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Jorge Zepeda Patterson
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25 Noviembre 2012 05:10:01
Calderón, telonero de Peña Nieto
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Felipe Calderón me recuerda a los teloneros de los conciertos, esos que tocan antes de que aparezca la estrella del evento. La desesperación por alargar su permanencia sobre el escenario le ha llevado a giras de inauguraciones maratónicas y a eternizarse en el uso de cada micrófono que le ponen enfrente. Como los malos teloneros, que no terminan por entusiasmar a la audiencia, pocos ponen atención a su presencia. La mayoría contempla distraída e impaciente los intentos del Presidente por justificar su sexenio y estirar sus últimos 15 minutos de gloria.

Alguna vez señalé que la mala suerte persiguió a Calderón en su sexenio. La increíble fortuna que había tenido para colarse a la Presidencia contra todo pronóstico se tornó adversa en cuanto puso un pie en Los Pinos. A los errores cometidos se sumaron infortunios que terminaron siendo lluvia sobre mojado: la crisis económica de Estados Unidos —que tumbó a la economía mexicana—, el estallido de la epidemia de influenza, la muerte de dos secretarios de Gobernación, entre ellos su mano derecha y delfín para la sucesión: Camilo Mouriño.

Incluso el tema del narcotráfico estalló en su sexenio. Cierto que su estrategia fue equivocada, pero nadie puede negar que el poder de los cárteles y la disputa por las plazas se encontraban en espiral ascendente. Otra cosa es que Calderón haya querido combatir el fuego echándole gasolina.

Hablar de la suerte en una columna de análisis político es como hablar de beisbol en Argentina. Pero en los últimos días se ha dicho tanto de la alineación de circunstancias en favor de Peña, que la astrología parece haberse apoderado de las prospectivas económicas y políticas que se hacen sobre México.

El largo reporte especial que “The Economist” publicó esta semana al respecto asegura que nuestro país será “el Brasil” de los próximos años (de hecho creceremos al doble que el país amazónico). Olvídense de los BRICS (Brasil, Rusia, India, China, y Sudáfrica); nosotros seremos la estrella ascendente de la economía mundial. “Hecho en México” desplazará a “Made in China” en los mercados de Estados Unidos. Nuestro crecimiento económico y niveles de empleo provocarán que la migración se revierta; más latinos y norteamericanos estarán cruzando la frontera de norte a sur que viceversa.

Y todo este favorable panorama se vaticina sin que Peña Nieto haya movido un dedo. Sin duda una venturosa y providencial alineación de astros.

Al análisis de la prestigiada revista inglesa yo añadiría otro activo con el que contará el presidente entrante: el hartazgo de la opinión pública, de la élite y los actores sociales por la parálisis institucional y política de los últimos años. Incluso los poderes de facto están urgidos de un árbitro general con capacidad de ordenar el juego. Pese a que todos los poderosos han sacado ganancia a río revuelto, el desorden se ha vuelto ineficaz para todos. Como esos embotellamientos en cruceros colapsados que suelen resolverse cuando aparece un moderador del tráfico (sea policía o espontáneo). Hasta el pleito Slim vs Azcárraga-Salinas Pliego, los hombres más poderosos del país, comienza a ser incómodo para las partes. Y si me apuran, yo diría que incluso los cárteles de la droga están fatigados de su propia guerra civil.

El problema para todos, empresarios, gobernadores o jefes del narco, es que no ha habido un árbitro con la fuerza o la legitimidad para garantizar acuerdos, asegurar recompensas y castigar violaciones a lo pactado. Pienso que ahora todos lo extrañan, aun cuando lo quisieran acotado y servicial.

Hay, pues, una inercia de la sociedad mexicana que favorecería una presidencia con un poco más de margen de maniobra de la que han gozado los últimos mandatarios. Si a eso se añade un crecimiento económico importante, si hemos de creerle a “The Economist”, tendríamos que concluir que a Peña Nieto le espera una continuación de lo que ha sido su biografía: una vida entre algodones.

Algo me dice que no será así. Hay demasiados imponderables en el camino. Empezando por saber si el equipo entrante estará a la altura de las expectativas que se han generado o si la economía de Estados Unidos cumplirá lo prometido. Los pobres no leen “The Economist” y algunos no se quedarán cruzados de brazos a esperar que la situación cambie algún día. Y peor aún, corremos el riesgo, como reconoce la mencionada revista, de que el árbitro termine a las órdenes de los poderosos grupos que lo llevaron al poder. Pero esa es otra historia. Por lo pronto, urge que se vaya el telonero y comience la función.


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