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Javier Villarreal Lozano
Javier Villarreal Lozano
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04 Noviembre 2018 04:00:00
¿De qué te ríes, Catrina?
Cuando hace 115 años José Guadalupe Posada sacó la primera viruta de la placa de metal teniendo en mente lo que debiera ser una calavera fifí falsa (López Obrador dixit), nunca imaginó la trascendencia de su creación. Listo el grabado, ilustró la hoja volante impresa por don Antonio Vanegas Arroyo titulada Remate de Calaveras Alegres y Sandungueras. Lo que Hoy Son Empolvadas Garbanceras, Pararán en Deformes Calaveras.

La Calavera Garbancera original, muchos años después rebautizada como Catrina por Diego Rivera en su mural Un Domingo en la Alameda, luce enorme sombrero adornado con plumas de avestruz y flores. Grabado y texto de la hoja volante son una burla a las mujeres que hace más de un siglo intentaban parecer fifís, siendo, como eran, parte de las clases bajas. “Hay hermosas garbanceras, / de corsé y alto tacón; / pero han de ser calaveras, / calaveras del montón”. Versión jocosa muy acentuadamente mexicana de la terrible frase latina que nos recuerda que del polvo venimos, y polvo volveremos a ser. (Memento, homo, quia pulvis es, et in pulverem reverteris).

Lo de garbanceras era un recordatorio de que las emperifolladas damas objeto de las burlas, lejos de pertenecer a la aristocracia eran, en realidad, vendedoras de garbanzo en los mercados populares.

Aunque Posada solamente grabó la cabeza de su calavera, Diego la recreó de cuerpo entero: vestido hasta el tobillo y una boa de plumas que es, en realidad, una serpiente de cascabel. El éxito de la Catrina –ya nadie le llama Garbancera– acabó por convertirse en manía colectiva. Por estos días, multitud de hombres y mujeres se visten y maquillan emulándola, en una suerte de carnaval macabro. El 31 del pasado mes, día del disminuido Halloween, centenares de catrinas y catrines desfilaron por las calles de Saltillo ante el aplauso del numeroso público que se congregó para disfrutar del desfile.

Es este un fenómeno digno de movernos a reflexionar. Difícilmente podemos asociarlo a la tradición del Día de Muertos, la cual posee un profundo sentido religioso, especialmente en el centro y el sur del país, como en Janitzio, donde velan toda la noche, en el sentido literal de la palabra, ante la tumba de sus difuntos. En cambio, disfrazarse de catrín o de catrina está más cerca del show, de la diversión, que del recordar a quienes ya se han ido.

Ataviarse estrafalariamente y pintarse la cara parecería ser la expresión del deseo de ser otro por unas horas: una máscara más de las que habla Octavio Paz en El Laberinto de la Soledad. Con algo de maquillaje resulta posible romper la aburrida y a veces asfixiante cotidianeidad y, en cierta manera, disfrutar, así sea por unas horas, del irresponsable anonimato. Si somos fingidas calaveras, estaremos a salvo del ridículo, del qué dirán, de las convenciones sociales.

¿Podemos hablar de un anticarnaval? El carnaval, como es sabido, es la exaltación de la carne, del estallido de los sentidos físicos en el umbral de la sombría cuaresma. La Catrina representa, digámoslo así, la sonrisa de desafío a la certeza de la muerte. No se burla de la muerte, se burla de nosotros, de nuestros afanes y de nuestras vanidades, sabiendo, como dice el anónimo autor de los versos de la Garbancera, que tarde o temprano seremos como ella.

(¡Miren lo que acaba uno escribiendo por eludir el tan manoseado tema del aeropuerto de Texcoco y las decisiones del futuro presidente!).
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