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Javier Villarreal Lozano
Javier Villarreal Lozano
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30 Diciembre 2018 04:08:00
Año 2018
El ya agonizante 2018 trajo al país un cambio de Gobierno que por un lado sembró esperanzas en muchos y, por el otro, provocó desazón y temores en no pocos. El arribo de Andrés Manuel López Obrador a la Presidencia de la República marcó, indudablemente, un cambio drástico en lo que don Daniel Cosío Villegas llamaba el estilo personal de gobernar. A partir del día de las elecciones, el tabasqueño acaparó reflectores sin que nadie le disputara el sitio en el proscenio de la vida nacional.

El anterior mandatario optó por esfumarse, al igual que todo su equipo. Extrañamente hicieron mutis antes de que cayera el telón.

Así las cosas, puede decirse que López Obrador, por primera vez en la historia moderna de México, tendrá un sexenio atípico, de seis años y seis meses. En su calidad de presidente electo anunció programas y tomó decisiones que concretaría en acciones al tomar posesión del poder.

Asediado por malos augurios, su todavía jovencísimo gobierno principió a una velocidad que no se veía desde el sexenio de Luis Echeverría Álvarez. Al Presidente parece urgirle fundar su Cuarta Transformación, para lo cual es necesario una demolición de formas y usos consagrados por la tradición.

En unas cuantas semanas puso en marcha dos obras insignias de su mandato: el Tren Maya y la nueva refinería; fue sahumado después de la ceremonia de toma de posesión, le pidió perdón a la Tierra, cambió el logotipo del Gobierno federal, desechó el proyecto en marcha del aeropuerto de Texcoco, abrió las puertas de la antigua residencia oficial de Los Pinos, nombró delegados en todas las entidades del país, desmintió a uno de sus colaboradores, cambió la Constitución para contratar a otro, emprendió un combate frontal contra la “ordeña” de combustibles y en sus discursos abrió varios frentes de batalla con los conservadores, la prensa fifí, los canallas y los mezquinos, entre otros.

Ha sido un arranque meteórico en el que las prisas llevan a veces a decisiones precipitadas que después hace necesario rectificar, como el error mecanográfico que privó de autonomía a las universidades y el recorte del presupuesto destinado a estas instituciones.

De  cualquier manera, es demasiado pronto para hacer un juicio ponderado sobre los resultados de estas urgencias. Lo único cierto es que López Obrador se ha propuesto ser un mandatario diferente. Esperemos.

Recuento

El fin de año es una invitación a hacer un recuento de los 12 meses que dejamos atrás. Sopesar errores, aciertos, si los hubo, y omisiones.

En lo personal, este 2018 quedó marcado por despedidas dolorosas. Las filas de amigos se clarearon debido a la partida de algunos de ellos. Hubimos de decir adiós al arquitecto Ricardo Dávila, apasionado de la historia e incansable buscador de vestigios del pasado. También partió Eduardo Guajardo Elizondo, amigo generoso y conocedor como pocos del paso de los insurgentes por el estado de Coahuila, sobre lo cual escribió un documentado libro. Otra pérdida fue la inesperada muerte en la Ciudad de México de Eduardo Rogelio Blackaller, pianista, experto en arte, en las obras de Carlos Marx y en los buenos vinos.

Todos ellos dejan recuerdos imborrables, algunos ligados a mi juventud y a interminables conversaciones y discusiones frente a una taza de café en el restaurante Élite de Jesús Martínez. Muchos recuerdos. Buenos recuerdos.

Si usted, lector, ha tenido la paciencia de llegar hasta aquí, le deseo que 2019 sea de salud, armonía y logros. ¡Felicidades!


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