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Macario Schettino
Macario Schettino
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Doctor en Administración, candidato a doctor en Historia. Es profesor en la división de Humanidades y Ciencias Sociales del Tecnológico de Monterrey. Ha publicado 15 libros, el más reciente: "Cien años de Confusión. México en el siglo XX", con Taurus. Su columna consiste en análisis sencillos de fenómenos económicos y financieros.

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17 Diciembre 2010 04:50:31
Arenas movedizas
Pues ya se nos acabó el año. Precisamente el año de los festejos, de Centenario y Bicentenario. Ah, y de una década sin el PRI. Se acaba igual que todos, o un poco peor, si consideramos que no logramos salir de la inercia que nos va hundiendo poco a poco. Cerramos el año sin poder designar dos consejeros del IFE y un ministro de la Suprema Corte; sin reforma laboral, que ya ni se presentó; sin reforma de competencia, atorada de forma inusual; lo dicho, la inercia, las arenas movedizas en las que todos los esfuerzos lo único que hacen es hundirnos más.

Insisto en una tesis que mantengo desde hace muchos años: el problema es la ausencia de un régimen político en México. El anterior, el régimen de la Revolución, terminó su existencia en septiembre de 1997, cuando pudo instalarse una Cámara de Diputados sin mayoría del PRI. Desde entonces, las reglas y valores que regulaban el acceso, uso, distribución y abandono del poder, dejaron de tener consenso. Y ésa es la definición de un régimen político. Desde entonces, el Presidente ya no es la piedra angular de un sistema corporativo construido alrededor del nacionalismo revolucionario. Desde entonces hemos tenido que utilizar las leyes sólo para comprobar que no tienen ningún sentido, que la Constitución no sirve y que el tramado institucional que tenemos no permite tomar decisiones, ni procesar conflictos.

Se puede argumentar que el nacionalismo revolucionario fue abandonado antes, pero es una discusión nada sencilla. De lo que no parece haber duda es que después de 1997, efectivamente, ya no hay un consenso entre los actores del poder, ni sobre los valores básicos, ni sobre las reglas entre ellos. Bajo el régimen de la Revolución había un discurso coherente, justiciero y populista que daba cobertura a un sistema político profundamente autoritario, que concentraba el poder en el presidente de la República, jefe de gobernadores, Legislativo y Judicial, jefe también de sindicatos, centrales campesinas y organizaciones empresariales, último tomador de decisiones del poder económico, coercitivo y persuasivo del país. Monarca temporal.

Desde 1997, el Presidente ya no es sino lo que la Constitución dice, y ahora sabemos que no dice nada claro, a juzgar por el número de controversias constitucionales que enfrentamos cada año. Desde entonces, los actores se han independizado: ya no hay jefe del Congreso, ni de la Suprema Corte, ni de los gobernadores. Las viejas corporaciones (sindicatos, centrales, empresarios) hoy son “poderes fácticos”, como gustan de llamarles. Cada grupo intenta mantener los privilegios heredados del viejo régimen y, de ser posible, incrementarlos. Sin reglas claras de cómo procesar estos conflictos, la relación social se deteriora paulatinamente.

Es ya lugar común culpar a los políticos del estancamiento, despreciarlos, pero esto no sólo es injusto e inútil, es equivocado. Un régimen político es, en el fondo, un acuerdo de los actores del poder acerca de cómo procesar sus conflictos, de cómo administrar el poder mismo. Sólo una parte de ellos son políticos profesionales, otros son líderes sindicales o campesinos, otros más son empresarios, y unos más detentan el poder persuasivo: medios, academia, iglesias, grupos colegiados. Todos ellos, unos más que otros, colaboran en el deterioro: buscando incrementar su cuota de privilegios, nos hunden más en las arenas movedizas.

Si bien la formalización del acuerdo corresponderá a los políticos profesionales, su construcción ocurrirá, si ocurre, fuera de la esfera de la política. Si no logramos que los sindicatos y centrales campesinas se democraticen; si no logramos que los empresarios compitan; si no logramos que medios y académicos superen sus limitaciones mentales, no habrá políticos que puedan transformar a México.

Los periodos de interregno, como se suele llamar a estas etapas sin reglas claras, tienen sólo dos formas de terminar. Una es mediante una restauración autoritaria, no necesariamente del viejo régimen, pero sí de una versión renovada de él; la otra es a través de una consolidación democrática, gracias al acuerdo básico de los actores del poder, que coinciden en ese método para procesar sus conflictos.

Después de 13 años, empieza a parecer imposible que este acuerdo ocurra de manera espontánea. Necesitará un detonador, que no puede ser otro que una profunda crisis económica. Cuando ésta ocurra, ya tendremos otra fecha para los festejos seculares. Una vez más, México festejará sus derrotas.

http://www.macario.com.mx Twitter: @mschetti

Profesor de Humanidades del ITESM-CCM


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