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María del Carmen Maqueo Garza
María del Carmen Maqueo Garza
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Coahuilense, médico pediatra, apasionada de la palabra escrita. Desde 1975 ha sido columnista en diversos periódicos regionales. Bloguera a partir del 2010. Participa activamente en el Taller literario “Palabras al viento”. Tiene varios libros publicados. Inquieta por la problemática social, en particular la relativa a nuestros niños y jóvenes. Sus colaboraciones invitan a asumir que la resolución de esos problemas es tarea común para todos. Su blog: https://contraluzcoah.blogspot.com/

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05 Mayo 2019 03:54:00
100 y contando
Albert Einstein dividió a la humanidad en dos. La primera constituida por los escépticos, quienes piensan que los milagros no existen. La otra mitad la forman los entusiastas, para los cuales la vida representa una sucesión interminable de milagros.

Francisco Ledesma Guajardo corresponde al último grupo de hombres y mujeres que tienen la capacidad de encontrar cada mañana un motivo para vivir, un asombro ante el cual maravillarse, y una razón para dar gracias. La relación con él, a quien considero a la vez amigo y maestro, inició hace muchos años, cuando la tecnología estrenaba los correos electrónicos como una forma veloz y económica para comunicarse.

En Torreón, donde él radica, se dio a la tarea de conseguir mi dirección de correo electrónico, lo hizo a través de mi querido tío Homero del Bosque Villarreal, con quien siempre lo unió una entrañable amistad. A partir de ese primer correo, hace más de 20 años, comenzamos un intercambio de misivas electrónicas variopintas: poesía, relatos familiares y eventos especiales.

Del total de correos que he recibido de su parte, tengo muy presentes algunos, aunque debo reconocer que cada entrega suya en mi bandeja es recibida con gusto y alegría. Sé de antemano que contendrá un mensaje enriquecedor, optimista y pleno de esperanza.

Viene a mi memoria un correo que mandó hace años, cuando él y su amada esposa Martha celebraban un aniversario de bodas muy significativo. El texto se hacía acompañar de una fotografía que es como un poema, dibuja línea por línea de manera fiel, cómo el amor llega a convertir a dos personas en una fundación única, un hogar cálido, una capilla santa. Todo ello sin que la estrecha unión impida a cada uno de los esposos conservar su esencia individual.

Otro correo significativo (del que quiero hablar en particular) me llegó esta semana. Como en el caso anterior, incluye una fotografía, esta vez únicamente de Francisco, con un encabezado que dice “Centésimo aniversario”, seguida de un texto redactado por el propio cumpleañero, mediante el cual agradece de forma puntual a quienes han acompañado su camino durante estos 10 decenios. Me emocionaron sus palabras, primero por él, luego por su amada familia, y finalmente por mí, a quien generosamente incluye entre sus amistades.

A Francisco nunca he sentido la necesidad de anteponerle el “Don”, aun cuando hay cierta diferencia de edades. Jamás me había detenido a analizarlo, a vuelo de pájaro supuse que sería el cariño el que me movía a nombrarlo de un modo tan familiar. Sin embargo, con motivo de su centésimo aniversario, y los años que tenemos de conocernos, he alcanzado a entender, y para ello va una anécdota muy significativa.

Calculo que él tendría unos 85 años cuando me envió una presentación cuyo tema era el envejecimiento. Me la hizo llegar con un texto que decía: “Porque algún día la vamos a necesitar”. Me causó gracia que a su edad no se sintiera incluido entre los de la tercera o la cuarta edad, pero no es sino hasta ahora que entiendo qué quiso decir. Sé que a sus 100 años Francisco tiene un alma de niño que busca, se sorprende y se alegra, y no contento con hacerlo para sí, va y contagia a todos los demás.
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