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Javier Villarreal Lozano
Javier Villarreal Lozano
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05 Septiembre 2019 04:06:00
Apocalipsis cibernético
Las 12 de la noche en la Ciudad de México. ¿El celular? Esa fue la primera expresión. La segunda, la misma, pero no entre signos de interrogación sino de admiración: ¡El celular!  Seguramente lo olvidó en la mesa del restaurante, pensó. Y ni modo de intentar hablar para preguntar. A esa hora ya estará cerrado.

En la habitación del hotel, la primera sensación que le produjo la falta del aparatejo resultó muy semejante al pánico. Hasta ese momento se percató de su maldita dependencia del teléfono móvil. Minimalista respecto al atuendo personal -nunca usó anillos ni cadenas, mucho menos esclavas a las que son tan adictas algunas personas-, jubiló hace años el reloj. Lo consideró innecesario pudiendo consultar la hora en el teléfono.

A mayor abundamiento de sus tribulaciones, había que agregar la pereza mental para memorizar números de teléfonos, por ser tan fácil teclear el nombre de la persona a la que se desea llamar. Recordó la añorada era precelular, cuando podía recitar de corrido 12 o 15 números telefónicos. Eso era antes. Ahora su mente estaba en blanco.

Por fortuna, una vieja agenda aparecida en el fondo de la maleta lo salvó del total analfabetismo numérico. Tres o cuatro números apuntados de prisa hicieron el papel de tabla de salvación.

Pero la falta de comunicación desde el móvil era solo parte de la tragedia. Al día siguiente, por la mañana, tomaría el vuelo de regreso… ¡y en la pantalla del celular estaba el pase de abordar y esos garabatos que deben mostrarse a una máquina para obtener el permiso de subir a la aeronave! ¿Qué voy a hacer?

Al despertar, la luz del día empezaba a colarse por la ventana ¿Han sentido ustedes la vergüenza de preguntar la hora a la administración de un hotel? Espero que el destino les evite la pena de explicarle por teléfono a la encargada de la recepción: “Perdón, señorita, perdí mi celular. ¿Sería tan amable de decirme qué hora es?”.

Luego de dos inútiles intentos de teclear los números en el teléfono de la habitación, el infeliz descelularizado preguntó de nuevo. Para llamar a un celular, le informaron, debe comunicarse con la operadora. Allí comenzó a rehacer su vida. Se enteró cómo marchaban las cosas en la oficina y el statu quo de la vida hogareña, y pidió -sería más preciso decir suplicó- que, de ser posible, desde su computadora enviaran al Centro de Negocios del hotel el pase de abordar. Afortunadamente no hubo problema, y en menos de una hora ya tenía el anhelado papel en la mano. Respiró tranquilo al desaparecer la amenaza de quedarse varado (en viernes los vuelos van repletos).

Luego de pagar la impresión del pase de abordar, aún le aguardaba una última sorpresa. Habiendo saldado desde la noche anterior la renta de la habitación y los consumos en el restaurante a fin de no perder tiempo, tuvo que hacer una larga fila frente a la caja para liquidar ocho pesos, cargo de las llamadas hechas por la operadora.
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