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Fernando de las Fuentes
Fernando de las Fuentes
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11 Mayo 2019 03:10:00
Amará el resultado
Si no cumples con el momento presente, te olvidas de tu cita con la vida. Thich Nhat Hanh

Todo lo que se dispersa se debilita. La mente no es la excepción. Ningún humano queda fuera de esta regla. Tal debilidad es la causa de la búsqueda común y constante de amor, aceptación, reconocimiento, justicia, seguridad, felicidad, tranquilidad.

En tanto más ávida la búsqueda, más débil la mente, pero más poderosa la locura y la obsesión que pueden llevar a alguien a arruinar su vida y la de unos cuantos, o decenas, cientos, miles o millones, según el rango de su influencia, que será resultado del grado de identificación con otras personas dentro del mismo nivel de dispersión. Y toda ellas afectarán necesariamente a quienes han ido ganando conciencia y claridad, porque unos dependemos irremisiblemente de otros, aunque solo en nuestras condiciones externas de vida. Al interior podemos, en cambio, crecer ante la adversidad.

A esa dispersión le llamamos hoy en día insatisfacción e infelicidad. Y no es otra cosa que “dejarnos llevar” por el estímulo, externo o interno, sin aplicar
apenas nuestra voluntad en cosas que no tengan que ver con nuestras necesidades básicas, pla-ceres y apetitos de moda.

El proceso de la infelicidad, y por tanto de todo declive, individual o colectivo, es el siguiente: la mente indomada o dispersa salta todo el tiempo de idea en idea, guiada por el cerebro reptil, que es el encargado de la sobrevivencia, de manera que está alertándonos constantemente con imágenes catastróficas, malos recuerdos, fantasías perversas y toda clase de ocurr-encias perniciosas, mientras en paralelo las vamos etiquetando y clasificando, lo que equivale a someterlas a juicio, imbuidos como estamos por la moral colectiva. A este esquema se unen las emociones, esas reacciones bioquímicas, algunas básicas, otras más complejas, que se adhieren a cada pensamiento dándonos el impulso no solo para sobrevivir, sino prevalecer sobre otros, desde el miedo. Luego se suma el ego, necesitado de convertirse en cada idea-emoción que capta para saber quién es, pues se trata de una construcción personal que tiene el objetivo de darnos una identidad para coexistir con nuestros semejantes. Así, suponemos ser lo que experimentamos y creemos, cada pensamiento-emoción que tenemos, cada juicio que emitimos. Y vivimos extraviados, justificando con un torpe uso del raciocinio nuestra derrota o grandeza; falsas en cualquier caso, pero peligrosa la segunda, pues nos creemos inteligentes, poseedores de las soluciones y agentes del cambio radical; diferentes, únicos y superiores; por tanto, autorizados para pasar sobre los demás.

Hay salida de esto, accesible para todos. El grado de dificultad radicará en la actitud con que emprendamos la tarea. Como en toda solución, la información es la base. Vamos a los tres estados en que la mente puede estar: la dispersión, que tiene su utilidad, claro; la concentración y la observación.

La dispersión, en su función normal y benévola, nos permite descansar la mente, hacer cone-xiones mentales espontáneas, tener ideas imprevistas, ser creativos. No obstante, abandonados a ella, solo podemos sufrir, sentirnos ansiosos y debilitados.

Por otra parte, está la concentración, que es anclar la atención por el tiempo que se requiera, única y exclusivamente, en eso que estamos haciendo en el momento. Esta es la función cerebral que nos hace posible disciplinar y por tanto dominar la mente. Nos fortalece, da claridad y visión penetrante.

Finalmente, nos encontramos con el estado mental que realmente amplía nuestra conciencia y debiera prevalecer en nosotros: la atención plena, la cual no será posible sin haber desarrollado la capacidad de
concentración.

Es una forma milenaria de meditación, cuya técnica más reciente es el mindfulness. Se trata de mirarnos en panorámica con la mente, mientras estamos activos. Comenzamos por la respiración, seguimos con el cuerpo y luego los sentidos. Sin juicios. Dejamos ir cualquier pensamiento o emoción que se presenten. No somos ellos, van y vienen. Son efímeros e intrascendentes.

Pruebe. Calma es el
resultado.


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