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José Luis del Río y Santiago
José Luis del Río y Santiago
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Actualmente es rector de la iglesia San Pablo Apóstol, ubicada en Los Valdés y encargado de la Comisión de Nuevas parroquias en la Diócesis de Saltillo, y catedrático en el Seminario de Historia de la Iglesia y Teoría Odegética. Su trayectoria por tres décadas en el Ojo de Agua lo distinguen, y más aún el hecho de que sea el único sacerdote exorcista autorizado, estudios que cursó por cuenta propia, además de actualizaciones a través de cinco congresos internacionales.

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06 Septiembre 2010 03:00:06
Desarrollo y progreso
Junto con los lazos de la tierra y de la sangre están también los lazos que nos unen al tiempo y al espacio, lazos que están destinados a promover en nosotros los vínculos con el desarrollo y el progreso.

Muchos piensan que la “reforma de la vida” sólo es necesaria cuando ésta se encuentra anclada en formas muy primitivas. Esta manera de concebir las cosas sólo mira hacia atrás. Este tipo de personas no es consciente de la necesidad que tiene todo ser humano de “desarrollarse” y de “progresar”.

La Iglesia tiene clara conciencia de esta necesidad de desarrollo y progreso. El ser humano vive, actualmente, una época nueva de su historia caracterizada por “cambios rápidos y profundos” que se extienden progresivamente por todo el mundo. A esto le sigue una serie de cambios acelerados de la historia, de tal manera que es difícil que puedan ser seguidos por cada hombre. Todo esto produce un destino especial de la sociedad humana que se diversifica en una gran variedad de historias separadas de los pueblos. Como consecuencia, el género humano, pasa de un concepto estático del “orden de las cosas” a un concepto más dinámico y evolutivo. Una de las características de la cultura es el hecho de considerar las cosas bajo el aspecto de su “mutabilidad y evolución”. No es pues de admirarse de que tal desarrollo y progreso deba también darse en la religión como una de sus características principales.

La Iglesia no solamente constata el hecho del desarrollo y del progreso, y se interesa por él, sino que, inclusive, lo aprueba. La Iglesia reafirma su persuasión de que los hombres, desarrollando el mundo “prolongan la obra del Creador”, y que las victorias de la humanidad son signos de la grandeza de Dios y fruto de su inefable designio. Y que el “mensaje cristiano”, lejos de separar a los hombres de la tarea de edificar el mundo para su progreso, lo compromete a participar en su pleno desarrollo, lo compromete a todo esto con una obligación todavía más fuerte que la ordinaria. En el mismo hecho de transformar las cosas y la sociedad, el hombre se desarrolla a sí mismo. La Iglesia puede, así, enriquecerse con el desarrollo y progreso de la vida social humana, porque la Iglesia precisamente en el contacto con este desarrollo y progreso se conoce más profundamente a sí misma, se expresa mejor y se adapta más felizmente a nuestros tiempos y, por razón de este lazo que une a la Iglesia con el mundo, (en su manera) comparte también la misma suerte.

El desarrollo más importante es el del pensamiento, la renovación de la mentalidad, la “conversión” de los corazones. El orden social, por lo tanto, debe desarrollarse y progresar siempre más y, al mismo tiempo, debe fundamentarse sobre la verdad, edificarse sobre la justicia, ser vivificado por el amor. Debe encontrar un equilibrio siempre más humano en la libertad. Para alcanzar tal objetivo de desarrollo y progreso se debe trabajar en la renovación de la mentalidad y en una basta transformación de la sociedad. El Espíritu de Dios que, con admirable providencia, dirige el curso de los tiempos y renueva la faz de la tierra, está presente en esta evolución. Dios es ciertamente eterno, inmutable en sí mismo, pero Él también es vida, suscita la vida y la hace progresar.

Un obstáculo que se presenta para la renovación de la mentalidad, es un defectuoso concepto de la palabra “tradición”. Esta palabra significa, por un lado, todo aquello que el hombre encuentra en su tiempo como producto del pasado, de su historia. Pero el hombre no es sólo aquello que el pasado ha dejado en él. Él tiene el deber de superar aquel trabajo del pasado y hacer frente a las cosas nuevas de la vida. El niño se desarrolla al ir adaptándose a la forma de ser de los adultos, tratando de identificarse con ellos, imitándolos, pero, al mismo tiempo, él crece también por medio de la “diferenciación” de su propia vida con la vida de todos los demás. Cada uno se realiza a sí mismo sólo si, por un lado es semejante a los demás, pero al mismo tiempo se diferencia de ellos. En el catolicismo el término “tradición” es usado también para expresar la “Tradición de la Revelación” entendida como “otra parte de la auténtica Revelación de Dios”. Ahora bien, esta Tradición Divina tiene, naturalmente, una particular Autoridad que las otras tradiciones no tienen. Pero el uso del mismo término para expresar cosas tan diversas, lleva consigo el peligro de que la particular Autoridad de la Tradición Revelada se haga equivaler (en la mentalidad de algunos católicos) a la tradición en el sentido histórico-humano. Esta tradición histórico-humana adquiere, así, un “aumento de autoridad” que no le pertenece. Con esto, esta tradición recibe un titulo “jurídico” que circunda todo el pasado con una aureola de legitimidad que no tiene. Da la impresión de que lo que ha sucedido en el pasado por el simple hecho de haber existido ya es correcto y decisivo. Da la impresión de que, para algunos, “la fuerza normativa” de lo que sucedió en el pasado, la consideraran demasiado grande.
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