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Rafael Loret de Mola
Rafael Loret de Mola
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Rafael Loret de Mola Vadillo (Tampico, Tamaulipas; 25 de octubre de 1952). Periodista y escritor mexicano, conocido por ser uno de los más serios críticos del sistema político mexicano. Sus libros, muchos de los cuales han sido best-sellers, contienen información confidencial sobre numerosos actores políticos de México. Jamás ha sido desmentido públicamente.

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05 Junio 2019 04:00:00
Creyentes o ingenuos
No hay elecciones satisfactorias, en México y otras naciones incluso del “primer mundo”. Una muestra: en Estados Unidos, falsarios defensores del “mundo libre” según dicen, no puede hablarse de limpieza luego de que Al Gore optó por evitar un colapso institucional en 2000 luego de los manoseados escrutinios de Florida que dieron la “victoria” a Bush junior unos meses antes de los atentados terroristas en Nueva York. No existe credibilidad ante las evidencias múltiples del manejo de las mafias con enorme poder territorial y la certeza de que los gobiernos se construyen con acuerdos soterrados entre las mismas.

La incredulidad, por supuesto, no surgió por casualidad ni por generación espontánea sino es fruto de una larga secuela de manipulaciones, desviaciones y fraudes burdos, descarados, contra la voluntad ciudadana. Hoy amanecimos, por ejemplo, con noticias sobre victorias que no lo fueron y mantienen indignados a la mayor parte de los mexicanos; y así ha sido lo mismo el año pasado, 2015, que a través de cada una de las jornadas comiciales del nuevo siglo, sea bajo el mandato de la derecha o la utópica resurrección priísta insólita y basada no en la capacidad de quien fue su candidato en 2012, todavía no sometido a proceso, sino más bien en su solvencia física y el apoyo de una masa popular variante, por poco informada, y vulnerable todavía al acecho de las corporaciones políticas y/o criminales. Es nauseabundo.

En esta condición, la partidocracia impuso sus leyes, aplastó las posibilidades de los independientes –algunos de ellos claudicaron sea por ausencia de recursos o por no poder elevar coberturas-, y cerró las gubernaturas de tal modo que todo parece el desenlace de un libreto preestablecido. No perciben que el malestar general sube de tono precisamente en la medida en la que la intolerancia eleva sus momios y cierra las salidas a la ciudadanía madura que no se deja llevar de la mano por una clase política sucia, putrefacta, absolutamente nefasta. Y no hablo únicamente de la del PRI.

Las negociaciones, sin duda, fueron el sello de las jornadas electorales en seis entidades con la MORENA de López Obrador que quiere caminar porque primero aprendió a correr; y, como tal, no son inusuales sus tropezones y la ausencia de definiciones, por ejemplo, respecto a los rectores de las elecciones en cada entidad, forjados al calor de los cacicazgos regionales y gubernamentales –Tamaulipas, Quintana Roo y Durango, sobre todo- pese a aceptar participar en el juego.

No comprendo cómo, en el nivel federal, se mantiene en la presidencia del Consejo del INE a un racista, Lorenzo Córdova Vianello, de quien derivan como ramas de un árbol enfermo, aunque legalmente no está establecido así, los responsables de los institutos y consejos estatales con la venia de los respectivos gobernadores. De tal suerte la justa comienza si se es capaz de reducir al mandatario de cada estado metido, hasta el cuello, en su sucesión para amarrar a su favor los hilados de la impunidad y salir avante de las múltiples acusaciones en su contra.

Ni uno solo de los exgobernadores cuyas gestiones terminaron hace uno o más años ha sido llamado a juicio; ni siquiera el defenestrado guerrerense Ángel Aguirre Rivero, el priísta-peñista lanzado por una alianza turbia, quien llevó a su entidad a la desatada violencia que prohijó no solo la desaparición de los normalistas de Ayotzinapa –la mayor verruga en el enfermo rostro de Peña Nieto-, sino a una tremenda protección a quienes, a través de compañías canadienses al amparo del Grupo México de Germán Larrea Mota-Velasco, el mayor asesino de mineros de la historia, esclavizan a cientos de inmigrantes y a mexicanos “desaparecidos” a quienes muy pronto se dan por muertos y acaban bajo la fresca tierra que cubre centenares de fosas clandestinas, desde la norteña Tamaulipas hasta la tierra caliente del sur.

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