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José Luis del Río y Santiago
José Luis del Río y Santiago
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Actualmente es rector de la iglesia San Pablo Apóstol, ubicada en Los Valdés y encargado de la Comisión de Nuevas parroquias en la Diócesis de Saltillo, y catedrático en el Seminario de Historia de la Iglesia y Teoría Odegética. Su trayectoria por tres décadas en el Ojo de Agua lo distinguen, y más aún el hecho de que sea el único sacerdote exorcista autorizado, estudios que cursó por cuenta propia, además de actualizaciones a través de cinco congresos internacionales.

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11 Julio 2011 03:00:03
Cada quien tiene su propio carisma
Para el cumplimiento del oficio profético, el Pueblo de Dios, en su totalidad o en cada uno de sus miembros, (también los laicos), reciben de Dios dones especiales o carismas. En la terminología teológica actual el término “carisma” designa aquellos influjos del Espíritu Santo sobre cada cristiano, que no le llegan ni por medio de los ministerios de los órganos oficiales de la Iglesia, ni por los Sacramentos, pero que, aun así, pertenecen a la esencia permanente de la Iglesia a semejanza de aquellos dones que se reciben a través de los ministerios establecidos y los sacramentos.

El mismo Espíritu Santo, no sólo por medio de los sacramentos y de los ministerios, santifica al Pueblo de Dios, lo guía y lo adorna con virtudes, “distribuyendo a cada uno sus propios dones como Él quiere”, (1 Cor. 12,11), dispensa, entre los fieles de cualquier orden, gracias, aún especiales, con las cuales los hace hábiles y diligentes para asumir aquellas obras y oficios, que son útiles para la renovación y el desarrollo de la Iglesia, como dicen las palabras de San Pablo: “a cada uno le es dada la manifestación del Espíritu para que promueva el bien común” (1Cor. 12,7). Y estos carismas, tanto los extraordinarios como los más simples y comunes, así como los más aptos y útiles para las necesidades de la Iglesia, se deben recibir con gratitud y consuelo.

La Iglesia, llamando “carismas” aun a los dones “más simples y más comunes”, adhiere su modo de expresarse al de San Pablo. Pues, según él son carismas también la enseñanza, la consolación de los afligidos, las obras de asistencia social, el saber gobernar, etc., y así, cada cristiano tiene su propio carisma como conviene al organismo articulado de la Iglesia: “Cada uno recibe de Dios su don particular (carisma), unos en un modo, otros en otro” (1 Cor. 7, 7). Aunque este texto se refiere explícitamente a la relación que debe haber entre los cónyuges, sin embargo se debe entender como una expresión más general y, por lo tanto, debe ser aplicado también a todos los cristianos: cada uno posee su propio carisma.

Este pensamiento ha sido expresamente asumido por la Iglesia, por ejemplo, al decir: “el Espíritu Santo se manifiesta en la Iglesia en la diversidad y en la plenitud de los dones espirituales”. La Sagrada Escritura habla de dones espirituales, (1 Cor. 12, 1) o carismas (Rom. 12, 6). En el tiempo de San Pablo existían, naturalmente, carismas extraordinarios que atraían mucho la atención, como hablar en estado de éxtasis o la curación de los enfermos. Pero nadie debe pensar que los carismas del Espíritu Santo existan sólo y principalmente en estos fenómenos más extraordinarios y milagrosos.

Ya San Pablo habla, por ejemplo, de los carismas de sabiduría y de ciencia (1 Cor. 12, 8), del carisma de la fe (1 Cor. 12, 9), del carisma de la enseñanza (Rom. 12, 7), de la misericordia (Rom. 12, 8), del servicio (Rom. 12, 7), del discernimiento de espíritus (1 Cor. 12, 10), del carisma de gobernar (1 Cor. 12, 28). Así, para San Pablo, la Iglesia de Cristo vivo no es un aparato meramente administrativo, sino la unidad viva de diversos dones, carismas y servicios. A “todos” los cristianos y a “cada uno” le es dado el Espíritu, que distribuye a todos y a cada uno sus dones y sus carismas según la gracia que le sea dada (Rom. 12, 6). Sin embargo, a cada uno le es dada la manifestación del Espíritu para la “utilidad común” (1 Cor. 12, 7), esto es, “en vista de la edificación de la Iglesia” (1 Cor. 14, 12). Cada cristiano, instruido o no, posee en su vida diaria su propio carisma, pero lo posee “en vista de la edificación de la Iglesia”.

Los portadores de los diversos oficios de la Iglesia no deben maravillarse o mostrarse contrarios, si comienza a moverse algo de la vida del Espíritu antes que haya sido previsto por las instancias oficiales de la Iglesia. Y los súbditos no deben pensar que no puedan hacer nada antes de recibir las órdenes superiores. Existen acciones que Dios quiere realizar antes de que las autoridades oficiales hayan dado su autorización, y existen acciones que, oficialmente, no han sido todavía aprobadas o determinadas, (por ejemplo, los llamados “signos de los tiempos”). Sin embargo, los carismas extraordinarios, no hay que pedirlos temerariamente, ni hay que esperar de ellos, con presunción, sino que el “juicio sobre su autenticidad y sobre su aplicación pertenece a los que presiden la Iglesia, a quienes compete sobre todo no apagar el Espíritu, sino probarlo todo y quedarse con lo bueno” (1 Tes. 5, 12 y 19-21).
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