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Rodolfo Naró
Rodolfo Naró
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Rodolfo Naró, nació en Tequila, Jalisco, el 22 de abril de 1967. Es autor de varios libros de poesía, casi todos reunidos en la antología Lo que dejó tu adiós (2016), así como de las novelas El orden infinito (2007), finalista del Premio Planeta Argentina 2006, Cállate niña (2011) y Un corazón para Eva (2017). Twitter: @RNaro

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28 Septiembre 2018 04:00:00
2 de octubre
Todos tenemos un familiar o amigo cercano que estuvo en la matanza de Tlatelolco el 2 de octubre de 1968.

A mi tío Rafael, primo de mi papá, le tocó porque, además de asistir al mitin convocado a las cinco y media de la tarde, él vivía en el edificio 10 de la misma unidad habitacional. Tenía 26 años y estudiaba en Contaduría en la UNAM.

Diez años después, en un viaje que hizo a Tequila, mientras merendábamos, mi tío Rafael nos contó aquel día:

“desde temprano vi cómo la policía ponía barricadas para proteger la entrada de los edificios, las que servirían de cerco para contener a los manifestantes.

Al terminar la lectura de los seis puntos del pliego petitorio del Consejo Nacional de Huelga, integrado por normales y universidades de todo el país, y antes de las 7 de la tarde sonaron los primeros disparos. Éramos más de 10 mil personas en la Plaza de las Tres Culturas.

Una multitud que, al escuchar los primeros disparos, se aplastó contra las barricadas hasta romperlas. Nos pisábamos unos a otros, éramos miles corriendo a los edificios, creíamos que ahí podíamos protegernos.

Antes de subir las escaleras del ya célebre edificio Chihuahua, vi a camaradas, hombres y mujeres por igual, caer a mi lado con una bala en el cráneo. En pocos minutos pisábamos la sangre como si fueran charcos de agua.

En cada piso, tocábamos en todas las puertas pidiendo ayuda con gritos y llantos de terror. Afuera había helicópteros, tanques de guerra, más de 5 mil soldados del ejército nos pisaban los talones, dispuestos a matarnos.

Una señora del séptimo piso por fin nos abrió la puerta y nos escondimos en el baño. Éramos más de 20. Hasta nuestro escondite oíamos las metralletas desbocadas, las botas de los militares subiendo por las escaleras, gritando órdenes, derribando las puertas con la culata de sus rifles.

Un milagro evitó que entraran a donde estábamos. Salimos hasta las 9 de la mañana del día siguiente. Entre nosotros había tres ancianitas siempre a punto de desmayarse.

Unas jóvenes que nunca pudieron controlar el llanto, más de un camarada se orinó o se cagó encima. Salimos vomitados, acalambrados y nuestra sorpresa fue ver impecable la plaza de las Tres Culturas. No había rastros del mitin, ni de sangre, la limpieza había sido simultánea, sin embargo, en el aire seguía el olor a muerte.

Ese verano del 68 decían que un grupo de comunistas querían arriar la bandera de México en el Zócalo para izar la de Rusia. Se tergiversó la información, se habló de que el movimiento no tenía pies ni cabeza.

El gobierno se convirtió en juez y parte. El año de 1968 fue un parteaguas en nuestra historia reciente. Comenzó el terrorismo de estado, la persecución por ideales, la Guerra Sucia. Puntualizó el tío Rafael que, para octubre de 1978, ya se había ordenado sacerdote.

Al final de esa merienda nos habló de por lo menos 400 muertos, además de 6 mil detenidos y desaparecidos. 50 años después hemos seguido con tantas muertes cada año, cada sexenio, cada hermano mexicano ha vivido la violencia y la impunidad.

Porque no sólo la capital del país, sino toda región y todo estado de México ha vivido su propia matanza.
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