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Javier Villarreal Lozano
Javier Villarreal Lozano
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28 Julio 2019 04:01:00
Acto de justicia
Entre sus más preciadas posesiones, la cual exhibía de vez en cuando con inocultable orgullo, una vieja credencial lo acreditaba como corresponsal en Parras de la Fuente del periódico saltillense El Heraldo del Norte.

Tenía buenas razones para sentirse orgulloso, pues el documento había sido extendido a un muchacho llamado Roberto Orozco Melo, entonces estudiante de secundaria. En él se cumplió la sentencia de los viejos periodistas, según la cual quien huele la tinta de imprenta queda fatalmente inoculado por el amor al oficio.

Al hablar de su primera incursión en el periodismo, siempre reconoció su deuda con quien lo condujo y aconsejó al dar los primeros pasos, José Natividad Rosales, que llegó a ser colaborador de planta de la revista Siempre!, publicación dirigida por el legendario José Pagés Llergo.

Al paso de los años Roberto ocupó la Dirección de aquel periódico del que fue precoz corresponsal. La muerte de esa publicación le clavó una espina que logró sacarse hace ya más de medio siglo, emprendiendo la quijotesca empresa de fundar El Heraldo de Saltillo, un sueño sostenido casi únicamente por el entusiasmo.

El gusanillo del periodismo lo acompañó hasta sus últimos días. Fue una de sus pasiones. Otra, la política, en la que también incursionó desde joven. En ese resbaladizo terreno logró labrarse una carrera exitosa: diputado local, presidente municipal y secretario general de Gobierno, cargo, este último, desde el cual ofreció admirables lecciones de lealtad en medio de la tormenta mediática desatada al final del Gobierno de su jefe, el gobernador don Óscar Flores Tapia.

En ese difícil trance, culminado con la renuncia del Jefe del Ejecutivo coahuilense, Orozco Melo permaneció al lado de Flores Tapia mientras se registraba una vergonzosa desbandada de falsos amigos y excolaboradores convenencieros del hombre en desgracia.

Dato importante: el último libro que alcanzó a publicar Roberto fue de recuerdos de su relación con Flores Tapia, a quien conoció siendo un reportero bisoño con la encomienda de entrevistarlo cuando era dirigente estatal del PRI. Así nació la amistad entre los dos, la cual navegó inalterable a través de triunfos y adversidades hasta la muerte de don Óscar.

Amistad. Esa sería, desde mi perspectiva, la palabra clave para definir como ser humano a Roberto Orozco Melo, a quien tuve el privilegio de llamar mi amigo. Por ello, debo reconocerlo, me es imposible ser totalmente objetivo al escribir estas líneas. Sin embargo, estoy seguro de que decenas de personas que disfrutaron de su amistad avalarán mis apreciaciones.

Poseía, además, la cualidad de trasmitir la alegría de vivir. Ingenioso, ameno contador de anécdotas, era el compañero ideal en noches dedicadas a la música y a recordar poesías. Él mismo fácil versificador, dio a la imprenta un libro de poesía traspasado por el dolor causado por la prematura muerte de su hermano mayor. Pero también, en su vena humorística, jugando con las palabras era capaz de improvisar una muy gozosa oda a las virtudes de las nueces de Parras.

El jueves pasado, el Ayuntamiento otorgó a su memoria la Presea Saltillo, reconocimiento a un hombre que desde los puestos públicos y a través de sus colaboraciones periodísticas luchó siempre por el bien de la ciudad, porque él tuvo el corazón repartido entre su natal Parras de la Fuente y la capital de Coahuila, donde residió la mayor parte de su vida y formó a su familia. Plausible acto de justicia.
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