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Verónica Marroquín
Verónica Marroquín
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12 Mayo 2019 04:06:00
Amor incondicional
A MIS QUERIDAS MADRES: Con gran júbilo, agradeciendo principalmente por la vida y por el regalo más bello de una mujer, ser madre, y la dicha, el consuelo de la bendición de tener a ese bello ángel que es mi madre, (Chela) que domingo a domingo nos atiende y apapacha amorosamente, te amo madre.

Cuántas madres me he topado en el transitar por la vida, cuántas historias qué contar de esas mujeres maravillosas, llenas de amor incondicional para con sus hijos, cuántas alegrías, y también cuántos dolores, pues en ocasiones el sueño de toda madre, es que nuestros hijos nazcan sanos, ya no importa si es niño o niña, bueno para algunos papás, sí, siempre quieren un primogénito.

Pero qué sucede cuando el pediatra le dice a los padres de familia que su hijo o hija al nacer, padece de alguna discapacidad motora o sensorial, otros padecimientos no se pueden detectar en los primeros meses, sino cuando van creciendo y no tienen al desarrollo normal, según su edad cronológica.

El impacto de tener un hijo con necesidades educativas especiales y médicas es muy fuerte, es un shock, hay una etapa de duelo, y empieza con la negación de que el médico pudiera estar en lo correcto, o los estudios realizados, y empieza un peregrinar de hospitales, médicos al por mayor, lágrimas, incertidumbre, o cuando nace un hijo sin problema alguno, y después por alguna enfermedad, o accidente quedan con secuelas que les impide hacer una vida independiente y “normal”. ¿Quiénes son las que están al pie del cañón 24 /7, días festivos y de descanso? No, no hay, no hay un botón de “off”. Empiezan las terapias diarias cuando se acepta la condición de su hijo o hija. Para algunas mujeres es como una inyección y se ponen las pilas, y para otras es lo contrario, la negación las mantiene en un estado de shock, de “stand by”, es decir, no han aceptado la condición especial de su hijo. Doloroso, por supuesto, pues empiezan a sentir una incertidumbre, un pánico, pues se van al futuro, “¿qué será de mi hijo, o hija al no estar yo?”, y qué difícil.

Sin embargo, el amor incondicional de una madre por su hijo e hija, es lo más sublime y hermoso, sin duda alguna viene del Todopoderoso, ese don de la fortaleza, que viene del Espíritu Santo, se ve reflejado en esa dedicación que se vuelve devoción por el hijo. En muchas ocasiones viene una sobreprotección indudable, y entendible, de que nada malo le pase. Después de los años viene un agotamiento, tristeza, pues ven que su hijo no avanza ya, hablamos de la etapa del joven adulto, donde el aprendizaje se estanca, y, al contrario, en algunos va en declive, y más dependencia de mamá. Que gran misión de esas maravillosas madres, que renuncian a su vida para atender a su hijo. Cuando la economía no es problema, se hacen ayudar por personas profesionales que les atienden por horas a sus hijos, que les permiten descansar, viajar, hacer una vida más ligera, más placentera, y que por supuesto tienen todo el derecho y la necesidad de descanso y esparcimiento. Pero hay madres con condiciones económicas precarias, y se torna muy difícil, pues trabajar y cuidar a sus hijos con capacidades diferentes que requieren de supervisión las 24 horas. Y qué decir de algunos papás, que si te vi, no te recuerdo, y salen corriendo tan pronto les dan la noticia de la discapacidad del hijo o hija. Mi admiración y respeto a todas las madres que no han renunciado a su misión, que día a día se esfuerzan por mejorar la condición de sus hijos, y haciendo de tripas corazón, y siguen por la vida con esa esperanza de que Dios les pondrá los medios y las personas indicadas para hacerles la vida más llevadera y menos difícil. Todos los días tengo contacto con esas madres maravillosas, que sí se cansan, por supuesto, que sí lloran, que sí se enojan, que gritan y desesperan, que a veces no saben a dónde correr por segundos. Pero que también regresan a la realidad y le entran con todo, que necesitan un respiro, una mano amiga, un abrazo, un reconocimiento, mucho amor, y consideraciones, de ayuda y descanso, de amor de todos nosotros, y sobre todo de acciones en apoyo, no las olvidemos en nuestras oraciones también, cuando veamos a una madre con su hijo e hija especial, regalemos nuestra mirada amorosa, y nuestra mano amiga para ayudar. Dios nos bendiga y nos ilumine para seguir con la misión de ser madres amorosas, y no claudicar en el camino. Papás, apoyen de igual manera a su compañera de vida, y madre de sus hijos e hijas. Felicidades y bendiciones. Su amiga Verónica, Diosito por delante.

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