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Dan T
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07 Abril 2020 04:08:00
Cuarentena día 521
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Creo que llevo en cuarentena como cuatro días, pero se sienten como si fueran 521. Estar en casa tanto tiempo me ha hecho descubrir cosas sorprendentes. Para empezar, resulta que los platos sucios se reproducen como el coronavirus: en la mañana son 5, en la tarde son 72 y en la noche ya son 358. Y si no los lavas, corres el riesgo de tener que salirte de tu casa y dejársela a los platos sucios.

Mucha gente en estos días se ha quejado por tener que estar encerrada con su pareja. Pero, ¿te has preguntado la friega que debe ser que a alguien le toque estar un mes sin salir contigo? Conociéndome, estoy seguro que me ahorcaría a mí mismo al quinto día. O al cuarto si vuelvo a ensuciar un maldito cuchillo solo para ponerle mayonesa al pan.

La cuarentena también hace milagros como, por ejemplo, pensar en las y los ex. ¿Tú has pensado en tu ex? Es un buen momento para saber si has superado a esa pareja que tanto daño te hizo. Solo hazte esta pregunta: ¿me gustaría pasar la cuarentena con mi ex? Si la respuesta es “sí”, significa que esa persona sigue siendo demasiado importante para ti y no la has logrado superar; tal vez sería bueno que pidieras ayuda profesional para superar su recuerdo.

Si la respuesta es “¡Ay, güey! ¡De la que me salvé! Lo siento por su actual pareja, debe ser un infierno el que está pasando”, eso significa que finalmente has superado a tu ex y es momento de seguir con tu vida.

Una lección que me ha dejado la cuarentena es que mientras más fuerte suena la música, más limpia queda la casa. Y no hay nada como las cumbias de Selena para lavarse las manos y para dejar los trastes rechinando de limpios.

Los expertos dicen que es importante mantener rutinas durante la cuarentena, para no perder los buenos hábitos. Yo por eso me levanto temprano, hago ejercicio, me baño, me visto como si fuera al periódico y hago lo que siempre he hecho: me hago güey. A ratos lo hago en la sala, a ratos en el comedor, a veces lo hago mientras trapeo el departamento.

También he descubierto la magia de vivir en comunidad. Mi edificio siempre me gustó porque parecía ser muy tranquilo, pero este encierro me ha permitido darme cuenta de que, en realidad, no es que sea tranquilo, sino que nunca estoy. Por eso ahora me puedo dar cuenta de que existen mis adorables vecinos y que son magníficas personas.

Por ejemplo, por la ventana de la cocina escucho a un señor gritando tooodo el día a su hija, a su esposa y a su madre: “Pao, tiende tu cama”, “Amor, ¿dónde está el azúcar?”, “Pao, lávate los dientes”, “Amor, pásame rápido la escoba”, “Pao, ayúdame con estos cables”, “Amor, ¿con quién estás hablando?”, “Mamá, ya te dije que no puedes ir a ver a tu hermana”, “Pao, ayuda a poner la mesa”, “Mamá, ya te dije que no debes recibir visitas”.

Y obviamente las respuestas de la tal Pao que es una adolescente y de la esposa que ya está harta son: “Ay, papá, déjame en paz”, “No me digas amor que todo el día estás molestando”, “No, papá, tú no entiendes nada”, “Amor esto, amor lo otro, ¿que no puedes tú asomarte a la alacena y buscar el azúcar?”, “Ay, papá, ¿no tienes algo qué hacer que no sea estar dando órdenes?”, “Mira, Jorge, en serio, deja de pedir todo, ¿que acaso eres un niño chiquito que no puede hacer nada? Yo no soy tu mamá, te lo advierto”.

Y a esos hay que sumar los vecinos del piso de arriba que se la pasan también gritando, pero es porque le están poniendo. ¡Nos vemos el jueves!

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