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Javier Villarreal Lozano
Javier Villarreal Lozano
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23 Mayo 2019 03:59:00
Curas peligrosas
Extrañamente no tuvo eco perceptible en los medios y entre los comentaristas una declaración del presidente Andrés Manuel López Obrador, quien diagnosticó que la corrupción es una “enfermedad”, por lo cual resulta necesario implementar “terapias” para curar a quienes la padecen.

Es posible que muchos de los opinadores profesionales hayan considerado las palabras del Primer Mandatario como una de las muchas ocurrencias que suele soltar en las mañaneras. Pero, ¿si no lo es? ¿Qué podemos esperar si AMLO cree realmente lo que dijo y un día de estos decide actuar en consecuencia?

Pueden tacharme de alarmista, sin embargo, cada vez que oigo hablar de instaurar programas terapéuticos para sanar enfermedades sociales, la memoria me transporta a los gulags soviéticos. Y de ser afirmativas las respuestas a las preguntas anteriores, se perfila en el horizonte el nacimiento de gulags versión lopezobradorista. Es decir, los corruptos no irán a la cárcel, que es a donde debieran estar si se aplicara correctamente la ley, sino a “clínicas” para ser sometidos a tratamiento.

Los miembros de la actual generación quizá tengan una idea muy vaga de lo que fueron y cómo funcionaban los gulags soviéticos en la era de Stalin, cuyos horrores fueron revelados al mundo por Alexandr Solzhenitsyn, en su libro El archipiélago gulag. Allí cuenta los horrores de estos campos de concentración donde, se decía, “reeducaban” a los acusados de actividades antisoviéticas o de desviaciones ideológicas, pero en realidad se practicaba un sistema de esclavitud en condiciones aterradoras.

Solzhenitsyn sabía de lo que hablaba. Estuvo preso en un gulag de 1945 a 1956. Sobrevivió de milagro. Tuvo mejor suerte que los 20 millones de “reeducados” muertos en esas “clínicas” de hambre y extenuación. Gracias a su libro, el mundo conoció en un relato en primera persona los crímenes cometidos por Stalin, posteriormente documentados en el vigésimo Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética en 1956.

La época del terror estalinista se puso de manifiesto en ese congreso, cuando Nikita Kruschev, futuro dirigente de la URSS, enumeraba los crímenes de Stalin. Molesto, otro diputado le disparó a voz en cuello la pregunta: “¿Y dónde estaba usted, camarada, mientras José Stalin cometía esos crímenes?”. A lo que Nikita respondió: “Entonces estaba sentado al lado suyo e igual que usted orinándome de miedo, porque las ‘purgas’ se hacían a capricho de Stalin y en cualquier momento uno podía ser condenado”.

El combate a la corrupción, la cual se propaga como epidemia, pero no es contagiosa ni es enfermedad, debe hacerse con las armas que los códigos ponen en manos de las autoridades, no con terapias que despiden un peligroso tufo a proto fascismo. Los corruptos, apuntaba antes, deben ser juzgados como criminales y pagar con prisión los delitos cometidos contra el país.

Sin embargo, el pronunciamiento encuadra bien en el discurso de Andrés Manuel, empeñado en imaginar inocentes víctimas de las circunstancias y ahora las enfermedades. Así, los narcotraficantes lo son por la pobreza en que les sumió el neoliberalismo, y ahora los corruptos son seres que actúan a causa de un virus o una deformación de carácter provocada por el entorno social.

¿Y si la enfermedad llegara atacar a quienes no están de acuerdo con la Cuarta Transformación? ¿No estar con AMLO puede ser algo así como una gripe?
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