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Javier Villarreal Lozano
Javier Villarreal Lozano
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07 Junio 2020 04:00:00
Descontento contagioso
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La amenazante presencia del coronavirus y el obligado aislamiento de la cuarentena han provocado una peligrosa atmósfera de crispación prácticamente en todo el mundo. Así se explican los brotes de violencia ocurridos en Estados Unidos después del asesinato del afroamericano George Floyd, asfixiado por un policía, y los habidos en México en las últimas semanas, cuya manifestación más grave fue el ataque del jueves anterior al Palacio de Gobierno de Guadalajara.

En ambos países la chispa que desató el incendio de la ira popular fue la brutalidad policiaca. En el vecino del norte a la bestialidad de las llamadas fuerzas del orden se agregó un ingrediente siempre explosivo: el racismo. Estados Unidos ha sido escenario desde hace décadas de violencia callejera por esta misma causa. Todavía se recuerdan los disturbios en el barrio de Watts, de Los Ángeles, California, desatados por un altercado de un grupo de vecinos con la policía que intentaba detener a un afroamericano que conducía una motocicleta.

Como en aquella ocasión, el vandalismo desatado en Los Ángeles, que incluyó incendios de inmuebles y de automóviles, puso en máxima alerta al Gobierno. En Washington, ante el temor de no poder contener a los manifestantes, la Casa Blanca quedó a oscuras y el presidente Donald Trump hubo de ser trasladado a un refugio subterráneo para protegerlo.

Ahora llama la atención que la muerte de George Floyd encontrara eco en numerosos países, en los que la gente salió a las calles a protestar contra el racismo. En Francia, los descontentos revivieron un caso similar al de Floyd, el de Adama Traoré, un afrodescendiente que murió en 2016 después de ser detenido por la policía. A los parisinos no les importó la orden de confinamiento del Gobierno a causa del coronavirus y se reunieron más de 20 mil que acabaron enfrentados con las fuerzas del orden.

Si bien en todos los casos brevemente reseñados los actos violentos fueron cometidos por policías, en el fondo se percibe un descontento generalizado con los respectivos gobiernos. Analistas estadunidenses consideran que una de las consecuencias de los disturbios será el desplome de la candidatura de Trump en las elecciones de noviembre.

Y no hay que olvidar que el asesinato de Floyd ocurrió, no en Washington, sino en Minneapolis y que los presuntos culpables del homicidio son policías municipales, con los que Trump no tiene ninguna relación. Algo similar sucede con el ataque al Palacio de Gobierno de Guadalajara, donde la turba prendió fuego a un policía. El motivo de la protesta fue Giovanni López, muerto después de ser detenido en el municipio de Ixtlahuacán de los Membrillos el 4 de mayo, también muy lejos de la sede de los poderes estatales.

Esto hace pensar que si los causantes de la ira popular son, en ambos casos, policías municipales, las manifestaciones están dirigidas a los jefes de Gobierno y con el afán, por supuesto, de atraer la atención de los medios.

¿Irritación por la deficiente forma de enfrentar la pandemia de parte de las autoridades? Quizá. Lo cierto es que el descontento –si ese es el motivo– resulta tan contagioso como el COVID-19, y es de temerse que se repita en distintas partes del país. ¡Cuidado! Más ahora que en México crece la desconfianza hacia las autoridades federales por la inconsistencia de las cifras que ofrece el cada vez más cuestionado vocero oficial y la incapacidad para “domar” la pandemia, como dice el Presidente.
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