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Armando Fuentes Aguirre
Armando Fuentes Aguirre
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Es un escritor y periodista nacido el 8 de julio de 1938 en Saltillo, Coahuila, México, siendo hijo de Mariano Fuentes Flores y Carmen Aguirre de Fuentes. Es famoso por su humor, el que ha plasmado en su obra escrita. A los quince años de edad obtiene la licencia de locutor de radio. Abogado por la Facultad de Jurisprudencia de la Universidad Autónoma de Coahuila, es maestro en Lengua y Literatura, así como maestro en Pedagogía, por la Escuela Normal Superior de Coahuila.

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29 Diciembre 2018 04:04:00
Año histórico
Don Astasio se compró un perico. Tiempo después uno de sus amigos le preguntó: “¿Qué ha sido de aquel loro que compraste?”. Contestó don Astasio: “Lo devolví a la tienda por grosero y malhablado”. Cada vez que veía a mi mujer gritaba: “¡Doña Facilisa le pone el cuerno a su marido!”. “Hiciste muy bien en devolverlo -aprobó el amigo-.

No sólo era malhablado: además era espía y delator”. Goretina, secretaria perpetua de la Congregación de Congregantes, casó con su novio Saviniano, portaestandarte de los Heraldos de la Santa Reverberación.

Al día siguiente de su noche de bodas ambos presentaron una queja en la administración del hotel: “¿Por qué pusieron una cama de agua en la suite nupcial? Eso nos pareció de muy mal gusto. Una cama así parece de motel de paso”. Explicó el encargado: “Es que en esa habitación las camas normales se quemaban siempre”. Babalucas consiguió empleo de agente de tránsito.

En su primer día de trabajo detuvo a un automovilista que se pasó un alto y le pidió que le mostrara su licencia de manejar. El tipo no la traía consigo. Para salir del apuro actuó como en los malhadados tiempos del nefasto neoliberalismo: sacó un billete de 50 pesos y se lo entregó a Babalucas.

Lo miró el badulaque; lo devolvió en seguida al conductor y le dijo con acento de severidad: “Por esta vez no te infraccionaré, Morelos, pero la próxima vez ten más cuidado”. El buen padre Arsilio hizo un viaje a la ciudad, e inadvertidamente fue a dar a una casa de mala nota creyendo que era un hotel. A su regreso les comentó a sus feligreses: “Estuve en un hotelito muy simpático llamado ‘Las sonrisas de Venus’.

El cuarto que me asignaron era muy bueno: tenía incluso espejo en el techo para poder rasurarte sin salir de la cama. Y lo mejor de todo: ¡qué servicio el de las camareras!”. Pigricio Galbano, hombre flojo y perezoso, se la pasaba dormido todo el tiempo. Parecía senador de la República.

Cierto día su esposa le dijo con molestia: “¿Por qué no te pones a trabajar? Trabajos sobran”. “¡Ah, no! -se ofendió el zángano-. ¡Yo no acepto sobras de nadie!”. El año que se va estuvo cargado de historia.

El triunfo de López Obrador mereció bien el calificativo de “histórico” que con tanta ligereza suele aplicarse lo mismo a una pelea de box que a un juego de futbol. Sólo el futuro dirá si ese acontecimiento será afortunado para México o si guarda desventuras y calamidades. Esperemos el nuevo año con buen ánimo y perseveremos en la búsqueda del bien para nuestro país.

La Reina Victoria casó con el príncipe Alberto. En la primera noche de casados él le hizo una demostración de amor digna de una página de Casanova, si no es que del Kama Sutra o del Decamerón.

Tras de gozar aquellos epitalámicos deliquios Victoria quedó extática, arrobada, suspendida y transportada. Cuando salió de su arrebato le preguntó con voz feble a su marido: “Dime: ¿el pueblo también disfruta de esto?”.

“Desde luego que sí -respondió el príncipe sonriendo-. Y aun creo que lo disfruta con más frecuencia e intensidad que nosotros los nobles”. “¡Bloody be! -prorrumpió la soberana con una interjección muy poco real-. ¡Y luego dicen los socialistas que todo lo bueno lo tenemos nada más nosotros!”... Astatrasio Garrajarra andaba, como de costumbre, en perfecto estado de ebriedad. Fue hacia el policía de la esquina y le dijo con tartajosa voz: “Me robaron el coche. Lo tenía aquí, al final de la llave”.

Le indicó el gendarme: “Vaya a la demarcación de policía y presente una denuncia. Pero primero abróchese el zipper del pantalón. Trae la bragueta abierta”. El temulento se revisó y exclamó luego, desolado: “¡Fatal desgracia! ¡También me robaron a mi novia!”. FIN.
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