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Rodolfo Naró
Rodolfo Naró
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Rodolfo Naró, nació en Tequila, Jalisco, el 22 de abril de 1967. Es autor de varios libros de poesía, casi todos reunidos en la antología Lo que dejó tu adiós (2016), así como de las novelas El orden infinito (2007), finalista del Premio Planeta Argentina 2006, Cállate niña (2011) y Un corazón para Eva (2017). Twitter: @RNaro

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29 Marzo 2019 03:26:00
Charro completo
Un hombre llegó corriendo al lienzo charro, iba sangrando y pedía ayuda a gritos. Clamaba por un médico. Mi papá, que estaba al fondo del partidero montado en su alazán a la espera de un toro, cuando vio al hombre en mitad del lienzo, se ajustó el barbiquejo del sombrero, le clavó las espuelas a su caballo y un instante después estaba frente al hombre que parecía haber perdido la cordura.

El hombre, con una herida en la cabeza, vestía short y camiseta, venía de Puerto Vallarta con su familia: tres hijos, esposa, abuela y un perro que encontrarían muerto en el lugar del accidente. El lienzo charro de Tequila estaba sobre la carretera, a pocos metros de una curva con poco peralte. La charreada se interrumpió cuando el hombre, desbocado, entró al lienzo. Era domingo y las gradas estaban a reventar de gente. Los Charros Tequileros, equipo del que mi papá era presidente, iban ganando a los charros de Roberto Orendain.

Sin perder tiempo en quitarse las espuelas, reata en mano por si hubiera necesidad, mi papá y el hombre se encaminaron al lugar del accidente. Su sombra con sombrero lo seguía a poca distancia, así como toda la fiesta del lienzo que se fue detrás de ellos: charros, escaramuzas, las gentes del graderío, los vendedores de cacahuates, manzanas caramelizadas y algodones de azúcar. Los músicos de la banda empezaron a tocar cuando alguien dijo que hacía mucho calor.

Algunos mirones se acomidieron a parar el tráfico con franelas rojas; mientras los charros ayudaban con el vehículo, otros se sentaron a ver el accidente: una combi amarilla, que después de tres vueltas había quedado patas arriba, estaba humeante y en silencio como animal en matadero.

Los hijos del hombre habían salido como culebras por las ventanillas y la abuela, que había perdido su falda entre las volteretas, desgreñada, seguía sentada en calzones en una piedra del camino. Todos se quejaban sólo de golpes y contusiones, excepto la esposa del hombre, que seguía atrapada entre los fierros retorcidos de la combi.

Cuando lograron sacarla, mi papá mandó por la ambulancia del Seguro Social para trasladarla a Guadalajara, pero el hombre le dijo: “Óigame, yo no soy derechohabiente”. “No se preocupe, yo soy el director de la clínica del IMSS”, le respondió mi papá. Palabras similares le dijo cuando el hombre vio llegar al Ministerio Público, con tres policías. “No se preocupe, no se lo llevarán preso, yo soy el presidente municipal de Tequila”. “Óigame”, repitió el hombre asombrado, “solo falta que también sea el cura del pueblo, usted es todo aquí”. “Casi”, le dijo mi papá bajo el sol vivo de Tequila, “sólo me falta el título de charro completo, que este año disputaré en el congreso nacional, si Dios me da licencia”.

Despedida

Con esta última Columna Chueca, que le dedico a mi papá, quien el próximo 2 de abril cumple 85 años, me despido de Zócalo. Gracias por acompañarme durante dos años. Gracias a mi editora, Sylvia Georgina Estrada y a mi primera lectora en Saltillo, Mary Carmen Urrieta. Hasta pronto.
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