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Macario Schettino
Macario Schettino
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Doctor en Administración, candidato a doctor en Historia. Es profesor en la división de Humanidades y Ciencias Sociales del Tecnológico de Monterrey. Ha publicado 15 libros, el más reciente: "Cien años de Confusión. México en el siglo XX", con Taurus. Su columna consiste en análisis sencillos de fenómenos económicos y financieros.

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31 Diciembre 2010 05:00:21
A las causas
México, se supone, se dedicó el siglo XX a acabar con la pobreza y la injusticia, porque para eso hubo una Revolución. Al menos eso dice nuestra fábula. Sin embargo, ya hemos comentado que al celebrar cien años, no hay gran diferencia entre la realidad y lo que la fábula establece como las causas de la lucha armada. No regreso al tema de la Revolución y su régimen, no se preocupe. Más bien me interesa mostrar que los problemas no se resuelven por sus síntomas, sino por sus causas.

Es lugar común que los grandes problemas de México son la pobreza, el desempleo y más recientemente, la violencia. En realidad éstos no son problemas, sino síntomas y por eso no pueden resolverse directamente. La pobreza es resultado de que producimos poca riqueza, y esta poca está muy mal distribuida. El desempleo resulta de una incapacidad productiva, que a su vez es resultado de diversas causas. La violencia es producto de varias deficiencias que podemos resumir como falta de estado de derecho.

Entender la diferencia entre las causas y los síntomas es de la mayor importancia si se quieren resolver los problemas. No hay manera de acabar con la pobreza si no se incrementa la generación de riqueza y se distribuye mejor. Es decir, no hay programas sociales que sirvan de algo (salvo para obtener votos, claro). No hay manera de generar empleos si no se incrementa la productividad. No hay forma de acabar con la violencia sin obligar al cumplimiento de la ley.

A pesar de que esto suena obvio, durante los cien últimos años no hemos querido resolver las causas, sino que nos hemos concentrado en los síntomas. De ahí la multitud de programas sociales que sólo han producido parásitos acostumbrados a vivir del presupuesto; de ahí el despilfarro “generador de empleos” de los años 70 que todavía estamos pagando; de ahí los brotes de violencia que tenemos con cierta periodicidad (fines de los 50, los 70, los últimos cinco años). Observe usted que estos tres flagelos, como les suelen decir, pobreza, desempleo y violencia, tienen en su origen en causas que corresponden a la incapacidad de México de comprometerse con la modernidad. No me refiero a lo moderno como actual, sino a la época iniciada en el siglo XVII en Europa Occidental, que la España de aquel tiempo rechazó. Rechazo que heredamos, a pesar del gran esfuerzo de los liberales del XIX, destruido por la mentada Revolución.

La escasa generación de riqueza, su mala distribución, la falta de productividad y el rechazo a la ley fueron características comunes de todas las culturas, civilizaciones o grupos previos a la modernidad. Es sólo en los últimos tres siglos que los humanos hemos enfrentado esas condiciones por considerarlas inadecuadas. El tránsito de esas sociedades a las modernas, implicó una pérdida para quienes tenían privilegios, pero una ganancia para la sociedad en su conjunto. Bueno, pues eso mismo hay que hacer ahora.

Por eso el camino a la prosperidad pasa por olvidar esas diferencias aparentemente “progresistas” que hacemos con pobres, indígenas, marginados, y demás. Se trata de establecer reglas iguales para todos los mexicanos, frente a la ley y frente al mercado, y el primer paso es reconocernos todos como iguales. Y si es necesario, forzar un piso mínimo de igualdad para ello. Que este 2011 sea un gran año para todos, tal vez el inicio de un país de mexicanos, y no de grupos y comunidades.
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