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Javier Villarreal Lozano
Javier Villarreal Lozano
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29 Agosto 2019 04:15:00
Acuña y los olvidados
A 140 años de su nacimiento, Manuel Acuña y su más famoso poema, el Nocturno a Rosario, como se ha dado en llamarlo, se mantienen vivos en la memoria popular resistiendo las frecuentes y potentes andanadas de los críticos que tachan su poesía –a veces con razón– de cursi, encontrándole, además, evidentes fallas de carácter técnico. En algunos casos, no en todos, por supuesto, quienes sostienen tales puntos de vista lo hacen por esnobismo, temerosos de ser tachados de ramplones.

Sobre esto hay una anécdota del gobernador don Óscar Flores Tapia, que no escondía su admiración por Acuña, al que levantó una estatua frente al Teatro de la Ciudad y dispuso, porque fue idea de él, que este se estrenara con la representación de su drama El Pasado. En cierta ocasión discutía don Óscar con un individuo que calificaba de melcocha los versos del saltillense. Entonces, Flores Tapia se limitó a preguntarle cuál era su poeta preferido. “Octavio Paz”, respondió firmemente su interlocutor. “A ver”, lo retó, “repíteme la poesía de Paz que más te gusta”. El otro citó dos o tres líneas sueltas del autor de Blanco, mientras, interrumpiéndolo, don Óscar le dijo que hasta los grupos de fara fara sabían el Nocturno y lo cantaban.

Los conocedores, por su parte, consideran que, tratándose de Acuña la biografía del autor, epilogada por el suicidio, añade interés a su obra y la magnifica. Igual ocurre, puede alegarse, con Van Gogh o Frida Kahlo. ¿Resultaría tan conmovedora la figura del pintor de los girasoles sin la leyenda –falsa según algunos de sus biógrafos– de que nunca vendió un cuadro y murió por su propia mano, trastornado mentalmente? ¿Tendría su figura el mismo efecto en el imaginario popular si en lugar de arrastrar una lamentable pobreza a lo largo de su vida, el buen Vicente hubiera sido un émulo del mediático Salvador Dalí, mundialmente aplaudido, rodeado de estridente publicidad y millonario?

¿Tendrían los cuadros de Frida el mismo éxito comercial si en vez de retratarse enferma y sufriente, se hubiera pintado obteniendo la medalla de oro en la carrera de los 100 metros planos? Sea dicho lo anterior sin afán de restar méritos a la obra de uno y de otro.
A pesar de su romanticismo, que no falta quienes califiquen de trasnochado, nuestro poeta suicida, decíamos, conserva intacta su popularidad, y ahora, con motivo del 140 aniversario de su nacimiento se ha organizado una serie de actos culturales. Entre ellos uno en el Panteón de Santiago, donde en la Rotonda de los Coahuilenses Distinguidos reposan sus restos.

Plausible la idea de recordarlo y honrarlo. Sin embargo, es injusto que, centrados en la figura de Acuña, no recordemos con similar orgullo y admiración a otros escritores saltillenses, como don Julio Torri y don Artemio de Valle Arizpe, para nombrar solamente dos.

Torri, orfebre de la palabra, fue homenajeado en el centenario de su nacimiento y hasta se colocó su busto en el jardín aledaño a las oficinas del Congreso del Estado. La estatua fue robada, desapareció la placa en la casa donde nació en la calle Victoria –hoy salida de un estacionamiento– y pocos parecen haberse vuelto a acordar del autor de De Fusilamientos, excepto por un festival y un concurso de cuento que lleva su nombre.
A don Artemio le ha ido peor. Nunca tuvo homenaje ni estatua y la última vez que atrajo la atención de sus conciudadanos fue cuando se incendió su biblioteca en el Ateneo Fuente.
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