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José Luis del Río y Santiago
José Luis del Río y Santiago
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Actualmente es rector de la iglesia San Pablo Apóstol, ubicada en Los Valdés y encargado de la Comisión de Nuevas parroquias en la Diócesis de Saltillo, y catedrático en el Seminario de Historia de la Iglesia y Teoría Odegética. Su trayectoria por tres décadas en el Ojo de Agua lo distinguen, y más aún el hecho de que sea el único sacerdote exorcista autorizado, estudios que cursó por cuenta propia, además de actualizaciones a través de cinco congresos internacionales.

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21 Marzo 2011 03:00:28
Cambio en los fines del matrimonio
Inmediatamente antes de la Segunda Guerra Mundial crecía, siempre más, en el mundo científico católico la idea de que el fin primario del matrimonio era “la procreación de los hijos”, dejando casi en la oscuridad el amor conyugal y el perfeccionamiento personal que se obtiene por medio de él. El 1 de Abril de 1944 el Santo Oficio rechazó a aquellos que “negaban que la procreación y la educación de la prole, fueran el fin primario del matrimonio, o que enseñaban que los fines secundarios no estuvieran esencialmente subordinados al fin primario, sino que fueran igualmente importantes e independientes”.

Es cierto que la Iglesia reconoce que “el matrimonio y el amor conyugal están ordenados, por su propia naturaleza, a la procreación y a la educación de los hijos”, y declara, (hablando de los múltiples fines del matrimonio) que todos ellos son “de mucha importancia”. Y más adelante afirma expresamente, que los fines que tiene el matrimonio (que el Santo Oficio en 1944 llamaba entonces “secundarios”) no son de menor importancia que aquel que la Iglesia llamaba “primario”, por lo tanto, los otros fines, de hecho, ya no se consideran secundarios.

En efecto, la Iglesia considera de mucha importancia todos los otros fines, además de la procreación de los hijos. Así, por ejemplo, reconoce el valor de la “comunión de amor” de los cónyuges. Ahora los cristianos se alegran sinceramente de estas aclaraciones, según las cuales los cónyuges disfrutan de que ya se reconozca bien la importancia de la “comunidad de amor”. Es muy bella la descripción de la “comunidad de amor” que hace la Iglesia: “Precisamente porque el amor conyugal es un acto eminentemente humano, que es una relación de persona a persona, estableciendo un afecto que nace de la voluntad, abarca el bien de toda la persona y, por esto, tiene la posibilidad de enriquecer con particular dignidad los estados de ánimo de sus manifestaciones físicas y de ennoblecerlos como elementos y signos especiales de la amistad conyugal. El Señor se ha dignado sanar y elevar este amor con un don especial de gracia y caridad en el sacramento del Matrimonio. Este amor, que asocia valores tanto humanos como divinos, conduce a los esposos al libre y mutuo don de sí mismos, acompañando de sentimientos y manifestaciones de ternura que impregnan toda su vida. Más todavía, el amor conyugal se perfecciona y crece mediante su generoso ejercicio. Y su vuelve muy superior a la pura atracción erótica que realizada egoístamente, se desvanece pronto de manera miserable”.

Muchos católicos fueron educados en una mentalidad según la cual el acto de la procreación de los hijos sería una especie de “fornicación legal” que necesitaba, cada vez que se realizara, renovar la recta intención que le confiere la moralidad. Ahora, en cambio, la Iglesia establece, como única exigencia para la moralidad de los actos conyugales, que se realicen “de modo verdaderamente humano y cristiano”. Ahora se expresa de manera sublime: “Los actos con los cuales los cónyuges se unen en casta intimidad son honestos y dignos y, realizados de modo verdaderamente humano, significan y favorecen el don recíproco de sí mismos, mediante el cual los esposos se enriquecen mutuamente de manera muy gozosa”.

La Iglesia, por lo tanto, concibe el matrimonio no sólo como una “institución para la procreación de los hijos”, sino más bien, de manera mucho más amplia, como la comunidad de vida de dos personas, que en la unión matrimonial y por medio de ella desarrollan todo su potencial personal y expresan su riqueza personal aun en la procreación de los hijos, que viene a ser como la coronación de su “comunidad de amor”.
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