×
Macario Schettino
Macario Schettino
ver +
Doctor en Administración, candidato a doctor en Historia. Es profesor en la división de Humanidades y Ciencias Sociales del Tecnológico de Monterrey. Ha publicado 15 libros, el más reciente: "Cien años de Confusión. México en el siglo XX", con Taurus. Su columna consiste en análisis sencillos de fenómenos económicos y financieros.

" Comentar Imprimir
05 Noviembre 2009 04:54:45
De la reforma fiscal
El martes le proponíamos aquí algunas ideas acerca de la reforma fiscal que deberíamos discutir de inmediato

Ese mismo día, varios personajes políticos hicieron un llamado en la misma dirección, al grado que las ocho columnas de EL UNIVERSAL de ayer fue “Llaman a debatir, ya, reforma fiscal”. Vale la pena entonces continuar algunas ideas al respecto.

La reforma fiscal puede hacerse con muy diferentes niveles. Podemos simplemente resolver la dependencia que hemos tenido del petróleo, sin modificar mucho el nivel de gasto del gobierno; podemos incrementar ese gasto para tener recursos para cosas que no hemos hecho, pero que pueden ser importantes; o podemos, de plano, modificar a fondo lo que hacemos en México, y con base en ello calcular cuánto vamos a necesitar y de ahí establecer el nivel y tipo de impuestos a cobrar. El orden de estos niveles es precisamente su dificultad.

Hay muchas personas que siguen diciendo que el gobierno debería gastar menos, pero ya hemos comentado en varias ocasiones que eso no tiene sentido. No cabe duda que hay que eliminar todos los gastos abusivos, pero no olvide que todos ellos existen porque hay grupos que, en un momento u otro, lograron convencer al poder de que debería gastar en ellos. Ahí están también los partidos políticos, que insisten en que deben ser financiados por el erario, para evitar que la plutocracia gobierne en México (¿?) y para evitar infiltración del crimen. Si estos dos riesgos no existen, entonces no vale la pena gastar en ellos. Si existen, habría que ver cuánto dinero es razonable para los gastos de los partidos. Igual que en este caso, sígase con las centrales campesinas, con los sindicatos, con los programas de apoyo y fomento a empresas, con los subsidios a universidades, y todo lo demás.

En cualquier caso, nuestra primera decisión es si queremos seguir gastando más o menos lo mismo de siempre. Como referencia, le digo que no hay ningún país civilizado que gaste menos de 30% del PIB (nosotros gastamos 23%). Puede ser que seamos el país con mejor administración del mundo, y por eso nos basta con menos dinero, pero la verdad no lo creo. En consecuencia, es necesario que incrementemos el gasto al menos hasta ese 30% del PIB. No sólo por esta referencia que le he dado, sino porque necesitamos mantener y elevar el gasto en varios renglones. Gastamos, por ejemplo, 6% del PIB en educación, pero casi nada en Ciencia y Tecnología; gastamos cosa de 5% del PIB en salud, pero será necesario incrementar este gasto para las necesidades de una población más vieja y menos saludable, como será la que tendremos pronto. Y necesitamos gastar mucho más en seguridad, tanto nacional como pública, en impartición de justicia, en servicios públicos y en infraestructura. No olvide que además tenemos una muy fuerte presión de las pensiones. Por eso tenemos que apuntar 30% del PIB en gasto público en un periodo razonable.

Ahora que si queremos hacer cambios de fondo, le recuerdo la propuesta de Santiago Levy, que ya una vez analizamos en este espacio, que consiste en construir un sistema único de salud fusionando al IMSS, ISSSTE y otras instituciones de salud y seguridad social con el Seguro Popular, de forma que se separe el empleo de estos servicios. Al hacerlo, nos quitamos de encima el problema de la informalidad, y evitamos la competencia absurda entre estos dos sistemas, uno pagado por los trabajadores formales, y el otro financiado por todos. A esta propuesta, esta columna le sumaba la idea del ingreso básico garantizado. Todos los mexicanos, por el simple hecho de serlo, a partir de los 18 años recibirían 500 pesos mensuales.

El seguro popular ampliado más el ingreso básico haría redundante el seguro de desempleo. Todas estas prestaciones tendrían que financiarse con el pago de impuestos, pero liberaríamos al mercado laboral de muchas rigideces que hoy lo hacen muy complicado.

Aunque parezca algo difícil de hacer, no lo es tanto si uno quiere realmente modernizar al país. De golpe, todos los trabajadores formales tendrían un aumento salarial de cosa de 25%, porque eso es lo que están pagando al IMSS y ya no tendrían que pagarlo.

A cambio, tendrían una elevación de impuestos, con lo cual financiarían el seguro popular. Al final, todos los trabajadores formales acabarían ganando, porque hoy pagan el IMSS y además el seguro popular de los informales. Estos últimos, en cambio, no pagan nada. Con el sistema de salud unificado, todos pagarían. Parte de las rentas que los informales extraen de los formales habrían desaparecido.

En cuanto a los impuestos, ya los comentábamos el martes: basta con cobrar bien predial y agua en los municipios para obtener 2% del PIB que esos mismos municipios podrían gastar en servicios de calidad. Y el financiamiento general del gobierno puede cubrirse con un impuesto al consumo y otro al ingreso, como decíamos entonces.

En el fondo, eso no es un problema. Lo que detiene una reforma fiscal es precisamente la definición de qué queremos corregir, y esto depende de las visiones que se tienen sobre el país. Y, como hemos dicho en muchas ocasiones, hay dos diferentes, incompatibles, que hoy ocupan grandes espacios de la política.

Una visión es la tradicional del México del siglo XX, que genéricamente hemos llamado “nacionalismo revolucionario”, que campea en el PRD y en el PRI de la Cámara de Diputados. La otra es una visión liberal (no neoliberal, como acostumbran descalificarla) que es más popular en el PRI de la Cámara de Senadores y en parte del PAN. Hay otras perspectivas, sin duda, pero mucho menos importantes en términos numéricos y de poder político. Una visión tradicionalista-conservadora en parte del PAN, e ideas radicales en algunos políticos de muchos partidos.

Pero la definición de lo que haremos en México se sigue dirimiendo entre los vestigios de las creencias revolucionarias y el desdibujado liberalismo. Así ha sido desde hace buen rato, y así será en los próximos años.
Imprimir
COMENTARIOS



0 1 2 3 4 5