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Gerardo Hernández
Gerardo Hernández
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29 Abril 2019 03:04:00
Conjurar tempestades
“A todo el que se le haya dado mucho, mucho se demandará de él; y al que mucho le han confiado, más le exigirán”, se lee en Lucas 12:48. La parábola del siervo fiel y del infiel es aplicable al presidente López Obrador, cuyo pensamiento parece abrevar en la Biblia, dada su preferencia por los pobres, el perdón a los ladrones y el uso frecuente de metáforas como la de las mascotas (ovejas) que tanto enfado provocan. ¿Pero acaso no se le llama “borregos” a quienes siguen dócilmente a los partidos, y “gallos” a los aspirantes a cargos de elección?

La votación máxima obtenida por candidato alguno a la Presidencia obliga a establecer compromisos claros, asequibles, y brindar resultados positivos en tiempos prudenciales. AMLO recibió el país en crisis por el desgobierno de Peña, la desmesura del capitalismo, la corrupción, la violencia y la impunidad. También, por el abandono de sectores clave como el energético y de servicios básicos, en particular el de salud. El IMSS y el ISSSTE están desde hace mucho tiempo rebasados, y la medicina privada, además de prohibitiva, es cada vez más negligente e inhumana.

AMLO recibió el poder en bandeja de plata. Millones de mexicanos votaron por el líder de Morena para poner orden en el país, castigar a los corruptos y reconciliar a la sociedad. Pero a casi cinco meses de gobierno, su respuesta parece hallarse en Lucas 12:51: “¿Pensáis que vine a dar paz en la tierra? No, os digo, sino más bien división”. Una encuesta telefónica aplicada por Mitofsky a mil personas, la cual terminó de levantarse el 15 de abril, refleja una caída de 4.4% en la aprobación de AMLO (del 67.1 al 62.7) con respecto a la de los 100 primeros días de su gestión.

En términos de aceptación el Presidente no tiene mucho de qué preocuparse... todavía, pero de persistir las prácticas políticas del pasado, que interrumpieron el ciclo de crecimiento y causaron las crisis económicas de 1976, 1982 y 1995, de las cuales México aún no se repone, y su obcecado enfrentamiento con algunos sectores y medios de comunicación, el deterioro del Gobierno será inevitable. Aunque el presente y el futuro del país deben estar siempre por encima de la imagen presidencial.

La inseguridad y la delincuencia no han dejado de ser los problemas nacionales, de acuerdo con la encuesta (47.6%), seguidos por la corrupción (20.2%) y la pobreza (18.2%). El “mal gobierno” recibió solo el 5.8% de las menciones. Significa que la administración de AMLO aún tiene el beneficio de la duda. La violencia y la corrupción son herencia de las últimas administraciones del PRI y del PAN. No es preciso pactar con el crimen organizado –como ocurrió en Coahuila durante el moreirato, según la Federación Internacional de los Derechos Humanos, la Clínica de Derechos Humanos de la Universidad de Texas y la investigación El Yugo Zeta. Norte de Coahuila 2010-2011 del Colegio de México– para que los cárteles se apoderen del país. Basta cruzarse de brazos y mirar para otro lado.

La violencia tardará en reducirse al menos dos años, por lo arraigado del crimen y la impunidad en las ciudades y en las instituciones. Prometer lo contrario es una quimera, un engaño. Pero si después de ese lapso la Guardia Nacional no logra avances tangibles, medibles y verificables, el castigo deberá ser en las urnas donde 45 millones de mexicanos (la suma de los votos contra el PRI) condenaron al gobierno de Peña. Si AMLO desea verdaderamente recuperar la paz, necesita dejar de sembrar vientos y conjurar tempestades.
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