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Fernando de las Fuentes
Fernando de las Fuentes
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03 Noviembre 2018 03:00:00
Como pienso, existo. El impacto individual.
“Aprender sin pensar es inútil. Pensar sin aprender, peligroso”. Confucio

A todo pensamiento sigue una emoción. A todo pensamiento negativo sigue una emoción negativa. A todo pensamiento negativo persistente y dominante sigue un malestar constante. A todo sistema de pensamientos negativos, persistentes y dominantes sigue un conjunto de malestares que conforman trastornos del estado de ánimo: depresión, distimia y bipolaridad. Los problemas psicológicos más diagnosticados en todo el mundo no son algo que nos sucede, sino algo que producimos, aunque no sepamos cómo.

Que estos padecimientos se manifiestan en un desbalance químico en el cerebro, es indudable, pero no es éste la causa, como se ha venido creyendo, sino el indicador. Un hígado graso no se ve igual que uno saludable, por tanto un cerebro deprimido no tiene por qué verse igual que uno sano. El hígado graso no se enfermó solo; el cerebro deprimido tampoco.

Decir que de pronto hay un desbalance químico en el cerebro que nos produce depresión, es como decir que el hígado se puso graso espontáneamente y nos está ocasionando un malfuncionamiento orgánico. Es claro que en ambos casos el origen es el mismo: la chatarra, mental en un caso, alimenticia, en el otro.

Así pues: chatarra mental, de la cual estamos invadidos sin darnos cuenta, porque somos conscientes apenas del 10% de nuestros pensamientos diarios. Si usted pone atención en ese pequeño porcentaje, se encontrará que hay no pocos pensamientos negativos. Siga el hilo emocional de cada uno de ellos y verá a dónde lo lleva. Si, obvio, al malestar emocional.

Si aplicamos la ley de probabilidades, nos horrorizaremos al pensar en la negatividad que hay en el otro 90% de los pensamientos de los cuales no somos conscientes. Hay una noticia peor, todavía: ese es el porcentaje que controla nuestras vidas, no el
pequeño.

Así pues, si una persona ha pensado, sabiéndolo o no, durante la mayor parte de su vida, que el dinero es escaso y difícil de conseguir, que la vida es injusta y dura, que es insuficiente para ser amado, feo o fea, tonto, inútil y/o torpe; que lo bueno que le suceda será cuestión de suerte y que hay que cuidarse de los demás, cómo cree usted que siente: ¿deprimida o feliz?, ¿confiada o desconfiada?, ¿apreciable o despreciable?, ¿valiosa o poca cosa?, ¿poderosa o débil?, ¿capaz o incapaz?

Exacto. Es cuestión lógica básica: en conjunto se siente por lo menos miserable. Por analogía, entonces, a un pensamiento positivo sigue una emoción positiva, a un pensamiento positivo persistente y dominante un bienestar constante y a un sistema positivo de pensamientos dominantes y persistentes, las anheladas tranquilidad, seguridad y felicidad, que no son la ausencia de problemas, sino la convicción de que habremos de resolverlos creativa y satisfactoriamente, de manera que nos quedemos en paz con nosotros mismos, porque sin problemas no hay aprendizaje ni crecimiento.

El que no aprenda de la vida no tendrá la menor posibilidad de encontrarle sentido y, por tanto, de procurarse bienestar. En términos generales, esta idea puede ser entendida de la misma forma por la mayoría de quienes la lean, no así sus componentes: aprender de la vida, encontrarle sentido y procurarse felicidad, significados que podemos dilucidar atando cabos: aprender implica saber qué hay en nuestra mente; cambiarlo para entrar en dominio de nuestras vidas es darle sentido a la existencia, entre cuyos hallazgos está el que todo bienestar es autoprocurado, no “algo que nos sucede”.

La clave de todo está en saber que los pensamientos negativos son nuestro mayor enemigo y que no vienen de fuera: son producto de patrones mentales y anímicos insanos de nuestros progenitores, que interiorizamos de niños como forma de ver el mundo y relacionarnos con los demás, de manera que ya no somos conscientes de ellos.

A la famosa frase de René Descartes de “pienso, luego existo”, hay que ponerle un corolario: “como pienso, existo”.
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