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Dalia Reyes
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16 Octubre 2018 04:00:00
Ancho de espalda
Desconozco los métodos de selección en la política. No sé si, como en los sindicatos, los futuros servidores públicos tengan acceso a puestos importantes trabajando con el sudor de sus padres, es decir, por herencia de plazas. Algo sí tengo por cierto: para ser político, funcionario, servidor público, es menester tener una espalda platónica.

Platón quiere decir “de espalda ancha”. Imagino yo que el filósofo griego ostentaba hombre fuerte, músculo grande y enorme cabeza. En el caso de los políticos, nada más se requeriría el anchor de espalda, lo demás puede perdonarse.

Digo esto porque me llama la atención el saludo obligado entre estos personajes.

No importa en donde se encuentren, los varones secuestrados por la función pública, se saludan de piquete de ombligo y un abrazo sonoro. Es decir, si uno no le aplaude la espalda al otro, deja mucho que desear respecto de sus cualidades para cumplir funciones asignadas por presidentes y gobernadores.

El sonido tras los golpazos en el otros posterior son secos, producto del empalme necesario entre camiseta, camisa y saco, no hay de otra. De alguna manera, esta vestimenta uniformada responde al requisito del ruidoso saludo: Resistir el trancazo.

En conclusión, si no suena, no es saludo ni es político, y la única razón que se me ocurre para ello es llamar la atención, marcar territorio, como lo hacen los caninos, firmar cada vez el pacto discrecional de “todo sigue entre nosotros”.

Así como los profesores –los de a de veras- tienen una alta incidencia de padecimientos faríngeos, debo suponer que los políticos adquieren seguros contra el derrengue espaldar, el estado postemado, lesión en las cervicales superiores y angina de pecho, producto de la vibración generada por las palmadas amigas.

Le propongo un ejercicio visual: cuando coincida con un político conocido en evento público, ceremonia, aeropuerto, ponga atención a los rituales. Apenas se ven, ambos deberán exagerar el gesto de emoción por el encuentro, como si uno de ellos hubiese estado náufrago por siete años y volvió con vida; luego levantan la voz y profieren un “hola” engolado de afectación. Ambos estiran sus deditos y entiesan las manos preparando el golpe; abren los brazos y aceleran su camino hasta el encuentro final con el homólogo.

Es curioso, pero el otro día, en un aeropuerto, me tocó presenciar el espectáculo y me acordé mucho de los pavorreales que tienen en el rancho.

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