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Dalia Reyes
Dalia Reyes
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27 Octubre 2018 04:00:00
Buen ver
No somos nosotras, es el aparatito. No se trata de buscar una marca mejor, sino de colocarlo en el sitio idóneo para empezar a ver los resultados; en conclusión, tener el cuerpo perfecto entrenando en casa solo sucede si se vive frente a la playa, en un departamento lujoso y el resto es menos que un chiste.

Eso es lo único entendible en la venta por televisión de aparatos para ejercitarse, en donde el equivocado es un hombre gordo a conciencia, pedaleando bicicleta fija inquisitoria, y la inteligente es una chica 90-60-90 dándole a los abdominales en una máquina moderna y sencillita. Se pasa por alto estos detalles vivirá la siguiente odisea.

El comercial mostraba su producto bien instalado en una recámara amplia y luminosa. En la mía, apenas cabemos la cama y yo; pedalear ahí exigía cortarle un trozo a la base matrimonial, mandar levantarle las patas para guardar el armatoste debajo y hacer más grande la ventana, porque las construcciones modernas están inspiradas en Pakimé y sus ruinas prehispánicas a prueba de todo intruso pasado de peso.

La cama quedó bastante rara; di por hecho que no podría resolverlo sin ampliar la habitación. Terminada la obra, vine a ver qué hacía afuera, la ventana ofrecía dos geranios, un listón y tres helechos, además de la lavadora, la ropa tendida y el perro tirando la basura. Ese no era el panorama en la televisión: Regalé las plantas, cubrí la lavadora y regalé al perro, pero no vi ningún fruto de ello.

Compré un tiempo compartido en la playa. Ya en la costa, acomodé el ejercitador y empecé a darle duro al oficio. Pero faltaba una cosa: La tele enfrente, pues el anunciador mencionó, entre las ventajas, bajar de peso en tanto me informaba yo; lo único que no supe fue el canal que ella veía, pero le puse en las noticias. Solo faltaba el espejo gigante.

Lo puse frente a mí y pedaleé. Una imagen terrible apareció: Era yo y en nada me parecía a la muchacha, lo cual no entiendo porque compré el mismo color de ropa deportiva, los tenis, la liga en la coleta, me alacié el cabello y lo teñí de rubio.

Volví a casa. No pude devolver el aparato, ahora convertido en extraño perchero; compré otra cama y otro perro; respecto de lo que perdí, gramos, ninguno; dinero, muchísimo.


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