo en la lucha contra Satanás, sino que es el mismo Jesucristo quien la pone junto a cada hombre y, en particular, junto a cada sacerdote, cuando se trata de este gran combate, para mantenernos estrechamente unidos a Él que es quien nos obtiene la victoria.

María, que Cristo mismo nos la ha dado desde la Cruz como Madre, (engendrándonos en aquel momento, con los sufrimientos que le causaron la muerte de su Hijo), se coloca junto a nosotros, con su amor y su protección materna, con su ayuda, con su intercesión y su oración continua. Además, si María sobre el Calvario, se convirtió en Madre de todos los hombres, lo es particularmente de todo sacerdote, sobre todo porque Jesucristo su Hijo es el Sumo Sacerdote, que se entregó Él mismo a la muerte por nuestra salvación, y, además, porque sobre el Calvario, le dijo a Juan, señalando a María: “He ahí a tu Madre”, (Jn. 19, 27). En este hecho Juan representaba a la humanidad entera y, también, a todos los sacerdotes de todos los tiempos, pues Juan había sido ordenado sacerdote por Cristo mismo, la tarde del día anterior, en el Cenáculo.

Desde la cruz, Jesús dijo a todo cristiano y, de modo particular, a todo sacerdote: “He ahí a tu Madre”, por lo cual, si es cierto que en todo caso la Virgen María se comporta con cada uno como Madre, sin embargo, para poder actuar como Ella desea, necesita que cada uno, por su propia cuenta, la acepte y se consagre a Ella con confianza total. Si esto se realiza y se renueva con perseverancia, todos los días, podemos estar seguros de que nuestra propia vida está protegida y que ningún enemigo nos hará daño. Sin embargo, debemos tener la firme decisión de hacernos sus hijos y fiarnos de ella como los niños se fían de su madre. ¿Y quien más que el sacerdote deberá tomar esta firme decisión?.

En efecto, la misión del sacerdote es inmensa, comprometedora, delicada y, por esto, tiene más necesidad que los demás de ser guiado, protegido y sostenido por esta Madre. En la medida en que un sacerdote está enamorado de María y se confía y abandona a Ella, haciéndose como un niño que se deja llevar por esta Madre, tanto más Ella podrá protegerlo y, al mismo tiempo será para él una poderosa barrera de protección contra todos los ataques del demonio.

Más todavía, si la guía, la protección y el apoyo de María son necesarios para todo cristiano, es todavía más necesario para el sacerdote, sobre todo si éste, es un sacerdote exorcista, que debe combatir “cara a cara” con el Maligno. Por esto no es concebible un sacerdote exorcista que no permita a María ejercitar, en máximo grado, el poder del amor de su maternidad hacia él. Un sacerdote exorcista, si quiere tener toda la ayuda de lo Alto, debe tener un amor desbordante por esta Madre, debe sumergirse en su espíritu, en su candor, en su plenitud de gracia, vivir en su Corazón Inmaculado para estar más estrechamente unido a Jesucristo y, así, aplastar la cabeza de la Serpiente. ¡Cuántos exorcistas enamorados de María oyeron decir al demonio: “Si no fuese por Ella, no sabes cuántas cosas te hubiera podido hacer”. Ella no me permite tocarte!”. Y qué gran consolación fue para un exorcista oír al demonio decir con gran repugnancia: “Ella (esto es, María), me ha ordenado decirte que te ama y te bendice”.
10 Octubre 2011 03:00:16
La espiritualidad del exorcista
DOS DE TRES PARTES

Si no es concebible que un sacerdote pueda desarrollar, eficazmente, su ministerio, descuidando su vida interior, tanto más, el intenso ritmo de vida espiritual, se requerirá para un exorcista, que tiene que luchar “de tú a tú” con el demonio. En el Ritual Romano, en las normas para observar durante los exorcismos, se dice que los exorcismos deben hacerse y leerse dando órdenes al demonio con gran fe en Jesucristo. Es propio, gracias a esta práctica de oración, que el exorcista pueda cumplir su ministerio siempre más unido a Jesucristo dejándolo actuar a Él, de la manera más provechosa posible, para poder librar a las personas atormentadas por el Maligno.

Sin embargo, también la santidad de los sacerdotes, contribuye mucho al eficaz cumplimiento de su ministerio. Si es cierto que la gracia de Dios puede realizar la obra de la salvación, incluso a través de ministros indignos, sin embargo, de ordinario, Dios prefiere manifestar su poder salvífico a través de aquellos que se han hecho más dóciles a los impulsos del Espíritu Santo, de tal manera que puedan decir como el Apóstol San Pablo, (gracias a su íntima unión con Cristo y a la santidad de su vida): “Ahora, ya no soy yo el que vive, sino, más bien es Cristo el que vive en Mí” (Gál. 2, 20).

Un beneficio posterior, (que no se debe descuidar), que le proviene al exorcista que lleva semejante unión con Dios, es la propia “defensa personal” para poder rechazar las diversas formas de tentación con las que el Maligno tratará de atacarlo en el ejercicio de su ministerio.

Además, si el Exorcismo Solemne está instituido por la Iglesia y es “la acción de la Iglesia”, entonces el sacerdote exorcista debe tener gran amor a la Iglesia. Pues, “donde está Cristo, está también la Iglesia, y donde está la Iglesia está también Cristo”. De aquí se deduce la importancia que tiene la comunión del sacerdote exorcista con su propio obispo, que es el que tiene la “plenitud del sacerdocio” y del cual el sacerdote recibe la autorización para practicar los exorcismos.

Cada sacerdote, en efecto, actúa precisamente en virtud de esta comunión con la plenitud sacerdotal del obispo, (verdadero sucesor de los Apóstoles), sobre el cual Jesucristo fundó a su Iglesia con todos los poderes divinos. Es deseable que haya un estrecho contacto entre el exorcista y el obispo. También es conveniente que el obispo asista al exorcista con solicitud paternal y que, por otra parte, el exorcista lo tenga bien informado de todo y se atenga a sus consejos y recomendaciones. También se recomienda que los sacerdotes que ejercen el ministerio de exorcistas tengan reuniones periódicas entre ellos y con su obispo, para compartir sus experiencias y reflexionar juntos. Es además, conveniente, que se realicen encuentros semejantes a nivel inter diocesano y nacional.

Inclusive el Santo Padre Benedicto XVI, en un mensaje dirigido a los exorcistas en la Audiencia General del 15 de Septiembre del 2005, los exhortó a proseguir en su importante Ministerio al servicio de la Iglesia, sostenidos por la Vigilante atención de sus obispos, y, añadió, también, de la incesante oración de la Comunidad Cristiana. Los exorcistas y las personas que colaboran con ellos deben apoyarse mutuamente con su oración personal y con su ayuno.

El término “ayuno”, debe entenderse en un sentido amplio, no sólo en el significado de “abstenerse de alimentos”, sino, entendiéndolo mejor como “práctica de penitencia”, que puede ejercitarse en varias formas. En efecto, el exorcismo es un sacramental, y las oraciones que contiene, no son oraciones “privadas”, sino que son “oraciones de la Iglesia”. El exorcista ora “en nombre de la Iglesia”, la cual actúa, a su vez, a través de él. Si, por lo tanto, es la Iglesia la que actúa en el exorcismo, es entonces la Iglesia misma la que, para llevar a cabo con fruto, tal tarea de liberación, deberá recurrir a aquellos medios propuestos por el mismo Jesucristo, esto es la oración y el ayuno.
03 Octubre 2011 03:00:05
La espiritualidad del exorcista
Un sacerdote que ejerce el ministerio de exorcista, teniendo que discernir bien para distinguir las causas auténticas del mal que oprime a una persona (presuntamente atormentado por el demonio), debe pedir con fe, con humildad y con sinceridad de corazón, la ayuda del Espíritu Santo, por medio de una oración ferviente y prolongada.

Con esto, ciertamente, no le será negada la ayuda de lo Alto, ni aquella luz que le permita aplicar los remedios que es necesario adoptar para el bien del poseso. Si se da cuenta de que se encuentra en la necesidad de practicar los exorcismos, el sacerdote exorcista sabe que podrá combatir al demonio mirando a Cristo y estando profundamente unido a Él en la Iglesia, porque es solamente de Él, de donde derivan a la Iglesia el poder y la tarea de exorcizar.

En efecto, la eficacia del exorcismo depende tanto de la autoridad espiritual para expulsar a los demonios, autoridad que la Iglesia ha recibido de Cristo, como de la fuerza de la súplica de la Iglesia.

La atención del exorcista debe estar, ante todo, dirigida a Jesucristo porque es Él el que actúa. El exorcista sabe que él es sólo un instrumento y que Jesucristo es el principal actor. La primera tarea del exorcista es, por lo tanto, la de hacerle espacio en sí mismo a Jesucristo para que Él pueda actuar sin obstáculos.

Expulsar a los demonios, no es cuestión de sólo recitar fórmulas o pronunciar palabras, sino que es más bien cuestión de actuar con fe y en estrecha comunión con Jesucristo. La vida de oración, de penitencia y la fidelidad a Jesucristo y a la Iglesia, es lo que permite a Cristo mismo actuar lo más eficazmente posible a través del ministerio del exorcista.

Si, por una parte, es cierto que este ministerio se realiza por la intercesión de la Iglesia, por otra parte también es cierto que la eficacia del exorcismo, dependerá igualmente de las disposiciones de quien lo administra y, eventualmente, también de las disposiciones de quien lo recibe. El exorcismo nada tiene que ver con la magia o con actitudes mágicas, precisamente porque exorcizar es actuar “en nombre de Cristo y con Cristo”.

Los mismos sacramentos son fuente de vida divina en nosotros, pero su eficacia no depende sólo de nuestra acción, sino sobre todo de la acción de Jesucristo. Nosotros solamente nos apropiamos de su fruto en la medida que aportemos nuestras buenas disposiciones.

Más aún, si un sacerdote celebra todos los días, la Santa Misa, y con fidelidad reza la Liturgia de las Horas, si no se propone cultivar seriamente su vida interior y su unión personal con Dios, (por medio de la meditación, un tiempo suficiente para la adoración del Santísimo Sacramento, el Santo Rosario, la confesión frecuente, momentos de retiro espiritual, etc.), entonces la vida divina que los sacramentos le proporcionan, no crece, no progresa, se frena, e inclusive podría perderse.
26 Septiembre 2011 03:00:50
La celebración eucarística (II de II)
La Iglesia siempre insiste en la necesidad de que todos los fieles sean instruidos “en la Palabra de Dios”. En el centro de la Celebración Eucarística no sólo está “la mesa del Cuerpo del Señor”, sino también, “la mesa de la Palabra de Dios”, a fin de que, por la mejor participación en la Palabra de Dios, los fieles participen, más abundantemente, de los tesoros de la Biblia, de tal manera que, en un determinado número de años, se medite con el pueblo la parte más importante de la Sagrada Escritura. Se recomienda, vivamente, la explicación propia que se hace en la homilía, como parte importante de la misma liturgia, en la que, a través del año litúrgico, se presenten todos los misterios de la fe y las normas de la vida cristiana.

Más todavía, en las Misas de los domingos y de las fiestas de precepto, celebradas con la participación del pueblo, no se omita la homilía.

La Iglesia subraya con fuerza,la importancia de la liturgia de la Palabra, declarando que las dos partes que constituyen, en cierto modo, la misa, esto es, la liturgia de la Palabra y la liturgia eucarística, deben estar unidas entre sí tan estrechamente que formen un solo acto de culto. Es por eso que la iglesia exhorta vivamente a los sacerdotes a que instruyan a los fieles con mucho cuidado, para que participen en la “misa entera”, especialmente los domingos y las fiestas de precepto.

Debido a que la Celebración Eucarística está ligada, de modo vital y orgánico, con toda la vida cristiana, que tiene como ley suprema el servicio al prójimo en la caridad, (que hoy significa el servicio a todos los hombres), bien se comprende esta otra recomendación: que sea restaurada, después del Evangelio, la homilía, la “oración común”, llamada también “de los fieles”, de tal manera que, con la participación del Pueblo, se hagan especiales oraciones por la Santa Iglesia, por aquellos que nos gobiernan, por todos los que se encuentren en diversas necesidades, por todos los hombres y por la salvación de todo el mundo.

La Iglesia siempre nos recomienda mucho, que para realizar una participación más plena en la misa, los fieles, después de la comunión del sacerdote, reciban el Cuerpo del Señor, a través de la comunión sacramental, inclusive que, cuando sea posible, los laicos la reciban “bajo las dos especies” de pan y vino consagrados.
19 Septiembre 2011 03:00:20
La celebración eucarística
Es conocido como el movimiento litúrgico de los últimos años contempló especialmente la reforma de la Celebración Eucarística, sobre todo la que se celebra los domingos con el mayor número posible de participantes. Ya desde el siglo XVI, en el Concilio de Trento se hizo conciencia de la necesidad de reformar esta celebración. Pero las reformas que se realizaron, fueron limitadas, debido a las circunstancias demasiado apologéticas del tiempo. Pero los trabajos que se hicieron, en lo tocante a la Eucaristía, marcaron decididamente los cambios que se habrían de realizar en el Concilio Vaticano II. En efecto, el Vaticano II, hablando de “El Sacrosanto Misterio de la Eucaristía”, manifiesta una clara amplitud, por ejemplo, el término “Misterio” significa un lenguaje universal, así como también las palabras Sacrificio y Sacramento.

Este sacrificio es, naturalmente, la “continuidad” del sacrificio de Cristo sobre la cruz, para “perpetuarlo”, expresión que vino a sustituir la redacción anterior que hablaba de “prolongar” el sacrificio de Cristo. Al mismo tiempo se habla ahora de que, la celebración eucarística es “el memorial” de Cristo, término que encontramos frecuentemente en el uso común. La Eucaristía es “el memorial” no sólo de la “muerte” sino también de la “Resurrección de Cristo”. La celebración eucarística es, además, “el sacramento de piedad religiosa”. Expresión que proviene de la 1 Tim. 3, 16, que significa allí todo el Misterio de Cristo, (desde la Encarnación hasta la Glorificación “a la derecha del Padre”), Misterio que significa el cabal cumplimiento de la Religión Cristiana. La Iglesia, aplicando la fórmula de san Pablo al Misterio Eucarístico, afirma que, en la Celebración Eucarística está presente y operante el misterio de Cristo.

El Sacrificio Eucarístico es también, “signo de unidad, vínculo de caridad, convivio pascual, en el cual se recibe a Cristo, el alma se desborda de gracia y se nos da la garantía de la gloria futura”. Por esto, la Iglesia se preocupa vivamente de que los fieles no asistan nada más como extranjeros o mudos espectadores, sino que, comprendiéndolo bien, por medio de los ritos y de las oraciones, “participen”, en la acción sagrada consciente, devota y activamente. No se trata, de cualquier “compresión” de los ritos y de las oraciones, sino de la comprensión del mismo Misterio, y precisamente de todo el Misterio Eucarístico. Por lo tanto no se trata sólo de “entender bien” los ritos y oraciones, sino que se necesita la “comprensión” del Misterio.

La Iglesia se preocupa, de que los fieles sean instruidos en la Palabra de Dios, se alimenten de la mesa del Cuerpo del Señor, le den gracias, ofreciéndose como “Hostias Inmaculadas”, no solamente a través de las manos del sacerdote, sino “juntamente con él”, aprendiendo a ofrecerse a sí mismos, día tras día, por medio de Cristo Mediador, de tal manera que sean perfeccionados en la unión con Dios y entre ellos, y así, “Dios sea todo en todos”.
12 Septiembre 2011 03:00:34
Nuestra experiencia de Cristo en la liturgia
En la profundidad de la liturgia está el “Misterio Pascual”, esto es en el tránsito de Cristo a través de su pasión, muerte y resurrección. Es aquí donde se encuentra la esencia más noble de la presencia y la acción de Cristo.

Cristo, encarnado y glorificado, en la Gloria del Padre, no está presente solamente “bajo las especies eucarísticas”. Él está presente también en todos los sacramentos, “de modo que cuando uno bautiza es Cristo mismo el que bautiza”. Él está presente también en su palabra, en la Sagrada Escritura, que la liturgia anuncia y explica. Es Él mismo quien habla en esta su Palabra. Él está presente en la liturgia cuando la Iglesia ora y canta.

Esta repetición de las palabras “está presente”, demuestra lo lejos que está la visión restringida según la cual la “presencia” de Cristo glorificado en la Iglesia terrena, estuviera solamente en la eucaristía. En la Liturgia Cristo se hace presente de diversas maneras. De una manera “bajo las especies eucarísticas”, de otra, por medio de su palabra. En efecto, Jesús dice: “la paz les dejo, mi paz les doy… Quien permanece en Mí y yo en Él, da mucho fruto”. Precisamente a causa de “esta presencia”, que se realiza por medio de signos sensibles, se lleva a cabo la santificación del hombre.

Precisamente porque se realiza la presencia de Cristo en la liturgia, el cristiano, ¿no debería darse cuenta de esta presencia, de alguna manera?. Los más antiguos himnos sagrados que se han rezado y cantado en la liturgia por todo el pueblo, expresan la experiencia de esta presencia de Cristo.

Cuando la comunidad cristiana, en la acción litúrgica, escucha, ora y canta, la fuerza de la fe se reaviva en los corazones, porque siempre la acompaña una luz interior que los cristianos la conocen bien y la piden.

Esta luz es Cristo, que ilumina el alma y sus sentidos. Los cristianos, cuando oran, piden a Dios que ilumine la oscuridad interior, a fin de que la mente pueda gozar de esta luz. Jesucristo está “realmente” presente en los cristianos. Cuando los cristianos piden ser “iluminados”, lo que están pidiendo es la presencia experimental de Cristo para poder sentirla.

Cuando Cristo ilumina el alma, la despierta de su somnolencia y la libera de las cadenas del pecado. Los cristianos lo invocan cuando dicen: “Tú que participas de la luz del Padre, que eres Tú mismo luz de luz, libera nuestra alma de la oscuridad”. O también cuando dicen: “Tú, Jesucristo, quita el sueño, rompe las ataduras de la noche, deshaz el viejo pecado, ilumina el corazón con una nueva luz”.

Y también es notable, cómo la sola mirada de Cristo, indujo a Pedro, al arrepentimiento después de que lo negó tres veces. De esta manera Cristo lavó la culpa de Pedro con solo su mirada.

Por eso, se entiende cómo la mirada interior de Cristo es, para todos los cristianos, un medio de redención, como se verifica cada vez que un pecador se confiesa sacramentalmente, al recuperar la paz interior y la liberación del sentimiento de culpa.

Estos son los cristianos, que se alimentan con la Sagrada Escritura y reciben con regularidad los sacramentos de la Iglesia. Encontramos claramente en las cartas de san Pablo expresiones que manifiestan la unión vital y experimental que el apóstol de los gentiles tenía de Cristo glorificado. Esta experiencia, según san Pablo, no es un privilegio especial, ni una cosa que supere la vocación del cristiano ordinario. En 2 Corintios 13, 5, él supone que todos los cristianos vivan la unión experimental con Cristo: “¡Pónganse a prueba para ver si están en la fe, examínense a ustedes mismos! ¿O no saben reconocer que Jesús está en ustedes? a través de la experiencia de Cristo podrán reconocer ustedes mismos si están en lo justo. Y entonces tendrán la prueba de que es Cristo el que habla en mí” (2 Cor. 13, 3).
05 Septiembre 2011 03:00:32
Descubrir a Cristo entre los no cristianos
El mandato misionero que Cristo dio a su Iglesia comprende la tarea de dirigirse, no solamente a cada hombre en particular, sino a todos “reunidos en un solo pueblo”.

En cuanto a este designio universal de Dios, se entiende que debe actuarse no sólo de manera, por así decirlo, “secreta” en la mente de cada hombre o mediante aquellas “iniciativas” que, aunque no sean todas religiosas, acerquen a la gente a Dios, gente que, a veces sin saberlo, lo anda buscando aunque sea, “como a tientas”, por más de que Él no está lejos de ella. (Hechos 17, 27).

Estas “iniciativas” deben ser “iluminadas y enriquecidas” para que, “por benigna disposición de la Divina Providencia”, puedan ser, de alguna manera, un camino pedagógico válido, que los conduzca al encuentro del Dios Verdadero o a una preparación para comprender mejor el mensaje del Evangelio.

San Ireneo lo expresa así: “El Verbo, que está siempre ante Dios, por medio del cual todo ha sido creado y que siempre está `cerca´ del género humano…”. Con esta expresión, se comprende que la voluntad salvífica de Dios actúa de manera, por así decirlo, “secreta” en el centro personal de cada individuo, aún fuera del cristianismo y antes de la Encarnación de Cristo, con lo cual se confirma que, aun fuera del cristianismo y antes de la Encarnación, los hombres, (tal vez sin saberlo), andan buscando a Dios. La Iglesia comprende, con esto, de que Cristo, según el texto de san Ireneo, “está cerca del género humano” ya desde antes de la Encarnación y de que Cristo “revela al Padre”, y que lo revela “desde el principio”, que lo revela “a todos” inclusive a los no cristianos.

Desde el principio, el Hijo eterno de Dios, que está presente en todo lo creado, revela a todos al Padre, a quienes Él quiere, cuando quiere y como quiere. Esta revelación del Padre, fuera del cristianismo, es, naturalmente, el misterioso comienzo de la realización de la voluntad salvífica universal de Dios. Pero Dios, con el fin de establecer la paz, (esto es, restablecer la comunión con Él), y de realizar entre los hombres, (que son pecadores), la unión fraterna, decidió entrar, de manera nueva y definitiva en la Historia humana, enviando a su Hijo en nuestra carne, para sustraer del poder de las tinieblas y de Satanás, desde su propio medio, a los hombres y reconciliar Consigo Mismo al mundo entero. (2 Cor. 5, 19). De esta manera, Dios, que había creado todas las cosas, las rescató por medio de su Hijo. (Ef. 1, 10).

En la actualidad, se comprende que Cristo actúa en el Universo, ya desde el principio, aunque todavía no se manifestara de manera personal, sino más bien, como una “fuerza impersonal”. Pero ya actuando, desde el principio, y precisamente en la misma dirección como actuó en la Encarnación, como una fuerza que “unifica” todas las cosas, que integra a todo el Universo en Sí Mismo, en el punto central de la Historia y del mundo.

La Iglesia nos presenta a un Cristo que, aun fuera del cristianismo, “está cerca de todo el género humano”, que, aún fuera del cristianismo, revela al Padre. Lo presenta como el sembrador que, aún fuera del cristianismo, riega la semilla que llega a germinar, inclusive, en otras tradiciones populares y religiosas. El misionero tratará, naturalmente, con alegría y respeto, de descubrir a este Cristo oculto entre los no cristianos. Los misioneros, para que puedan dar un testimonio útil, deben estrechar las relaciones de estima y de amor con estos hombres, y manifestarse como miembros de aquel grupo humano, en el cual vivan, y a tomar parte, a través del complejo de las relaciones y de los asuntos de la existencia humana, de la vida cultural y social.

Deben familiarizarse con sus tradiciones nacionales y religiosas, deben descubrir, con alegría y respeto, aquellas “Semillas del Verbo”, que se encuentran ocultas entre ellos.
29 Agosto 2011 03:00:12
La encarnación misionera
Una de las afirmaciones de la Iglesia acerca de su trabajo misionero, es la relación que hay entre “la Gracia y la naturaleza humana” después de la justificación.

Según nos refiere la Teología Dogmática, el hombre, aun estando en estado de Gracia, no puede hacerlo todo sin una especial ayuda de Dios, ya que, aun conociendo que el pecado original no “corrompió” totalmente la naturaleza humana, se reconoce que el ser humano no tiene el control completo de sí mismo.

Sin embargo, la Teología Dogmática no nos aclara del todo cómo se relaciona el hombre con su naturaleza, bajo la acción de la Gracia.

En efecto, se puede afirmar que la Gracia de Dios pone a su servicio todo aquello que en la naturaleza humana hay de bueno, que la Gracia ennoblece todo y lo eleva al orden sobrenatural, de modo que, a su manera, imprime el carácter sobrenatural al hombre. La Gracia pone a su servicio aún las fuerzas corporales.

De la misma manera que las particularidades psíquicas son “patrimonio común” de la sociedad o de una nación entera, así también la acción de la Gracia aparecerá de manera especial, según estos principios, en toda la sociedad y en todas las naciones.

Esto no significa que “se forzaría a la Gracia” a dar a todo hombre o a todo pueblo, en todo y por todo, la misma forma. Como que la Gracia adquiere aquella forma que tiene la naturaleza humana, en la cual es infundida. Sólo así, la Gracia podrá, de verdad enraizarse, esto es “encarnarse”, vivir y desarrollarse en la naturaleza humana.

La afirmación de que es necesaria tal “encarnación” de la Gracia en la naturaleza humana en cada una de las naciones en estado de misión, podría llamarse “la encarnación misionera”. Así lo expresa el Decreto del Concilio Vaticano II sobre la actividad misionera de la Iglesia.

La Catequesis, la Liturgia y la Legislación Eclesiástica deben también adecuarse a las características de cada pueblo. Los laicos deben expresar la vida cristiana, en el ambiente social y cultural de su propia patria, según las tradiciones nacionales. Sin embargo, hay que hacer notar, que es necesario evitar toda forma de “sincretismo” (esto es evitar la mezcla indiscriminada de diversas doctrinas y prácticas religiosas), evitar también el erróneo “particularismo”, aun teniendo que acomodarse a las características de cada cultura.

El misionero debe apreciar mucho el patrimonio, la lengua y las costumbres del pueblo, en el que esté integrado. Él debe conocer a fondo las normas religiosas y las ideas más profundas de cada pueblo, en cuanto a sus tradiciones, en lo que ya tengan referente a Dios, al mundo y al hombre.

Las Misiones no deben ser dirigidas por algún órgano que no tenga conocimiento directo de la situación misionera concreta.

En la Dirección de la Sagrada Congregación para las Misiones, deben tener parte activa, con voto deliberativo, los representantes elegidos entre todos aquellos que colaboran a la actividad misionera. Una tarea especial tienen también las Conferencias Episcopales de los Países que se encuentran en estado de misión.
22 Agosto 2011 03:00:02
Reforma de la Curia Romana (II de II)
La Curia debe ser “el instrumento que necesita el Papa para poder desarrollar bien el mandato divino que le corresponde”. Por esto, la Curia debe aceptar realistamente la crítica. De la misma manera, que se dirigen a la Curia muchas felicitaciones y reconocimientos por sus indiscutibles méritos, le suelen llegar también algunas críticas. La crítica “es un estímulo a la vigilancia, un llamado a la observación, una invitación a la reforma, un impulso para la perfección. Por eso, las críticas deben ser bien recibidas, con humildad, con reflexión y aún con sincero reconocimiento”. No necesita defenderse, ni hacerse sorda, especialmente cuando se trata de voces de amigos y de hermanos. Ante las acusaciones, (que frecuentemente son infundadas), la Curia debe responder para defender su honor.

Pero sin rencores, sin circunloquios, sin polémicas. Así se podrá reconocer que el propósito de modernización de las estructuras jurídicas y la profundización de la conciencia espiritual, no solamente no encuentran resistencia, en lo tocante al centro de la Iglesia, sino que encuentran a la Curia misma a la vanguardia de aquella constante reforma, de la cual la Iglesia misma, en cuanto institución humana y terrena tiene perpetua necesidad. La Curia Romana tiene necesidad de simplificación y de descentralización. Es fácil prever y desear que en la Curia puedan introducirse algunas reformas. De los últimos reordenamientos que ha tenido la Curia, han pasado ya muchos años. Es explicable que tales reordenamientos se puedan desmejorar, debido a su venerable edad, como puede suceder a la disparidad de sus órganos y de su praxis respecto a las necesidades y a las costumbres de los tiempos nuevos. De la misma manera que conviene a los mismos tiempos la necesidad de simplificarse y descentralizarse como también de ampliarse y habilitarse para desempeñar nuevas funciones. Por lo tanto frecuentemente se necesitarán hacer nuevas reformas. La Curia debe actuar con la más amplia visión sobrenatural y acostumbrarse a la más refinada función ecuménica. La Curia no será celosa de las prerrogativas temporales que tenía en otros tiempos, ni de mantener formas exteriores que ya no son idóneas, ni retener algunas facultades que, sin lesionar el “Orden Eclesiástico Universal”, hoy cada Episcopado puede ejercer mejor por sí mismo. Todavía más, el Concilio expresa el deseo de ver asociado a la Curia algún representante de cada Episcopado, (particularmente de los Prelados que dirigen una Diócesis), que colabore con la Cabeza Suprema de la Iglesia, en el estudio y en la responsabilidad del Gobierno Eclesiástico. Seguramente la Curia Romana no se opondrá a este deseo, antes bien, se sentirá honrada en su sublime e indispensable servicio, que es, específicamente administrativo, consultivo y ejecutivo.

Los Obispos participantes en el Concilio Vaticano II expresaron el deseo de que los Dicasterios de la Curia Romana, que sin duda, hasta ahora han proporcionado un precioso servicio al Romano Pontífice y a los Obispos de la Iglesia, tengan un nuevo ordenamiento, más adaptado a las necesidades de los tiempos, de las regiones y de los ritos, especialmente en lo que respecta a su número, a su denominación, a su competencia, a su praxis, y a la coordinación de su trabajo. También consideran que, en el ministerio pastoral de los Obispos, se defina más exactamente el oficio de los Delegados del Romano Pontífice. Y, debido a que estos Dicasterios han sido constituidos para el bien de la Iglesia Universal, se manifestó el deseo de que sus Miembros, Oficiales y Consultores, al igual que los Delegados del Romano Pontífice, en los límites de lo posible, sean, de manera más amplia, elegidos entre las diversas regiones de la Iglesia, de tal manera que los diferentes oficios y órganos centrales de la Iglesia adquieran un verdadero carácter universal. Es también deseable que, entre los Miembros de los Decasterios se integren algunos Obispos, especialmente Diocesanos, para que puedan, de manera más completa, presentar al Sumo Pontífice, la mentalidad, los deseos y las necesidades de toda la Iglesia. Por último, los participantes en el Concilio, consideraron que es muy útil que los Sagrados Dicasterios pidan, más que en el pasado, el parecer de los Laicos, que son diferentes en sus virtudes, doctrina y experiencia, a fin de que, también ellos, tengan un lugar conveniente en la vida de la Iglesia
15 Agosto 2011 03:00:14
Reforma de la curia romana (I de II)
El Decreto sobre el Oficio Pastoral de los Obispos describe así el objetivo de la Curia Romana: “En el ejercicio de su suprema, plena e inmediata potestad sobre toda la Iglesia, el Romano Pontífice se ayuda de los llamados “Dicasterios”, que, por esto, cumplen su tarea en el nombre y en la autoridad de él, para provecho de las Iglesias y al servicio de sus Pastores”. El conjunto de las funciones oficiales de la Curia Romana está compuesto, (para usar la terminología moderna), por los ministerios, los tribunales y las oficinas. El “oficio” más importante es “la Secretaría de Estado”. Los “ministerios” se llaman Congregaciones.

En el clima postconciliar, y aun durante el Concilio, la crítica, dirigida contra la Curia, contenía, principalmente, los siguientes deseos y pareceres: la Curia debería ser un órgano solamente administrativo y ejecutivo, y no debería funcionar como un foro prácticamente legislativo. La Secretaría de Estado es, sobre todo un oficio político, y no es justo que una instancia, prevalentemente política, tenga un papel demasiado importante en la Iglesia, ya que, según su propia esencia, sus funciones y sus estructuras necesitan de puntos de fuerza diferentes. Todos los funcionarios más importantes del aparato administrativo del Papa son Arzobispos sin Diócesis, aunque no tengan alguna función, para la cual se requiera la consagración episcopal. Este órgano dirigente de la Iglesia Universal, presenta todavía demasiadas características del gobierno de la Diócesis de Roma, en la cual cada Cardenal debe tener parte, en cierto sentido, aun si es Obispo residencial de una Diócesis propia, debiendo tener en Roma una iglesia llamada “titular”.

En esta situación, tuvo una gran resonancia la alocución de Pablo VI sobre la Reforma de la Curia Romana (21 de Septiembre de 1963). El Papa propuso tres vías: la transferencia a los Obispos de algunas facultades que, en el curso del tiempo, la Curia se había reservado para sí misma, la integración de un mayor número de Obispos residenciales como consejeros de las Congregaciones Romanas, el “Sínodo de los Obispos”, formado por Obispos representantes de las Conferencias Episcopales, reunidos ante el Papa (aunque no fuera de manera permanente). Además de todas estas propuestas el discurso del Papa a la Curia contiene muchas otras prospectivas. Como por ejemplo: Que la adhesión de la Curia al Concilio sea clara. “La hora es grande y sagrada, Nosotros, y los miembros de la Curia Romana, en primer lugar, debemos vivirla con profunda comprensión y corazón magnánimo. La primera expresión de esta “adecuación” de nuestro espíritu a la grandeza del futuro, debe ser la uniformidad de las voluntades…, la identidad de puntos de vista… Sin embargo, cualesquiera que hayan sido las decisiones del Concilio, es el Papa el que las proclama, el Vicario de Cristo. Es al sucesor de San Pedro (quien a ningún otro secunda) que la Curia Romana, reconoce como su Obispo, su Maestro, su Cabeza”.
08 Agosto 2011 03:00:28
El Colegio Episcopal (II de II)
Si el Papa tiene, sobre toda la Iglesia “una potestad plena, suprema y universal”. Y por otro lado, la potestad de los obispos sobre toda la Iglesia también es “suprema y plena” y que no tiene su origen en la potestad del Papa. ¿Cuál es, entonces, la relación que existe entre estas dos “potestades plenas y supremas”?. El Papa es la cabeza y, al mismo tiempo, un elemento constitutivo del Colegio de los Obispos. Sin él, el Colegio de los Obispos no existe.

Pero también el Papa está, en cuanto Cabeza del Colegio, siempre ordenado al Cuerpo del Colegio y, por lo mismo está vinculado orgánicamente a la vida de la Iglesia. Se dice que el Papa como Pastor Supremo de la Iglesia, puede ejercer su potestad en todo tiempo y según su parecer, como lo requiere su mismo oficio. Esto no significa que el Papa pueda decidir de manera autoritaria y arbitraria, separado de la vida de la Iglesia, que siempre está guiada por el Espíritu Santo. En efecto, el Papa debe ejercer su potestad “como es requerido por su mismo oficio”, y al mismo tiempo “ordenar, promover y aprobar el ejercicio colegial de los obispos”. Debe también “mantener su atención en el bien de toda la Iglesia”, pues, tanto él, como toda la Iglesia, es vivificado por el Espíritu Santo, presente en toda la vida de la Iglesia.

Si el ejercicio de la potestad del Papa está orgánicamente unido a la vida de la Iglesia, este “ejercicio de la potestad”, comprende, al mismo tiempo, “el consenso del Colegio de los Obispos”, consenso que, por otra parte, en el pensamiento y en la acción, permanece orgánicamente unido a la única vida de la Iglesia. Aun así, el Papa, en el ejercicio de su potestad, no tiene necesidad de alguna delegación o confirmación por parte del Colegio de los Obispos. Sin embargo, se trata, en el fondo, del único y mismo sujeto de la “suprema y plena potestad sobre toda la Iglesia”, esto es, del Colegio de los Obispos “con el Papa y bajo el Papa”.

Si, por otro lado, el Papa “pueda ejercitar su potestad en todo tiempo y según su parecer”, (aunque no puede hacerlo de manera arbitraria), ¿no es entonces la autoridad y la iniciativa del Colegio de los Obispos, una palabra sin contenido? ¿No es, entonces, verdadero, que el Papa, en todo momento, pueda, prácticamente, bloquear esta autoridad e iniciativa de los Obispos? Se puede decir que, hasta ahora, no existe alguna norma eclesiástico-jurídica que pueda evitar esta posibilidad. Sin embargo, teniendo en cuenta que esto pudiera turbar la mente de algunos, hay que recordar que el Papa está sujeto al Evangelio, a la moral, a la justicia, a la prudencia, etc. Y que él debe, de acuerdo a un hecho jurídico-constitucional, (que es precisamente el Colegio de los Obispos, instituido por Cristo), mantener vivo, tanto en la teoría como en la práctica, a este Colegio, a fin de que sea eficiente y, defenderlo así, de la atrofia.
01 Agosto 2011 03:00:57
El Colegio Episcopal
Fue un tema principal entre los demás tratados en el Concilio Ecuménico Vaticano II. Se necesitaba completar el concepto jurídico de la relación entre la potestad del Papa y la de los obispos y la visión de la vitalidad sobrenatural de la Iglesia. Al mismo tiempo, se trataba de superar la tendencia del centralismo papal y del “uniformismo romano”, que existían desde el Concilio Vaticano I e, inclusive, desde la Edad Media. Se trataba de armonizar las relaciones entre cada uno de los obispos con el sistema de gobierno de la Curia Romana, en una palabra, se trataba de superar la forma histórica del “Primado de Jurisdicción”. La idea del “Colegio de los Obispos” debería ser, en todo, un elemento “equilibrador”.

El Concilio declaró así: “como san Pedro y los otros Apóstoles constituyeron, por voluntad del Señor, un único “Colegio Apostólico”, de igual modo el Romano Pontífice, sucesor de Pedro, y los obispos, sucesores de los Apóstoles, están unidos entre sí. Ya, una antiquísima disciplina de la Iglesia, en la cual los obispos de todo el mundo se comunicaban “entre ellos y con Obispo de Roma en el vínculo de la unidad, de la caridad y de la paz”, y paralelamente, reunidos en Concilio, para decidir entre ellos cualquier asunto, (aun de gran importancia), después de haber valorado el consejo de muchos, manifestaban la “naturaleza colegial del orden episcopal”, que se siguió manifestando en los siguientes Concilios Ecuménicos celebrados a lo largo de los siglos. Esta misma práctica se siguió aplicando al convocar a todos los obispos para participar en la elección del nuevo Sumo Pontífice. Así también, de la misma manera, se constituye a un sacerdote como miembro del cuerpo episcopal, en virtud de la “consagración sacramental” y la comunión jerárquica con la “Cabeza del Colegio y con sus miembros”.

Este “cuerpo episcopal no tiene autoridad si no está en plena comunión con el Romano Pontífice, sucesor de Pedro, el cual es cabeza de todos los Pastores y los fieles”. Con “el Papa y bajo el Papa”, el Colegio de los Obispos tiene, por lo tanto la misma potestad del Romano Pontífice. El mismo texto conciliar afirma que el Papa tiene, sobre toda la Iglesia “una potestad plena, suprema y universal”. Por otro lado, la potestad de los obispos sobre toda la Iglesia también es “suprema y plena”, que no tiene su origen en la potestad del Papa.
25 Julio 2011 03:00:27
Toda vida cristiana es ‘evangélica’
En los escritos espirituales todavía suele usarse el término “vida evangélica” exclusivamente para la vida eremítica o, más generalmente, para la forma monástica de la vida cristiana, o, en un sentido más amplio todavía, para la vida religiosa en general.

Este uso nos sorprende. Si algo es “evangélico”, ¿no es, precisamente el amor como servicio a los demás, el amor que constituye el centro del Evangelio y que es la ley evangélica por excelencia, el amor que da la perfección a toda vida cristiana? ¿Acaso no es verdadero que algo puede llamarse “evangélico”, precisamente en cuanto que es (como es el contenido del Evangelio) una expresión particular de esta ley del amor “evangélica” por excelencia?

La Iglesia se aleja de tal uso del término “evangélico” en primer lugar cuando hablando de la “Vocación Universal a la Santidad”, al mencionar la vida religiosa, habla de la práctica “de los consejos que suelen llamarse evangélicos”. De una determinada manera de ver las cosas (que ciertamente no es general) nace la costumbre de llamar a la práctica concreta de la pobreza, castidad y obediencia (como se acostumbra en la vida religiosa) con el nombre de “la práctica de los consejos evangélicos”.

Rigurosamente hablando, aquel “modo especial” en el que, en la vida religiosa se practica la pobreza, la castidad y la obediencia, no viene indicado en algún versículo del Evangelio. El Evangelio no habla nunca de la pobreza “religiosa”, de la obediencia “religiosa”, del celibato “religioso” como una función eclesiástica. De esta práctica de los consejos, se puede decir como máximo que “está fundada sobre las palabras y los ejemplos de Jesucristo”, lo cual, no significa, en algún modo, una identidad formal. Cuando, más tarde, la Iglesia habla de los “consejos evangélicos”, debemos entender este término en el sentido en que lo acabamos de expresar: se trata siempre de los consejos “que suelen llamarse evangélicos”.

Todavía más importante de esta precisión, está el hecho de que la Iglesia atribuye el término “evangélico”, expresamente a todos los cristianos y particularmente a los laicos. Estos “viven en el mundo”, esto es, involucrados en todos y en cada uno de los deberes y asuntos del mundo y en las condiciones ordinarias, en que su existencia está como entretejida. Estando en el mundo Dios los llama a colaborar, desde dentro, a modo de fermento a la santificación del mundo mediante el ejercicio de su propio oficio, “guiados de espíritu evangélico”, y en este modo, “dan a conocer a Cristo a los demás”, principalmente con el testimonio de su propia vida y con el resplandor de su fe, de su esperanza y caridad. A ellos, les corresponde, particularmente, iluminar y ordenar todas las realidades temporales, a las que están estrechamente ligados, de tal manera que siempre las hagan prosperar según Cristo. Los laicos deben, por lo tanto, en su función eclesial, dejarse “guiar por el espíritu evangélico”. Este tipo de vida y este tipo de actividad expresa necesariamente “el Evangelio”, manifiestan al mismo Cristo, que es el Cristo propiamente “evangélico” e impregnan del mundo natural el modo de ser de Cristo.

También los laicos deben vivir las actitudes que son resaltadas por el Evangelio: “Todo laico debe ser un testigo de la resurrección y de la vida del Señor Jesús y un signo del Dios vivo, ante el mundo”. Todos juntos, y cada uno en particular, deben alimentar a la sociedad con toda clase de frutos espirituales y, de esta manera, difundir el modo de ser del cual están animados aquellos “pobres de espíritu” que el Señor del Evangelio proclamó bienaventurados. (Mt. 5, 3-9).

Cualquier cristiano tiene que difundir el espíritu evangélico del Sermón de la Montaña, y debe, primero, vivirlo en sí mismo, y realizar en sí mismo “la vida evangélica”.
18 Julio 2011 03:00:55
La opinión pública en la Iglesia
Si cada cristiano tiene su propio carisma, que los demás no tienen, si los laicos son, a su modo, participantes del oficio sacerdotal, regio y profético de Cristo, y esto, en un modo que constituye un complemento esencial y necesario para el cumplimiento de los oficios de los religiosos, de los sacerdotes y de la autoridad eclesiástica, entonces, es claro que los laicos, a su modo, “movidos por el Espíritu Santo”, deben tener “intuiciones” propias en cuanto al desarrollo de la vida interna de la Iglesia, como también de la vida del mundo. “Intuiciones” que el Espíritu Santo no suscita en las autoridades eclesiásticas, ni en los sacerdotes, ni en los religiosos. Se trata de actitudes que el Espíritu Santo suscita sólo en los laicos. Es fácil comprender qué clase de daño derivaría a la vida de la Iglesia si los laicos (y esto vale proporcionalmente para todo cristiano), no pudieran fecundar la vida de la Iglesia con las actitudes y con las intuiciones de su propio carisma, que pueden ser muy positivas.

Por esto, es necesario que ellos puedan expresar en la Iglesia sus opiniones y que puedan hacerlo “públicamente”.

La “opinión pública” ha sido defendida ya, en algunos documentos del Papa Pío XII, aunque algunos hayan tratado de quitarle fuerza con sus interpretaciones particulares. Por eso adquiere más relieve el hecho de que la Iglesia, actualmente, ha ya resaltado más la influencia en la opinión pública que ejercen los laicos, y esto, apoyándose en el propio Papa Pío XII.

En efecto, la Iglesia declara que los laicos deben manifestar a las autoridades eclesiásticas “sus necesidades y sus deseos, con aquella libertad y confianza, que corresponde a los hijos de Dios y a los hermanos de Cristo”. De acuerdo a la ciencia, a la competencia y al prestigio de que goza cada uno, tienen la facultad, más aun, el deber, de dar a conocer su parecer concerniente al bien del pueblo en general y de la Iglesia, en particular. En efecto, en algunas batallas decisivas, las iniciativas más felices han provenido de los laicos.

También, la Iglesia, apoyándose en las palabras de Pío XII, reconoce la importancia de la prensa católica, recordando que la opinión pública es la “herencia” de toda sociedad normal, compuesta de hombres que, conscientes de su responsabilidad personal y social se han comprometido íntimamente con la comunidad, de la cual son miembros. Esta “herencia” es, al fin de cuentas, el eco natural, la resonancia común, más o menos espontánea, de los acontecimientos y de la situación actual que se esté viviendo. En donde no aparece alguna manifestación de la opinión pública, o donde se demuestra que no existe, se debe reconocer que hay una falla, una debilidad y una verdadera enfermedad de la vida social. En donde deja de funcionar libremente la opinión pública, se pone en peligro la paz.

Debido a que la opinión pública es necesaria en toda sociedad normal, siendo una exigencia de la vida social, no debe faltar nunca, ni siquiera en la vida social de la Iglesia. El Papa Pío XII siguió afirmando que es necesario abundar más en lo que se refiere a la opinión pública en la misma Iglesia, sobre todo para aquellas personas que no conocen bien a la Iglesia o la conocen mal. Debido a que la Iglesia es un organismo viviente, le faltaría una cosa vital si le faltara la opinión pública, y el reproche sobre esta carencia caería sobre la misma autoridad de la Iglesia y sus fieles.

Es necesario que las declaraciones de la opinión pública se hagan a través de los órganos establecidos para este fin. Pero, siempre deben hacerse estas declaraciones con veracidad, energía y prudencia, con respeto y caridad hacia aquellos que detentan cualquier tipo de autoridad, incluyendo a los que, por su oficio religioso, representan a Cristo. Ni siquiera las palabras “con veracidad” y “con energía” deben ser descuidadas, cuando se trata de hacer declaraciones públicas.
11 Julio 2011 03:00:03
Cada quien tiene su propio carisma
Para el cumplimiento del oficio profético, el Pueblo de Dios, en su totalidad o en cada uno de sus miembros, (también los laicos), reciben de Dios dones especiales o carismas. En la terminología teológica actual el término “carisma” designa aquellos influjos del Espíritu Santo sobre cada cristiano, que no le llegan ni por medio de los ministerios de los órganos oficiales de la Iglesia, ni por los Sacramentos, pero que, aun así, pertenecen a la esencia permanente de la Iglesia a semejanza de aquellos dones que se reciben a través de los ministerios establecidos y los sacramentos.

El mismo Espíritu Santo, no sólo por medio de los sacramentos y de los ministerios, santifica al Pueblo de Dios, lo guía y lo adorna con virtudes, “distribuyendo a cada uno sus propios dones como Él quiere”, (1 Cor. 12,11), dispensa, entre los fieles de cualquier orden, gracias, aún especiales, con las cuales los hace hábiles y diligentes para asumir aquellas obras y oficios, que son útiles para la renovación y el desarrollo de la Iglesia, como dicen las palabras de San Pablo: “a cada uno le es dada la manifestación del Espíritu para que promueva el bien común” (1Cor. 12,7). Y estos carismas, tanto los extraordinarios como los más simples y comunes, así como los más aptos y útiles para las necesidades de la Iglesia, se deben recibir con gratitud y consuelo.

La Iglesia, llamando “carismas” aun a los dones “más simples y más comunes”, adhiere su modo de expresarse al de San Pablo. Pues, según él son carismas también la enseñanza, la consolación de los afligidos, las obras de asistencia social, el saber gobernar, etc., y así, cada cristiano tiene su propio carisma como conviene al organismo articulado de la Iglesia: “Cada uno recibe de Dios su don particular (carisma), unos en un modo, otros en otro” (1 Cor. 7, 7). Aunque este texto se refiere explícitamente a la relación que debe haber entre los cónyuges, sin embargo se debe entender como una expresión más general y, por lo tanto, debe ser aplicado también a todos los cristianos: cada uno posee su propio carisma.

Este pensamiento ha sido expresamente asumido por la Iglesia, por ejemplo, al decir: “el Espíritu Santo se manifiesta en la Iglesia en la diversidad y en la plenitud de los dones espirituales”. La Sagrada Escritura habla de dones espirituales, (1 Cor. 12, 1) o carismas (Rom. 12, 6). En el tiempo de San Pablo existían, naturalmente, carismas extraordinarios que atraían mucho la atención, como hablar en estado de éxtasis o la curación de los enfermos. Pero nadie debe pensar que los carismas del Espíritu Santo existan sólo y principalmente en estos fenómenos más extraordinarios y milagrosos.

Ya San Pablo habla, por ejemplo, de los carismas de sabiduría y de ciencia (1 Cor. 12, 8), del carisma de la fe (1 Cor. 12, 9), del carisma de la enseñanza (Rom. 12, 7), de la misericordia (Rom. 12, 8), del servicio (Rom. 12, 7), del discernimiento de espíritus (1 Cor. 12, 10), del carisma de gobernar (1 Cor. 12, 28). Así, para San Pablo, la Iglesia de Cristo vivo no es un aparato meramente administrativo, sino la unidad viva de diversos dones, carismas y servicios. A “todos” los cristianos y a “cada uno” le es dado el Espíritu, que distribuye a todos y a cada uno sus dones y sus carismas según la gracia que le sea dada (Rom. 12, 6). Sin embargo, a cada uno le es dada la manifestación del Espíritu para la “utilidad común” (1 Cor. 12, 7), esto es, “en vista de la edificación de la Iglesia” (1 Cor. 14, 12). Cada cristiano, instruido o no, posee en su vida diaria su propio carisma, pero lo posee “en vista de la edificación de la Iglesia”.

Los portadores de los diversos oficios de la Iglesia no deben maravillarse o mostrarse contrarios, si comienza a moverse algo de la vida del Espíritu antes que haya sido previsto por las instancias oficiales de la Iglesia. Y los súbditos no deben pensar que no puedan hacer nada antes de recibir las órdenes superiores. Existen acciones que Dios quiere realizar antes de que las autoridades oficiales hayan dado su autorización, y existen acciones que, oficialmente, no han sido todavía aprobadas o determinadas, (por ejemplo, los llamados “signos de los tiempos”). Sin embargo, los carismas extraordinarios, no hay que pedirlos temerariamente, ni hay que esperar de ellos, con presunción, sino que el “juicio sobre su autenticidad y sobre su aplicación pertenece a los que presiden la Iglesia, a quienes compete sobre todo no apagar el Espíritu, sino probarlo todo y quedarse con lo bueno” (1 Tes. 5, 12 y 19-21).
27 Junio 2011 03:00:30
Revelaciones del diablo durante los exorcismos
El Viernes Santo de 2006, mientras un exorcista desempeñaba su ministerio, leyendo en el Evangelio de Juan las palabras que Jesús dirigió a la Virgen María desde la Cruz: “Mujer, ahí tienes a tu Hijo”, y luego dirigiéndose a Juan: “Ahí tienes a tu Madre”, el demonio se expresó así: “En un instante Ella amó a todos sus hijos, por todas las generaciones y dijo un segundo `sí´. Después del `sí´ dicho al Ángel, dijo otro `sí´ a su Hijo sobre la Cruz porque todos ustedes se convirtieron en sus hijos”.

Entonces el exorcista, entre la admiración y la alegría, porque comprendía que el demonio era claramente obligado, muy a pesar suyo, a decir cosas que nunca hubiera querido decir, siguió leyendo las palabras del Evangelio: “Y desde aquel momento el discípulo la llevó a su casa”. Y el demonio, con una repugnancia tremenda, que manifestaba en la voz y en sus actitudes, añadió: “Las almas puras reciben a la Madre de Dios en sus corazones. El Cuerpo y el alma de ustedes son la casa del Señor y en esta casa deben recibirla también a Ella. Todos los hijos de Dios deberían recibir a la Virgen María dentro de ellos y, recibir también, todo lo que Ella les ha enseñado con su vida. Ustedes tienen un gran medio que es María, úsenlo cada vez más. Récenle, récenle cada vez más, háganla suya. Ella camina siempre a su lado”.

Ante estas palabras del demonio, el exorcista, sabiendo que el Viernes Santo era un día especial de gracia, le recordó el sacrificio de Jesús en la Cruz aceptado por amor a nosotros, sus llagas, su sangre, sus dolores, sus humillaciones, su ofrecimiento al Padre, junto con las lágrimas y los dolores de la Virgen María que estaba al pie de la Cruz ofreciéndose al Padre juntamente con su Hijo, por amor a nosotros. Y mientras decía todas estas cosas, con gran asombro del exorcista que escuchaba, el demonio continuó afirmando: “También nosotros estábamos al pie de la Cruz, acosando a algunos en contra de Él, los lanzábamos a insultarlo, a lanzarle gritos, a desafiarlo, otros lo tentábamos insinuándole en la mente dudas acerca de que Él no fuera verdaderamente el Mesías. Algunos estaban ahí queriendo ver algún milagro para convencerse de que Él era el Mesías, ¡Qué estúpidos!.

Ya habíamos logrado que, muchas personas se fueran de ahí, no sólo porque ya no creían, sino porque se asustaban con sólo ver que moría y aquellos pocos que se quedaron, se convencieron, cuando ya estaba muerto, de que nada era verdadero y porque, si había muerto, ya no había nada más que hacer. Cuando bajaron el cuerpo de la Cruz, tentamos también a Juan, le dijimos en su mente: “¡Mira, qué fin ha tenido su Mesías, mira, qué fin ha tenido tu Mesías!”. También tentamos a tu Madre. Ella tenía el corazón destrozado, pero al mismo tiempo tenía una gran paz y perdonaba a todos, amaba y sufría: Su perdón era total, su amor era total, su ofrecimiento era total. ¡Y esto, nos ha vencidoooo!. Inútilmente asediamos a su fe, Ella continuó rezando. Ella era la única que conservó la fe en la Resurrección, su corazón ya lo sabía y al amanecer del día siguiente, el sábado, a la primera que se le apareció fue a Ella. No sabemos qué cosa se dijeron, solamente vimos que en aquel encuentro circulaba una gran paz y un infinito amor, pero no pudimos oír las palabras, su discurso de amor estaba fuera de nuestras posibilidades de comprender. Después vimos a la Magdalena que iba al sepulcro”.

Un día durante una gran batalla, en la que el exorcista comprendía claramente que el demonio trataba de oponerse para no repetir lo que Jesucristo le estaba ordenando decir, pero llegó a tal momento, en que, completamente superado por la fuerza de Dios, dijo: “Él me está ordenando decirles: No tengan miedo, salgan al encuentro de su Dios. Dejen toda vinculación con el mal sobre la tierra. Llénense del Señor que es su vida, hagan espacio dentro de ustedes sólo a Cristo Jesús, síganlo en la alegría y en el sufrimiento. ¡Alábenlo siempre, Él es su salvación!”. ¡Ahhhhh!, (fue el grito que lanzó debido al tremendo esfuerzo que había hecho para poder decir aquello que aborrecía).
20 Junio 2011 03:00:32
Revelaciones del diablo, durante los exorcismos (IV de V)
Un día, con gran sorpresa, un exorcista se acordó de que Dios humillaba al demonio obligándolo a alabar a la Virgen María. En efecto, mientras el exorcista invocaba a la Virgen María, el demonio le dijo: “Ella es la única que está en todas partes, me ‘mata’, siempre me ha ‘matado’, me pone los pies sobre la cabeza, su velo maldito me sofoca, ninguno de nosotros la aguanta”. Ante estas palabras el exorcista exclamó: “¡Gracias Madre, gracias Inmaculado Corazón!”. El demonio replicó inmediatamente: “¡Deja ese Corazón: nosotros lo hemos atravesado con una espada y no se murió, nosotros le crucificamos a su Hijo y no está muerto: al contrario ha tomado otros hijos!”. En otro exorcismo, mientras el exorcista alababa el Corazón Inmaculado de María, el demonio dijo: “Su Corazón es nuestro dolor, su Corazón, entre más lo atravesamos, está más vivo, entre más lo aplastamos, Ella nos aplasta más a nosotros, entre más sufría, nosotros sufríamos más todavía. Nosotros queríamos ‘gozar’ y en cambio Ella, con su llanto, nos mataba: sus lágrimas son fuego que nos ‘mata’”.

Otro día, mientras el mismo exorcista invocaba la intercesión del Corazón Inmaculado de María, el demonio habló de las espinas clavadas en él (que representan los pecados de la humanidad) y, acerca de aquellos que reparan las ofensas hechas a este Corazón, dijo: los hombres me han ayudado a clavarle miles y miles de espinas. Pero entre más espinas se le clavan, adquiere más fuerza. Entre más sangre derrama, adquiere más poder. Entre más dolor se le causa, recibe más gloria. Los pecados de ustedes se han transformado en gloria porque otras tantas almas se han consagrado a expiarlos y cada alma liberada le saca una espina y cada espina que le sacan se convierte en un palo de fuego que se clava en nuestro cerebro. ¡Nosotros las golpeamos, nosotros las pateamos, nosotros las quemamos, nosotros las arañamos, nosotros las descuartizamos, y sin embargo todas esas almas se ponen a rezar. Nosotros las insultamos, nosotros las calumniamos, y sin embargo, esas almas se ponen a rezar. Nunca acabará esta tortura, nunca acabará esta tortura. Es demasiada, es demasiada! ¡Muchos frecuentemente, le rezan y no esperan otra cosa que morir por “Ella… y por su Hijo!”.

En otro exorcismo, jactándose de los sufrimientos provocados a personas inocentes, el exorcista comenzó a orar con decisión: “Señor Jesucristo, mientras que en la Cruz parecías derrotado, mientras que el poder de las tinieblas parecía haberte vencido para siempre, en realidad eras Tú el que estaba venciendo para siempre”. El demonio contestó: “Toda la culpa es de Él, toda la culpa es de su Madre. Por eso le he enseñado a esta ‘imbécil’ (se refería a la persona que atormentaba) a odiarla, pero ella logró superar también esto. Ella, (aquí se refería a la Virgen María), ora siempre, no se calla ni un momento y nosotros quedamos frustrados por sus oraciones”. Evidentemente se refería tanto a la intercesión que la Virgen María estaba haciendo ante Dios por aquella mujer, como al creciente amor por la Virgen María que aquella mujer estaba demostrando. En otro exorcismo, también hablando en lenguaje metafórico, (porque el demonio no tiene piel ni cerebro, ya que es espíritu inmaterial), añadió: “Cada vez que desciende a esta tierra, (se refería a la Virgen María), nosotros quedamos sepultados más profundamente. Cada una de sus lágrimas es un agujero en nuestra ‘piel’, cada una de sus miradas es un golpe en nuestro ‘cerebro’, cada uno de sus pasos es nuestro fin. Siempre tratamos de detenerla, pero no lo podemos lograr porque Ella es más poderosa que nosotros. El Mal no tiene ningún poder sobre Ella”.

Un episodio particularmente conmovedor es el siguiente: un día, dirigiéndose a una imagen de la Virgen María que estaba colocada en la habitación en donde el exorcista practicaba el exorcismo, el demonio comenzó a gritar: “¡¿Por qué ofreció todo a Aquel…? ¿Por qué? ¿Por qué?!”. El exorcista le pregunto: “¿Qué cosa ofreció?”. Y el demonio contestó: “¡Bajo la Cruz de Aquel, Ella sufría!”. Se refería claramente, al ofrecimiento que la Virgen María hizo al Eterno Padre de sus sufrimientos y de los sufrimientos de Jesús en el momento de la Crucifixión. Entonces el exorcista comenzó a decir: “Acuérdate de que la Virgen María, a los pies de la Cruz, ofreció al Padre a Jesús, y Ella se ofreció también al Padre con Jesús. Por nosotros, sus hijos, ofreció este sacrificio”. Ante estas palabras el demonio lanzó aullidos indescriptibles, evidentemente derrotado por la fuerza redentora que brota del sacrificio de Cristo y de María sobre el Calvario, y dijo: “¡Basta, basta, no me lo hagas recordar, basta, me estás quemando, me estás quemando!”.
13 Junio 2011 03:00:15
Revelaciones del diablo, Durante los exorcismos (III de V)
Una vez, cuando el exorcista pronunciaba las palabras del exorcismo del Ritual Romano, y llegó a las palabras: “enemigo de la fe, adversario del género humano, portador de la muerte”, el demonio expresó toda su irresistible aspiración “al mal por el mal”, con estas palabras metafóricas: “Un día en que fuimos expulsados por Él, le dijimos: El poder del pecado será nuestro altar, sobre el que sacrificaremos las almas de tus malditos hijos, sobre este altar haremos correr la sangre de todos ellos. Hay un dios para el que odia y ese dios es nuestro dios”.

Siempre, en sus inventivas, emerge también cómo el demonio es, de verdad, aquel que intenta continuamente dividir a los hombres y levantarlos unos contra los otros. En efecto, acostumbra subrayar que le agrada el odio entre los hombres y está ávido de la maldad humana porque, como ha afirmado varias veces: “El odio es mi ‘comida’ que me alimenta y me fortalece”, “Nosotros queremos la discordia, nosotros queremos el odio y la guerra, no importa de dónde venga”, “¿No saben cuántos ‘condenados’ tenemos a través del mundo?”

Una vez, en el momento en que el exorcista interrogó al demonio acerca de cuál era su nombre, afirmó llamarse Sahara y de venir del desierto. Entonces el exorcista le contestó que se regresara al desierto, a lo que el demonio contestó inmediatamente: “¡Yo traigo el desierto!”. El exorcista comprendió, después de varios exorcismos, que el demonio quería decir que su función específica era suscitar el odio, del cual brotan la aridez, la desolación y la muerte en las relaciones humanas o también, demostrar que se complacía en la esterilidad tanto física como espiritual.

En algunos casos hace sus expresiones hablando “entre serio y en broma”, como cuando el exorcista oyó que dijo: “¡Para nosotros, los sacerdotes que cumplen con su deber, son de mala suerte, porque hacen que nos salgan mal las cosas!”.

Las experiencias marianas durante los exorcismos, son particularmente consoladoras. Cuando es nombrada la Virgen María, los exorcistas perciben cómo los demonios se enfurecen enormemente al tener que enfrentarse a la Madre de Dios. Sin atreverse nunca a llamarla por su nombre, dicen “aquella”, añadiendo una gran cantidad de injurias contra Ella, porque lamentan que arruine sus planes. Una manifestación antimariana que repite muchas veces el demonio es la de expresar su rabia cuando es nombrado el Corazón Inmaculado de María, porque le hace recordar que el mundo fue consagrado a Ella por “aquel”, (se refería al Papa Juan Pablo II), y esta consagración hizo fallar muchos de sus proyectos a escala mundial.

En cuanto al Santo Rosario, una vez, que lo traía puesto al cuello la persona que iba a ser exorcizada, el demonio comenzó a gritar inmediatamente: “¡Me está aplastando, pesa, me está aplastando esa cadena con la Cruz al fondo!” El exorcista exclamó: “De aquí en adelante esta hermana nuestra rezará el Rosario todos los días”. Y el demonio contestó inmediatamente: “¡Sin embargo, son muy pocos los que lo rezan, en comparación con el resto del mundo! Y para mí está bien así, porque me hace daño cuando invocan a Aquella (se refería a la Virgen María), y porque me recuerda la vida de Aquel, (se refería a la vida de Jesucristo, que meditamos en los Misterios del Rosario)”. Otro día, mientras el exorcista, exorcizaba al demonio, se le salió de la bolsa una corona del Rosario e inmediatamente el demonio gritó: “¡Quita esa cadena, quita esa cadena!” “¿Cuál cadena?” “¡Aquella que tiene la Cruz al fondo. ‘Ella’ nos frustra con esa cadena!” También éste, es un lenguaje metafórico, pero nos hace comprender, de modo muy concreto, el poder del Rosario y cuánto lo teme el demonio.
06 Junio 2011 03:00:29
Revelaciones del diablo, durante los exorcismos (II de V)
Impresiona mucho lo que le sucedió a un exorcista cuando repetía la oración que un ángel les enseñó a los tres pastorcitos de Fátima, Francisco, Lucía y Jacinta. Un año antes que se les apareciera la Virgen María, el ángel se les apareció por tercera vez teniendo en la mano un cáliz y sobre él una Hostia, de la cual caían sobre el cáliz algunas gotas de sangre.

Dejando el cáliz y la Hostia suspendidos en el aire, se postró en tierra y repitió por tres veces la siguiente oración: “Santísima Trinidad, Padre, Hijo, Espíritu Santo, te adoro profundamente y te ofrezco el preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, presente en todos los Sagrarios del mundo, en reparación de los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con los cuales ha sido ofendido y por los méritos infinitos de su Santísimo Corazón y del Corazón Inmaculado de María, les pido la conversión de los pobres pecadores”. Cuando el exorcista comenzaba a recitar esta oración, el demonio tenía reacciones de rabia, que crecían de intensidad cuando llegaba a las palabras: “en reparación de los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con los cuales ha sido ofendido” y se hacían todavía más fuertes durante las palabras finales: “les pido la conversión de los pobres pecadores”.

Otra actitud característica del demonio, durante los exorcismos, es la de amenazar frecuentemente con el exterminio y la destrucción: todo aquello que es bello, bueno, sano, armónico, dice, con un lenguaje burlón, que lo tiene en la mira con la intención de arruinarlo y destruirlo: “No pocos de nuestros servidores en el mundo, logramos colocarlos en los puestos más altos de mando, y desde ahí, los dominan y destruyen”. De manera muy particular se descubre cómo el demonio tiene gran odio al sacramento del matrimonio y a los afectos familiares: en efecto, reacciona con mucha violencia cuando se bendice el matrimonio de los esposos o cuando son invitados a renovar sus promesas matrimoniales.

Un día, expresó muy bien su odio contra la familia, con estas palabras: “¡No me agradan cómo van vestidas las mujeres. Deben andar cada vez más desvestidas, así el sexo será cada vez más dominante y yo podré destruir, más fácilmente, a las familias!” Otras veces ha definido los órganos sexuales, (con evidente lenguaje metafórico), como “el centro del mundo”. En otras ocasiones, se han descubierto sus reacciones rabiosas cuando el exorcista bendice el noviazgo de aquellos jóvenes que se han comprometido seriamente a vivirlo en la castidad, definiendo esta elección como si fuera una porquería.

Impresiona mucho, el odio puro y su profunda satisfacción en el mal, en cualquier forma en que sea realizado. Una vez un exorcista se quedó asombrado cuando el demonio dijo: “Toma aquella peste del libro del Apocalipsis, en donde se refiere a aquella Mujer que da a luz. Yo siempre trato de tragar a los niños. ¿Sabes cómo?”. Y el demonio describió, con palabras escalofriantes, tanto el exterminio diario, en todas partes del mundo, de millares de niños en el seno materno, como también las violencias sexuales contra ellos, y lo que hacía más repugnante tales descripciones, era que cada vez que las hacía, agregaba la expresión: “¡cómo gozo!”

Esta misma expresión la ha usado también refiriéndose a los jóvenes que con la adicción a las drogas viven como animales. Otra vez, aludiendo nuevamente al aborto, dijo: “¡Inclusive, hasta me han autorizado!” (evidentemente, refiriéndose a la legalización del aborto), y soltó una larga y perversa carcajada. También sorprende mucho, el modo como voltea al revés la realidad y los principios fundamentales de la moral, considerando el bien como mal y el mal como bien.

Por ejemplo varias veces, al presentarle una reliquia de los santos, exclamó: “¡Qué peste! ¡Es la peste de aquel que ha sido elegido por Él! (se refería a Jesucristo, que por odio y desprecio no lo menciona casi nunca)”. Al presentarle una corona del Rosario, la ha definido así: “Cadena maldita con la Cruz en el fondo”, al rociarlo con agua bendita, protestó diciendo: “No quiero ser lavado con esa agua que apesta a estiércol y que me quema”.

Al pronunciar las palabras “¡Bendice, Señor, a este hermano!”, inmediatamente respondió: “¡Que sea maldito, lo llevaré conmigo al infierno!” Al oír las palabras del Evangelio: “Vengan a Mi, todos ustedes, que están cansados y oprimidos, y Yo los aliviaré” (Mt. 11, 28), inmediatamente dijo: “Vengan a mí todos ustedes que son “alegres”, vengan a mí todos ustedes que son perversos y yo los aliviaré”.
30 Mayo 2011 03:00:26
Revelaciones del diablo, durante los exorcismos
[I de 5] En los casos de posesiones ciertas y reales, el demonio suele expresarse de muchas maneras, durante el exorcismo. Algunas de sus expresiones, frecuentemente, las repite y, directa o indirectamente, confirman plenamente la veracidad de la fe cristiana.

Muchas veces, por ejemplo, ha afirmado, de manera muy clara, que su principal acción entre la gente no es llegar a “la posesión”, sino a la tentación. Una vez, en el momento en que el rito del exorcismo se dirigía a él, llamándolo: “raíz de todos los males, fuente de los vicios, seductor de los hombres, engañador de los pueblos”, resumió su acción tentadora en una síntesis excepcional y categórica: “¡nuestro ‘deber’ es tentar siempre, a quien sea, en donde sea y como sea. Algunos caen en nuestra red, por lo menos temporalmente, otros caen, para siempre!” En otro exorcismo afirmó: “Él (se refería a Dios) quiere almas libres y santas, yo quiero almas esclavas”.

En cuanto al poder de la oración, un día, al momento de decir “Santo, Santo, Santo, Señor Dios de los Ejércitos”, se sintió obligado, a decir de Dios: “Si vivieran de rodillas ante Él y cantaran sus alabanzas, como lo hacen los ángeles del cielo, nosotros no tendríamos ya, ningún poder sobre ustedes”.

Una característica recurrente en los exorcismos es la manifestación de la soberbia del demonio, tanto que un día, tuvo que reconocer: “Mi soberbia es, al mismo tiempo, mi poder y mi condenación”.

También una exigencia recurrente es la de querer ser adorado como si fuera Dios. No queriendo reconocer su condición de creatura, se ilusiona a sí mismo con la idea de ser Dios, queriendo recibir, de los hombres, el culto que corresponde solamente a Dios.

Frecuentemente, mientras es exorcizado, dice “¡Adórenme, adórenme, yo soy dios, yo soy dios. Pónganse de rodillas cuando se pronuncie mi nombre. Yo soy el omnipotente, invóquenme!” Ante estas palabras, (como indica el número 20 de las normas que se han de observar en los exorcismos del Ritual Romano), se puede responder con frases tomadas de la Sagrada Escritura, por ejemplo las palabras de Jesús en el desierto: “¡Retírate, Satanás! Está escrito: Adorarás al Señor tu Dios y a Él solo le darás culto”. (Mt. 4, 10). O con la palabras de San Pablo: “Al nombre de Jesús toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y bajo la tierra, y toda lengua proclame que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre” (Fil. 2, 10-11). Algunos exorcistas añaden frases espontáneas, de este tipo: “¡Sólo el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, son Dios.

No existe otro Dios. Póstrate delante de Él y adóralo!” A la invitación de adorar al único Dios verdadero, siempre el demonio responde rabiosamente y con soberbia y presunción: “¡Nunca, nunca!, ¡Yo soy dios! Mira a tu alrededor y verás cómo todos me siguen, cómo todos buscan aquello que yo les quiero dar!” Otra vez, mientras se le decía: “No hay otro Dios fuera del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo…”, respondió: “El poder que tengo sobre los hombres, es mi dios”. En la práctica quería decir que él se consideraba como un dios entre los hombres que viven en pecado, lejos del verdadero Dios. Todavía, otra vez, mientras el exorcista decía: “¡Adóralo, Él es tu Dios, Él te ha creado, Adóralo!”, el demonio protestó: “Él fue a encarnarse en ustedes, que es lo más asqueroso y humillante que se puede hacer. La repugnancia que debió sentir cuando entró en la carne de ustedes, sólo nosotros la sabemos!”
23 Mayo 2011 03:00:19
La familia, representante del “mundo nuevo”
Los últimos tiempos se están realizando en un “Mundo Nuevo” por medio de la Gracia. Y debido a que el hombre es un ser espiritual-corporal, (y que, por razón de la materia es un ser visible), a través de su vida y actividad visibles se manifiesta también, necesariamente, la Gracia con su proceso transformador. Por consecuencia, todo cristiano, en el cual vive y opera la Gracia, es juntamente un testigo y mensajero del “Mundo Nuevo” que, mediante la Gracia, ya tiene sus comienzos.

Todos los cristianos que viven en la Gracia de Dios se hacen representantes de la vida futura. Pero, debido a que son diferentes los caminos que tienden a la perfección cristiana, así también son diferentes los representantes de este mensaje. A pesar de esto, los diferentes modos de realizar este mensaje se unifican en uno solo: “el armonioso anuncio de la Gracia y de la vida futura por medio de “un único” pueblo de Dios.

Es la Iglesia la que anuncia “la cruz y la muerte de Cristo hasta que Él vuelva”. Es ella, “la Iglesia”, la que tiene la fuerza del Señor Resucitado, para revelar al mundo, con fidelidad, (aunque no sea perfectamente), el misterio de Cristo, hasta que, al fin de los tiempos, Él mismo se manifieste a plena luz.

La Iglesia es la que, en la fe, unifica a todos los sacramentos en una sola “unidad salvífica”.

Todos los laicos están, por medio del sacramento de la Confirmación, obligados a difundir y a defender, con la palabra y el ejemplo, el anuncio del Evangelio, como verdaderos testigos de Cristo.

Lo que, en la vida de cada cristiano, debe expresarse, en modo particular, es la Caridad. Esta Caridad es el distintivo, por excelencia, que distingue al verdadero discípulo de Cristo. Entre más intensa sea la práctica de la Caridad, tanto más fuerte será la presentación del anuncio de Cristo.

Pero, debido a que la Caridad de los cristianos es la participación de la Caridad de Cristo, y, a su vez, la Caridad de Cristo es la manifestación de la Caridad del Padre, es claro que, también la Caridad de los discípulos sea la manifestación de la Caridad del Padre.

Los cristianos que “cooperan con la Voluntad Divina”, manifestarán a todos, aun en los “servicios temporales”, la Caridad con la cual Dios ha amado (y ama) al mundo.

El anuncio de esta dirección “hacia el mundo” del Amor al Padre es, naturalmente, la “ocupación peculiar” de los laicos. En su trabajo “temporal”, en su tarea de “configurar el mundo”, los cristianos están llamados, a “dar a conocer a Cristo a los demás, principalmente con el testimonio de su propia vida” y, juntamente con Cristo, dar a conocer también, al Padre.

Pero, si la vida de los laicos “manifiesta a Cristo”, si lleva impreso el rostro de Cristo, este rostro se manifestará también en su trabajo: a ellos, por lo tanto, les corresponde, particularmente, iluminar y ordenar todas las realidades temporales, a las que están estrechamente ligados, de tal manera que siempre sean hechas según el plan salvífico de Jesucristo.

El modo de ver las cosas, según el cual todos los cristianos son “anunciadores de la vida futura” está expresado, con particular claridad en el siguiente pasaje sobre la familia cristiana: los laicos, verdaderamente cristianos, anuncian el Evangelio de Cristo con el testimonio de su palabra y de su propia vida.

En esta tarea aparece el gran valor que tienen la vida conyugal y familiar que está santificada con un “sacramento especial”, el sacramento del matrimonio.

La vida conyugal y familiar es una “excelente escuela” de apostolado de los laicos, en donde la religión cristiana penetra y transforma diariamente todo el estilo de vida de sus miembros. En su propio ambiente familiar “los cónyuges tienen, como propia vocación, el ser testigos, el uno para el otro y para los hijos, de la fe y del amor de Cristo”.

Además, la familia cristiana anuncia a todos los demás, aun fuera de ella, las virtudes presentes en el Reino de Dios y la esperanza de la vida futura.

De esta manera, con su ejemplo y con su testimonio de vida “acusan al mundo” de pecado e iluminan a aquellos que buscan la verdad. Los cónyuges son, ante todo, “el uno para el otro, testigos de la Gracia que opera en ellos”, testigos del Amor de Cristo.

En efecto, el amor conyugal es signo y participación de Aquel Amor que anuncia a Cristo, aun más allá de los límites de la familia. Su testimonio “acusa al mundo”, esto es, su testimonio visible en el mundo y dirigido al mundo, es luz para todos aquellos que buscan la verdad.

Este testimonio es algo fuerte, es un anuncio hecho “en alta voz”, es, precisamente, el anuncio “de las virtudes presentes en el Reino de Dios”, de la Gracia de Dios que ya se puede tener en esta vida terrena y de la esperanza de alcanzar la vida eterna. Esto es, se trata “del anuncio” de la futura glorificación.

16 Mayo 2011 03:00:52
Los últimos tiempos ya comenzaron
La “vida futura” no es algo puramente “futuro”, algo que esté frente a nosotros, algo que dirija nuestra mirada sólo “al más allá”, sino que: “La etapa de los últimos tiempos, ya llegó, (1Cor. 10, 11) y la renovación del mundo está irrevocablemente iniciada y, en un cierto modo real, anticipada en este mundo”, esto es, está presente, en su “anticipación”. El que piense, por lo tanto en la vida futura, debe, al mismo tiempo, dirigir su mirada a sus presupuestos y comienzos ya existentes en el mundo presente.

¿En dónde están estos “comienzos”? La existencia perfeccionada, que se realizará en la vida futura, es la existencia “glorificada”, con Jesucristo glorificado, con los redimidos, (que son la imagen de este Jesucristo glorificado, Rom. 8, 29-30), con el nuevo universo, que también, por su parte, estará plasmado sobre la imagen de Cristo y los redimidos.

Decir que la última fase de los tiempos ya está presente, quiere decir que, la futura glorificación se encuentra ya “en sus comienzos”. Ahora bien, estos comienzos se realizan por medio de la “Gracia de Dios”, y existen donde esté presente esta Gracia con su proceso transformador.

Pero, por medio de la Gracia, se encuentra inicialmente glorificada, no solamente el alma del hombre, sino también su cuerpo. Inclusive, la Naturaleza se encuentra ya misteriosamente “asumida”, por la Resurrección de Cristo, en el proceso de esta glorificación inicial, en razón de aquella íntima unión del hombre con todo lo creado.

La fuerza central de la vida de la Gracia es el Amor: el Amor de Dios, del prójimo y del mundo, en su concreta acción transformadora.

En la vida contemplativa y en el celibato (que algunos consideran como la única “anticipación” de la vida futura), los “últimos tiempos” ya están presentes en la medida en que esta vida contemplativa y el celibato han sido penetrados por la Gracia, y en cuanto, por medio de esta Gracia son asumidos en el proceso de “glorificación”.

Sin embargo, la Gracia y este proceso glorificador no comprenden solamente el celibato y el elemento contemplativo de la vida cristiana, sino también comprenden la vida activa y el matrimonio. Por este motivo tanto la vida activa como el matrimonio, (vividos en estado de Gracia), son también “anticipaciones de la vida futura”.

Dados los límites de este artículo no es posible mostrar detalladamente el comienzo histórico y el desarrollo de la visión de la vida futura y de su anticipación en la vida presente.

Hay algo que ha limitado el modo de entender estas cosas, que es la manera de interpretar el siguiente texto del Evangelio: “En el día de la resurrección de los muertos, ni los hombres tomarán mujer ni las mujeres marido, sino que serán como los ángeles en el cielo” (Mt. 22, 30).

El hecho de llegar a ser “semejantes a los ángeles”, no consistirá en la ausencia de los órganos de los sentidos y del cuerpo humano, como se llegó a imaginar antiguamente.

Las palabras de Jesús van en otra dirección: la resurrección significa un modo completamente diferente de ser. En este nuevo modo, como sucede en la existencia de los ángeles, (y es aquí donde se encuentra la semejanza con ellos), no existe la vida que siga el curso del tiempo terreno.

La “vida futura” no se desarrollará como en el tiempo presente, esto es, en la otra vida no existirá la alternancia de las generaciones, y por lo tanto no habrá ni matrimonio ni procreación.

Se trata de un “nuevo modo de ser”, se trata de la glorificación en la que no se verán las formas terrenas de la vida. La característica “de los últimos tiempos” es la glorificación.

De la misma manera que los ángeles son “asumidos” en un modo de ser ultraterreno, ya glorificado, así también serán “asumidos”, en esta nueva forma de ser, los seres humanos resucitados.

Sin embargo, mientras que la glorificación del mundo futuro se lleva a cabo sin la alternancia de las generaciones, los comienzos de esta glorificación en el mundo presente están ya integrados en los cambios de la existencia terrena, y, por lo tanto, también en la vida conyugal.

En la medida en que la vida terrena es fecundada por la Gracia y el Amor de Dios, (y por lo tanto por los comienzos de la glorificación), también ella, ya no pertenece a la “figura” de este mundo que pasa. (1 Cor. 7, 31).

Porque el estado de Gracia es “el comienzo de la vida futura inmortal”, y “el Amor de Dios no pasa nunca”. (1 Cor. 13, 8).
09 Mayo 2011 03:00:30
La vida después de la vida
¿Cuál es la idea más común que tiene la gente acerca de la vida futura en su estado definitivo, esto es, después de la resurrección de los muertos? Más o menos sería la siguiente: en la vida futura el hombre salvado “verá a Dios”. Algunos piensan, además, que lo amarán. Mucho menos gente piensa que no vivirán solamente en el conocimiento y tendencia espiritual hacia Dios, sino que también los impulsos de su cuerpo glorificado, (de sus sentidos y sentimientos glorificados) tiendan hacia Dios.

Otros piensan que, además, Dios será el contenido principal de la vida futura, pero aun así consideran a Dios solamente en la unidad de su naturaleza más bien que en una “trinidad de Personas”. Y si en esta visión le dan algún lugar a la humanidad glorificada de Cristo y de los redimidos, esta humanidad, es de nuevo, más bien el objeto de las fuerzas puramente espirituales del hombre y en menor medida se piensa en la humanidad “corporal”, en la cual el hombre regula los sentimientos y los sentidos que radican en su cuerpo. Además, esta idea considera al redimido más como un individuo que como un miembro de la “sociedad glorificada”.

De manera semejante la gente piensa, mucho menos, en el “servicio al prójimo en la caridad” en la vida futura, en aquel servicio que constituye el núcleo mismo de la existencia cristiana y que, por lo tanto, también será el núcleo de la existencia en el estado de gloria. Todavía, mucho menos gente, piensa en el nuevo “universo glorificado”, en el cual estará integrada la sociedad redimida, esto es, que al cielo nuevo, le corresponde una tierra nueva. De la misma manera sucederá que el amor de los redimidos por este universo glorificado estará unido tanto a Dios como a los creyentes. Por lo tanto la actividad glorificada de los redimidos abarcará, necesariamente, al nuevo universo, en un dinamismo interminable. La Iglesia conduce a la gente, a partir de esta visión limitada de la vida futura, a una idea más amplia y, teológicamente más justa.

En efecto, al hablarnos de “la tierra nueva y el cielo nuevo” se expresa hablando de la “Iglesia celeste”, e inmediatamente se refiere a todo “el universo” que debe ser también transfigurado, esto es, Dios mismo nos prepara una nueva habitación, una tierra nueva, un cuerpo glorificado, una creación que será liberada “de la esclavitud de la vanidad”, un “cuerpo de la humanidad nueva” que hoy siempre está en desarrollo y que ya desde ahora nos permite ver una cierta transfiguración que incluye al mundo nuevo. Entonces, será cuando, en el mundo futuro, sea glorificado “el cuerpo entero de la familia humana”. La comunidad fraterna que estamos realizando sobre la tierra, la encontraremos de nuevo en la otra vida, pero “purificada de toda mancha, iluminada y transfigurada”, cuando “Cristo entregue al Padre un Reino Eterno y Universal”.

¡Cuán superior es todo esto, al hecho de solamente “ver a Dios”, que es la idea más común y muy limitada de la gente!
02 Mayo 2011 03:00:24
Liberar también ‘a la Creación’
En cuanto al “Reino de la Justicia, del amor y de la paz”, que debe ser realizado, en todo el mundo, por los cristianos, nos dice San Pablo: “en este reino, las mismas creaturas serán liberadas de la esclavitud de la corrupción para participar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios. (Rom. 8, 21)”.

¿En qué sentido los cristianos conducen a la creación, esto es, a todo el universo, a la libertad?. La razón es que el hombre está “íntimamente ligado” a la materia, y no sólo a la materia de su propio cuerpo, sino, también, al resto del mundo material. En efecto, el hombre no se eleva sobre el mundo material, como si fuera una estatua en la que el universo material sería sólo su pedestal, sino que, más bien, el hombre es como la flor y las demás cosas le sirven de tallo.

Por razón de esta unión con el universo, la actividad del hombre se refleja en todas las cosas materiales. No es indiferente si el mundo es tocado por un hombre “libre y en gracia de Dios”, o si es tocado por un hombre que esté en pecado, con su oscuridad interior y sus cadenas de mal. Por eso podemos comprender las palabras de San Pablo, que dice, en su carta a los romanos, que, con la caída del hombre también el mundo material “quedó sometido a la vanidad y es impulsado a la esclavitud de la corrupción” (Rom. 8, 20-21).

Pero, de la misma manera que el pecado, también la Redención de Cristo, abarcó, juntamente al hombre y a la creación entera: “En efecto, Dios quiso… por medio de Cristo, reconciliar consigo todas las cosas, (tanto las de la tierra como las del Cielo), haciendo la paz por virtud de la Sangre de la Cruz” (Col. 1, 19-20). Al decir: “Todas las cosas”, se entiende que Cristo reconcilió no solamente a los hombres, sino también a todas las demás creaturas. De igual manera en la carta a los efesios, dice san Pablo: “El Padre ha decidido `poner todas las cosas´ bajo una sola cabeza: Cristo. Tanto las cosas que están en el Cielo como las que están en la tierra” (Ef. 1, 10). De este modo, para la Redención, “todas las cosas” tienen su consistencia en Él” (Col. 1, 17).

Y, de la misma manera que en el hombre los efectos de la redención no son todavía definitivos, (lo serán en la gloria futura, después de la resurrección de los muertos). (Rom. 8, 23), así también sucede en el mundo material, los efectos de la gracia, todavía no han derrotado definitivamente los efectos del pecado, sino que están aún en lucha con él. Por este motivo, “toda la creación hasta el momento presente gime y sufre dolores de parto, esperando ser liberada de la esclavitud de la corrupción para participar de la libertad y de la gloria de los hijos de Dios” (Rom. 8, 21).

Por lo tanto la libertad de la materia está en relación directa con la libertad interior del hombre. El hombre será plenamente libre, sólo en el estado de gloria, en el otro mundo. Entonces, también el mundo material pasará a la plena libertad, cuando, después del día del juicio, se asocie a los hijos de Dios ya resucitados y glorificados, para ser “Cielos nuevos y tierra nueva, en los cuales habite la justicia” (2 Pd. 3, 13).

Esta manera de asociar al hombre con la naturaleza, (que tal vez, para muchos es extraña), se comprende más fácilmente en el pensamiento moderno. Hoy sabemos que la tierra (aquella tierra que es el instrumental de la técnica moderna), se está abriendo cada vez más al hombre, ya que está siendo, cada vez más, trabajada por su mano. La tierra, en la cual se expresan los más íntimos impulsos del espíritu humano, la tierra que es, en una palabra, siempre más, la expresión del hombre y, por lo cual, es una nueva realidad, ya no es solamente la “tierra”, sino la “tierra-hombre”. Y siendo la “tierra-hombre”, es, juntamente con el hombre, por razón de su libertad o no libertad, igualmente libre o no libre.

El ejercicio del poder regio del hombre sobre la naturaleza y la “liberación de la Creación”, se descubren, cada vez mejor, en el perfeccionamiento de la existencia humana, (hecho a través del trabajo humano), en el progreso de la técnica y de la cultura civil, en la distribución más equitativa de los bienes creados, en el “progreso universal, en la libertad”, en la restauración de las “instituciones y condiciones del mundo”, en las “normas de la justicia”, en la realización, cada vez más plena, de todo aquello que “une las fuerzas para el bien”.

El trabajo de la “liberación” del mundo, es un trabajo más accesible a los laicos, más bien que a los religiosos o a los sacerdotes. Por esto la Iglesia invita, de manera particular, a los laicos a realizar este trabajo de “liberación”: “es a los laicos a quienes les corresponde asumir la instauración del Reino de Dios en el orden temporal como trabajo propio”. Como ciudadanos, les toca cooperar en este trabajo, juntamente con los demás ciudadanos, según la capacidad específica de cada uno y bajo su propia responsabilidad. Entre las obras de tal trabajo, se distingue la “acción social de los cristianos”, que la Iglesia desea (según el mandato misionero de Cristo), se extienda a todo el ámbito del orden temporal y a toda cultura humana.
25 Abril 2011 03:00:37
La potestad regia de los laicos
El sacerdocio de todos los cristianos es, según la primera carta de San Pedro, “un sacerdocio regio”: “Los creyentes en Cristo, habiendo sido regenerados, no de una semilla corruptible, sino de una incorruptible, por la palabra de Dios, viva y permanente (1Pd. 1, 23), no de la carne sino del agua y del Espíritu Santo (Jn. 3, 5-6), constituyen finalmente ‘una estirpe elegida, un sacerdocio real, una gente santa, un pueblo adquirido… aquel que en un tiempo no era pueblo, ahora, en cambio, es Pueblo de Dios’ (1 Pd. 2, 9-10)”.

El Pueblo de Dios es “un sacerdocio regio”, porque participa del reinado de Cristo Rey. En las circunstancias actuales, alguien podría relacionar el término “rey” con cualquier monarca antidemocrático. En el significado de la potestad “regia” de Cristo no existe esta relación. En el poder “regio” de Cristo se trata del servicio a los hombres, y de un servicio hasta la muerte. “En la gloria de su reino” entró aquel Cristo que se hizo “obediente hasta la muerte” y por esto ha sido “exaltado por el Padre” (Fil. 2, 8-9). Y, en este reino, “le han sido sometidas todas las cosas, hasta que Él mismo se someta al Padre y le someta todas las creaturas, a fin de que Dios sea todo en todos”. (1 Cor. 15, 27-28). Se trata, en fin de cuentas, de la realización de aquel estado de cosas en las que Jesucristo se ciñe y sienta a sus discípulos a la mesa para servirlos. (Lc. 12, 37).

Es claro, entonces, (también para los cristianos, que son partícipes de este Reino de Cristo), que “reinar” significa, ante todo, “servir a los demás”. La Iglesia se expresa así: “Cristo ha comunicado esta potestad regia a sus discípulos, para que también ellos, liberados del mal, y con la abnegación de sí mismos y una vida santa, venzan al reino del pecado (Rom. 6, 12). Más aun, sirviendo a Cristo en los demás, con humildad y paciencia, conduzcan a sus hermanos a servir al Rey, porque servirlo a Él es reinar”. Reinar quiere decir: “servir a Cristo”, pero servir a Cristo también “en los demás”. No basta como se decía antes: “servir a Dios es reinar” sino también “servir al prójimo es reinar”. Reinar es, ante todo, amar, servir al prójimo en la caridad, esto es, establecer en la sociedad el reino de la justicia, del amor y de la paz.

Pero si el reinar es sobre todo amar, esto no consiste en cualquier sentimiento vago, sino en intervenir muy concretamente en la vida histórico – social. La Iglesia, en relación a este reino, aun en “obras puramente civiles”, nos refiere que, con ellas, se puede contribuir válidamente a que los bienes creados, (según la disposición del Creador), hagan progresar el trabajo humano, por medio de la técnica y de la cultura civil, para utilidad de todos los hombres. Y estas obras civiles (iluminadas por la fe cristiana) sean distribuidas más equitativamente entre todos los miembros del pueblo, de tal manera que promuevan el progreso común en la libertad humana y cristiana.
18 Abril 2011 03:00:01
También los esposos están ‘consagrados a Dios’
Siempre y por todas partes se habla de que solamente los religiosos y los sacerdotes están “consagrados a Dios”. Se descubre esta manera de pensar, tan unilateral, especialmente al considerar el hecho de que todos los fieles laicos por el solo hecho de estar bautizados, quedaron integrados al culto que Jesucristo presenta al Padre, porque, por el Bautismo, fueron marcados para participar en este mismo culto con “carácter imborrable”, y son, como consecuencia, “consagrados” desde su más íntima profundidad a Cristo y al Padre.

En el caso de los sacerdotes jerárquicos, tienen, además de la imagen de Cristo, especiales poderes de Cristo, (los poderes del Redentor que convierte el pan y el vino en su propio Cuerpo y Sangre, que perdonan los pecados y demás cosas semejantes) pero la imagen permanece siempre siendo la imagen de Cristo – Sacerdote que es impresa en todos los bautizados. En comparación con la consagración conferida por el carácter sacramental del Bautismo, no existe alguna otra consagración de sí mismo a Dios, que pudiera penetrar más a fondo y que pudiera conferir al alma algo más sublime que el rostro impreso de Cristo. Cualquier otra consagración de sí mismo a Dios y a Cristo, por ejemplo, la consagración de la vida religiosa, la consagración al Sagrado Corazón de Jesús, y otras semejantes, no pueden ser sino expresiones individuales y parciales de aquella realidad fundamental, que con el mismo carácter bautismal se marca a todo cristiano.

Inclusive, toda promesa que el hombre hace, no sólo a Dios, sino también a los demás hombres, hecha solemnemente delante de Dios, como es el caso de la promesa del matrimonio, de la fidelidad al otro cónyuge y del cumplimiento de todos los deberes de la vida conyugal y familiar cristiana, impone a los cónyuges, una “consagración de sí mismos a Dios”, a Aquel que, finalmente, quiere esta promesa y esta garantía, a Aquel, delante del cual los cónyuges hacen la promesa. En fin de cuentas, es Dios, quien recibe esta promesa. El texto del rito del matrimonio expresa con mucha claridad, cómo la Iglesia intenta que la promesa del matrimonio sea hecha “delante de Dios”.

La unión de las manos significa que los esposos “delante de Dios” prometen fidelidad hasta la muerte, y el sacerdote añade: “que Dios confirme este consentimiento que han manifestado ante la Iglesia y cumpla en ustedes su bendición, lo que Dios acaba de unir, que nunca lo separe el hombre”. Después bendice los anillos diciendo: “El Señor bendiga estos anillos que van a entregarse el uno al otro en señal de amor y de fidelidad”.

Al terminar el rito el sacerdote dice la oración: “Dirige tu mirada Señor sobre estos siervos tuyos, y mira benignamente a la institución del matrimonio que tú has dispuesto para la propagación del género humano, haz que también esta unión sagrada se desarrolle y conserve con tu ayuda”. Y también la Iglesia, de manera similar, aplica a los esposos el texto que dirige a los religiosos: “La Iglesia, con la autoridad que Dios le ha conferido, recibe los votos de aquellos que hacen la profesión y pide, para ellos, su ayuda y su gracia, los recomienda a Dios, les imparte una bendición espiritual y los une a Él en el ofertorio de la celebración de la misa”.

Según este texto los cónyuges, en virtud del sacramento recibido son “corroborados y consagrados” para poder cumplir todos los deberes de su estado. De la misma manera que en el sacramento del Bautismo y en el sacramento del orden sacerdotal el hombre es destinado y provisto para poder llevar una vida verdaderamente cristiana, así también, en el sacramento del Matrimonio los cónyuges son destinados y provistos de una perenne fuente de energía. Casi del mismo modo, (excepto en lo que se refiere al “carácter” sacramental), a los esposos que han recibido el “sacramento del Matrimonio”, nunca les faltará la fuerza de este sacramento.

Aun en el caso de que se traicionen el uno al otro con el adulterio, ellos siguen llevando aquel “vínculo sagrado”, de la misma manera que el cristiano, aunque haya perdido la fe y apostatado, sigue llevando el imborrable “carácter bautismal”. Esto hace comprender hasta qué grado la “consagración” del Matrimonio se puede comparar a la consagración conferida por el carácter sacramental del Bautismo y del orden sacerdotal.
Con esto se comprende en qué forma, no solamente los religiosos y los sacerdotes “están consagrados a Dios”, sino que también los laicos casados, están verdaderamente “consagrados a Él”.
11 Abril 2011 03:00:52
El sacerdocio de los laicos
El culto que celebran los laicos no es una oferta cualquiera, sino que es una oferta verdaderamente “sacerdotal” ya que provienen de su centro personal, es decir, de su corazón, y participan del sacerdocio de Cristo. La Iglesia nos dice: “los creyentes en Cristo, una vez que ha sido regenerados por el Bautismo, por la Palabra de Dios y por la gracia del Espíritu Santo, constituyen una verdadera ‘estirpe elegida y sacerdocio real’”. El sumo y eterno sacerdote, Jesucristo, queriendo continuar a través de los laicos, la predicación de su Evangelio y su acción salvífica, los vivifica con su espíritu y constantemente los impulsa a practicar toda obra buena. De esta manera Jesucristo asocia íntimamente a los laicos a su misión salvífica, participándoles su oficio sacerdotal para ejercer un verdadero culto espiritual, con el fin de que Dios sea glorificado y los hombres sean salvados.

La Iglesia nos recuerda los fundamentos de este sacerdocio y su contenido: “Cristo el Señor, Pontífice del Nuevo Pueblo de Dios, creó un reino de sacerdotes para el Dios y Padre suyo” (Apoc. 1, 6). Por lo tanto todo cristiano bautizado es sacerdote. En efecto, “Los bautizados, por la regeneración y la unción del Espíritu Santo. Son consagrados para formar un “templo espiritual y un sacerdocio santo”, para ofrecer a través de todas sus actividades, sacrificios espirituales y dar a conocer los prodigios de Aquel, que los ha llamado de las tinieblas a su luz admirable (1 Pd. 2, 4-10). Por lo tanto, todos los discípulos de Cristo, perseverando en la oración y alabando juntos a Dios (He. 2, 42-47), se ofrecen a sí mismos como víctimas vivas, santas y agradables a Dios, dando, a quienes lo requieran, testimonio de Cristo y razón de su esperanza de vida eterna, (1 Pd. 3, 15).

Si bien, la doctrina sobre el sacerdocio de los laicos estaba claramente contenida en la Sagrada Escritura, algunos teólogos no se atrevían a hablar de esto, por temor de hacer daño a los que participaban del sacerdocio ministerial o jerárquico, esto es, a los sacerdotes que participaban del sacerdocio de Cristo por medio del Sacramento del Orden, y también para evitar que los laicos se involucraran en las funciones propias de los sacerdotes ministeriales, por ejemplo, presidir la celebración de la misa, consagrar el Cuerpo y la Sangre de Cristo, absolver de los pecados, etc… Si estos teólogos, alguna vez se arriesgaban a hablar del sacerdocio de los laicos, se expresaban como si no se tratase de un verdadero sacerdocio, sino de algo parecido.

Hoy, ya no se puede hablar de este modo ambiguo, del sacerdocio de los laicos, ya que, la Iglesia declara expresamente: “El sacerdocio común de los laicos y el sacerdocio ministerial o jerárquico, aunque son diferentes esencialmente y no sólo en algún grado, están destinados a ser, el uno para el otro, participando, cada uno a su modo, del único sacerdocio de Cristo”. Por lo tanto también el sacerdocio de los laicos es verdadero sacerdocio, como es verdadero el Sacerdocio de Cristo.

Este “único Sacerdocio de Cristo” tiene una “misión única”, ya que, aunque en la Iglesia hay diversidad de ministerios, la misión es una sola. Los Apóstoles y sus sucesores han recibido de Cristo el oficio de enseñar, regir y santificar en su Nombre y con su Autoridad. Pero también los laicos, que también participan del oficio Sacerdotal de Cristo, tienen su tarea propia en la misión de todo el pueblo de Dios, en la Iglesia y en el mundo. También los laicos ejercen su apostolado evangelizando y santificando a los hombres, y animando y perfeccionando con espíritu evangélico “al orden temporal”, de tal manera que su actividad en este orden constituya un claro testimonio de Cristo y sirva para la salvación de los hombres.
04 Abril 2011 03:00:31
El trabajo y la recreación son culto a Dios
El espacio del “don de sí mismo” a Dios se realiza, por una parte, en la participación en la misa, pero por otra parte también se puede realizar en todas las demás actividades ordinarias, que, bien realizadas, pueden convertirse en verdaderos actos de culto a Dios. Se verifican en estos casos los tres elementos necesarios para el culto: el donador, el don y, siempre presente, también Dios que acepta el don. También cuando el cristiano se dona directamente a sus prójimos en un generoso servicio; este servicio, al mismo tiempo se constituye en: “la religión pura y sin mancha” ante Dios (Jn. 1, 27), esto es, en culto a Dios.

También el “servicio directo” a los demás, al igual que el resto de su vida y actividades, como por ejemplo la “sana recreación” y hasta el mismo juego son, para el cristiano que está “consagrado por el Espíritu Santo”, un culto a Dios, ya que su característica propia es estar siempre “movido por el Espíritu Santo” (Rom. 8, 14). La Iglesia dice, hablando de los laicos, que todas las obras del cristiano, como son, la oración y las iniciativas apostólicas, la vida conyugal y familiar, el trabajo diario, el descanso espiritual y corporal, e, inclusive las molestias de la vida, si son sobrellevadas con paciencia, se convierten en actos de culto agradables a Dios por Jesucristo (1 Pedro 2, 5). El cristiano realiza todo esto “en el Espíritu”, si, de veras, es “movido por el Espíritu Santo”, porque hará todo esto, precisamente porque es “llevado por el Espíritu Santo”, sin tener ya que añadir alguna otra intención. Pero el hecho de que alguien sea “movido por el Espíritu”, se reconoce especialmente cuando su servicio al prójimo es por amor. Porque es el Espíritu Santo quien, de modo particular, nos infunde el amor.

Según la Iglesia, aun la “vida conyugal” y la sana recreación, cuando se realizan cristianamente, son un “culto agradable a Dios por Jesucristo”. En el mismo trabajo ordinario el cristiano actúa como Jesucristo, que trabajaba, “con sus propias manos”, en Nazaret. Así también, sucede con el juego del cristiano, que tiene su prototipo en la Sabiduría Divina que “desde la eternidad estaba con Dios, disponiendo con Él todas las cosas, ‘recreándose’ en toda la tierra y encontrando ‘sus delicias’, en habitar entre los hijos de los hombres”.

De igual manera, “la adoración” no consiste sólo en una determinada “hora de adoración” que se realice dentro de las paredes de una Iglesia. También el trabajo ordinario y la sana recreación pueden ser “adoración y culto a Dios”, también en este caso los cristianos son “adoradores”.

El trabajo y la recreación cristiana son, por lo tanto, verdadero culto a Dios, por eso los cristianos deben ofrecer a Dios todo esto, particularmente en la celebración de la misa, poniendo toda su vida en la patena junto al Cuerpo de Cristo. De esta manera, los cristianos integran en la celebración de la misa todo su trabajo cotidiano. ¡Qué lejos está todo esto de las actitudes de tiempos pasados en los que se trataba de “aislar” el culto Divino de las actividades concretas de cada día!. Por ejemplo hay que recordar cómo se hacía en el pasado la preparación del pan que se iba a usar para la celebración de la misa. En efecto la preparación del pan era separada intencionalmente del trabajo ordinario. En el Oriente, habitualmente, solamente los clérigos podían preparar este pan, (¡en ningún caso, las mujeres!), y, esto, en un lugar eclesiástico, acompañando la elaboración del pan con la oración y, haciéndolo, de ser posible, el mismo día de la misa. También en el Occidente, según la costumbre de los monasterios, eran los clérigos quienes habrían de seleccionar, grano por grano el trigo con el que se habrían de elaborar las hostias. El molino debería estar perfectamente limpio y cubierto con una carpa especial. El monje que manejaba el molino, debería ir vestido con el alba y el paño de hombros. Las mismas vestiduras deberían llevar los cuatro monjes a los que se confiaba el cocimiento de las hostias. De éstos, al menos tres deberían ser diáconos. Durante el trabajo deberían guardar silencio para que su aliento no llegara a las hostias. ¡Qué lejos estaba entonces el trabajo cotidiano, del culto que se rendía a Dios!. Ahora, en cambio, el trabajo cotidiano está colocado en el centro de las actividades del culto religioso.
28 Marzo 2011 03:00:36
También la vida conyugal es un carisma
Además del gran valor que tiene el amor cristiano que, aun en el campo de su realización sexual, está impregnado por la fuerza del amor sobrenatural que le confiere el sacramento del matrimonio, la Iglesia reconoce, que es un verdadero carisma. Esto, en algunos ambientes, constituye una verdadera novedad ya que, a veces se piensa que solamente es carismática la vida religiosa o sacerdotal.

La Iglesia, en lo que se refiere a la vida de los cónyuges cristianos, declara que, en virtud del sacramento del matrimonio, éstos, participan del misterio de “unidad y de fecundidad” que se realiza en la unión de Cristo con la Iglesia.

Los cónyuges cristianos se ayudan mutuamente para alcanzar la santidad en la vida conyugal y en la aceptación y educación de los hijos, y así, tienen, en su estado de vida, el “don” del matrimonio, en medio del pueblo de Dios. (1 Cor. 7, 7).

En efecto, cada uno recibe de Dios su “don particular”, esto es su carisma, unos, en un modo, otros, en otro. En efecto, el término “don” no se entiende solamente en un sentido “amplio”, sino en el sentido más estricto de “carisma”.

Y de esta manera, la Iglesia se lo aplica a la vida conyugal, recordando las palabras de san Agustín: “No sólo la castidad por el Reino de los Cielos, es un don de Dios, sino también la vida conyugal”. También aquí la palabra “don” significa “carisma”.

De esta manera, la Iglesia explica por qué, tanto los casados como los célibes, necesitan de un verdadero carisma para guardar la castidad. En efecto, también los cónyuges tienen una función muy elevada en la vida de la Iglesia.

En efecto, es de la alianza conyugal, de donde procede la familia, es en la alianza conyugal, donde nacen los nuevos ciudadanos de la sociedad humana, los cuales, por medio de la gracia del Espíritu Santo, que reciben en el bautismo, se convierten en “hijos de Dios” y prolongan, a través de los siglos, el Pueblo de Dios.

En la familia, que bien puede llamarse, Iglesia Doméstica, los padres deben ser para sus hijos, los primeros maestros de la fe, y secundar la propia vocación de cada uno.

Se comprende entonces, por qué la Iglesia se expresa de esta manera: “fortalecidos por tantos y tan maravillosos medios de salvación, todos los fieles, en cualquier estado o condición en que vivan, están llamados por Dios, (cada uno por su propio camino), a realizar aquella perfección y santidad de Dios Padre, como nos lo demanda Jesucristo, no solamente a las personas de vida consagrada, sino también a los cónyuges. También ellos están “fortalecidos de tantos y tan maravillosos medios de salvación”. También ellos son de los “carismáticos”.

En fin, la tesis, según la cual, la vida conyugal es carisma, se deduce también, del modo “amplio” en que la Iglesia usa la palabra carisma.
21 Marzo 2011 03:00:28
Cambio en los fines del matrimonio
Inmediatamente antes de la Segunda Guerra Mundial crecía, siempre más, en el mundo científico católico la idea de que el fin primario del matrimonio era “la procreación de los hijos”, dejando casi en la oscuridad el amor conyugal y el perfeccionamiento personal que se obtiene por medio de él. El 1 de Abril de 1944 el Santo Oficio rechazó a aquellos que “negaban que la procreación y la educación de la prole, fueran el fin primario del matrimonio, o que enseñaban que los fines secundarios no estuvieran esencialmente subordinados al fin primario, sino que fueran igualmente importantes e independientes”.

Es cierto que la Iglesia reconoce que “el matrimonio y el amor conyugal están ordenados, por su propia naturaleza, a la procreación y a la educación de los hijos”, y declara, (hablando de los múltiples fines del matrimonio) que todos ellos son “de mucha importancia”. Y más adelante afirma expresamente, que los fines que tiene el matrimonio (que el Santo Oficio en 1944 llamaba entonces “secundarios”) no son de menor importancia que aquel que la Iglesia llamaba “primario”, por lo tanto, los otros fines, de hecho, ya no se consideran secundarios.

En efecto, la Iglesia considera de mucha importancia todos los otros fines, además de la procreación de los hijos. Así, por ejemplo, reconoce el valor de la “comunión de amor” de los cónyuges. Ahora los cristianos se alegran sinceramente de estas aclaraciones, según las cuales los cónyuges disfrutan de que ya se reconozca bien la importancia de la “comunidad de amor”. Es muy bella la descripción de la “comunidad de amor” que hace la Iglesia: “Precisamente porque el amor conyugal es un acto eminentemente humano, que es una relación de persona a persona, estableciendo un afecto que nace de la voluntad, abarca el bien de toda la persona y, por esto, tiene la posibilidad de enriquecer con particular dignidad los estados de ánimo de sus manifestaciones físicas y de ennoblecerlos como elementos y signos especiales de la amistad conyugal. El Señor se ha dignado sanar y elevar este amor con un don especial de gracia y caridad en el sacramento del Matrimonio. Este amor, que asocia valores tanto humanos como divinos, conduce a los esposos al libre y mutuo don de sí mismos, acompañando de sentimientos y manifestaciones de ternura que impregnan toda su vida. Más todavía, el amor conyugal se perfecciona y crece mediante su generoso ejercicio. Y su vuelve muy superior a la pura atracción erótica que realizada egoístamente, se desvanece pronto de manera miserable”.

Muchos católicos fueron educados en una mentalidad según la cual el acto de la procreación de los hijos sería una especie de “fornicación legal” que necesitaba, cada vez que se realizara, renovar la recta intención que le confiere la moralidad. Ahora, en cambio, la Iglesia establece, como única exigencia para la moralidad de los actos conyugales, que se realicen “de modo verdaderamente humano y cristiano”. Ahora se expresa de manera sublime: “Los actos con los cuales los cónyuges se unen en casta intimidad son honestos y dignos y, realizados de modo verdaderamente humano, significan y favorecen el don recíproco de sí mismos, mediante el cual los esposos se enriquecen mutuamente de manera muy gozosa”.

La Iglesia, por lo tanto, concibe el matrimonio no sólo como una “institución para la procreación de los hijos”, sino más bien, de manera mucho más amplia, como la comunidad de vida de dos personas, que en la unión matrimonial y por medio de ella desarrollan todo su potencial personal y expresan su riqueza personal aun en la procreación de los hijos, que viene a ser como la coronación de su “comunidad de amor”.
14 Marzo 2011 02:00:47
El que está casado, ¿se encuentra dividido?
Si es cierto que el corazón de todo cristiano debe ser “virginal” e “indiviso”, ¿qué cosa significan entonces las siguientes palabras de san Pablo?: “Quien no está casado piensa en las cosas del Señor, esto es, piensa en cómo agradar al Señor. Al contrario, el que está casado piensa en las cosas del mundo y en cómo agradar a su esposa, por lo que, se encuentra dividido” (1 Cor. 7,32-33).

¿Acaso san Pablo quiere afirmar que los esposos, por razón del matrimonio, están condenados a la “división del corazón”, y que la tendencia del corazón hacia Dios esté necesariamente dañada por la naturaleza misma de su vínculo matrimonial? Podemos negarlo con toda tranquilidad. En efecto, es propio de san Pablo afirmar, con más fuerza que otros, que el cristianismo se centra en el amor como “servicio al prójimo” (Rom. 13, 8-10).

Ahora bien, el verdadero amor conyugal y el cuidado de la familia, no son otra cosa que una especie particular de este servicio, (especie, en la cual el prójimo está representado por el propio cónyuge y por los hijos). Es propio de san Pablo también, buscar siempre “las cosas de arriba”, lo cual incluye, el servicio concreto de amor al prójimo. También es propio de san Pablo afirmar que el amor conyugal, realizado cristianamente, es imagen y participación del amor que Cristo tiene a su Iglesia. Ahora bien, si se trata de una participación del amor de Cristo, ¡cómo podría separar de Cristo! El mismo san Pablo que dice, a propósito de la persona célibe: “El que no está casado piensa en las cosas del Señor, esto es de cómo agradar al Señor” (1 Cor. 7, 32), escribe también, a propósito de todos los cristianos, (incluyendo a los que están casados): “animémonos a caminar hacia la patria prometida, esto es, hacia el Señor. De esta manera nos esforzamos por ser agradables a Él” (2 Cor. 5, 8-9).

No debemos, por lo tanto, separar el séptimo capítulo de la Carta a los Corintios, del resto de la doctrina Paulina, sino que debemos interpretarlo en el cuadro del pensamiento “integral” de san Pablo.

¿Acaso, no existe una interpretación satisfactoria de tal “división” del hombre casado, según 1 Corintios 7? Puede ayudarnos a comprender mejor la afirmación de san Pablo, esta reflexión: el hombre casado debe incluir en su amor al prójimo, de modo particular, el amor a la esposa y a los hijos, lo cual no significa, necesariamente, la “división del corazón” en su tendencia hacia Dios. En efecto, este dirigir el amor hacia la esposa y los hijos no es, en ningún modo, un debilitamiento de la relación de amor con Dios.

Por otro lado, es cierto, que el instinto materno o paterno y la fuerza del erotismo y del sexo, son una ayuda para unión de la pareja, aunque esto, pudiera perturbar el amor al prójimo. Es también verdadero que para la persona célibe es más “fácil” consagrarse a Dios con corazón indiviso. Pero no es cierto que la fuerza y la impetuosidad de los instintos, necesariamente produzcan el desorden en los cónyuges, a tal grado que, se les divida el corazón.

Esto se comprende más fácilmente en el marco de la teología moderna, especialmente en el nuevo desarrollo de la teología del amor, ya que es decisiva la comprensión de esta realidad: toda acción del hombre brota, al fin de cuentas, de su centro personal. La gracia de Dios renueva y fortalece íntimamente este centro, marcándolo con la imagen de Cristo, llenándolo de la vida de Cristo, la cual, por el hecho de ser la vida del Hijo, espontáneamente tiende hacia el Padre, aun en los momentos en que el cristiano no piense expresamente en Dios, inclusive cuando trabaja y disfruta del tiempo libre.

Si este trabajo y tiempo libre es, en sí mismo, ordenado, si se desenvuelve conforme a la ley de Dios, estará de acuerdo con el pensamiento del Padre, y tiene ya, por esto, una relación hacia el Padre, y, al mismo tiempo es impregnado del amor de Cristo que la gracia le infunde al hombre.

Por lo tanto, instintivamente, el corazón del hombre tenderá hacia el Padre y este impulso hacia el Padre estará, sensiblemente presente, en el cristiano que tiene el corazón bien formado, de la misma manera como está presente, por ejemplo, en las madres, su instinto materno, aun cuando no estén pensando expresamente en sus hijos.

Ahora bien, por medio de este “instinto sobrenatural”, el amor de los cristianos, (incluyendo el amor ordenado de los cónyuges), mantiene, su relación completa con Dios y, por este motivo, será indiviso.
28 Febrero 2011 04:00:36
Los Ejercicios Espirituales dictados por Dios
La acción del Espíritu Santo en los corazones ha sido expresada con mucha fuerza por san Ignacio de Loyola. Según él, los Ejercicios Espirituales, en realidad es Dios quien los da. Sean largos o breves. Por eso es una condición fundamental que los ejercitantes sepan lo más pronto posible, el mejor modo de reconocer la voz interna de Dios y ponerse en contacto vital, lo más estrechamente posible con el Maestro Interior. Sin este “contacto” no existen los Ejercicios como los ha concebido san Ignacio.

La finalidad útil de los Ejercicios Espirituales es disponer el alma “para que busque y descubra la Voluntad de Dios acerca del ordenamiento de su propia vida” (Ejercicios Espirituales, n. 1), “a fin de que se acerque a su Creador y Señor y lo alcance” (n. 20). “En efecto es propio de Dios entrar en contacto con las almas, moverlas y atraerlas totalmente al amor de su Divina Majestad” (n.330). “El Creador mismo… se manifiesta a las almas que se abandonan a Él, abrazándolas en su amor y en su gloria” (n. 15).

De aquí se comprende el “sagrado respeto” con que debe secundar a esta actividad divina, no sólo el ejercitante, sino también el director de los Ejercicios, el cual “no debe inclinarse ni de una ni de otra parte, sino que debe mantenerse en el justo medio, como el péndulo de la balanza y dejar que se comuniquen directamente, el Creador con su creatura y la creatura con su Creador” (n.15). En la carta dirigida a Francisco de Borja, san Ignacio indica en detalle el modo en que Dios se da a las almas y cómo las abre: en la llamada “consolación espiritual” que san Ignacio describe así en sus Ejercicios: “en la consolación brota en el alma un ‘movimiento interior’, y el alma comienza a arder en el amor de su Creador… crecen la fe, la esperanza y la caridad, se llena el alma de gozo interior, que llama y atrae a las cosas celestiales… tranquiliza el alma… en el Señor”. (n. 316). Aun en tiempos de aridez espiritual el hombre puede “resistir con la ayuda de Dios, que siempre permanece con él”. Permanece con él en la medida suficiente de la gracia (n. 320). Pero aun entonces, cada uno debe entrenarse en la búsqueda de su “camino concreto”, y “mantenerse en la decisión pura de recibir la “Ultima Consolación” (n. 318).(Se sobreentiende, la Vida Eterna).

Si, por lo tanto, Dios se nos entrega, se nos abre en la “consolación espiritual”, (y este “donarse a sí mismo” constituye la esencia íntima de los Ejercicios). Es, pues, de suma importancia que el ejercitante distinga claramente, ya desde el comienzo de los Ejercicios, la Acción de Dios, que manifiesta su voluntad al hacer sentir la “consolación espiritual”, y, también la distinga de la “acción del espíritu maligno”. Así es como podemos comprender el acento que pone el “Directorio”, esto es en la guía para la predicación de los Ejercicios, escrito por el mismo san Ignacio: “… el ejercitante debe observar hacia dónde lo mueve Dios… por lo que es necesario explicarle bien qué cosa es la consolación espiritual…”. Por otro lado es necesario explicar también cuáles son los componentes de la consolación espiritual, que son: la paz interior, el gozo espiritual, la esperanza, la fe, la caridad, las lágrimas, la elevación del espíritu. Esto es, todo aquello que sea don del Espíritu Santo.

San Ignacio supone, por lo tanto, como una cosa normal, que Dios, en los Ejercicios, (y de manera semejante, fuera de ellos) revela a las almas su Voluntad. Cosa que el hombre, con la sola aplicación de los principios generales de la razón y de la fe, no puede reconocer suficientemente para cada situación concreta.
21 Febrero 2011 04:00:44
El oído en mí y el corazón en Dios
San Agustín se preocupaba mucho de que sus oyentes estuvieran siempre bien dispuestos interiormente para escuchar lo que les iba a enseñar. Así, en la explicación que daba de la Sagrada Escritura, tenía muy en cuenta dos cosas: la “palabra del comentador” y la “iluminación interior”. Por este motivo, para él, los oyentes debían estar abiertos a dos cosas: “a la palabra” y “a la luz interior”. A la palabra: debían escuchar a Agustín, o al Evangelista, o mejor dicho: el Evangelio que Agustín explicaba. Pero los oyentes debían estar abiertos también a la luz interior: en sus comentarios Agustín decía que el corazón debía abrirse a Dios que siempre, interiormente, ilumina y enseña. Los oyentes no debían pensar que Dios estaba lejos de ellos y que Agustín estuviera más cercano. ¡Para nada!, Dios está mucho más cerca, porque, decía Agustín, los ojos de ustedes me ven porque estoy fuera de ustedes, mientras que Dios está presente en su conciencia. A mí, dirigen sus oídos, en cambio el corazón lo dirigen a Él, a fin de satisfacer a los dos.

Tanto la palabra del Evangelio como la de su comentador, “son el cáliz”, pero todavía vacio. En cambio, la bebida que el cáliz debe dar a los hombres, esto es, la experiencia de la iluminación y enseñanza de Dios, vienen de Dios mismo.

Dios es “la vida”, pero también es “la luz”: “Y la vida era la luz de los hombres” dice el prólogo del Evangelio de San Juan. Esta luz por sí misma brilla para todos los hombres, pero, solamente, los que tienen los ojos sanos la perciben. Cuando los ojos espirituales están debilitados o completamente atrofiados a causa del pecado, para el hombre, es como si la luz no existiera. Pero la luz sí existe. El hombre ciego que es puesto ante la luz del sol, no ve al sol, y sin embargo el sol está presente, sólo que él está “ausente” al sol. De manera semejante los ojos, si están cubiertos de polvo o de lagañas, necesitan lavarse y limpiarse, sólo así serán “el corazón que mira a Dios”. De esta manera entonces podrán “mirar la sabiduría que les está presente, porque Dios es sabiduría. En efecto, Él dijo: “Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios” (Mateo: 5, 8).

Dios es la meta de nuestro camino terreno, Él es nuestra patria eterna. Todos aquellos que tienen “los ojos espirituales” o sea, los ojos del corazón, sanos, ya pueden ver esta patria, que es Dios. La ven como de lejos. El camino que conduce a ella como que “pasa a través del mar”. Sobre él nos lleva la cruz de Cristo. Hay cristianos que, “en la fe”, conocen esta patria, aunque no la vean porque sus ojos están enfermos y sin embargo tratan de “atravesar el mar” con la ayuda de la cruz, de la doctrina y de la fuerza de Cristo. Pero hay otros que además de tener la fe y de apoyarse en Cristo, junto con “los ojos espirituales” miran por donde deben andar, pues con el espíritu ya ven la patria a lo lejos.

Tal vez, en los comentarios de san Agustín, al hablar de Dios se refería al Espíritu Santo. Así, por ejemplo en el pasaje del Evangelio que dice: “El Espíritu de la Verdad, que el mundo no puede recibir, porque no lo ve ni lo conoce, ustedes, en cambio, lo conocerán porque permanece con ustedes y está con ustedes…” (Juan 14, 17). En efecto, el amor profano, explica san Agustín, no tiene aquellos ojos del corazón, que son los únicos que pueden ver al Espíritu Santo. Estos ojos espirituales pueden ver al Espíritu Santo, de la misma manera que el hombre, además de ver a los huéspedes que tiene delante de él, también puede ver su propia conciencia.

Por ese motivo, dice san Agustín, los evangelizadores deben procurar, con mucha diligencia, atraer la atención de sus oyentes acerca de “los ojos del corazón” que hay en ellos, y ayudarles, así, a vivificar su vida interior. Esto, no es otra cosa que “iniciar a los oyentes en el misterio de la experiencia religiosa”.

16 Febrero 2011 04:00:37
El exorcismo antes y ahora
V DE V El Nuevo Ritual de los Exorcismos establece que, en cuanto sea posible, no se proceda a aplicar el exorcismo sin el consentimiento de la persona poseída. Sin embargo, la experiencia enseña que, en frecuentes ocasiones, la persona poseída no está en condiciones de expresar su consentimiento para que le hagan el exorcismo, porque desde los primeros instantes del Rito, si no es que ya desde antes, entra en un estado tal de crisis que prácticamente sus facultades intelectuales y volitivas están bloqueadas; y si, por otro lado, el exorcista está convencido de que la persona está verdaderamente poseída por el demonio, puede proceder a practicar el exorcismo con el consentimiento de sus familiares. En efecto, hay formas de posesión en las cuales, desde el principio o, claramente desde antes, el exorcista se encuentra, como en el caso de Jesucristo, frente al endemoniado de Genesaret, en que el enfrentamiento con el demonio, se tiene la forma de un “rudo combate”, más bien que de una “pacífica liturgia”.

Como ha explicado recientemente un exorcista experimentado, el consentimiento es “fundamental”, pero no “forzosamente necesario”. A veces no es posible obtener el consentimiento del poseso porque el estado de posesión le puede estar causando una total incapacidad para expresarlo o se presente tal rechazo a lo sagrado (sacramentos, sacramentales o aun el mismo sacerdote), que no le permitan ser libre interiormente como para poder pedir el exorcismo. Sólo, poco a poco, a medida que avanza el exorcismo, podrá encontrar algún “espacio libre” para dirigir su propia voluntad hacia los medios de salvación de la Iglesia y colaborar a la propia liberación, expresando su voluntad de profunda conversión a Jesucristo.

Muchas veces los familiares, amigos y demás personas que presencian el exorcismo “tocan con su mano” las realidades invisibles y, de esta manera el exorcismo se convierte en un poderoso medio de evangelización, un estímulo para la propia conversión, para la oración frecuente, para desarrollar las virtudes cristianas, un mayor compromiso en las cosas de fe y una vida cristiana más intensa. Se comprende entonces por qué alguno ha definido el exorcismo como un “curso rápido de ejercicios espirituales”.

Un exorcista se ha expresado así: “San Juan Bosco en el año 1862 en sus ‘Lecturas Católicas’ publicó, a propósito del caso de una endemoniada, un escrito de un amigo suyo capuchino, Fray Carlos Felipe de Poirino, titulado ‘El Poder de las Tinieblas’. Mientras San Juan Bosco corregía el escrito ‘borrador’, el demonio le roció la tinta y le embardunó todo. Se trataba del caso de una campesina de Turín que, a consecuencia de una maldición de su hermano, sufrió una vejación diabólica durante la cual, fuera que se encontrara al descubierto o en un ambiente cerrado, era golpeada con piedras lanzadas por una mano invisible, con trozos de pescado, frijoles, nueces u otros objetos. La campesina, del puro susto, se quedó muda. Ante estos hechos, todos corrieron a la Iglesia a orar y todos cambiaron su vida. Y aquella mujer quedó liberada una semana después, recuperando, al mismo tiempo, el habla. Ante estos episodios y algunos otros aun más graves, hoy se guarda silencio. Nuestro grupo de oración nació en la Fiesta de María Auxiliadora en el año 1989, cuando una muchachita de once años, atormentada por pesadas vejaciones (una fuerza invisible la empujaba tirándola al suelo, una vez la sustrajo del automóvil abriéndole la puerta, la hería dolorosamente en las manos y en los brazos), fue liberada milagrosamente el día de la fiesta y de la procesión de María Auxiliadora, después de veinte tardes seguidas en las que ella hacía una hora de adoración eucarística. El resultado fue que se convirtió toda la familia. Para nosotros esta liberación fue un verdadero milagro hecho por Dios, que Don Bosco hubiera querido publicar, si lo hubiera conocido, sin embargo me he contentado con narrarlo como un hecho maravilloso de mi experiencia personal. Se podrían narrar muchos otros ejemplos que revelan la gran insensibilidad y la grande diversidad de opiniones de hoy con respecto al pasado, cuando la conciencia del bien y del mal, de Dios y del Diablo, del Paraíso y del Infierno eran mucho más vivas, y también los casos de vejación, obsesión y posesión diabólica eran mucho menos frecuentes y se resolvían más fácilmente”.
07 Febrero 2011 04:00:40
El exorcismo antes y ahora
En algunos casos de auténtica posesión, la persona llevada a un sacerdote exorcista, sin que ella lo sepa y sin que ella haya sido expresamente informada por sus familiares, que se limitaron a decirle: “Hoy vamos a misa a otra Iglesia”, manifiesta signos inequivocables de una acción extraordinaria del Maligno. Se sobreentiende que no había elementos para sospechar que se dirigían a entrevistarse con un sacerdote exorcista, pero al momento de llegar a la puerta de la iglesia, aullando con una voz que, no era ciertamente la suya, dijo: “¡Yo no entraré nunca en este chiquero!”. Otros, sin saber que eran conducidos por primera vez a una iglesia en donde se encontraba un exorcista, comenzaron a manifestar los signos típicos de una posesión real, desde el momento de salir de su casa, cosa que nunca les sucedía, cuando iban al supermercado o a visitar a un pariente.

Recientemente, un niño de 7 años tuvo especiales manifestaciones de este tipo, por lo cual su mamá vio la necesidad de recurrir a un exorcista. En efecto, todas las veces que la mujer subía al automóvil, recorriendo un tramo conocido para el niño (porque habitualmente el niño lo hacía con ella, permaneciendo siempre bueno y tranquilo), e intentaba dirigirse al exorcista, sin decírselo a su hijo, éste comenzaba a tener reacciones tan inquietantes que su mamá se veía obligada a regresar a su casa, porque sólo así el niño se tranquilizaba.

Por lo tanto es importante no dejarse condicionar por ciertas escuelas de “parasicología” o de siquiatras ateos, que no creen ni en la existencia de Dios ni en la del demonio, ni siquiera de ciertos psiquiatras y sicólogos, presuntamente cristianos. En efecto, no basta que un médico o un sicólogo esté bautizado o que se diga católico, para que sea sensible a las realidades espirituales. Todos saben que la siquiatría de nuestros días no es todavía una ciencia totalmente clara y unánime en sus teorías, esto es, no se guía por un sólo planteamiento teórico, sino que hay varias “aproximaciones” o “escuelas” que incursionan, quien más o quien menos, en el sufrimiento síquico y sicológico del hombre, tema, como es fácil imaginarse, bastante complejo, que trata de comprender la situación tan excepcional del “hombre-ambiente-cultura”. Y muchos de estos diversos planteamientos ignoran el “nivel espiritual”, confundiendo el alma del hombre con la “sique” y, por consecuencia, pretendiendo reducir todo a la “mente humana” o al “inconsciente”.

Sin duda, algunas afirmaciones nacen de un concepto equivocado de la figura del demonio, prescindiendo de si creen o no creen en su existencia. En efecto, el Evangelio y los Hechos de los Apóstoles no relatan reacciones de particular terror provocadas en los hombres por los demonios, como sucede, en cambio, en otras religiones, en las cuales los hombres manifiestan mucho miedo a los demonios. En la Escritura se habla, más bien, del terror que los demonios tienen a Jesús, a los Apóstoles y a los verdaderos cristianos, porque los demonios saben que los verdaderos cristianos participan de la victoria de Cristo. ¡Nada es tan contrario al espíritu cristiano que el miedo al demonio! En efecto, el demonio trabaja “ocultándose”, sobre todo cuando se trata de la verdadera posesión, pero, en el exorcismo, es obligado a descubrir, su enorme temor ante la Majestad de Dios. El demonio sabe con certeza que, antes o después, acabará por ser superado por el poder de Dios y, aunque al principio trate de mostrarse fuerte y seguro, Dios lo asusta tremendamente. Entonces, hace todo lo posible para convencer a algunos de que el exorcismo sería, para ellos, algo enorme, monstruoso y pavoroso al cual hubiera que recurrir lo menos posible, o, mejor aún, renunciar a practicarlo. Es pues, un interés del demonio que esta equivocada convicción se crea como verdadera lo más que se pueda en la Iglesia. En varias ocasiones esta mentira ha causado muchos daños, provocando que mucha gente (sobre todo la que no recibe apoyo espiritual) se sienta impulsada a dirigirse a toda clase de magos, hechiceros, espiritistas, gente que adivina con las cartas, sectas u otras religiones.
31 Enero 2011 04:00:51
El exorcismo antes y ahora
(III de V) Con base en la experiencia, hay que reconocer que, a veces, se encuentran casos de personas psicológicamente frágiles o fácilmente sugestionables. En estos casos, es muy fácil darse cuenta y, como consecuencia, hay que informar al paciente y a sus familiares sobre el origen real de algún “fenómeno extraño” que se les haya presentado. En cambio, cuando se encuentran situaciones de auténtica posesión, no se trata de personas débiles psicológicamente, sino de personas normales, equilibradas, psicológicamente estables e, inclusive, psicológicamente muy fuertes. Aunque no se puede excluir, del todo, que aun los débiles mentales puedan ser sujetos de posesión. En tal caso deberán ser atendidos tanto por el sacerdote como por un psicólogo competente.

La teoría, (sostenida por algunos escépticos a ultranza), que asegura que los casos de verdadera posesión serían de naturaleza puramente patológica, es absolutamente insostenible. Quien hace semejantes afirmaciones se parece a algún individuo que nunca ha visto ni ha hecho operaciones quirúrgicas y pretendiera enseñar a otros cómo se realizan. Sólo aquellos que ignoran el trabajo auténtico del exorcista y qué cosa sea un verdadero exorcismo, cómo se desarrolla y la gran ayuda que el exorcismo da a quien sufre la posesión, pueden sostener tal absurdo fundado en prejuicios y no en la realidad. En efecto, la primera preocupación de todo exorcista con sentido común, es la de evitar crear o mantener “la falsa ilusión” de una posesión, cuando en realidad no exista. Cualquiera que sea el origen del mal, sea o no sea una auténtica forma de acción extraordinaria del demonio, el exorcista, se empeñará en infundir serenidad, paz y esperanza a quien lo padece.

Quien pretende hablar de exorcistas y de exorcismos según ideas distorsionadas y alejadas de la realidad, cae en el absurdo de que con el sólo hecho de que un exorcista rece una oración sobre una persona, podría provocar la “identificación” de esta persona con el demonio y la induciría a escenificar una farsa diabólica. Inclusive, en la práctica, se llega a insinuar la sospecha de que tanto el exorcista como las personas que acuden a él, en busca de liberación, caerían, ambos, en una reciproca sugestión. Esto, tal vez, podría sucederle a un exorcista ingenuo e inexperto, pero, normalmente, no le puede suceder a un exorcista que tenga un mínimo de experiencia y de sentido común. En efecto, la tarea del exorcista no es solamente la de hacer exorcismos en los casos de posesión, sino que también tiene la tarea de acoger y escuchar a las personas que “piensan” que están perturbadas por el demonio, para darles seguridad, para ayudarles a descubrir que su caso no debe ser, necesariamente, atribuido al Maligno y para aprovechar la ocasión de convencerlas de que es necesario poner al corriente su vida espiritual y psicológica. Todo esto, con el fin de que estas personas, puedan encontrar fuerza y paz espiritual, y evitar que acudan (o regresen) a buscar la ayuda de magos y hechiceros, que desgraciadamente estafan a sus clientes pidiéndoles, a veces, enormes cantidades de dinero y los inducen a caer en verdaderas supersticiones. Es, en estos casos, cuando el trabajo del exorcista es entendido en su sentido normal y las personas perturbadas son conducidas con equilibrio, evitando dos extremos: el de querer ver al Diablo por todas partes o el de creer que todos los casos deben ser entendidos, a toda costa, como patologías de carácter psiquiátrico. Se necesita, pues, que la gente se entere del trabajo equilibrado del exorcista, quitando el falso temor, según el cual, al conocerse la presencia del exorcista, las personas serían inducidas a ver al Diablo por todas partes. En tal caso, sería el mismo exorcista el que haría el trabajo de que la gente no piense así.
24 Enero 2011 04:00:23
El exorcismo antes y ahora
(II de V)
El exorcismo tiene una forma “invocativa” y otra “imperativa”. En la invocativa el exorcista se dirige a Dios para que Él intervenga, con su poder, para la liberación de una persona. En cambio, en la imperativa, el exorcista ordena al demonio, en nombre de Jesucristo salir de una persona poseída por él o le prohíbe hacer sentir su influencia maléfica en un lugar, en una casa, sobre un objeto o sobre una persona.

El exorcismo en forma imperativa es autoritaria, esto es, se ejerce en forma de “orden” y no de oración suplicativa. El demonio demuestra que se da cuenta de toda la fuerza de esta orden, a la cual no puede sustraerse o rebelarse.

Aun en el caso de que el exorcismo no obtenga, de inmediato y desde su comienzo, el efecto esperado, sirve, sin embargo, a reducir, cada vez más, el campo de acción y de movimiento del demonio.

Según las normas del nuevo rito, el exorcismo en la forma imperativa puede ser aplicado solamente en los casos en que se tiene la certeza de que se trata de una verdadera posesión. Dice así el ritual: “El exorcista no proceda a la celebración del exorcismo, en su forma imperativa, si no está moralmente seguro de que la persona a exorcizar, está verdaderamente poseída por el demonio”. A la luz de esta norma se puede decir que el exorcismo, en la forma “imperativa” puede ser usado sólo cuando se tiene certeza de la posesión. En cambio, la forma “invocativa”, puede ser utilizada aun en el caso de que no se tenga la certeza de encontrarse frente a una verdadera posesión. En estos casos el exorcismo tiene una función de “exploración y de diagnóstico”, antes de la liberación, debido a que, frecuentemente, la posesión se manifiesta con mayor claridad sólo durante el exorcismo mismo.

En muchos casos, los indicios observables en el sujeto, durante repetidas oraciones de liberación son el “test” decisivo para discernir si se necesita aplicar el exorcismo, (si no se presentan reacciones significativas durante las oraciones de liberación, generalmente tampoco se encontrarán estas reacciones particulares en el transcurso del exorcismo). Por otra parte, es verdadero, que en ciertos casos solamente por medio del exorcismo, el exorcista, claramente se da cuenta si ciertas manifestaciones son o no son de origen maléfico. En cuanto a este problema, hace algunos años, el famoso exorcista P. Gabriel Amorth escribía en uno de sus libros: “Pueden presentarse manifestaciones, ante las cuales, se queda uno perplejo. Porque también, (y son los casos más difíciles) se puede uno encontrar ante sujetos que tienen, al mismo tiempo, enfermedades psíquicas junto con influencias diabólicas, y, una vez que se ha llegado a esta conclusión, será necesario que intervenga tanto el trabajo del psiquiatra como el del exorcista. Precisamente con este fin, de aclarar el diagnóstico, se puede, con amplitud de criterio, proceder a aplicar el exorcismo, basta con que se presenten suficientes motivos de ‘sospecha’. En la mayoría de los casos basta aplicar una sola vez el exorcismo para descartar que se trate de un mal de origen diabólico. Aun para aplicar los exorcismos tiene mucha importancia ‘la práctica’, quien ya la tiene, sabe distinguir cuáles síntomas son significativos y cuáles no, aun teniendo en cuenta de que el demonio, si está presente, hará todo lo posible para no dejarse descubrir. Es, un poco, como el médico, que (para usar un lenguaje común y corriente), adquiere el ‘ojo clínico’”.

Procediendo de esta manera no se llega a practicar exorcismos no necesarios, ni a causar daños, mientras que a veces el exorcista se puede lamentar de haber retrasado el exorcismo. En cambio, no se puede decir lo mismo cuando se trata de tratamientos psiquiátricos, con los cuáles muchas veces los enfermos llegan a ser saturados de medicamentos con el único resultado de intoxicarlos y de causarles continua somnolencia. A veces el psiquiatra, dando medicinas, puede equivocarse y dañar al enfermo, en cambio este riesgo no se presenta si oramos sobre las personas. Se ha presentado el caso de un prominente psiquiatra, maestro en la Universidad, que refería que, cuando atendía a los enfermos, el70% de su trabajo debía emplearlo en remediar los tratamientos equivocados de otros psiquiatras.
17 Enero 2011 04:00:10
El exorcismo antes y ahora
(I de V)
El exorcismo es una acción que Jesús practicó frecuentemente en los tres años de su vida pública. Él, en efecto no sólo anunció el Reino de Dios, no sólo predicó la conversión del pecado, perdonando a los pecadores arrepentidos y curando a la gente de toda enfermedad y dolencia, sino que también, frecuentemente, “expulsó demonios”, esto es, liberó a las personas que estaban poseídas y eran atormentadas, física y psicológicamente, por el demonio. La acción de exorcista, fue para Jesús una misión de extraordinaria importancia, porque, liberando a la gente de la esclavitud de Satanás, demostraba que Él era el Señor de la vida, el Redentor y el Salvador de los hombres, capaz de liberarlos de todo aquello que los arruinaba o destruía. Su lucha contra Satanás fue practicada con un “estilo particular”, con el cual Él se distinguía claramente de los exorcistas de su tiempo, los cuales trataban de hacerlo con prácticas más o menos mágicas, valiéndose de fórmulas usadas en los encantamientos y de otros ritos que Jesús nunca usó. Él expulsaba a los demonios con la sola fuerza de su palabra, ordenándoles irse inmediatamente, y los demonios se veían obligados a obedecerle, sin poder poner la mínima resistencia. No había, en los exorcistas judíos contemporáneos de Jesús, la mínima intención de relacionar la expulsión de los demonios con la venida del Reino de Dios. Relación que, en cambio, en Jesús era “esencial”. El hecho de expulsar a los demonios era una “señal” de que el Reino de Dios había llegado a los hombres y de que el amor salvífico de Jesús ya estaba presente y operante en el mundo: “Si Yo expulso a los demonios con el poder del Espíritu de Dios, esto significa que ha llegado a ustedes el Reino de Dios” (Mateo 12,28).

Jesús, no solamente expulsó Él mismo a los demonios, sino que también concedió el mismo poder a sus discípulos, primero a los que constituían “el grupo de los 12 Apóstoles” para que “estuvieran con Él” y también “para mandarlos a predicar” y para que tuvieran “el poder de expulsar a los demonios” (Marcos 3, 14-15), después, extendió este poder a los “72 discípulos”. Desde entonces la Iglesia conserva este poder y lo ejercita en el nombre de Jesús que se lo ha dado, (Hechos 5,15). El Catecismo de la Iglesia Católica dice: “El exorcismo está destinado a expulsar a los demonios o a liberar de la influencia diabólica mediante la autoridad espiritual que Jesucristo dejó a su Iglesia” (CIC, n.1673). El Ritual de los exorcismos dice: “En el Exorcismo Mayor, la Iglesia, unida al Espíritu Santo, suplica al mismo Espíritu para que venga en auxilio de nuestra debilidad para expulsar a los demonios e impedirles que hagan daño a los fieles. Confiando en el poder del Espíritu Santo que el Hijo de Dios, después de la Resurrección, dio a su Iglesia, ella actúa en los exorcismos, no en nombre propio, sino únicamente en el nombre de Dios o de Jesucristo al cual deben obedecer todos los seres incluyendo el Diablo y demás demonios”.

tanto el Catecismo de la Iglesia católica como el Nuevo Rito de los Exorcismos, reconocen que la Iglesia tiene el poder de expulsar a los demonios de los poseídos y de liberar a las personas o a las cosas de toda influencia demoníaca. Por lo tanto, donde quiera que se encuentre una “acción extraordinaria del demonio”, se puede intervenir con el exorcismo. Cuando se dice “expulsa a los demonios” se refiere a los casos de “verdadera posesión”, en cambio cuando se dice “liberar de la influencia demoníaca” se refiere a los casos de “infestación, vejación u obsesión” del Maligno.








10 Enero 2011 04:00:14
El contacto experiencial con Dios
Para que el cristiano pueda ‘oír’ al Dios-Maestro, para que pueda comprenderlo, Dios le da un ‘sentido especial’.
En el alegre anuncio de Cristo, Dios hace ‘resplandecer’ su gloria en los corazones abiertos y sinceros


La percepción humana de Dios es, para quien tiene abierto el sentido religioso, la percepción del mismo Cristo. La Iglesia nos dice que es parte normal de la existencia cristiana “dejarse mover por el Espíritu Santo” y “obedecer a la voz del Padre”.

Dios, por medio de Cristo, se revela Él mismo al espíritu humano, mueve al hombre, lo llama, le habla. Cuando Dios abre el corazón al hombre, éste, al escuchar el Evangelio, no sólo oye las palabras externas, sino que juntamente con esto, “percibe internamente” el mundo escondido de Dios.

En efecto, Jesús clama: “Te glorifico, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla” (Mt. 11,25). Lo cual hace comprender que los “sabios y entendidos”, esto es los escribas y fariseos, habían también escuchado el Evangelio de Cristo, pero sólo a los “pequeños”, además de esta escucha exterior les revelaba, internamente, los misterios de Dios.

En efecto, en el alegre anuncio de Cristo, Dios hace “resplandecer” su gloria en los corazones abiertos y sinceros.

Dios “atrae” e “instruye” a los cristianos que poseen un sentido religioso vivo: “Nadie puede venir a Mí, (esto es, nadie puede creer en Mí), si el Padre, que me ha enviado, no se lo concede” (Jn. 6, 64-65).

También Jesús dice: “Está escrito en los Profetas que ‘todos serán instruidos por Dios’. Cualquiera que haya escuchado al Padre y haya acogido su enseñanza viene a Mí” (Jn. 6, 44-45). En la fe, el cristiano no sólo acepta la verdad revelada que recibe desde fuera, sino que al mismo tiempo, él se mueve hacia Dios que lo “atrae hacia Él mismo”, le habla interiormente, lo “instruye”. En la fe, el cristiano aprende interiormente del Maestro que es Dios que se le revela.

Pero, para que el cristiano pueda “oír” al Dios-Maestro, para que pueda comprenderlo, Dios le da un “sentido especial”: “sabemos, en efecto, que el Hijo de Dios ha venido y nos ha dado “discernimiento” para conocer lo verdadero. Y es así como nosotros estamos en la verdad en su Hijo Jesucristo” (1 Jn. 5,20). El término “discernimiento” significa el “centro personal”, que es en donde reside la vida ético-religiosa del hombre. El conocimiento que este sentido nos comunica, no es el conocimiento “puramente racional” de Dios, sino que es la percepción de la íntima profundidad divina.

Sin este “sentido especial” los hombres son sordos a la voz de Dios: “… así, mirando con los ojos no ven, y escuchando con los oídos no oyen” (Mc. 4, 12).

La respuesta del hombre a esta “percepción experimental” de Dios es, ante todo, la actividad de la fe, la esperanza y la caridad. En esto, Dios se pone delante del “ojo espiritual del hombre”, como aparece representado en las diversas verdades reveladas.

En efecto, el creyente no percibe a Dios sólo racionalmente, esto es no sólo por conceptos que “revisten” a las verdades reveladas, sino que más bien percibe interiormente estas verdades aun “experimentalmente”, como una especie de “luz existencial” que ilumina aquellas verdades.

El sentimiento de esta “luz existencial” es al mismo tiempo el sentimiento de una cierta indefinible profundidad de la existencia, de la pureza de la paz, de la madurez, de la libertad interior.

La actividad de la fe, la esperanza y la caridad, puede, en cierta manera, penetrar la conciencia del creyente, aun en los momentos fuera de la oración. Es por esto que la Iglesia afirma expresamente que el trabajo apostólico, se ejercita en la fe, la esperanza y la caridad que el Espíritu Santo infunde en el corazón de todos sus creyentes.

Esto vale también para los otros campos de la existencia cristiana madura, para todo el trabajo y ocupaciones del cristiano. Porque las profundas convicciones y tendencias del ser humano comunican “su calor” a todas las manifestaciones de su vida. Por esto el sentimiento de la luz, de la paz, del amor, invade también a todos estos espacios de la existencia cristiana madura.







04 Enero 2011 04:00:25
La nueva ley ‘escrita en el corazón’
El lugar principal que ocupa “la guía interior” del Espíritu Santo es difícil encontrarlo tan claramente explicado como lo hace santo Tomás de Aquino.

Lo explica, en primer lugar, en su comparación que hace entre el Antiguo y Nuevo Testamento. La antigua ley es el Testamento “de la letra”, mientras la Nueva Ley es el Testamento del Espíritu Santo que infunde su amor en nuestros corazones. En efecto, cuando el Espíritu Santo infunde en nosotros el amor, (como aparece en el Nuevo Testamento), significa que no está “escrito sólo con palabras”, sino, escrito “por el Espíritu que vivifica”. La antigua ley (la de Moisés) fue escrita con palabras sobre tablas de piedra, en cambio la Nueva Ley ha sido grabada en corazones de carne. El hecho de que “el Espíritu infunde el amor en nosotros” con toda su plenitud, lo refiere claramente Santo Tomás, al decir que la auto-revelación del Espíritu Santo, a través de la fe, esperanza y caridad impregna totalmente al cristiano. Sin tal auto-revelación y sin su percepción, la “ley escrita en el corazón”, de hecho no estaría debidamente promulgada, no sería obligante, no hubiera sido verdaderamente expresada y promulgada como en el Antiguo Testamento.

La importancia que tiene la “guía interior del Espíritu Santo” según Santo Tomás fue expresada claramente en los escritos del Nuevo Testamento (en donde hay que reconocer la iluminación interior de la gracia) y en la infusión, en nuestros corazones, de la misma gracia del Espíritu Santo. Aquello que es capital en el Nuevo Testamento, (y en lo que consiste toda su fuerza) es la gracia del Espíritu Santo que nos es dada por la fe en Cristo. Es por esto que la Nueva Ley es, principalmente, la misma gracia del Espíritu Santo que los cristianos reciben. La Nueva Ley supone algo que, en cierto modo, dispone a recibir la gracia del Espíritu Santo, que es el saber aprovechar bien esta gracia. Esto es lo que está escrito en el Nuevo Testamento, pero es necesario explicárselo a los cristianos. Aun así, siempre permanece algo secundario, y es que se necesita decir que la Nueva Ley es en primer lugar la ley escrita en el corazón, y secundariamente, ha sido redactada por escrito en el papel. También en este caso debemos entender que la gracia del Espíritu Santo es “la ley grabada en el corazón” en toda su plenitud.

No hay duda de que en la expresión “ley escrita” hay que entender el Nuevo Testamento en cuanto sólo escrito sobre papel. En efecto Santo Tomás lo afirma expresamente al decir: “La ley evangélica comprende las dos cosas. La primera y principal: la misma gracia del Espíritu Santo, que nos es dada interiormente. Si bajo la expresión ‘Nueva Ley’ entendemos esta gracia, es necesario decir que la Nueva Ley nos santifica. La otra, pertenece a la ley evangélica, de manera secundaria: son los documentos escritos en papel acerca de la fe y los preceptos que regulan las acciones del hombre. Si bajo la Nueva Ley entendiéramos sólo esto ‘secundario’, es necesario decir que la Nueva Ley no nos santificaría. Precisamente por esto dice el apóstol San Pablo (2Cor. 3, 4) que ‘la letra mata, en cambio el Espíritu vivifica’. San Agustín explica en su libro ‘Del Espíritu y de la Letra’, que por ‘letra’, hay que entender cualquier palabra escrita ‘fuera del hombre’, aun la palabra de los preceptos morales, como vienen en el Evangelio. Esto es lo que nos hace comprender ¡cuán lejos estamos de todo cristianismo formalista y meramente exterior!

03 Enero 2011 04:00:19
La emigración a Estados Unidos de América
Hace unos días leíamos las declaraciones, mejor dicho las bravatas destinadas para el consumo doméstico mexicano, del representante del Gobierno mexicano ante su similar estadounidense, Arturo Sarukhán Casamitjana, quien se enviste como el líder que habrá de definir el debate nacional en ese país sobre el problema migratorio. Ante ello, decidimos dar un breve repaso al problema migratorio entre ambos países a lo largo de los últimos 90 años.

Pocos lo recuerdan, pero el 1 de febrero de 1922, sin que hubiera relaciones diplomáticas ente México y Estados Unidos de América (EUA), los presidentes Warren Gamaliel Harding y Álvaro Obregón Salido firmaron un acuerdo para abolir el requisito de presentar pasaportes al entrar a cualquiera de los dos países. En 1924, cuando se promulgó la Ley de Emigración en los EUA, con la cual se establecían cuotas a los migrantes de diversas nacionalidades, para los mexicanos no existían límites. Por ello, la emigración se incrementó. En 1930, en medio de la gran depresión, el presidente Herbert Hoover decidió expulsar a quienes no se acreditaran como residentes legales de ese país. Más de un millón de mexicanos fueron regresados a nuestra patria.

En agosto de 1942, durante la Segunda Guerra Mundial, México y EUA rubricaron el primero de varios acuerdos laborales para que mexicanos trabajaran allá, bajo el llamado programa Bracero, entre 1942 y 1949, poco más de 250 mil mexicanos fueron contratados. En 1945, al concluir el conflicto y regresar los soldados estadounidenses, la mano de obra mexicana era ya un factor de competencia dado que paralelamente al programa referido se generó la emigración ilegal. De nueva cuenta ambos gobiernos firmaron un convenio para ofrecer contratos laborales con duración de un año. El error fue que se ofrecía preferencia a quienes ya estaban allá ilegalmente y bastaba con llevarlos a un centro de legalización en la frontera, permitirles cruzar hacia México y retornar inmediatamente a los EUA para legalizar su situación migratoria.

Lo anterior provocó que los representantes de los sindicatos estadounidenses protestaran. En 1950, fueron deportados 600 mil mexicanos que se encontraban en los EUA sin documentos.

Para 1951, se estimaba que un millón de mexicanos habían entrado ilegalmente a los EUA. En ese mismo año, se suscribió un acuerdo para contratar trabajadores mexicanos para desarrollar actividades agrícolas.

Como el problema no aminoraba, en marzo de 1954, se volvió a rubricar otro convenio en la materia, pero esta vez el presidente Dwight Eisenhower instrumentó medidas y el 17 de junio de 1954 dio inicio la llamada “Operation Wetback.” Para octubre de ese año, 1.3 millones de mexicanos habían sido deportados. Fue después de ese año cuando el problema de la emigración ilegal aminoró. No, no fue producto de algún sortilegio, simplemente en nuestro país sus gobernantes se avocaron a actuar como tales y por cerca de 20 años, la economía mexicana crecía anualmente a niveles entre el 6 y 8%, la inflación rondaba el 2% y la emigración en su gran mayoría se desarrolló de manera ordenada.

En 1965, se instrumentó el programa de maquila en la zona fronteriza mexicana, lo cual actúo como paliativo temporal. El problema disminuyó a un punto tal que en las ciudades fronterizas el 22 de febrero de cada año era un día de “puente libre,” en donde no era necesario presentar documentos para cruzar a los EUA.

A propósito de la emigración de trabajadores mexicanos documentados a los EUA, en el segundo volumen de la serie Piedras Negras, Destino y Origen: Una Narración para mis Nietos, en el libro titulado “Personajes, Sitios y Recuerdos,” el cual su autor Rafael Villarreal Martínez presentará el próximo 12 de febrero en dicha ciudad, con información de primera mano se dedica un apartado en donde se relata cómo era la vida de quienes emigraban para laborar en el estado de California, EUA durante los años 60.

La emigración de trabajadores mexicanos continuó sin mayores problemas hasta la segunda mitad de la década de los 70, cuando la crisis se nos vino encima y la emigración indocumentada empezó a convertirse en el serio problema que hoy vivimos; ni siquiera la amnistía decretada por el presidente Ronald Reagan a medidos de la década de los 80, lo resolvió.

Lo anterior nos demuestra que los acuerdos deben ser complementarios, la solución está aquí creando las condiciones para generar riqueza y empleos bien remunerados.

¿Con que cara andamos demandando de otros lo que no somos capaces de ofrecer en el entorno doméstico? HYPERLINK "mailto:[email protected]" .(Javascript debe estar habilitado para ver esta direccion de correo)

P.D. A usted, amable lector, le deseamos que el año 2011 sea pleno de salud y bienestar.
27 Diciembre 2010 04:00:19
La Navidad redime la Creacion
En cuanto a la instauración del “Reino de justicia, de amor y de paz” que se ha iniciado con ocasión del nacimiento de Cristo en la Navidad, la Iglesia nos dice que: “En este Reino todas las cosas creadas serán liberadas de la esclavitud de la corrupción para participar de la gloriosa libertad de los hijos de Dios” (Rom. 8,21).

¿En qué sentido se puede decir que los cristianos conducen la creación entera, es decir todo el Universo, a la libertad? El hombre está íntimamente ligado a la materia, y no sólo con la materia de su propio cuerpo, sino también con el resto de la creación material. En efecto, el hombre no se enaltece sobre la creación como si fuera una estatua, de tal manera que la creación entera le sirviera de “pedestal”, sino que, más bien, el hombre es como la flor de todas las demás criaturas que le sirven de tallo.

A causa de esta unión con el Universo, toda la actividad del hombre se refleja también en las cosas materiales, tanto si las involucra su espíritu que es consciente y libre, como también si el pecado con su poder desintegrador, les infunde su oscuridad interior y sus cadenas. Por eso podemos comprender mejor las palabras que nos refiere san Pablo en su carta a los romanos, ya que, con la caída del hombre también la creación material ha sido “sometida a la vanidad y a la esclavitud de la corrupción”. (Rom. 8,20-21).

Así como sucedió con el pecado, también la Encarnación y Redención de Cristo han abarcado juntamente al hombre y a todo lo creado: “En efecto, Dios ha querido, por medio de Jesucristo reconciliar consigo mismo a todas las cosas, (tanto las cosas de la tierra como las del cielo), haciendo la paz por virtud de la sangre de su cruz” (Col. 1, 19-20). “Todas las cosas”, esto es, Cristo ha reconciliado no sólo a todos los hombres, sino también a todas la demás cosas. De manera semejante aparece en la carta a los Efesios: el Padre ha decidido poner a Cristo como cabeza de “todas las cosas”, tanto las del cielo como las de la tierra (Ef. 1,10). De este modo, por la Redención “todas las cosas tienen su consistencia en Él” (Col. 1, 17). En efecto, la sangre de Cristo purifica no sólo al hombre sino también “a la tierra, al mar, a las estrellas, al mundo entero”.

Y así también, como en el hombre, los efectos de la Redención no son todavía definitivos, (lo serán cuando, en la futura gloria, se manifiesten después de la resurrección de los muertos, (Rom. 8,23), así también, en el resto de la creación los efectos de la gracia no son todavía definitivos, y es por eso que todavía reflejan los efectos del pecado. Por esto, “toda la creación, hasta el momento presente, gime y sufre dolores de parto” y espera anhelante ser “liberada de la esclavitud de la corrupción para participar de la libertad gloriosa de los hijos de Dios” (Rom. 8, 21).

La libertad de la materia está pues, en relación directa con la libertad interior del hombre. El hombre será plenamente libre, solamente en el estado de gloria que adquiera en “el otro mundo”. Así también la creación material pasará a la plena libertad, sólo cuando, después del día del juicio, se asocie a los resucitados, para constituir “cielos nuevos y tierra nueva, en los cuales habitará la justicia” (2 Pedro. 3, 13).

Este hecho de vincular al hombre con la naturaleza, que tal vez nos ha sido extraño, ahora es más fácilmente comprensible al pensamiento moderno. Hoy sabemos que la tierra (aquella tierra que es el instrumental de la técnica moderna), se está abriendo al hombre, la tierra que está siendo trabajada por la mano del hombre, la tierra en la cual se expresan los más íntimos movimientos del espíritu humano, la tierra que es, en una palabra, la expresión del hombre, y por esto se hace una realidad nueva: no es por lo tanto “sólo tierra”, sino, más bien “tierra-hombre”. Y siendo “tierra-hombre”, la tierra es, juntamente con este hombre, (liberado o no liberado), igualmente, liberada o no liberada.

El dominio que el hombre tiene sobre sí mismo, lo extiende también al campo del trabajo, de la técnica y de la cultura civil. El mundo natural, que debe ser “liberado”, es trabajo más accesible a los laicos que a los religiosos y sacerdotes. Por este motivo la Iglesia invita de modo particular, a los laicos a desempeñar este trabajo de “liberación”.

En efecto es a los laicos a quienes les toca asumir la instauración del Reino de Dios en el orden temporal como tarea propia. Es a los ciudadanos, a quienes les toca, según su propia competencia y bajo su propia responsabilidad, desempeñar esta tarea. Entre las obras de tal tarea, sobresale el apostolado de la “acción social de los cristianos” que debe involucrar a todo el orden social y cultural, precisamente a partir de la celebración cristiana de la Navidad. ¡Feliz Navidad y Año Nuevo!

20 Diciembre 2010 04:00:46
La renuncia al egoísmo
La Iglesia nos advierte que el debilitamiento de la conciencia moral y del “oído” que percibe la voz de Dios en los hombres, es porque no tienen cuidado de buscar el bien, y en ellos el pecado se ha hecho habitual.

El descuido en la búsqueda del bien, y el pecado en general, esconden siempre al egoísmo y son, en el fondo, siempre egoísmo. De esta manera, el egoísmo es lo que al final debilita el sentido que percibe a Dios. Y por esto, es el egoísmo a lo que el hombre debe renunciar si quiere vivificar el sentido de Dios. Y para obtener esto es necesario no sólo emprender el camino hacia la interioridad, sino también la renuncia al egoísmo.

La muerte del egoísmo es el servicio a los demás, al mundo, en la historia. Por eso el camino hacia el descubrimiento de la “trascendencia” conduce, ante todo, a una auténtica renuncia de sí mismo en el trabajo social e histórico.

Especialmente, en ciertos casos, las épocas históricas son tales, que exigen mucho al hombre y lo ponen ante decisiones difíciles y vitales que muchas veces están vinculadas a una sincera renuncia de sí mismo. El que acepta esa renuncia, el que permite que el trabajo social y la historia lo purifiquen puede, entonces, madurar (y tal vez hacerse maduro de golpe) debido al descubrimiento existencial de su propio “transcender hacia Dios”.

En el marco de estos planteamientos podemos hacer las siguientes preguntas: “¿alguna vez, nos hemos quedado callados, cuando lo que deberíamos haber hecho sería defendernos porque nos trataron con injusticia?, ¿alguna vez hemos obedecido, no porque es lo que debemos hacer o porque de otro modo hubiéramos tenido cargos de conciencia, sino más bien, a causa de que Dios, como “Guía moral” actúa en nosotros?, ¿alguna vez hemos sabido sacrificarnos aunque no nos hayan agradecido ni nos hayan reconocido nuestras buenas obras, incluso sin haber logrado el sentimiento de una satisfacción interior?, ¿hemos sabido estar alguna vez absolutamente solos?, ¿hemos alguna vez tomado alguna decisión sobre cualquier cosa, desde el más íntimo dictamen de la propia conciencia (allá donde no podemos explicar nada a nadie), donde el hombre está totalmente solo y consciente de sí mismo, y en donde sólo él queda responsable para siempre?, ¿hemos sabido “amar a Dios” aun cuando esto no nos lleve a sentir alguna satisfacción, allá, hasta donde nos parece tener que morir ante tal amor, donde el amor se nos presenta como muerte y negación absoluta de nosotros mismos, hasta donde nos parece que estuviéramos hablando en el vacío, allá hasta donde nos parece que se trate como de un terrible salto a un precipicio sin fondo, y hasta tal grado que todo nos parece que se haya convertido incomprensible y sin sentido?, ¿hemos alguna vez cumplido con nuestro deber aun en la sensación de que estamos negándonos a nosotros mismos, aunque con esto parezca que estamos haciendo una tontería por la cual nadie nos lo va agradecer?, ¿hemos sabido ser buenos hacia alguien de quien no se puede esperar ni siquiera un eco de gratitud y de comprensión, y cuando no podemos ni siquiera tener un sentimiento de haber sido “generosos”, “honestos”, etc.?”

Busquemos en estas experiencias obtener algún éxito a través de ellas, sólo así encontraremos la experiencia del espíritu y de su trascendencia más allá de “este mundo temporal”.

En el ejercicio de la profunda renuncia a nosotros mismos nos encontramos en nuestro propio “espacio interior”, en la propia “profundidad”, en el “centro personal”. De esta manera nosotros vivimos aquello que es lo propio del “espíritu”, aquello que es su propia fuerza, y sentimos que esta “vida del espíritu” no encuentra la explicación suficiente sólo al interior del hombre, dentro de su cerco vital. De aquí nace la necesidad de la apertura hacia afuera, hacia Dios, y el sentimiento de “trascendernos” hacia Dios.
13 Diciembre 2010 04:00:13
Los sentidos para percibir a Dios
La Iglesia nos advierte que “la voz de Dios resuena” en el interior del hombre, nos habla de los “oídos del corazón” que oyen su voz, de la necesidad de “cultivar el sentido religioso”. La Iglesia es cada vez más consciente de que nuestro “centro personal”, esto es, “nuestro propio yo”, no está cerrado en sí mismo en una especie de cerco, sino más bien está abierto hacia el “vecino” que está al “otro lado de la pared”, que nuestro yo está abierto hacia Dios que realmente envía “la señal” al alma del hombre, que Él, en cierta manera, se le revela verdaderamente. Pero ¿cómo?

El hombre, a través de sus actividades, tiene conciencia de su propio ser, (se da cuenta de que él existe). Puede detenerse a contemplar esta conciencia de su propio yo. De esta manera su propio ser resplandece claramente a través de su propia actividad.

Sin embargo, su propio ser, no está encerrado en sí mismo, sino más bien está abierto. El hombre, en su actividad, tiende hacia afuera de sí mismo, y en esta tendencia se supera a sí mismo. Él se encuentra también abierto hacia Dios que lo atrae hacia Él, y que libera en nuestro ser la tendencia que existe hacia Él. Dios, en efecto es el fin de esta tendencia. El hombre puede, (al menos después de una apropiada introducción, y si su sentido metafísico está todavía vivo), a través de su actividad “percibir simultáneamente” esta presencia de Dios. No es que lo pueda “ver”, sino que el hombre puede, en cierta manera, darse cuenta de esta presencia (más o menos como se da cuenta de su propia actividad), como se da cuenta de que él existe. Él puede también detenerse en esta toma de conciencia de Dios, recogerse en Él, sin poder nunca “condensar” su presencia en conceptos bien definidos o experimentarla en ideas bien delimitadas. La percepción de Dios permanece siempre en el “trasfondo” que acompaña constantemente a la conciencia y sus tendencias.

Dios, que está siempre dinámicamente presente se nos manifiesta bajo diversos aspectos: como Verdad, como Guía ética, como Belleza, o como Santidad. El sentido de nuestro centro personal puede percibir todos estos aspectos de Dios, de manera y en grado diferente, en cada hombre. Nuestros “sentidos espirituales” pueden percibir a Dios en sus diferentes funciones: el sentido “metafísico” percibe a Dios como Verdad, el sentido ético percibe a Dios como Guía moral, el sentido estético, lo percibe como Belleza, el sentido religioso lo percibe como Santidad. Por eso la Iglesia nos refiere que “la conciencia es el núcleo más secreto y el sagrario del hombre donde él se coloca a solas con Dios, cuya voz le resuena en lo más profundo de su ser”.

Aunque parezca paradójico, es un hecho que la presencia de Dios puede marcar la “psique” del hombre, puede estar impresa en su alma, y que en este sentido esta presencia está en su conciencia, sin que él se dé cuenta o sin que él “ponga atención”. Efectivamente, este tipo de conciencia es solo una “conciencia con-concomitante”, es decir “simultanea”, y que, por lo tanto permanece “al margen” de la corriente de la atención que, generalmente, se dirige hacia los objetos exteriores en los que el hombre ocupa su atención. Esta “conciencia de Dios” es de tal manera sutil, que es totalmente diferente del resto de los contenidos de nuestra conciencia, porque la atención del hombre está acostumbrada a cosas muy concretas, a los contornos muy vigorosos de las imágenes, de las ideas, de los objetos, de los movimientos internos y externos, de tal manera que “sobrepasa”, generalmente, la percepción de Dios. Así sucede con el poeta, cuando se sumerge en sus profundidades mentales para crear la poesía, y en el científico cuando, durante su investigación, se sumerge en su fondo personal. En la vida cristiana, en la que la capacidad de percibir del centro personal esta reforzada por la gracia, Dios se manifiesta como el Dios de los cristianos. La Iglesia nos refiere que en la “vida de la gracia” el Espíritu Santo mueve el corazón y lo dirige a Dios, abre los ojos de la mente y da a todos “dulzura en el consentir y en el creer a la verdad”. El “corazón” que el Espíritu Santo mueve, significa la “profundidad” de la vida interior espiritual del hombre, el centro de los pensamientos, de las tendencias y de los sentimientos. El “corazón” es, por lo tanto, el “centro personal”. “Los ojos de la mente”, en cambio, son aquella “vista”, cuyo objeto no son las cosas sensibles, sino las espirituales. A esta “vista” de la mente no le corresponde deducir por razonamiento, del modo como un relojero que ve un reloj deduce la existencia del que lo hizo, aunque no lo vea. “Los ojos” de la mente, en cambio, perciben más bien las realidades espirituales. Estos ojos, no son otra cosa más que el mismo “centro personal” que como sentido perciben a Dios.
06 Diciembre 2010 04:00:55
Los sustitutos de Dios
Frecuentemente la gente, de manera indebida, atribuye a cualquier valor humano los atributos propios de Dios, de tal manera que los valores humanos, en su mente y en su corazón, sustituyen a Dios.

Los hombres, en efecto, cuando tienen su sentido religioso debilitado o, a veces completamente atrofiado, no han perdido del todo “toda tendencia” hacia Dios. Sólo que, en estos casos esta “tendencia hacia Dios” no la dirigen hacia Él, sino que tienen el riesgo de “crearse” sus propios sustitutos. Por ejemplo, el sexo, puede asumir la semblanza de Dios, y en este caso lo hacen objeto de “adoración”. Para el avaro “dios” es el dinero. Hoy, para muchos este “dios” es la “propiedad”, el poder “disponer de las cosas”. En el campo político la “obsesión por el poder” puede asumir la semblanza de Dios, y así, divinizarlo. En el campo de los espectáculos puede presentarse como “dios”, la actriz del momento que hasta la llegan a llamar “la diva”, palabra que deriva de latín, que quiere decir “diosa”. En el sector del deporte puede convertirse en “dios”, al ídolo del momento, en efecto, la palabra “ídolo” significa “dios”. Inclusive, en la actualidad, la adicción morbosa al “internet” se ha convertido en una nueva “divinidad”.

No es difícil comprender, cómo estas corrientes erróneas de la tendencia humana hacia Dios, dispersen la interioridad. Interioridad, que debería estar centralizada en el propio yo y dirigida solamente al Dios verdadero. Esta falsa adoración distorsiona forzosamente la dirección hacia Dios que tiene nuestra tendencia fundamental hacia Él. Su verdadero fin no es ya Dios, sino, más bien “la creatura”. Con esto la tendencia natural que tenemos hacia Dios queda condenada a la dispersión hacia cualquier cosa creada y, como con esto, se dispersa también la fuerza del “centro personal”. El abandono total del corazón hacia las cosas creadas absorbe toda la “linfa vital” (esto es, nuestras fuerzas interiores), y no la deja dirigirse hacia su verdadero objetivo que es Dios.

El peligro de caer en esta “falsa adoración” y el peligro de la dispersión personal, que está necesariamente vinculado a tal “adoración”, son las circunstancias que ilustran, con toda claridad, la importancia que tiene el descubrimiento “existencial” del verdadero Dios. Toda introducción del sentido religioso en la “experiencia del Dios vivo” es el único espacio legítimo de la verdadera adoración.




29 Noviembre 2010 04:00:05
El sentido religioso atrofiado
Cuando el hombre se preocupa poco en buscar la verdad y el bien, entonces, la conciencia se va quedando ciega como consecuencia del estado habitual de pecado. El sentido espiritual que nos permite percibir a Dios como “norma moral”, y la percepción de su luz y su juicio, se van apagando. Y con esto, también se va apagando el sentido que nos permite percibir a Dios como santo. Esto es, se oscurece el sentido religioso. Si bien cada uno está dotado de este sentido espiritual en su “centro personal”, la fuerza del pecado va haciendo que este “ojo espiritual” ya no vea, y que el “oído espiritual” ya no oiga. El sentido espiritual se va apagando poco a poco hasta convertirse en un “órgano atrofiado”.

Una atenta consideración de estas realidades nos hace comprender esta amarga constatación: ¡Qué poco accesible es el hombre moderno a la religiosidad! La Iglesia siempre trata de liberarse de todo aquello que en sus métodos ya esté rebasado y de readaptar su trabajo espiritual a la sensibilidad y a las estructuras del nuevo mundo.

Sin embargo este trabajo espiritual le interesa muy poco a la gente, debido que el “sentido espiritual” que debería estar abierto y sensible, en muchos casos se encuentra debilitado o totalmente atrofiado.

La primera causa de este debilitamiento y de esta atrofia es el “estado habitual de pecado” de la gente. Se trata, por lo tanto, de todos los fracasos morales que hay en la historia de la humanidad y de las respectivas culpas personales de cada individuo. Entre más se separa de Dios el hombre, por el pecado, menos actúa en él el “sentido religioso” y más profundamente se atrofia este sentido.

Más aun, cuando los cristianos no se alejan de Dios, pueden todavía verse privados de una “introducción sistemática” al cultivo de su sentido religioso. En efecto, no hay todavía una acción espiritual “constante” que mantenga vivo y activo este sentido en el mundo moderno. Se necesita mantener una “introducción constante” en el pueblo, a la experiencia religiosa. “Introducción” que debería estarse siempre reconsiderando, cada vez con más conciencia y experimentarla siempre de manera nueva.

En la actualidad, esta “introducción” no se puede dejar ya a la iniciativa individual de algún predicador, asceta o místico. El hombre moderno debe pasar de las “convicciones religiosas teóricas”, contenidas en las fórmulas de la oración del “credo” a ser verdaderamente creyente religioso por medio de una “auténtica experiencia religiosa” y ser introducido en esta “experiencia” en el seno de la Iglesia. La Iglesia no debe comunicar su doctrina sólo con “fórmulas preestablecidas” o con conceptos puramente mentales.

La mera comunicación del “dogma cristiano” no es suficiente, porque ya no encuentra resonancia en el mundo profano, ni una “aceptación incondicionada” en la opinión pública. Si tal doctrina no es acompañada y sujeta a una “experiencia” religiosa personal, entonces no tendrá ningún efecto, sino solamente será la pálida fuerza de una ideología superficial, que no conducirá a un cambio en la vida concreta de los individuos.

En la vida espiritual de la Iglesia encontramos, es cierto, algunos esfuerzos, que constituyen un “cierto estímulo” al sentido religioso. Así, por ejemplo la recomendación de favorecer el “recogimiento interior”, como lo hacen los autores espirituales. Sin embargo, esto no logra llegar a abrir “los ojos espirituales” que permitan tener la experiencia del Dios vivo. De manera semejante, la percepción de la llamada “consolación espiritual”, trata de llegar a la experiencia de Dios que se revela. Hay otros esfuerzos que tratan de introducir a la gente en el ejercicio del “discernimiento de los espíritus” en donde el “espíritu bueno”, sería de nuevo el tener la “experiencia de Dios”.

También algunas introducciones a la “simple presencia de Dios”, tratan sobre el recogimiento del hombre en su “centro personal” donde Dios se le manifiesta. Lo mismo vale para ciertas introducciones a la “oración de la fe”, a la “oración pura”, y otras cosas semejantes. Pero con todo esto, nunca se llega a una “atención espiritual estable y general” que comprenda a todos los cristianos. Hoy la Iglesia nos recuerda a todos que la cultura entera debe movernos a la “perfección integral de la persona” y debe incluir, en este intento, el deber de “cultivar el sentido religioso”.
22 Noviembre 2010 04:00:55
El infierno
(V de V)
También, Sor Josefa Menéndez, nacida en Madrid el 4 de febrero de 1890 y muerta en fama de Santidad en Poitiers, Francia el 29 de diciembre de 1923, escribió, por obediencia de sus superiores, su “Diario”, en donde comunica sus experiencias sobre el infierno, mismas que a continuación transcribo:

“El 16 de marzo de 1922 oí unos gritos de desesperación que decían: ‘¡Estoy para siempre allá, donde no se puede ya amar! ¡Qué breve ha sido el placer! ¡Y la desgracia es eterna! ¿Qué me queda? ¡Odiar con odio infernal, y esto, para siempre’. En la noche del miércoles al jueves del 16 de marzo de 1922, hacia las 10 de la noche, comencé a oír, como los días pasados, un rumor confuso de gritos y cadenas. Me levanté, me vestí y, temblando, me puse de rodillas, junto a la cama. El rumor se acercaba, salí del dormitorio y, sin saber qué hacer, fui a la celda de la madre superiora, después regresé al dormitorio. El mismo rumor terrible me circundaba. En un momento más vi al demonio frente a mí que gritaba: “¡Encadénenle los pies, amárrenle las manos!”. De improviso, ya no pude ver en dónde estaba y sentí que me amarraron estrechamente y que me arrastraban hacia afuera.

Otras voces rugían: “¡Se necesita amarrarla no sólo de los pies, sino también del corazón!”. El demonio respondió: “¡Ese no me pertenece!”. Entonces fui arrastrada por una larga calle que se adentraba en la oscuridad y comencé a oír, de todas partes, gritos horribles. En las paredes de este angosto corredor, se abrían huecos de los que salía humo, casi sin llamas y con una peste intolerable. Las voces proferían toda clase de blasfemias y palabras impuras. Algunas de esas voces maldecían a su propio cuerpo, y otras a sus padres. Otras se reprochaban de no haber aprovechado las oportunidades de abandonar el mal. Era una confusión de gritos llenos de rabia y desesperación. Fui arrastrada a lo largo de este pasillo interminable. Después me dieron un golpe violento que me dejó incrustada en uno de los huecos de la pared. Me encontraba como aplastada entre tablas ardiendo y atravesadas por todas partes con agujas quemantes y frente a mí estaban almas que me maldecían y blasfemaban. Esto es lo que me hizo sufrir más que cualquier otra cosa. ¡Pero lo que supera cualquier tormento es la angustia del alma de sentirse separada de Dios! Me parecía que habían transcurrido largos años en aquel infierno y no fueron más que cosa de 6 ó 7 horas. De repente fui violentamente arrojada de ese lugar y me encontré en otro lugar oscuro donde el demonio, después de haberme golpeado, desapareció y me dejó libre. ¡No puedo expresar lo que he sentido en mi alma cuando caí en la cuenta de estar viva y de poder todavía amar a Dios! (Sor Josefa, mientras vivía esta experiencia dramática, creía, que estaba ya condenada, encarcelada para siempre en aquella condición). ¡Para evitar este infierno, no sé qué cosas estaría dispuesta a soportar! Veo claramente que todos los padecimientos terrenos son como nada en comparación del dolor de no poder volver a amar, porque en el infierno no se respira más que odio y deseo de la pérdida de las almas!”

El domingo 19 de marzo de 1922, escribe sor Josefa Menéndez: “Nuevamente descendí en aquel abismo y me pareció que hubiera estado ahí durante largos años. Sufrí mucho, pero el mayor tormento fue el de creerme incapaz para siempre de amar a Nuestro Señor. De tal manera que cuando regresé a la vida normal me puse loca de alegría. Ahora me parece que lo mejor es amar a Dios como nunca lo he amado y de estar pronta a aguantar todos los sufrimientos que Él quiera. Sobre todo me parece que así he llegado a estimar y amar mucho más mi vocación”.

Después añade: “todo aquello que vi en el infierno me da un gran valor para sufrir. Comprendo el valor de los más pequeños sacrificios: Jesús los recoge y se sirve de ellos para salvar almas. Por lo tanto comprendo ahora qué gran ceguera es el tratar de evitar los sufrimientos, aun en las cosas más pequeñas, porque, además de ser muy valiosos para nosotros, sirven para librar a muchas almas de tormentos tan grandes”.

Sor Josefa, frecuentemente revelaba el principal y máximo tormento del infierno: ¡el de no poder volver amar! Una de las almas condenadas gritaba: “¡He aquí mi tormento: querer amar y no poder hacerlo. No me queda más que el odio y la desesperación! ¡Si alguno en el infierno, pudiera hacer, una sola vez, un acto de amor, aquello ya no sería el infierno! ¡Pero no podemos, nuestro único alimento es el de odiar y aborrecer!” (23 de mayo de 1922). Otra alma dijo: “Mi más grande tormento, acá, es no poder amar a Dios, y tenerlo que odiar. El ansia de amar se consume, pero es demasiado tarde. ¡Aquí tu podrás probar esta ansia: Odiar, aborrecer y desear la condenación de las almas. Es nuestro único deseo!” (26 de marzo de 1922). En efecto esas almas creían que Sor Josefa estaba condenada para siempre.

Sor Josefa reveló, también, las imprecaciones que aquellas almas lanzaban contra sí mismas: “algunas gritaban de rabia por el martirio que sentían en las manos”. Creo que haya sido porque robaban pues, en efecto, decían: “¿Dónde está todo aquello que han robado, manos malditas? ¿Por qué aquella ambición de tener lo que no me pertenecía, si no podía poseerlo más que unos cuantos días?”. Otros acusaban a su propia lengua, a sus ojos, cada uno acusaba aquello que había sido causa de sus propios pecados” (2 de abril de 1922). “Muchas almas se acusaban especialmente de pecados de impureza, de robos, de negocios injustos y la mayor parte se han condenado por eso” (6 de abril de 1922). “Vi a mucha gente mundana precipitarse en aquel abismo, y no se puede decir ni comprender los gritos que daban y los rugidos espantosos con que maldecían diciendo: “¡Maldición eterna!. ¡Me engañé a mi misma, estoy perdida! ¡Estoy aquí para siempre, no hay remedio! Algunos acusaban a una determinada persona, otros a una determinada circunstancia, todos acusaban la ocasión de su perdición”. (Septiembre de 1922).

Y así como estos ejemplos, Sor Josefa Menéndez relata muchas otras experiencias sobre el infierno, que son otras tantas advertencias para nosotros.
15 Noviembre 2010 04:00:26
El infierno
“Hay tormentos particulares, según la variedad de almas, que son los tormentos de los sentidos. Cada alma es atormentada por aquello que pecó, de manera tremenda e indescriptible”.

También el testimonio de los santos suele ser muy valioso para comprender la realidad trágica del infierno.

Veamos el testimonio de santa Faustina Kowalska, que fue canonizada el 30 de abril del año 2000 por el papa Juan Pablo II.

En su “Diario” describe una visión del infierno que ella tuvo en septiembre de 1936, mientras participaba en unos ejercicios espirituales de ocho días. El texto completo de esta visión, reportada en el número 741 de su “Diario”, dice: “Hoy, bajo la guía de un ángel, estuve en los abismos del infierno. Es un lugar de enormes tormentos que, por su extensión, es espantosamente grande. Estas son las varias penas que vi: La primera pena que constituye el infierno, es la pérdida de Dios, la segunda pena, son los continuos remordimientos de conciencia, la tercera, la conciencia de que aquella suerte no cambiará nunca, la cuarta es el fuego que penetra el alma, pero no la aniquila, es una pena terrible: es un fuego puramente espiritual encendido por la ira de Dios, la quinta pena es la oscuridad continua, con una terrible y sofocante peste y, aunque sea oscura, los demonios y las almas condenadas se ven entre ellos y ven todo el mal de los demás y el propio, la sexta pena es la compañía continua de Satanás, la séptima pena es la desesperación, el odio contra Dios, los insultos, las maldiciones, las blasfemias. Esas son las penas que todos los condenados sufren juntos, pero esto no es el fin de los tormentos. Hay tormentos particulares, según la variedad de almas, que son los tormentos de los sentidos. Cada alma es atormentada por aquello que pecó, de manera tremenda e indescriptible. Hay horribles cavernas, corrientes de tormentos, donde cada suplicio se diferencia del otro. Hubiera muerto con el sólo hecho de contemplar estas horribles torturas, si no fuera porque me sostuvo la omnipotencia de Dios. El pecador debe saber que en el sentido con el que pecó será atormentado por toda la eternidad. Escribo esto por orden de Dios, a fin de que ninguna alma trate de justificarse diciendo que el infierno no existe, o que ninguno diga que pudo estar en el infierno y decir cómo es. Yo, Sor Faustina, por orden de Dios, estuve en los abismos del infierno, con el fin de contarlo a las almas y testimoniar que el infierno existe. Por ahora no puedo hablar suficiente de esto. Tengo la orden de Dios de dejarlo por escrito. Los demonios han demostrado un gran odio contra mí, pero por orden de Dios han tenido que obedecerme. Aquello que he escrito es una “débil sombra” de las cosas que vi. Además, noté una cosa, y es que la mayor parte de las almas que se encuentran ahí, son almas que nunca creyeron que existiera el infierno. Cuando regresé en mí, no lograba, por el espanto, rehacerme, para lograr pensar en las almas que sufren ahí tan tremendamente. Por esto ruego, con mayor fervor, por la conversión de los pecadores e invoco incesantemente la misericordia de Dios por ellos.

“Oh, Jesús mío, prefiero agonizar hasta el fin del mundo con las más grandes torturas, antes que ofenderte con el más pequeño pecado”.
08 Noviembre 2010 04:00:48
El infierno
En el mes de julio de 1999, el papa Juan Pablo II presentó la siguiente enseñanza sobre el infierno:

“Dios es Padre infinitamente bueno y misericordioso. Pero el hombre, llamado a responderle libremente, puede, desgraciadamente, elegir el rechazo definitivo de su amor y de su perdón, sustrayéndose así para siempre de la Comunión gozosa con Él.

Precisamente esta trágica situación es la que fundamenta la doctrina cristiana cuando se habla de “condenación” o sea del infierno. No se trata de un castigo puesto por Dios, sino más bien de la consecuencia de los antecedentes puestos por el hombre durante su vida. La misma dimensión de infelicidad que comporta esta condición de desgracia es la que se contempla cuando se tiene alguna experiencia terrible que, como suele decirse, es un verdadero “infierno”.

Sin embargo en un sentido más religioso, el infierno es otra cosa: es la última consecuencia del mismo pecado que se vuelve en contra de quien lo ha cometido. Es la situación en la cual, definitivamente, se coloca el que rechaza la misericordia del Padre en el último momento de su vida.

La fe cristiana enseña que, en la posibilidad de decir que “sí” o que “no”, que caracteriza a la libertad de las creaturas espirituales, algunos ya han dicho que no: se trata de aquellas creaturas espirituales que se rebelaron contra el amor de Dios y que se les llama demonios. Para nosotros, seres humanos, esta experiencia suena como una advertencia: es un aviso continuo para evitar la tragedia en la cual desemboca el pecado y modelar nuestra existencia según el ejemplo de Jesús que se manifiesta en la decisión del “sí”. La condenación permanece siendo una posibilidad real, pero no se nos ha dado el poder conocer, sin alguna especial revelación, qué seres humanos se condenaron. El pensamiento del infierno, no debe crear en nosotros una especie de “psicosis de angustia”, sino que representa una necesaria y saludable advertencia a la libertad humana, junto con el anuncio de que Jesús resucitado ya venció a Satanás, dándonos el Espíritu de Dios. Esta perspectiva rica de esperanza es la que prevalece en el anuncio cristiano”.

El Papa Benedicto XVI en su catequesis del 25 de marzo del 2007 nos dice: “Jesús vino para decirnos que Él quiere que todos estemos en el paraíso y que el infierno, del que se habla muy poco en nuestro tiempo, existe y es eterno para todos aquellos que cierran su corazón a su amor”.

En su carta encíclica “Spe salvi” del 30 de noviembre del 2007, el Papa nos dice: “Con la muerte, la situación decidida por el mismo hombre se vuelve “definitiva” e irreversible, y así es como se presenta ante Dios como juez. La decisión tomada en el curso de su vida, tomó forma, y se hizo definitiva al momento de morir. Puede haber personas que han destruido totalmente en sí mismas el deseo de la verdad y la disponibilidad para el amor, personas en las que todo se ha convertido en mentira, personas que han vivido sólo para el odio y han pisoteado en sí mismas el amor. Ésta es una perspectiva terrible, pero algunas personas de nuestra realidad, permiten discernir, de modo espantoso perfiles de tal género. En tales individuos ya no existe nada de remediable y la destrucción del bien se vuelve irrevocable: es esto lo que se indica con la palabra “infierno”. Por otra parte puede haber personas purísimas, que se han dejado penetrar por el amor de Dios y por consiguiente, están totalmente abiertas al prójimo, personas que están en plena comunión con Dios”.

El Catecismo de la Iglesia católica enseña:

“No podemos estar unidos a Dios si no elegimos libremente amarlo. Pero no podemos amar a Dios si pecamos gravemente contra Él, contra nuestro prójimo o contra nosotros mismos: `el que no ama permanece en la muerte. Cualquiera que odia a su hermano es un homicida, y hay que saber que ningún homicida posee en sí mismo la vida eterna´ (1 Jn. 3, 15) Jesucristo nos advierte que seremos separados de Él si no socorremos en sus graves necesidades a los pobres y pequeños que son sus hermanos (Mt. 25, 31-46). Morir en pecado mortal, sin arrepentirse y sin acogerse al amor misericordioso de Dios, significa permanecer separados para siempre de Él por nuestra propia elección. Y es este estado de, “auto exclusión definitiva” de la comunión con Dios y con los bienaventurados, que es designado con la palabra “infierno” (CIC 1033).

01 Noviembre 2010 02:00:05
El infierno
Como hemos visto, la Palabra de Dios afirma, sin sombra de duda, la existencia, los sufrimientos y la eternidad del infierno. Esta realidad es un misterio de justicia que va más allá de nuestra razón, sin que esto quiera decir que no sea razonable. Aun cuando nuestra mente se estremezca y sea tentada a revelarse a aceptar la existencia de una pena que sea eterna, no estamos autorizados a callar o a cambiar las palabras de Jesús. Frente a los torpes intentos de desviar a los fieles de la salvación eterna, (que se han registrado a lo largo de los siglos), que ponen en duda algunas afirmaciones de Jesucristo en lo que se refiere al infierno, la Iglesia ha tenido que intervenir, reafirmando todo aquello que Él nos ha enseñado:

La profesión de fe de San Atanasio (siglo IV), reconoce la existencia y la eternidad del infierno al decir: “Aquellos que obran el bien irán a la vida eterna, aquellos que obran el mal irán el fuego eterno. Esta es la fe católica”.

El Sínodo “Endemusa”, celebrado en Constantinopla en el año 543 y aprobado por el Papa Vigilio, reafirma que el suplicio de los demonios y de los hombres impíos no es temporal y que no tendría fin después de pasado algún tiempo, por lo cual no habrá una rehabilitación de los demonios y de los hombres condenados. Este Sínodo, por lo tanto, recuerda que la doctrina relativa a la impenitencia de los demonios y de los condenados es revelada por Dios y no por los hombres.

El Concilio Ecuménico Lateranense IV (1215), presidido y aprobado por el Papa Inocencio III, afirma: “Todos resucitarán en su cuerpo que tienen ahora, para recibir, según sus obras, (sean buenas o malas), unos con el diablo para un castigo eterno, y otros con Cristo para una gloria eterna”.

Los Padres del Concilio Vaticano II llaman a mantener una constante vigilancia, afirmando la existencia y la pena eterna del infierno: “… para que no seamos arrojados, como los siervos malos y perezosos, al fuego eterno (Mt. 25, 41), a las tinieblas exteriores donde será el llanto y el rechinar de dientes (Mt. 22, 13 y 25, 30)”. Más adelante, cita el pasaje del Evangelio según San Juan (5, 29), donde se habla de “resurrección de vida” y de “resurrección de condenación”. Tales expresiones son consideradas como un complemento de las otras palabras, ya citadas, que se refieren al infierno.

En la famosa “Profesión de Fe” de Pablo VI (1969), titulada “El Credo del Pueblo de Dios”, hablando de Cristo, el Papa dice: “Él subió al Cielo, y vendrá nuevamente, en su gloria, para juzgar a vivos y muertos, a cada uno de acuerdo a sus propios méritos, de tal manera que irán a la vida eterna aquellos que respondieron afirmativamente al amor y a la misericordia de Dios, e irán al fuego inextinguible aquellos que, hasta el fin de su vida, lo rechazaron” y, por lo tanto, afirmando la eternidad de la pena de sentido, Pablo VI reafirma, implícitamente, la verdad relativa a la eternidad del infierno.
25 Octubre 2010 03:00:39
El infierno
Primera de cinco partes
El infierno es un asunto que, frecuentemente y ahora más que nunca, provoca reacciones de escepticismo o de broma. Muchos asumen una actitud de defensa, tomando como pretexto la infinita misericordia de Dios, sin darse cuenta de que abusan de su bondad y desatienden las repetidas llamadas de atención que nos hace la Sagrada Escritura.

Sobre esta realidad, tan dramáticamente seria, no podemos dejarnos guiar por la emotividad, por nuestra sensibilidad o por las opiniones de la gente. La Palabra de Dios es el punto de referencia cierto. Ella revela, de manera clarísima, la existencia de esta condición ultra terrena, y de modo tan claro, que la mente humana trata insistentemente de evadirla, con el único resultado de deformar, o francamente traicionar, esta verdad contenida en la Revelación de manera no vaga o genérica sino, al contrario, de manera explícita y precisa. Dios, en efecto, por el infinito amor que tiene a sus hijos, quiere ponerlos en guardia sobre el peligro de dirigir su vida terrena (con sus decisiones libres), hacia esta condición eterna de dolor y de perdición.

El infierno existe, es eterno y en él se encuentran, no solamente demonios, sino también seres humanos. Dios nos advierte esto, en la Sagrada Escritura, con mucha claridad. Por ejemplo:

“Todo hombre que no produzca fruto será cortado y arrojado en el fuego” (Jn. 15,6).

“Si tu ojo derecho te es ocasión de pecado, arráncatelo y arrójalo lejos de ti, porque más te conviene que perezca uno solo de tus miembros, a que todo tu cuerpo sea arrojado en el infierno. Y si tu mano derecha te es ocasión de pecado, córtatela y arrójala lejos de ti, porque más te conviene que perezca uno solo de tus miembros y no que todo tu cuerpo vaya a acabar en el infierno” (Mt. 5, 29-30).

“No tengan miedo de aquellos que matan el cuerpo, pero no tiene poder de matar el alma, teman, más bien, a Aquel que tiene el poder de arrojar el alma y el cuerpo al infierno” (Mt. 10, 28).

“Así sucederá el día del fin del mundo: Vendrán los ángeles y separarán a los malos de los buenos (esto es, separarán a los buenos, sea de los malos que se encuentren en vida en ese día, sea de los malos que ya estén condenados en el infierno) y los arrojarán en el horno ardiente (también el cuerpo participará del premio o del castigo eterno), donde será el llanto y el rechinar de dientes” (Mt. 13, 49).

“Apártense de mi malvados, vayan al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles” (Mt. 25,

“E irán estos al castigo eterno, y los justos a la vida eterna” (Mt. 25, 46).

“El humo de sus tormentos se elevará por los siglos de los siglos (=eternidad), y no tendrán reposo ni de día ni de noche los que adoraron a la bestia y a su imagen y todos aquellos que fueron marcados con su nombre” (Ap. 14, 11).

“Para los malvados y los incrédulos, los abyectos y los homicidas, los inmorales, los hechiceros, los idólatras y para todos los mentirosos está reservado el estanque de fuego ardiente y de azufre. Es ésta la segunda muerte (= la muerte eterna, esto es el infierno)”. (Ap. 21, 8).

Como se puede ver, las palabras de la Sagrada Escritura son demasiado claras y sin lugar a equívocos. Aunque esta realidad sea tan dura y desconcertante, no sólo no podemos callarla o disminuirla, sino que es absolutamente necesario que sea conocida por todos, precisamente para poderla evitar. El apóstol San Pablo en sus Cartas, en varios pasajes, hace una lista de acciones que dirigen la vida del hombre hacia el infierno, después de la vida terrena: “¿No saben que los injustos no heredarán el Reino de Dios?” (1 Cor. 6, 9).

“Ningún fornicador, o impuro, o avaro (que es lo mismo que idólatras) tendrá parte en el Reino de Cristo y de Dios” (Ef. 5, 5).

“Las obras de la carne son bien conocidas: fornicación, impureza, libertinaje, idolatría, brujerías, enemistades, discordia, celos. Disensiones, divisiones, facciones, envidias, embriagueces, orgías y cosas semejantes. Acerca de estas cosas les prevengo, como ya se los he advertido, que, quien las haga, no heredará el Reino de Dios” (Gal. 5,21).
18 Octubre 2010 03:00:04
La percepción del “absoluto”
La Iglesia nos habla de Dios en un lenguaje popular como “una voz que resuena en el interior del hombre”, nos habla de “los oídos del corazón” que oyen su voz, de la necesidad de “cultivar el sentido religioso”. Nos habla también del “centro personal” que no está cerrado en sí mismo, sino que está abierto hacia Dios como un “cierto Vecino” que está del otro lado de la pared, que percibe a Dios como “el Absoluto”, “el Absoluto” que manda señales al espíritu del hombre, que, en cierta manera se le revela verdaderamente. Pero ¿cómo es esto?.

El hombre, en su actividad, tiene clara conciencia de su ser, él sabe que existe. Esta conciencia de sí mismo es acompañada por su actividad. El hombre puede también detener su atención sobre esta conciencia, recogerse enfrente de ella. De esta manera su propio ser brilla desde su propia actividad y se hace sensible a sí mismo.

Este centro personal no está encerrado en sí mismo, sino que, más bien, está abierto hacia el exterior. Y esta apertura hacia el exterior lo relaciona con Dios “percibido como el Absoluto” que lo atrae hacia Él, que libera en el ser cierta tendencia que lo impulsa hacia Él. Y en esta tendencia, Dios se le hace presente dinámicamente y, en cierta manera, se le manifiesta. En efecto, Dios como “Absoluto” es el fin de esta tendencia. El hombre puede (después de una apropiada instrucción y si su “sentido espiritual” está vivo) percibir la presencia de Dios como Absoluto, al mismo tiempo que percibe su propia actividad. No lo puede “ver”, pero puede, en cierta manera darse cuenta de su presencia, del mismo modo que se da cuenta de su propia actividad y de su propia existencia. Cada uno puede “detenerse” en esta toma de conciencia del Absoluto, sin poder encerrarlo en conceptos bien determinados ni expresarlo con ideas bien definidas. La conciencia de lo Absoluto permanece siempre “sola”, pero penetra en nuestro centro personal y lo acompaña en toda su actividad.

El Absoluto, dinámicamente presente, se manifiesta bajo diversos aspectos: como Verdad, como Guía Ética, como Belleza, como Santidad. El sentido de nuestro centro personal que percibe al Absoluto, el sentido que está vivo, que es verdaderamente operativo y no está sofocado por “malas hierbas” o sepultado en el olvido, puede percibir, todos estos aspectos del Absoluto. En efecto, nuestro centro personal tiene diferentes funciones y así, como “sentido metafísico”, percibe al Absoluto en cuanto Verdad, como “sentido ético” lo percibe como Guía Espiritual, como “sentido estético” lo percibe como Belleza, como “sentido religioso” lo percibe como Santidad. De esta manera el centro personal es el núcleo más secreto y el sagrario del hombre donde él está solo con Dios, cuya voz le resuena en lo más íntimo.

Aunque parezca paradójico la presencia de Dios como Absoluto puede marcar psicológicamente al hombre y sin embargo esta presencia se realiza sin que el hombre se de cuenta, si no pone atención. En efecto, la conciencia de la presencia del Absoluto es “concomitante” y permanece “al margen” de la corriente de la atención que siempre se está dirigiendo hacia los objetos externos. Esta conciencia del Absoluto es tan sutil que puede pasar inadvertida, debido a que el hombre está acostumbrado a poner su atención en cosas externas “muy concretas”, a visualizar los contornos muy definidos de las imágenes, de la ideas, y de los objetos exteriores.

En la vida cristiana, en la que las fuerzas de percepción del centro personal se fortalecen por la gracia de Dios, el Absoluto, dinámicamente presente, se manifiesta como el Dios de los cristianos. Y es precisamente el centro personal el que percibe a Dios, como sentido moral y religioso. La Iglesia nos advierte que en la vida de la gracia el Espíritu Santo mueve el corazón y lo dirige hacia Dios , abre los ojos de la mente y da a todos “dulzura en el consentir y creer en la verdad”. El “corazón” que el Espíritu Santo mueve, significa la profundidad de la vida interior espiritual del hombre, el centro de los pensamientos, de las tendencias, de los sentimientos. El “corazón” es, por lo tanto, el “centro personal”. Así también, “los ojos de la mente” son “aquel modo de ver” los objetos, no como cosas sensibles, sino espirituales, son, también el “centro personal” como sentido apto para percibir al Absoluto.
11 Octubre 2010 03:00:05
El camino hacia la interioridad (II)
El camino hacia la interioridad pide que hagamos una “penetración” gradual hacia nuestro “centro personal”. Esto es, es necesario saber “recogerse” dentro de un cierto punto interior, ya que toda nuestra actividad intelectual, emocional y afectiva fluye desde este punto hacia el exterior y retorna a él, frecuentemente a través de recorridos muy complicados. La vida humana tiene un “centro”, aunque muchos nunca lo experimentan. Basta con que cada uno se pregunte si, de veras, conoce su “propio centro personal”, si de veras conoce ese “algo” que consigue la “unificación” de todo nuestro ser. ¿Acaso no es cierto que todo nuestro psiquismo se encuentra como “disperso” hacia el exterior? Así como las cosas externas nos llegan de fuera, así también nos dispersan en su dirección. Nosotros nos abandonamos fácilmente a todo aquello que se nos ocurra. Nuestras fuerzas interiores se dispersan fácilmente en mil direcciones, sin regresar de nuevo a su punto de partida. Es aquí donde se ve la necesidad de descubrir nuestro propio centro personal.

Sólo entonces, es cuando se hace posible la “espiritualización” de todas nuestras operaciones mentales, emocionales y afectivas. Sólo entonces, el “espíritu” podrá ser fortalecido, el espíritu que es diferente de las cosas meramente materiales. Diferente de aquello que es sólo corporal. Diferente de la mera “vida emocional”. Se trata de aquel centro personal que tiene una relación especial con el bien, con todo aquello que existe, con la verdad, el amor, la honestidad y con Dios mismo. Se trata del espíritu que debe penetrarlo todo y dominar los instintos y las pasiones y expresarse en todo. El espíritu que debe discernir la multiplicidad de las sensaciones, de los conocimientos, de las decisiones y lograr dar a todas las cosas su propio valor y dignidad. ¿No es cierto que nosotros sólo “conocemos” la existencia de este espíritu, pero no lo “sabemos vivir”?.

El camino para llegar a este espacio interior, a nuestra profundidad, al recogimiento en el centro personal, a la espiritualización de todo nuestro ser, es: el cuidado del orden, el dominio de los sentidos, el ejercicio de la atención, el ejercicio de saber permanecer en nuestra propia “soledad y silencio”, el ejercicio de dirigir la atención al mundo del “más allá”.

¿Qué cosa es dirigir la atención hacia el interior? En el hombre hay “algo”, que a pesar de la sucesión continua de las cosas y de los acontecimientos, “no cambia”. Algo que es “claro y fuerte”. Es la “viva esencia” del espíritu del hombre. Es la esencia del hombre que vive, en sí misma, su indestructible sustancia. La atención hacia el interior significa que el hombre trata de “hacer contacto” con este centro vivo de su espíritu, para renovar, desde ahí, su fuerza y su seguridad en sí mismo. El Evangelio habla de cierta “luz interior” que hay en nosotros y que ilumina todas las cosas. No es una mera imagen, es la realidad, ya que el espíritu es luz “por esencia”. Y el que sabe liberar a su espíritu, del dominio de las cosas exteriores, es totalmente iluminado por él.

¿Qué cosa es dirigir la atención hacia el otro mundo? Es, como lo expresa la siguiente oración: “Tú, Señor, eres mi vecino, siempre estoy tratando de escucharte, dame una señal tuya, ya que me encuentro muy cerca de Ti, solamente nos separa una pared muy tenue”. El hombre, a pesar de que puede vivir totalmente sumergido en las cosas visibles y palpables del tiempo presente, sin embargo, sólo puede “apoyarse”, en sí mismo y en sus propias fuerzas. Pero él tiene la clara convicción de que lo “meramente exterior”, no lo es todo. Sabe que del “otro lado” de la pared hay “alguien”. Sabe que más allá de los límites de nuestro ser, está presente la “vecindad de Dios”. Él puede tener la convicción clara de que en su interior, (allá donde se encuentra el límite con la nada), vive Dios.

De esta manera, se comprenden mejor las palabras del Concilio: “En efecto, por su interioridad, el hombre trasciende el Universo. Cuando se coloca en esta profunda interioridad, cuando dirige la atención a su propio corazón, ‘ahí lo espera Dios’, que penetra todos los corazones, ‘ahí’, donde, bajo la mirada de Dios, él decide su propio destino”. (Gaudium et spes n. 14)
04 Octubre 2010 03:00:32
El camino hacia la interioridad (II)
El hombre siempre se está moviendo hacia el exterior, hacia la superficie, hacia la distracción

Es de desear que cada cristiano sepa ingresar en su “interioridad profunda”, que sepa “entrar en su corazón”, precisamente ahí, donde lo espera Dios, que penetra todos los corazones, ahí donde, bajo la mirada de Dios, cada uno decide su propio destino. Este camino hacia la interioridad ya lo describió magistralmente Romano Guardini en su obra: “El bien, la conciencia y el recogimiento”. El pensamiento de Guardini se puede resumir así: Nuestro ser vivo se desplaza desde el interior hacia el exterior y desde el exterior hacia el interior.

En él existe “la superficie y la profundidad”, la expansión horizontal y el saber “recogerse” dentro de sí mismo en su propio “centro personal”. Lo más importante es, evidentemente, lo interior, lo profundo. Pero el hombre siempre se está moviendo hacia el exterior, hacia la superficie, hacia la distracción. Por eso él debe tender, conscientemente, hacia su interioridad.

Él debe descubrir cada vez más y mejor su propio “espacio interior”. Éste “existe” en nosotros. Es una “zona interior” donde podemos acceder voluntariamente. En donde podemos ocuparnos privadamente de todas las cosas. Donde podemos estar a solas con nosotros mismos. Donde nos colocamos frente a Dios, ante su presencia. Este espacio “existe” en nosotros y debe convertirse en algo cada vez más amplio, más profundo, más silencioso, siempre más vivo y siempre más protegido. Esto, generalmente, no es algo que se comprenda, por sí mismo, de manera inmediata.

Si nos preguntamos, sinceramente, si consideramos en nosotros la existencia de este espacio interior (la zona que es lo contrario de la mera exterioridad), el espacio en el cual sepamos vivir, debemos confesar que frecuentemente en nosotros este espacio interior está “como sepultado”, está invadido “de hierbas inútiles”, debemos reconocer que nos es extraño aquello que, los maestros de la vida espiritual, le llaman “mundo interior”, lo “oculto en el silencio”, que somos ajenos a su profundidad y a su fuerza. Aquí es necesario ponerse a la obra, es necesario descubrir este mundo interior, excavarlo, construirle su bóveda de protección.

Pero, ¿qué cosa entendemos cuando decimos que el hombre es “profundo”? No significa que sus pensamientos sean de tal complejidad que se haga difícil comprenderlos, no significa tampoco que sus movimientos sean ocultos, que sus objetivos estén cubiertos. La “profundidad” es una cualidad que reside en sí misma. Se trata de una especial “dimensión”, algo distinto de la “multiplicidad”, o “amplitud”, o “complejidad”.

La “profundidad” es una penetración gradual hacia lo interno, y precisamente de manera que los estratos, entre más cercanos estén a nuestro “centro personal”, son de mayor valor, son más propios del hombre, son más tiernos, son más vivos. El pensamiento más sencillo puede, así, ser más profundo, y el más complejo razonamiento podría ser superficial, el sentimiento más ardiente podría ser vano y, en cambio, la más ligera sensación podría ser profunda.

Saber colocarse en esta profundidad exige un esfuerzo consciente y vigilante y nos da la sensación de fuerza y plenitud de nuestra existencia, nos da un sentimiento de “pasión por el bien”, del sufrimiento causado por nuestras imperfecciones, nos da la disponibilidad para llevar a cabo todo lo que sea justo y bueno. Por eso, esta “vigilancia” es un deber para el ser humano.
27 Septiembre 2010 03:00:00
El problema del envejecimiento
Ya desde 1966 la Iglesia estableció que los obispos presenten la dimisión de su cargo a la autoridad competente al cumplir los 75 años de edad.

¡El problema del envejecimiento es un asunto delicado! El libro del Eclesiastés nos dice: “Así, pues, decidí tomar a la vejez como mi compañera, consciente de que sería mi consejera en la dicha y mi alivio en las preocupaciones y penas” (Ecc. 8,9). De manera semejante hablan otros pasajes del Antiguo Testamento. Pero la Sagrada Escritura nos enseña, al mismo tiempo, que no son propiamente los años los que aumentan la sabiduría, sino “el espíritu”. El joven Elihú introduce así su primer discurso contra los tres más ancianos amigos de Job que, erróneamente, aseguraban que el sufrimiento era sólo el castigo del pecado: “… por eso evité, atemorizado, decirles todo lo que sé. Pensaba: ‘Que hable la edad, que enseñen sabiduría los ancianos, pero hay un “espíritu” en el hombre, (el soplo de Dios), que los hace inteligentes. Los años, solos, no dan sabiduría ni la edad sola, capacidad de discernir’. … Yo también haré mi aportación: … pues me siento lleno de palabras, preñado de un aliento incontenible, mi pecho encierra un vino sin salida es como un odre a punto de reventar”. (Job 32, 6-9 y 17-19). El libro de la Sabiduría dice: “… pues la ancianidad venerable no consiste en larga vida, ni se mide por los años. Las canas del hombre son la ‘prudencia’ y la edad avanzada es ‘una vida intachable’”. (Sab. 4, 9). Y en el Evangelio de San Lucas Jesús dice: “Nadie, después de beber un vino añejo, quiere del nuevo, porque dice: El añejo es el bueno” (Lc. 5-39).

También la Sagrada Escritura sabe que las fuerzas del viejo van disminuyendo. El libro del Eclesiástico dice: “Hijo, cuida de tu padre en su vejez, y durante su vida no le causes tristeza” (Ecco. 3, 12-13).

Llegan, de hecho, los años, cuando el hombre (las excepciones son raras) no puede comprender ya las situaciones nuevas: ni las nuevas conquistas de la ciencia, ni las nuevas directrices del arte, ni la nueva sensibilidad, ni la nueva técnica… Él, no puede ya asimilar los valores de su tiempo. Las fuerzas son ya demasiado débiles. Es el ocaso. Además, el progreso de hoy es mucho más veloz que antes, el contacto con él es más difícil, y la distancia entre lo viejo y lo nuevo es, por eso mismo, más notable. De aquí procede la muy comprensible resistencia de muchos, (no de todos), a todo lo nuevo, la rígida defensa de las antiguas formas, actitud que, a veces, degenera, poco a poco, en una verdadera revolución de conservadurismo…

En la distancia progresiva que se da entre lo viejo y lo nuevo hay una ayuda que se puede dar a los ancianos, y es que tengan (junto a ellos) alguna persona de su confianza, que les pueda ayudar. Estos ancianos pueden conservar así (al menos mediante otro), el contacto con lo nuevo.

Esta clase de “mediación” es muy importante, especialmente para aquellos ancianos que ocupan cargos de mando y que, sin la ayuda de los demás, tomarían, inevitablemente, decisiones equivocadas ante las actuales situaciones del mundo, que, por ellos mismos, ya no pueden comprender. Por otra parte, ayuda, en esa distancia entre lo viejo y lo nuevo, si los promotores de las nuevas tendencias son comprensivos con los ancianos, si toman en cuenta las razones biológicas y psicológicas de sus actitudes, si toman en cuenta todo aquello que los ancianos crearon durante su vida, si consideran, substancialmente, lo que permanece de válido, al comparar las formas viejas y nuevas, si no olvidan que, algún día, también las formas actuales serán viejas.
20 Septiembre 2010 03:00:21
Salir del conservadurismo
El acento que la Iglesia ha puesto en el progreso y la “rehabilitación de lo nuevo”, significa, al mismo tiempo, la victoria sobre el conservadurismo que se encierra “en el pasado”, todo ocupado en la conservación de la herencia y que se mantiene en actitud de desconfianza ante el progreso y lo nuevo. La Iglesia, (según una comparación fuerte de Juan XXIII), no es un museo, ni la herencia cristiana es un pedazo de museo, sino la vida misma que debe estar en continuo progreso y desarrollo.

La vida es, naturalmente, “también conservación”. Cuando un ser vivo no se conserva coherente e idéntico en sí mismo, cuando no se relaciona con el futuro desde su pasado, cuando no une las acciones transitorias en su unidad duradera, entonces se descompone, se desintegra y no queda de él más que un cadáver. Por eso la vida debe siempre estar en desarrollo. Cuando un ser vivo ya no se adapta a las nuevas circunstancias, cuando se aísla, cuando se cierra al flujo de las cosas, cuando no asimila nada, cuando no produce algo nuevo, cuando pierde el contacto con la realidad y solamente repite las acciones del tiempo pasado, entonces el ser vivo no es más que un autómata y pronto llegará a ser una momia. Sus acciones son siempre paralizantes y, así, la vida sin alimento siempre se apaga.

La vida humana, bien formada, siempre lleva la doble marca de la “estabilidad y de la mutación”. A propósito de la “estabilidad”, hay que aclarar que no debe consistir en una mera sucesión de fenómenos, que no conduciría más que al desgaste. En medio de la sucesión de fenómenos la vida debe permanecer “íntimamente unificada”, “recogida en sí misma”, y debe mantener, así, su equilibrio vital. Pero, a pesar de que la vida está inmersa en la mutabilidad del tiempo, ella misma debe también “mutarse”. Precisamente para poder mantenerse en el equilibrio, la vida debe estar asimilando elementos nuevos, e integrarlos orgánicamente en el propio yo y, así, participar a estos elementos nuevos algo de su propia estabilidad.

Hay estructuras que son esenciales en cada ser humano y, por ese motivo, son inmutables. Pero también hay elementos que están condicionados por el tiempo y son adecuados al ser humano solamente por determinado tiempo. Así, por ejemplo, la Pintura debe saber expresarse a través de la combinación de los colores, de las superficies y de las líneas. Pero, las características del barroco permanecen siempre como expresión típica de la época que vio nacer este estilo. No quiere decir que una estatua que fue esculpida en el tiempo del barroco, ahora ya no sea bella, sino que la expresión artística de esta estatua no está inspirada para el gusto de nuestro tiempo, sino para un gusto ya pasado. En cambio sería una cuestión muy diferente si pudiéramos sentir y comprender una obra del pasado así como la sintieron y la comprendieron sus contemporáneos. Se necesita admitir que esto no es posible. Porque para que pueda darse un goce pleno, seria necesario que hubiéramos sido formados en la misma época en que se formaron los artistas del pasado. Pero resulta que nuestro “sentido estético” está formado en el presente. Aunque las estatuas barrocas tienen elementos válidos de expresión artística, se da uno cuenta de que, aunque ahora se perciben como bellas, debido a que ha sido modificado el sentido estético del pasado, no pueden impresionarnos con la misma intensidad al ser percibidos con la sensibilidad de hoy. Pero, en este ejemplo, podríamos conocer el mundo interior del artista, si nuestro mundo fuera igual al suyo. Y esto nunca sucede. El mundo personal es siempre único e irrepetible.

Cada época tiene pues, su “propia atmósfera”, sus propias líneas de fuerza, sus propias obras, sus propios valores y también su decadencia. Todo fenómeno vital está inmerso en las características propias de su tiempo. Para reforzar nuestra vida debemos saber tomar de estas características lo que tengan todavía de positivo y rechazar lo que tengan de negativo para nuestro tiempo.

¿Por qué tan frecuentemente no se perciben las nuevas situaciones? Las antiguas formas de expresión olvidan que son algo meramente transitorio, se acostumbraron a la estabilidad y no quieren abandonar el lugar de progreso que el pasado les dio. Tienden (como todo lo que nace del espíritu) a eternizarse. Cuando estas formas antiguas nacieron, según una determinada necesidad vital, tuvieron éxito en su época. Y ahora, no se resignan a ser desplazadas. Estas formas quedaron sumamente ligadas a sus creadores, porque, en su tiempo, enriquecieron la cultura. Además, por otro lado, algunos, en su estructura mental son, (por su propio temperamento o por la educación recibida), estrechos, rígidos, integristas, cerrados a todo influjo fecundo que venga de la vida fresca del presente. Éstos, generalmente, no sienten esta “limitación” de su ser, sino que, más bien, viven en la persuasión de poseer el “espíritu recto”, el “espíritu genuino”. Si este tipo de personas ocupa puestos influyentes, se considerarán, a sí mismos, como “custodios de la verdad”, y sienten el deber de bloquear todo aquello que no coincida con su estrechez y rigidez. Algunos otros se mantienen en el conservadurismo por el miedo infantil de dar el “paso decisivo” hacia lo nuevo, como si tal paso fuera, necesariamente, una total ruptura con lo ya existente, como si fuera algo ciego, un riesgo irrazonable. Éstos no ven que, actualmente, un hombre maduro, que ya posee el sentido de responsabilidad, pueda estar atento a no dar un paso en falso y de que también se cuidará de no “sofocar la vida”. En este sentido la actitud “innovadora”, es una actitud de constante actualización.
13 Septiembre 2010 03:00:23
La fuerza creadora de lo nuevo
Las palabras “nuevo”, “novedad” y “renovación” suscitan en algunos una actitud de sospecha o de desconfianza. No olvidan, evidentemente, que, como sucede en el cristianismo, él es nada menos que la nueva “Economía de Salvación”. En el comienzo de la vida pública de Jesús “todos quedaban tan admirados que se preguntaban entre ellos: ‘¿Qué es esto?’. Es una enseñanza nueva, impartida con autoridad” (Mc. 1,27). Una enseñanza que Jesús opone a la enseñanza hasta entonces vigente: “Han oído que antiguamente se les dijo así… sin embargo, yo les digo que…” (Mt. 5, 21-48). Su enseñanza era como un parche de tela nueva que rompería el vestido viejo, si se le cosiera, o también el vino nuevo que necesita ponerse en odres nuevos (Mt. 9, 16-17). Cristo trae la “vida nueva”, “el mandamiento nuevo”, Él lo renueva todo, a tal grado que le hizo exclamar a San pablo: “Lo antiguo ya pasó y, ha surgido lo nuevo” (2Cor. 5, 17).

Sin embargo, esto que llamamos “nuevo” debe también continuar renovándose. La palabra de Dios es sólo una semilla, es sólo la levadura, el Reino de Dios debe crecer como un árbol, la “nueva vida” debe renovarse y desarrollarse de día en día. El “hombre interior se renueva de día en día” (2Cor. 4, 16).

En este marco, la rehabilitación de “lo nuevo”, y de la “novedad” resulta perfectamente comprensible. La Iglesia misma debe renovarse sin detenerse. Porque su vida está integrada de modo vital en la vida del mundo, porque ella esta íntimamente vinculada al mundo, el cual continuamente se desarrolla y se renueva. También la Iglesia está incorporada en este perenne proceso renovador del mundo. Por lo tanto los católicos deben asumir los “nuevos caminos” de la cultura, las “nuevas tendencias artísticas”, “los nuevos modos de pensar, de actuar, de emplear el tiempo libre”. Los fieles deben saber armonizar con su cristianismo, el conocimiento de las nuevas doctrinas y de los más recientes descubrimientos. En sus tareas ordinarias la Iglesia debe saber hacer buen uso aun de los descubrimientos de las ciencias naturales, en primer lugar de la psicología y de la sociología.

Los cristianos no solamente deben hacer propio lo nuevo sino, también ellos, promoverlo. La misma fe, con todas sus fuerzas debe emprender nuevas iniciativas y, donde sea necesario, realizarlas.

Si, también el Espíritu Santo toma parte en la creación de cosas nuevas, la búsqueda y la acción de lo nuevo no debe suscitar sospechas ni desconfianzas tan solo porque se trate de cosas nuevas. Todos aquellos que tengan dificultad con lo “nuevo”, deberían examinar qué es lo que los turba frente a la novedad y, ponderar las cosas en sí mismas. Si son cosas en sí mismas buenas, positivas, constructivas, entonces todo está en orden y, así, la novedad confiere a lo nuevo el mérito que trae toda creación positiva.

Porque todo bien nuevo es verdaderamente una creación positiva, es fruto de una sana fuerza creadora de lo nuevo, es fruto de aquel “espíritu de renovación” que la Iglesia debe promover. El “espíritu de renovación”, a fin de cuentas, no es otra cosa que un reflejo del “Espíritu Creador” que siempre invocamos en la Liturgia de Pentecostés, para que “renueve la faz de la tierra”. Toda renovación social o cultural que diera lugar a un modo de ser estéril, que paralizara la novedad positiva, seria una “novedad absurda”.

Si en el proceso de renovación se mezclaran elementos destructivos y se abandonara el camino justo, se necesitaría, entonces, identificar a la fuerza destructiva y eliminarla. Hay que purificar el proceso de renovación de toda fuerza destructiva, pero nunca renunciar a la renovación en sí misma.
06 Septiembre 2010 03:00:06
Desarrollo y progreso
Junto con los lazos de la tierra y de la sangre están también los lazos que nos unen al tiempo y al espacio, lazos que están destinados a promover en nosotros los vínculos con el desarrollo y el progreso.

Muchos piensan que la “reforma de la vida” sólo es necesaria cuando ésta se encuentra anclada en formas muy primitivas. Esta manera de concebir las cosas sólo mira hacia atrás. Este tipo de personas no es consciente de la necesidad que tiene todo ser humano de “desarrollarse” y de “progresar”.

La Iglesia tiene clara conciencia de esta necesidad de desarrollo y progreso. El ser humano vive, actualmente, una época nueva de su historia caracterizada por “cambios rápidos y profundos” que se extienden progresivamente por todo el mundo. A esto le sigue una serie de cambios acelerados de la historia, de tal manera que es difícil que puedan ser seguidos por cada hombre. Todo esto produce un destino especial de la sociedad humana que se diversifica en una gran variedad de historias separadas de los pueblos. Como consecuencia, el género humano, pasa de un concepto estático del “orden de las cosas” a un concepto más dinámico y evolutivo. Una de las características de la cultura es el hecho de considerar las cosas bajo el aspecto de su “mutabilidad y evolución”. No es pues de admirarse de que tal desarrollo y progreso deba también darse en la religión como una de sus características principales.

La Iglesia no solamente constata el hecho del desarrollo y del progreso, y se interesa por él, sino que, inclusive, lo aprueba. La Iglesia reafirma su persuasión de que los hombres, desarrollando el mundo “prolongan la obra del Creador”, y que las victorias de la humanidad son signos de la grandeza de Dios y fruto de su inefable designio. Y que el “mensaje cristiano”, lejos de separar a los hombres de la tarea de edificar el mundo para su progreso, lo compromete a participar en su pleno desarrollo, lo compromete a todo esto con una obligación todavía más fuerte que la ordinaria. En el mismo hecho de transformar las cosas y la sociedad, el hombre se desarrolla a sí mismo. La Iglesia puede, así, enriquecerse con el desarrollo y progreso de la vida social humana, porque la Iglesia precisamente en el contacto con este desarrollo y progreso se conoce más profundamente a sí misma, se expresa mejor y se adapta más felizmente a nuestros tiempos y, por razón de este lazo que une a la Iglesia con el mundo, (en su manera) comparte también la misma suerte.

El desarrollo más importante es el del pensamiento, la renovación de la mentalidad, la “conversión” de los corazones. El orden social, por lo tanto, debe desarrollarse y progresar siempre más y, al mismo tiempo, debe fundamentarse sobre la verdad, edificarse sobre la justicia, ser vivificado por el amor. Debe encontrar un equilibrio siempre más humano en la libertad. Para alcanzar tal objetivo de desarrollo y progreso se debe trabajar en la renovación de la mentalidad y en una basta transformación de la sociedad. El Espíritu de Dios que, con admirable providencia, dirige el curso de los tiempos y renueva la faz de la tierra, está presente en esta evolución. Dios es ciertamente eterno, inmutable en sí mismo, pero Él también es vida, suscita la vida y la hace progresar.

Un obstáculo que se presenta para la renovación de la mentalidad, es un defectuoso concepto de la palabra “tradición”. Esta palabra significa, por un lado, todo aquello que el hombre encuentra en su tiempo como producto del pasado, de su historia. Pero el hombre no es sólo aquello que el pasado ha dejado en él. Él tiene el deber de superar aquel trabajo del pasado y hacer frente a las cosas nuevas de la vida. El niño se desarrolla al ir adaptándose a la forma de ser de los adultos, tratando de identificarse con ellos, imitándolos, pero, al mismo tiempo, él crece también por medio de la “diferenciación” de su propia vida con la vida de todos los demás. Cada uno se realiza a sí mismo sólo si, por un lado es semejante a los demás, pero al mismo tiempo se diferencia de ellos. En el catolicismo el término “tradición” es usado también para expresar la “Tradición de la Revelación” entendida como “otra parte de la auténtica Revelación de Dios”. Ahora bien, esta Tradición Divina tiene, naturalmente, una particular Autoridad que las otras tradiciones no tienen. Pero el uso del mismo término para expresar cosas tan diversas, lleva consigo el peligro de que la particular Autoridad de la Tradición Revelada se haga equivaler (en la mentalidad de algunos católicos) a la tradición en el sentido histórico-humano. Esta tradición histórico-humana adquiere, así, un “aumento de autoridad” que no le pertenece. Con esto, esta tradición recibe un titulo “jurídico” que circunda todo el pasado con una aureola de legitimidad que no tiene. Da la impresión de que lo que ha sucedido en el pasado por el simple hecho de haber existido ya es correcto y decisivo. Da la impresión de que, para algunos, “la fuerza normativa” de lo que sucedió en el pasado, la consideraran demasiado grande.
30 Agosto 2010 03:00:55
Estar en el mundo sin ser del mundo
El católico debe amar al mundo, debe andar en medio de los hombres, en medio de la vida cultural y política. Pero, al mismo tiempo, debe seguir la advertencia de San Pablo (1. Cor. 7, 31) según el cual aquellos que se sirven de este mundo, no deben detenerse en él porque “la figura de este mundo es pasajera”.

En el pasado, los cristianos no se preguntaban, ante estas expresiones, si la figura de este mundo pasará “bajo todos los aspectos”. Si, de frente al mundo, se deba “bajo todo aspecto”, pasar adelante. Ellos, simplificaban estas expresiones y las interpretaban unilateralmente. Estos textos los inducían, así, a distanciarse del mundo y descuidar los deberes de esta tierra.

La Iglesia, al considerar todo esto, habla con cautela acerca de la “huida de este mundo”. La Iglesia repite el texto de San Pablo, según el cual “la figura de este mundo es pasajera, pero precisa con claridad que la figura de este mundo es pasajera porque está “deformada por el pecado”. Y mientras, cita el otro texto de San Pablo: “No quieran configurarse con este mundo” (Rom. 12, 2), añade que se refiere al “espíritu de vanidad y de malicia” que convierten en instrumento de pecado el trabajo humano, que normalmente debiera estar orientado hacia el servicio de Dios y de los hombres. Paralelamente no es el orden social, como tal, lo que debilita al hombre, sino que es el desorden del hombre el que trastorna este orden. Las perturbaciones del orden social provienen “más radicalmente” de la soberbia y del egoísmo humano que llegan a pervertir el ambiente social. Allí donde el orden de las cosas es perturbado por las consecuencias del pecado, el hombre, inclinado al mal desde su nacimiento, encuentra nuevos impulsos para pecar.

La Iglesia, por una parte, es consciente de que en el mundo siempre hay pecado, que existen las fuerzas del demonio, que el pecado del hombre pervierte el aspecto de nuestro mundo, que este mundo, así pervertido, ejerce un influjo destructivo sobre el hombre, lo debilita moralmente, de tal manera que, sumergido en esta batalla, debe combatir, sin detenerse, por adherirse al bien. La Iglesia, en muchos aspectos, recomienda “la prudencia”, que siempre es necesaria al entrar en contacto con este mundo. Por otra parte, sin embargo, como hemos visto, la Iglesia envía clara y decididamente a los católicos a trabajar en medio del mundo.

Así como existen en el mundo las consecuencias del pecado y del egoísmo humano, así también existen las consecuencias saludables del trabajo honesto, de la generosidad. Y esto acontece en todos los campos de la cultura: en la técnica, en las ciencias naturales, en las artes, en las obras de educación, en la elaboración de las leyes, en la misma política. En efecto, en todos estos aspectos de la cultura hay mucho de verdad, muchos principios constructivos, mucha ayuda efectiva para la construcción de la existencia humana. Todo esto contribuye a la edificación ordenada del mundo. Pues este mundo está constituido por hombres, y en éstos, no solamente existe el mal, el egoísmo, la torpeza, sino también la bondad, el orden, la sabiduría. Y, el contacto con estas virtudes ayuda a elevar al hombre y a ennoblecerlo.

Pero la cosa más importante es esta: la entrada del católico en el mundo debe ser, esencialmente, una entrada a su servicio, por razones de amor. Este es el medio más poderoso para contrarrestar el pecado y el egoísmo. Quién quiera evitar el pecado, debe dedicarse con amor al servicio del prójimo. Esta paradoja aparece expresada en la Sagrada Escritura. San Pablo escribe a los colosenses: “Si han resucitado con Cristo busquen las cosas de arriba… Piensen en las cosas de arriba, no en las de la tierra” (Col. 3,1-2). Como un eco de este pasaje encontramos en oraciones litúrgicas la siguiente expresión: “… desprecien las cosas de la tierra y amen las del cielo”. ¿Cuál es, en realidad, el significado del texto paulino? ¿Qué cosa son “las cosas de arriba” que nosotros debemos buscar? El significado lo encontramos en el mismo contexto de este pasaje cuando se habla de las cosas “de la tierra” que se describen como la fornicación, la impureza, pasiones pecaminosas, malos deseos, y avidez de poseer que es una especie de idolatría. Dejen todo esto: cólera, desprecio de los demás, maldad, maledicencia, torpeza en el hablar. No se mientan nunca los unos a los otros, porque ya se han despojado del hombre viejo con toda su conducta” (vv. 5, 8-9). Esas son pues las cosas “de la tierra”, esto es, son las obras del “hombre viejo”. En cambio “las cosas de arriba” son el hombre nuevo con sus obras: “Revístanse de tierna compasión, de bondad, de humildad, de ternura, de paciencia, perdonándose y sobrellevándose mutuamente cuando alguno tenga motivo de reprensión hacia otro. Pero sobretodo revístanse de la caridad, que es el vínculo de la perfecta unión. Y que la paz de Cristo reine en sus corazones” (vv. 10, 12-15).
23 Agosto 2010 03:00:46
Los ángeles rebeldes
Durante los exorcismos, el demonio se ha comunicado para trasmitir a los sacerdotes el mismo mensaje: su misión es alejar al hombre de Dios. Hay quienes oponen resitencia, otros... no tanta

PARTE VI DE VI

Un día, durante la práctica de un exorcismo y, después de haber orado intensamente a Dios, el exorcista oyó decir al demonio: “No pensaba, no pensábamos, que Dios nos arrojase aquí a la tierra, creíamos que nos iba a mandar a otra parte del Cielo, no humillados entre los hombres.

No, lo que creíamos era que nos hubiera enviado a otro lado del Cielo infinito, donde pudiéramos también nosotros gobernar como dioses de lo alto y, en cambio, nos mandó a la tierra. Pero no te preocupes, “ya nos hemos adaptado”, “nos hemos adaptado muy bien”.

En otro exorcismo, mientras oraba a San Miguel Arcángel, el sacerdote exorcista oyó a Satanás expresarse con voz lamentable: “Miguel y sus ángeles nos arrojaron hacia abajo. Eran muchísimos y tenían, además, el poder del Altísimo.

“Miguel y sus ángeles me dijeron: “A partir de este momento ya no eres nada aquí”. Entonces combatí, pero Miguel me echó fuera. Con el poder de Dios me arrojó diciéndome: “¡Vete afuera!. El Cielo ya no será tú lugar. Vete a los abismos, vete a las tinieblas.

“Y yo tuve que salir del Cielo junto con mis seguidores. Mientras me arrojaba, dije que lo habría de combatir quitándole las almas a Dios”.

En este momento, cambiando la voz y en tono de desafío, continuó diciendo: “Y a Dios le he dicho: ‘Nosotros somos tan grandes como Tú, nosotros somos tan poderosos como Tú, nosotros mandaremos en nuestro reino, nosotros reinaremos sobre el mundo.

“El poder del pecado será nuestro altar, sobre el que sacrificaremos las almas de tus hijos malditos, sobre este altar haremos correr la sangre de tus hijos malditos’. Los demás que me siguieron le dijeron a Dios: ‘Hay un dios para el que odia y este dios es nuestro dios’.

“Y Dios le respondió: ‘Irán contigo aquellos que quieran ir contigo, y vendrán Conmigo, con mi Hijo y con el Espíritu Santo, aquellos que quieran vivir en mi Reino, del cual Yo te he expulsado, porque tú me has desobedecido’”.

En otro caso un exorcista, mientras invocaba a Miguel Arcángel, Lucifer le manifestó cuál fue la reacción de San Miguel, ante su rebelión contra el amor de Dios:

“Miguel es aquel que más se ha indignado contra la oposición a Dios y por mi falta de respeto a nuestro Creador, a nuestro Dios. Desde ahora, el trabajo de Miguel es el de ponerse completamente a disposición de todas las almas que quisiera para mí, y, especialmente, de las almas que Jesús ha hecho más queridas y cercanas a Dios. Él trata de proteger a todos, pero hay algunos que no se dejan proteger porque andan ‘en otros caminos’”.

La batalla con San Miguel, que ahora continua sobre la tierra, Lucifer la ha descrito así: “Soy el ángel exterminador, quiero exterminar a todos, quiero matarlos a todos, pero siempre viene Miguel a luchar en contra mía. La trae siempre contra mí. Siempre viene con su espada ‘descuartizadora’ y, así, yo no puedo hacer lo que quisiera. Yo quiero siempre hacer la guerra contra los hombres y él siempre está haciendo la paz, impidiéndome la guerra contra ellos. Él siempre me combate tratando de destruir todo lo que yo trato de hacer.

“Cuando ustedes oran a él, me fastidian, porque desbarata todos mis planes y los destruye, yo siempre trato de fomentar las guerras y toda clase de obras malas. Todo aquello que hay de mal yo puedo hacerlo cuando no está Miguel, pero cuando está él, no puedo, porque tiene un poder superior al mío”.

Como aseguran frecuentemente los autores cristianos, el diablo, (expulsado del Cielo), quiere vengarse de cualquier manera contra Dios, sea transmitiendo entre los hombres su misma rebelión, sea sustrayendo a Dios el mayor número posible de hombres.

Este es el motivo por el cual, durante los exorcismos, los demonios afirman, de manera muy clara, que su principal trabajo entre los hombres no es la posesión, sino la tentación.

Una vez, durante un exorcismo, un demonio resumió su actividad tentadora entre los hombres con una síntesis excepcional y categórica, con estas palabras:

“Nuestro ‘deber’ es tentar, siempre, a cualquiera, donde quiera, como sea. ¡Algunos caerán en nuestra red, algunos caerán para siempre!. Dios quiere a las almas libres y santas, yo quiero almas esclavas. A mí me interesa la voluntad de los hombres. Ustedes pueden todavía acercarse a Dios y nosotros, en cambio, queremos y no podemos. Que ustedes sean como nosotros, esta es nuestra venganza contra Dios!”.
16 Agosto 2010 03:00:21
Los ángeles rebeldes
Frecuentemente, durante la práctica de los exorcismos, el demonio es obligado, (muy a su disgusto) a declarar aquello que no quisiera. Cuando, por ejemplo, en el curso del exorcismo el fiel poseído es rociado con agua bendita, el demonio, a través de él manifiesta una enorme contrariedad, a tal grado que lo lleva a la violencia.

La aspersión con agua simple no provoca, en cambio, ningún sufrimiento al demonio que manifiesta con claridad que reconoce que el agua simple no está bendita, (es claro que la persona sometida al rito del exorcismo debe ignorar si el agua que se le aplica está bendita o no).

El demonio es obligado a manifestar el efecto del agua bendita que es usada, como se lee en el Misal Romano, en el rito de bendición del agua: “… que esta agua sirva para el perdón de nuestros pecados (se sobreentiende los pecados veniales), la defensa contra las insidias del maligno y nos atraiga la protección divina”.

Cuando el demonio reacciona ante la presencia de una reliquia de los santos, demuestra que sabe también a qué santo pertenece, y es obligado a dar testimonio de aquella persona a la que pertenece la reliquia o del origen divino de su santidad.

Cuando el demonio habla una lengua que es conocida solamente al exorcista, (pero no a la persona poseída), hace comprender su identidad diabólica, diferente de la identidad del poseído. Cuando, escuchando una oración dirigida a la Virgen María, muestra toda su aversión hacia Ella y, al mismo tiempo, su temor (expresando también el motivo por el cual la teme).

El demonio es obligado así a confirmar, (como sucede con mucha frecuencia durante los exorcismos), que la Virgen María es verdaderamente la Madre de Dios y la Madre de todos los hombres, que es la “Inmaculada”, la Corredentora, la Asunta al Cielo en cuerpo y alma, la Reina del Universo, junto a su Hijo Jesucristo, aquella que intercede por la humanidad.

Cuando, durante el exorcismo, el sacerdote recita “mentalmente”, sin pronunciarlo, algún pasaje evangélico, o bien, recita el credo, el demonio tiembla de rabia y reacciona de manera furibunda, y es obligado a dar testimonio de “la luz y la fuerza salvífica” que tiene para nosotros la palabra de Dios y la profesión de fe. Se podrían referir otros innumerables casos que se dan cuando los exorcistas practican este ministerio.

El demonio es el padre de la mentira, pero hay momentos durante los exorcismos, en que es obligado (porque Dios se lo manda), a decir la verdad de nuestra fe. Naturalmente, todo esto no añade nada nuevo, a lo que ya sabemos por la Sagrada Escritura, pero es para nosotros sumamente consolador y edificante constatarlo de esta manera tan evidente y, al mismo tiempo, ver cómo Dios convierte el mal en bien.

De esta manera queda claramente demostrado que los mismos demonios han afirmado durante los exorcismos, todo aquello que se refiere a su “rebelión inicial” que dio lugar a su “metamorfosis” de ángeles de luz en ángeles de las tinieblas.

Para manifestar por qué se reveló contra Dios, el demonio durante un exorcismo declaró: “Me he revelado porque yo no era como Él. Quería ser como Él. Como tenía tantos poderes creí que podría ser igual a Él. No un “escalón abajo”, ¿por qué debajo de Él? Yo quería ser Él. Muchos me siguieron porque yo les prometí todo, todo, todo.

Les había prometido que yo sería como Dios. Yo tenía tantos poderes que también ellos creyeron que yo podía ser como Dios. Era el más grande y el más bello, era aun más hermoso que Miguel”. El exorcista, autorizado para usar el “Ritual Romano Para los Exorcismos”, (que prevé la posibilidad de ordenar a los espíritus malignos que poseen a la persona, de revelar su nombre), le dijo: “En el nombre de Jesús: ¿Cómo te llamabas antes de la rebelión?”.

La respuesta fue: “Lucifer”. El exorcista le preguntó qué cosa significaba ese nombre y, para su sorpresa, en vez de “portador de luz”, recibió una respuesta mucho más incisiva: “Ángel. Ángel por encima de los ángeles, ángel por excelencia”.
09 Agosto 2010 03:00:38
Los ángeles rebeldes
El Papa Juan Pablo II en la audiencia general del 23 de julio de 1986, entre otras cosas, afirmó, acerca del tema: “Dios, creador de los ángeles, seres libres”: “como dice claramente la Revelación, el mundo de los espíritus puros aparece dividido en ‘buenos y malos’. Sin embargo, esta división no se realizó por creación de Dios, sino en base a la libertad propia de la naturaleza espiritual de cada uno de ellos. Se llevó a cabo mediante una ‘decisión libre’, que, cuando se trata de seres puramente espirituales, posee un carácter incomparablemente más radical que la decisión de los hombres y es irreversible, dado el grado de intuición y penetración del bien que tiene la inteligencia de los ángeles. A este respecto, también se debe decir, que los espíritus puros tuvieron que pasar por una prueba de carácter moral. Fue una prueba decisiva y determinante. Primero, respecto a Dios en sí mismo (un Dios conocido de modo mucho más esencial y directo de lo que es posible al hombre), un Dios que, antes que a los hombres, les había participado su naturaleza divina.

A esta ‘sublime capacidad’ de conocer de los espíritus puros, Dios les manifestó el misterio de su divinidad, haciéndoles así participantes, mediante la gracia, de su infinita gloria. Precisamente por tratarse de seres de naturaleza puramente espiritual, tenían en su inteligencia la capacidad y el deseo de llegar a esta ‘elevación sobrenatural’ a la cual Dios los llamaba, para hacer de ellos, (antes que a los hombres) ‘consortes de la naturaleza divina’ y participantes de la vida íntima de Aquel que es Padre, Hijo y Espíritu Santo, de Aquel que en la comunión de tres personas divinas ‘es Amor’ (1 Jn. 4, 16). Dios había admitido a todos los espíritus puros, (antes que a los hombres), a la eterna comunión de Amor.

La libre decisión, tomada por los ángeles con un conocimiento de Dios, en forma superior, (dada la lucidez de su inteligencia), dividió el mundo de los espíritus puros ‘en buenos y malos’. Los buenos eligieron a Dios como Bien Supremo y definitivo. Haber ‘elegido a Dios’, significa que se orientaron hacia Él con toda la fuerza interior de su libertad, fuerza que es Amor. Dios se convirtió, así, en el total y definitivo fin de su existencia espiritual. Los otros ángeles, en cambio, dieron la espalda a Dios, contra la verdad que su inteligencia les indicaba acerca de conseguir el Bien Total y Definitivo. Eligieron contra la revelación del misterio de Dios, contra su gracia, que los hacia participantes de la Trinidad y de la eterna amistad con Dios en la plena comunión en el Amor. En base a su libertad creada, tomaron una decisión ‘radical e irreversible’, a la par de la tomada por los ángeles buenos, pero diametralmente opuesta: en vez de una aceptación de Dios, llena de amor, le opusieron un rechazo inspirado por un falso ‘sentido de autosuficiencia’, de aversión e incluso de odio que se convirtió ‘en rebelión’.

¿Cómo comprender esta oposición y rebelión a Dios, en seres dotados de una inteligencia tan viva y enriquecidos con tanta luz? ¿Cuál pudo ser el motivo de tan radical e irreversible decisión contra Dios? ¿Cuál fue la causa de un odio tan profundo que se presenta solamente en la locura? Los Padres de la Iglesia y los teólogos no dudan en hablar de ‘ceguera’ producida por una ‘sobrevaloración’ de la perfección de su propio ser, impulsada a tal grado de poder ocultar la supremacía de Dios, que, por el contrario, exigía un acto dócil de obediente sumisión. Todo esto parece quedar expresado, de modo conciso, en las palabras: ‘No te serviré’ (Jer. 2, 20), que expresan el radical e irreversible rechazo para tomar parte en la edificación del Reino de Dios en el mundo creado. ‘Satanás’, el espíritu rebelde, ‘quiere su propio reino’, no el de Dios, y se levanta como el primer ‘adversario’ del Creador, como el opositor de la Divina Providencia, como el antagonista de la amable sabiduría de Dios. Tanto de la rebelión y del pecado de Satanás, como también del pecado del Hombre, debemos concluir, acogiendo la sabia experiencia de la Sagrada Escritura, que: ‘El orgullo es la causa de la ruina’ (Tb. 4,13)”.

El Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica (n. 74) sintetiza todo esto, diciendo que la expresión “caída de los ángeles” se refiere a que Satanás y los otro demonios, de ángeles creados buenos por Dios se transformaron en malvados, porque, con libre e irrevocable decisión rechazaron a Dios y su Reino, dando así origen al Infierno. Y ahora, los ángeles rebeldes tratan de asociar a los hombres en su rebelión contra Dios. Sin embargo Cristo tiene ya, segura, la victoria sobre el Maligno.
02 Agosto 2010 03:00:16
Los ángeles rebeldes
Al repasar los documentos del Magisterio vivo de la Iglesia sobre la real existencia de los seres angélicos, buenos y malos, se ve, con claridad, la continuidad de la verdad tal como Dios la ha revelado.

En el año 561 el Concilio de Braga (hoy Portugal) condenó los errores de ese tiempo y aclaró que el Diablo no surge de las tinieblas y no fue principio y sustancia del mal, sino que fue originalmente un ángel bueno creado por Dios.

En el año 1215 el Concilio Lateranense afirmó: “nosotros creemos firmemente… que Dios es el único origen de todas las cosas, el creador de las realidades visibles e invisibles, espirituales y corpóreas…

El Diablo y los otros espíritus malos fueron creados buenos en su naturaleza, pero se hicieron malos por “obra de sí mismos”.

Este Concilio afirma explícitamente que hubo un “pecado de los ángeles” aunque no precisa la naturaleza de este pecado.

Este pecado constituye la razón de la “metamorfosis del ángel”, que, de espíritu bueno, se convirtió en espíritu malo o maligno. Lo maligno no está en el origen “del ser”, sino que es una consecuencia de una “deliberación personal”, que no aniquila la naturaleza espiritual, pero la priva del bien del que era depositaria y al cual tendía. Dios ha creado buenas a todas sus creaturas.

Los demonios perdieron su primitiva bondad por razón de “su propia iniciativa” esto es, por una libre elección, se hicieron malos por sí mismos. El mal, por lo tanto, no tiene su causa en Dios, ni en la realidad material, sino únicamente en la “posibilidad de elección” de aquellos que fueron creados libres.

El Catecismo Tridentino (1456), promulgado por Pio V afirma brevemente que el Diablo no perseveró en la verdad (Jn. 8,44). Muestra así que el Diablo y los demás ángeles apóstatas habían recibido la gracia de Dios que los creo, pero, habiendo rechazado a Dios (su Creador y Padre) fueron expulsados de su lugar y encerrados en una “cárcel oscurísima” en la tierra, donde pagan eternamente el castigo de su soberbia.

Las palabras de la Sagrada Escritura: “El Diablo no perseveró en la verdad” (Jn. 8, 44), demuestran claramente que él y los otros ángeles apóstatas habían recibido en su origen la gracia de Dios.

A este propósito dice San Agustín: “Dios creo a los ángeles dotados de voluntad recta, vale decir `de un amor casto, dándoles juntamente su gracia´.

Por esto podemos concluir que los ángeles santos no fueron nunca desprovistos de rectitud de voluntad, esto es del amor de Dios”.

En cuanto a su ciencia, tenemos la declaración de los Libros Sagrados: “Pero Tú, oh Señor, eres sabio, como también es sabio el ángel de Dios. Sé que Tú conoces todo sobre la tierra”. (2 Re. 14,20). En fin, el rey David declara que los ángeles son poderosos y, por íntima virtud, son ejecutores del orden divino (Sal. 102, 20).

También las Sagradas Escrituras llaman frecuentemente a los ángeles “fuerzas y ejércitos del Señor”. De los ángeles rebeldes dice San Pedro: “Dios no perdonó a los ángeles pecadores, sino que los precipitó en el infierno, abandonándolos a los abismos de las tinieblas, donde los mantiene en espera del día del Juicio” (2 Pe. 2,4).

En el “Catecismo Mayor” del año 1905, encontramos la siguiente pregunta que hace el Papa Pio X: “¿Todos los ángeles fueron fieles a Dios? No todos los ángeles fueron fieles a Dios, porque muchos de ellos, por soberbia, pretendieron ser iguales a Dios e independientes de Él.

Y por este pecado fueron excluidos para siempre del paraíso y condenados al infierno. ¿Cómo se llaman los ángeles excluidos del paraíso? Se llaman demonios y su jefe se llama Lucifer o Satanás”.

Pablo VI, en una catequesis titulada: “Mas líbranos del mal” dice, entre otras cosas: “Los demonios son creaturas de Dios, pero caídos por su rebeldía”.
26 Julio 2010 03:00:55
Los ángeles rebeldes
En el Evangelio de San Juan (8, 44), Jesús dice: “El Diablo ha sido homicida desde el principio y no perseveró en la verdad, porque no hay verdad en él. Cuando el Diablo miente, habla de lo que le es propio, porque él es mentiroso y padre de la mentira”. Con estas palabras Jesús quiere decir que el Diablo, desde el principio, no ha estado de parte de la verdad y de la vida, pues, en efecto, ha rechazado a Dios, matando así la vida de Dios en sí mismo y después, por envidia, trata de matarla también en los hombres. La falsedad tiene su origen en él, y por lo tanto le pertenece, porque, desde el principio ha afirmado su pretensión mentirosa de “poder ser como Dios y en contraposición al verdadero Dios”. El Diablo siempre ha buscado el propio interés y la propia grandeza, y no el “amable y humilde servicio”, como lo hizo Jesús cuando vino al mundo. El Diablo ha permanecido en el pecado y todavía ahora permanece. Su pecado no es un pecado cometido solamente en el pasado, que tuvo su origen en la desobediencia a Dios, sino que es una culpa en la cual él, junto con los ángeles rebeldes, permanece siempre y permanecerá por toda la eternidad. Satanás y sus aliados, una vez pervertidos, son, ellos mismos, agentes de perversión. La Sagrada Escritura atestigua esta acción corruptora de Satanás desde el principio de la historia de los hombres cuando, comenzando con nuestros primeros padres, trata, de todos los modos posibles, de trasplantar entre los hombres su misma actitud de rivalidad, de insubordinación y de oposición a Dios, en tal modo que esta actitud se ha convertido casi en el único motivo de toda su existencia.

También en la primera carta de San Juan (3, 8) se afirma que el Diablo es pecador desde el principio. En efecto Juan escribe: “Quien comete pecado viene del Diablo, porque el Diablo es pecador desde el principio”. De cualquier modo que se quieran entender las palabras “desde el principio” (desde el principio de la creación de los ángeles o desde el principio de la creación de los hombres), lo que resulta evidente es que el Diablo es definido “pecador” y padre y causa del pecado.

Otro texto de la Sagrada Escritura, en el que la tradición cristiana ha descubierto la caída de los ángeles rebeldes, es el texto del Apocalipsis (12, 7-9) donde se nos revela que: “estalló una guerra en el cielo: Miguel y sus ángeles combatieron contra el Dragón. El Dragón combatió también junto con sus ángeles, pero no prevaleció, y ya no hubo lugar para ellos en el Cielo. El gran Dragón, la antigua serpiente, aquel que es llamado Diablo y Satanás y que seduce a toda la Tierra fue precipitado sobre la Tierra y con él fueron precipitados también sus ángeles”.

Es este el único texto de la Sagrada Escritura que nos informa acerca de la rebelión del Dragón (esto es de Satanás y sus ángeles aliados), que fue seguida por la reacción de los ángeles que permanecieron fieles a Dios, teniendo como jefe a Miguel, que significa: ¿Quién como Dios? (Sabemos que el nombre de cada uno de los ángeles indica su misión específica hacia nosotros y hacia la creación en general). San Miguel arcángel combatió y sigue combatiendo todavía ahora contra Satanás recordándole que ninguno es como Dios.

“Miguel” (¿Quién como Dios?), es una expresión que manifiesta la profunda humildad del arcángel Miguel, en contraposición a Satanás, que siempre ha firmado “ser como Dios”, sin serlo realmente, revelando así su gran soberbia. Al mismo tiempo las palabras: “¿Quién como Dios?” afirman también la verdad de que todos somos creaturas de Dios que Satanás quiere negar.

La causa de la caída de los ángeles rebeldes, fue la soberbia. Refiriéndose al libro de la Sabiduría (2, 24) donde se dice que: “la muerte entró en el mundo por envidia del Diablo y la experimentan aquellos que le pertenecen”, algunos Padres de la Iglesia (como San Cipriano, San Gregorio Niceno y San Ambrosio), aseguraron que el motivo de la culpa de los demonios hay que buscarlo en la “envidia” hacia Adán, creado a “imagen” de Dios. Lucifer y los ángeles fieles a él estuvieron celosos porque no soportaban la idea de que los hombres, creados después de ellos y con una naturaleza que ellos consideraban inferior a la suya (por estar compuesta de espíritu y de materia), fueron creados a imagen de Dios. Y, además, los ángeles deberían servir, no sólo a Dios, ¡sino también a los hombres! Sin embargo después prevaleció la convicción de que el motivo de la culpa de Lucifer debería buscarse, más bien, en la “complacencia desordenada” de su propia perfección. Esta versión fue sostenida también por San Agustín y San Gregorio Magno: Lucifer y los demás ángeles rebeldes se habrían ensoberbecido, porque no habían aceptado su “condición de creaturas” con respecto a Dios.

A esta actitud negativa, siguió después la envidia hacia los hombres. En efecto, habiéndose convertido en “ángeles demonios”, quisieran, después, impedir a todos los hombres de alcanzar la felicidad eterna (que ellos habían perdido culpablemente para siempre), y así arrastrar a todos los hombres a la condenación juntamente con ellos. Aunque la envidia fue seguramente un motivo irresistible para los demonios, sin embargo los autores cristianos, en su mayoría, están de acuerdo en afirmar que la caída de los ángeles rebeldes fue, sobre todo, por soberbia. La soberbia que se manifiesta en el “deseo desordenado” de la propia excelencia. Por eso la tradición cristiana ha considerado a la soberbia como el primero y el principal de los pecados capitales.
19 Julio 2010 03:00:14
Los ángeles rebeldes
Los testimonios de la Sagrada Escritura a propósito de los “ángeles rebeldes” son muy claros. Por ejemplo, el pasaje del Evangelio en el que Jesús envió a 72 discípulos a anunciar la venida del Reino de Dios.

Cuando regresaron de esta primera misión llegaron llenos de alegría asombrados y admirados por los efectos benéficos de su misión, le decían a Jesús: “Señor hasta los demonios se nos someten en tu nombre”. Jesús les respondió: “Veía yo a Satanás caer del cielo como un rayo” (Lc. 10, 17-18).

Cuando, en el Evangelio, Cristo pronuncia la palabra Satanás, claramente se está refiriendo a un ser angélico que Él mismo lo reconoce como jefe y conductor de los ángeles rebeldes. En el Evangelio de San Mateo, el evangelista usa indistintamente el término “Satanás” o el término “Diablo”. Cuando Jesús se expresa a propósito del “Juicio Final” dice: “Apártense de mí, malvados, vayan al fuego eterno preparado para “el diablo y sus ángeles” (Mt. 25, 41). Diablo y Satanás indican pues, el mismo ser, mientras que la expresión: “sus ángeles” se refieren, más bien, a los demonios puestos a su servicio.

El libro del Apocalipsis lo confirma plenamente cuando en el capítulo 12, (versículos del 7 al 9), dice: “el “dragón” combatía junto con sus ángeles, pero no prevaleció y no hubo ya lugar para ellos en el cielo. El gran dragón, la misma antigua serpiente, llamado “Diablo y Satanás” y que seduce a todo mundo, fue precipitado sobre la tierra y, con él, fueron precipitados también todos sus ángeles”.

Estos textos, por lo tanto, revelan con claridad que existe un “conductor” de todos los ángeles rebeldes, llamado por Jesús y por toda la Sagrada Escritura, Satanás.

Los Padres de la Iglesia comprendieron que estas palabras no se referían solamente al comienzo de Reino de Dios entre los hombres, sino que tenían también el significado de un “poder tiránico” ejercido por Satanás sobre toda la humanidad.

Los mismos padres de la Iglesia comprendieron también algo muy preciso: la caída inicial de Satanás y de los otros ángeles rebeldes, juntamente con él.

En efecto su derrota se renueva en cada victoria de los discípulos de Jesús sobre el enemigo, hasta que llegue su total y definitiva derrota.

Esta victoria sobre Satanás y sus ángeles rebeldes se realiza por Jesucristo y se lleva a cabo “en su nombre” pronunciado con fe por sus discípulos.

El Santo Nombre de Jesús constituye por lo tanto la fuerza que precipita en el anonadamiento al poder de Satanás, ampliando así hacia el “mundo humano” la derrota de Satanás y de sus ángeles rebeldes, venidos del “mundo angélico”.

¿Por qué aquel ángel, caído después, que al comienzo era el más luminoso entre todos los ángeles, fue llamado “Lucifer”?. Los Padres de la Iglesia han hecho esta comparación: así como en el cielo, en la mañana, poco antes de salir el sol, vemos al planeta Venus brillar más que cualquier otra estrella, del mismo modo, entre los ángeles, había uno, que, antes de su caída brillaba más en belleza que todos los demás ángeles de Dios. Los Padres de la Iglesia le aplicaron el término “Lucifer” (esto es “portador de luz”) a aquel ángel que era el más luminoso de todos los ángeles, aunque después se reveló contra Dios. Tal calificativo se quedó en la tradición cristiana como el nombre propio de Satanás para comprender su sentido maléfico.
12 Julio 2010 03:00:01
Hacer ‘una sola’ comunidad internacional
Trabajando por el bien político de la propia comunidad nacional los católicos no deben perder de vista el bien común “universal”. La Iglesia siempre ha tratado de ampliar la visión social del católico.

La Iglesia nos recuerda que la construcción de la “comunidad internacional” es ahora realmente universal. Pero, para lograr una adecuada y más eficaz realización del bien común, es necesario que “la comunidad de las naciones” incluya deliberadamente, en su agenda de trabajo, este propósito, particularmente cuando se trata de tomar en cuenta a numerosas regiones del mundo que todavía ahora se encuentran en un estado intolerable de miseria. Los cristianos deben, naturalmente, contribuir a este trabajo y, con todo el corazón, cooperar a la edificación del orden internacional, con el sincero respeto de las legítimas libertades y en una amigable fraternidad con todos.

Afortunadamente ya existen instituciones internacionales que ponen todo su esfuerzo en conseguir este objetivo y que ya tienen muchos méritos reconocidos por la humanidad. Ante esta realidad la Iglesia se alegra al contemplar una verdadera fraternidad que florece entre los cristianos y los no cristianos. Sin embargo, estas instituciones parecen representar solamente “los primeros esfuerzos” por colocar los fundamentos internacionales de toda la comunidad humana con el fin de resolver los más graves problemas de nuestro tiempo.

En la construcción del orden internacional se trata, en primer lugar, de establecer una mayor cooperación internacional en el campo económico. Los obstáculos que se oponen son: “el deseo de beneficios excesivos”, “las ambiciones nacionales”, “el ánimo de dominio político”, y cosas semejantes. Los diferentes sistemas sociales que hay en el mundo, en materia económica, consideran que es deseable que los expertos puedan encontrar, entre ellos, las bases comunes para establecer un sano comercio mundial. Esto será más fácil si cada uno renuncia a los propios prejuicios y se abre a un diálogo sincero.

Hay que contemplar también la “cooperación internacional” cuando se trata del incremento de la población mundial. Hoy se calcula que en los tiempos de Jesús existían cerca de 200 millones de hombres. Para duplicar esta cifra se requirieron mil años.

La Iglesia advierte que el control de la explosión demográfica no debe ser contrario a la “ley moral” y que “la decisión acerca del número de hijos que haya que traer al mundo depende siempre del recto juicio de los papás”, que este juicio supone también “una conciencia bien formada” y por esto es de gran importancia dar a todos el modo de educarse en una recta responsabilidad, como verdaderamente conviene a seres humanos, en el respeto “a la ley divina” y teniendo en cuenta todas las circunstancias, y no sólo recomendar indiscriminadamente el uso de anticonceptivos artificiales. También hay que considerar a nivel internacional “la acción social y caritativa” con la cual se debe evitar el escándalo que dan las naciones (incluso naciones cristianas) que gozan de una gran abundancia de bienes, mientras que otras se encuentran, frecuentemente, privadas de lo más necesario para vivir.

En esta tarea de edificar la comunidad internacional la Iglesia debe estar totalmente presente. Esto, tanto mediante sus instituciones públicas como también con la plena y leal colaboración de todos los cristianos, animados por el único deseo de servir a los demás. Para alcanzar este fin, de modo más eficaz, los fieles, conscientes de su responsabilidad humana y cristiana, deberán esforzarse por despertar una voluntad pronta a colaborar con la comunidad internacional.

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