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Fernando de las Fuentes
Fernando de las Fuentes
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15 Diciembre 2018 04:07:00
Cruel paradoja
En sociedad, los seres humanos vivimos clamando por igualdad, pero en la vida personal nadie quiere ser igual a los otros. Cruel paradoja. La mayoría intenta ser mejor y tener más, porque desea en secreto la envidia ajena. Por tanto, quiere que los demás sean y tengan menos. Es decir, a su vez, envidia.

La envidia es uno de los defectos más inconfesables, porque el envidioso acepta que se siente menos que los demás. Y, sin embargo, no hay ser humano que no haya sentido o sienta envidia, al menos en algún ámbito de su vida, porque es natural, pero muy vergonzosa y, por eso, sumamente corrosiva.

No la admitimos individualmente, y por tanto, no la vemos en su manifestación colectiva, pero si hay una disfunción social divisionista, destructiva y retrógrada, es la que actúa con base en la envidia.

¿Cómo detectarla? Es esa que incita rencorosa al escarnio, queriendo igualdad a partir del despojo y justicia predominantemente castigadora, o sea, precariedad generalizada y venganza, porque ambas producen la euforia que necesita el ego para sentir que ha triunfado; mal sustituto del resarcimiento al alma.

La envidia es, además del resentimiento, la única emoción que no tiene en absoluto un viso positivo. En su manifestación menos negativa nos hace querer lo que tienen los demás, principalmente aquello que los hace parecer tan felices, seguros y tranquilos a nuestros ojos, y no porque lo sean, sino porque no nos gusta
nuestra vida.

En su faceta más enferma, la envidia nos impulsa a desear e incluso hacer mal a otro, para que pierda lo que tiene. Cuando una persona ha rumiado durante años odio y rencor por sus heridas de infancia, principalmente la de injusticia, termina haciendo cualquier cosa para lograr su propósito de encumbrarse sobre los demás y destruir todo aquello que lo ha venido lastimando, no importa a cuanta gente engañe y perjudique.

Por eso, en todo el mundo grandes próceres de la igualdad y la justicia han sido todavía más grandes, aunque ocultos, envidiosos, y tan buenos mentirosos que nos ha sido difícil distinguirlos de los verdaderos luchadores sociales. Algunos de ellos todavía tienen adeptos.

La fundamental diferencia entre ambos es que uno actúa motivado por amor al servicio, el otro por su gloria personal. Por genuino, el primero jamás presume; por falso, el segundo siempre se exhibe como el bueno.

Mientras el luchador social apela a la razón y el sentimiento, y sólo como último recurso a la fuerza, el envidioso simulado incita antes que nada a la emoción incendiaria, para convertirla en agresión irracional en el momento en que lo necesite. Como dijera Nietzsche en Así Habló Zaratustra: “¡Desconfiad de todos aquellos que hablan mucho de su justicia!... Y si se llaman a sí mismos «los buenos y justos», no olvidéis que… para ser fariseos, no les falta nada más que ¡poder!”.

A partir de la envidia perezosa (quiero lo que tú tienes, sin que me cueste lo que te costó y te cuesta) o la “luchona” (no mereces lo que tienes porque yo me esfuerzo más y no lo tengo), un gran envidioso puede hacer estragos incluso a nivel mundial, si es apoyado por suficientes personas que sienten lo mismo.

Ante la envidia, gratitud. Gratitud por lo que hasta ahora somos y nos ha sido dado. Esta virtud será además plena y genuina cuando nos permita bendecir lo que tienen los demás, pedir sin ánimos incendiarios justicia restaurativa, tener disposición a ser verdaderamente iguales y, un clásico, dar sin esperar.

La gratitud es satisfacción, que no conformidad, en tanto la envidia es incapacidad de hacernos responsables de nuestra insatisfacción, hasta desear ser otros o que los otros se sientan tan miserables como nosotros.

Sólo hay aspiraciones y posibilidades reales de mejora cuando hay genuina gratitud y sincero deseo de bienestar para los otros.

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