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Juan Latapí
Juan Latapí
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17 Noviembre 2019 03:10:00
Barberos
EXISTE UNA LÍNEA MUY DELGADA, casi imperceptible, entre halagar y engañar, y aunque halagar suele ser decir algo agradable y amable que endulce los oídos del otro, no necesariamente tiene que ser verdad, como sucede en las redes sociales donde a menudo se publican fotos de personas poco agraciadas en su físico y que reciben elogios tales como “bella” y “hermosa”, porque halagar suele ser una forma de cortesía que los mexicanos tenemos muy arraigada.

PERO TAMBIÉN EXISTE UNA LÍNEA muy delgada entre halagar, adular y lambisconear, porque también es muy típico entre nosotros decir lo que el otro quiere escuchar sin importar que sea una mentira. Pero peor que adular y engañar es creerse toda la serie de lisonjas y falsedades que nos dicen a sabiendas que no son ciertas y que con el tiempo las vamos destilando como verdades y nos ciegan ante la realidad.

ES MUY COMÚN VER PERSONAS que cuando se suben a un simple ladrillo se marean, pierden piso y se vuelven insufribles, así como sucede con nuestros políticos y gobernantes a quienes se les dice todo tipo de halagos, adulándolos y haciéndolos creer que son casi perfectos y que lo que digan y hagan es irrebatible y casi sagrado. A diario lo vemos cuando el Presidente mete la pata de inmediato aparecen los aduladores justificándolo y haciéndole creer que él no se equivoca y quienes están mal son los demás.

EL ADULADOR DICE SUS HALAGOS de frente para obtener algún beneficio a cambio, porque de lo contrario no funciona, aunque a espaldas exprese todo lo contrario y sea un detractor. Para los aduladores cada seis años el gobernador en turno es una especie de semidiós al que se le ofrendan todos los halagos habidos y por haber, mientras tanto va perdiendo piso y cuando la riega todos voltean hacia otro lado, pero al terminar su mandato todo ese humo de incienso que lo rodeó se disipa para volver a ser un simple mortal, aunque difícilmente se resigne a serlo. Y todas aquellas lisonjas con las que fue adulado durante su mandato -junto con sus “brillantes” discursos y sus obras “trascendentales”- van a parar al vertedero del olvido, así, una y otra vez, cada seis años.

DE LA MISMA MANERA ACONTECE con los legisladores y alcaldes en turno que cuando ostentan el poder son adulados con infinidad de halagos y cuando dejan el cargo solo son recordados por sus pillerías mientras que sus virtudes halagadas también desaparecen. No es fácil resistir la avalancha de halagos -que a la larga resultan ser simples mentiras- para no perder piso, pero más difícil aún es resignarse para regresar a ser un simple ciudadano alejado de ese séquito de aduladores que ahora cantan loas al nuevo gobernante en turno.

DECIR LO QUE EL OTRO quiere escuchar es muy fácil ya que mentir no tiene chiste, pero el problema es que para tapar una mentira se debe emplear otra mentira, y así, como si se tratara de un cuento sin fin, hasta que ya no se puede distinguir entre la mentira y la verdad. En México somos grandes mentirosos que sabemos engañar, y peor aún, que nos autoengañamos con suma facilidad.

UNA DE LAS CUALIDADES DE quienes vivimos en el Norte son la franqueza y la forma de decir las cosas como son, sin rodeos, sin tantos halagos y zalamerías, mientras quienes viven en el sur son más dados al halago, a la caravana y al engaño. Desafortunadamente esa cualidad la hemos ido perdiendo debido en cierta manera a la moda de las redes sociales que, por un lado, son halagos desmedidos mientras que por el otro son descalificaciones y los juicios condenatorios sin fundamento.

LOS HALAGOS Y LAS ADULACIONES son un riesgo -principalmente para los gobernantes- que lleva a perder piso y caer en arbitrariedades, debido principalmente a que la autocrítica es una práctica cada vez más ausente, no solo entre la clase política, sino entre todos nosotros porque es más fácil ser barbero que plantear e intercambiar argumentos sólidos.
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