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Germán Martínez Cázares
Germán Martínez Cázares
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02 Septiembre 2013 03:00:02
Democraticidas
Son los mismos. Hoy reclaman la reforma educativa, mañana reclamarán la energética. Hoy marchan en repudio al presidente de México, mañana aclamarán al “suyo” en el Zócalo capitalino. Hoy “privatizan” con soflamas las calles del Distrito Federal, mañana protestarán por la “privatización” de Pemex. Son los mismos, los que ayer perdieron las elecciones federales y hoy quieren ganar las votaciones en el Congreso. Son los mismos, los del sábado pasado con Cuauhtémoc Cárdenas y los del próximo domingo con López Obrador. Son los mismos y digámoslo claro: representan la deslealtad a las instituciones democráticas del país.

¿Tienen derecho a vencer?, como preguntó, de alguno de sus movimientos políticos, el mismísimo Vladímir Ilich Uliánov Lenin. Derrotados no están. Fueron capaces de mover la sede y los planes del Poder Legislativo y arrinconar en Los Pinos al Poder Ejecutivo para emitir su Primer Informe de Gobierno. Esos maestros y sus acompañantes no tienen derecho a ganar este duelo. Deben ser sometidos porque no son una mera provocación al gobierno de Peña, sino un desafío a todo el sistema político democrático. No buscan detener unas reformas modernizadoras, sino subvertir el orden constitucional vigente.

Triste espectáculo el de Cuauhtémoc Cárdenas convertido en Judas del procedimiento de acceso y ejercicio del poder que él mismo contribuyó a edificar desde 1988, junto a Manuel Clouthier. ¿Exageración? ¿Condenó a la horda democraticida asaltante del parlamento? ¿Por qué no somete su reclamo a la deliberación del Congreso? ¿Su fe historicista está por encima de una resolución parlamentaria? El sábado pasado abrazó a los maestros disidentes en lugar de criticarlos, buscó aplausos fáciles como cualquier histrión populista, se “lopezobradorizó”.

El ataque de la izquierda es a la Constitución, ¿la prueba?, el permanente obstáculo a los métodos democráticos para reformarla. ¿Qué es eso de insurgencia magisterial? Sueñan una “sociedad cerrada” con instituciones dúctiles a sus caprichos, donde se omitan los resultados electorales de las urnas. ¿Para qué sirve la República representativa si llegan a dictar en la calle sus ordenanzas los “legítimos” maestros o los “dueños morales” del petróleo?

El intento de la izquierda de regresar al país a “los tiempos” de Lázaro Cárdenas debe frenarse con más “sociedad abierta”; y de la mano de Karl Popper denunciar a los “enemigos” de la libertad, adoradores de un “Estado petrificado” cuya misión sólo es impedir la transformación de las estructuras económicas heredadas de la Revolución mexicana.

“En una democracia, la plena protección de las minorías no debe extenderse a aquellos que violan la ley -dice Popper- y, especialmente, a aquellos que incitan a otros a derribar violentamente el régimen democrático” (La sociedad abierta y sus enemigos, p. 338). ¿No es derribar la democracia impedir que la voluntad nacional se exprese en las Cámaras?

La democracia suministra un inestimable campo de batalla para cualquier reforma -sigue Popper-, pero debe primar la preservación del sistema democrático. Es allí donde el PAN puede encontrar una oportunidad: reivindicar el respeto a ese modelo democrático; pero deberá entender de una vez por todas su tragedia en las alianzas con esa izquierda. Ambos bandos panistas cometieron el desatino de abrazarla. Los “calderonistas” presentaron iniciativas legislativas conjuntas sobre todo en el Senado, y los “maderistas” armaron coaliciones electorales en los estados. Vergüenza democrática.

¿Con tal de oponerse a Peña Nieto el PAN va a hacer triunfar a esos liosos traidores a la democracia, nostálgicos del cardenismo que urdió el fraude electoral contra Almazán (Castillo Peraza, dixit)?

El PAN debe salvar al gobierno de Enrique Peña del fiasco en el que solito se metió, por conducir al país con el retrovisor y querer en todo distanciarse de Felipe Calderón y acercarse a Lázaro Cárdenas. No se trataría de socorrer al PRI sino, como sugiere Karl Popper, de proteger a la democracia de sus verdugos.
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