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Javier Villarreal Lozano
Javier Villarreal Lozano
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25 Julio 2019 04:00:00
Clase gratuita
Obstinado en no abandonar su papel de ave de tempestades mediáticas, el presidente Andrés Manuel López Obrador encuentra casi todos los días la forma de acaparar espacios y críticas con sus declaraciones. La más reciente intervención presidencial controvertida fue el insólito debate armado por el Mandatario y el periodista coahuilense Arturo Rodríguez de la revista Proceso durante la conferencia de prensa mañanera.

Luego de acusar a Proceso de no haberse portado bien con la cuarta transformación, el Presidente pretendió asestarle a Rodríguez y al resto de los periodistas presentes una clase gratuita de ética. Para rematar informó a los informadores que él ya casi no lee Proceso desde que dejó la dirección Julio Scherer García y arremetió contra otras publicaciones, que tampoco se han portado bien.

Para ello se remontó a más de 100 años atrás, demandando de los comunicadores militar bajo las banderas de la 4T. Al hacerlo olvidó, entre otras cosas, la historia del periodismo. En el siglo 19 las publicaciones eran facciosas. Se fundaban con el propósito de defender un partido o una ideología. El cambio surgió a principios del siglo pasado en Estados Unidos con la llamada penny press, cuyo postulado es la búsqueda de la objetividad al ofrecer la información, despojándola, hasta donde ello es posible, de cualquier tinte político, religioso o ideológico.

Hoy, la mayoría de los medios del mundo, salvo contadas excepciones, han adoptado esta forma de hacer periodismo, como bien le recordó Rodríguez al Presidente, quien, por el contrario, piensa en los “buenos” periodistas de la Reforma, poniendo a Francisco Zarco como ejemplo, y a los antiporfiristas hermanos Flores Magón. Los buenos periodistas, remató, palabra más o palabra menos, siempre han apoyado las transformaciones.

Esta dicotomía tabasqueña coloca en el bando de los malos a periodistas tan valiosos como Guillermo Prieto, quien ponía de oro y azul a Juárez cuando buscó una nueva reelección, olvidando también que Ricardo Flores Magón de antiporfirista furibundo pasó a ser antimaderista igualmente furibundo. (¿Acaso don Guillermo Prieto y Ricardo Flores Magón brincaban del bando de los “buenos” al de los “malos, según las circunstancias?).

Bien vista la cosa, la discusión tiene ribetes de bizantina. Sin embargo, lo que sí resulta preocupante es el trasfondo: cómo concibe el Presidente su Gobierno. Se diría que desde su particular punto de vista, la 4T, armada sobre buenas intenciones, es una suerte de bloque pétreo sin fisuras, errores o desviaciones, merecedor de críticas, con un lugar de privilegio asegurado desde ahora en la Historia. Así, con mayúscula.

Esta posición recuerda al viejo catecismo del padre Ripalda y su incuestionable sentencia, según la cual “fuera de la Iglesia no hay salvación”, o bien la advertencia de Trotski refiriéndose a los enemigos de la revolución después de la toma del Palacio de Invierno: “A los que se han ido y a los que nos hacen tales propuestas [contrarias al bolcheviquismo] les decimos: ‘¡Ustedes son gentes aisladas y tristes [conservadores, fifís y neoliberales]; han fracasado; su papel ha terminado! ¡Váyanse a donde pertenecen: al basurero de la historia!’”.

Mesianismo crudo. Pero eso sí, expresado “con todo respeto”.



Viejo cuento

Un hombre austero intentó enseñar a su caballo a no comer. Cada día reducía el pienso que daba al animal. Todo iba muy bien, pero cuando el caballo ya casi había aprendido a no comer, se murió.
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