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José Luis del Río y Santiago
José Luis del Río y Santiago
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Actualmente es rector de la iglesia San Pablo Apóstol, ubicada en Los Valdés y encargado de la Comisión de Nuevas parroquias en la Diócesis de Saltillo, y catedrático en el Seminario de Historia de la Iglesia y Teoría Odegética. Su trayectoria por tres décadas en el Ojo de Agua lo distinguen, y más aún el hecho de que sea el único sacerdote exorcista autorizado, estudios que cursó por cuenta propia, además de actualizaciones a través de cinco congresos internacionales.

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05 Septiembre 2011 03:00:32
Descubrir a Cristo entre los no cristianos
El mandato misionero que Cristo dio a su Iglesia comprende la tarea de dirigirse, no solamente a cada hombre en particular, sino a todos “reunidos en un solo pueblo”.

En cuanto a este designio universal de Dios, se entiende que debe actuarse no sólo de manera, por así decirlo, “secreta” en la mente de cada hombre o mediante aquellas “iniciativas” que, aunque no sean todas religiosas, acerquen a la gente a Dios, gente que, a veces sin saberlo, lo anda buscando aunque sea, “como a tientas”, por más de que Él no está lejos de ella. (Hechos 17, 27).

Estas “iniciativas” deben ser “iluminadas y enriquecidas” para que, “por benigna disposición de la Divina Providencia”, puedan ser, de alguna manera, un camino pedagógico válido, que los conduzca al encuentro del Dios Verdadero o a una preparación para comprender mejor el mensaje del Evangelio.

San Ireneo lo expresa así: “El Verbo, que está siempre ante Dios, por medio del cual todo ha sido creado y que siempre está `cerca´ del género humano…”. Con esta expresión, se comprende que la voluntad salvífica de Dios actúa de manera, por así decirlo, “secreta” en el centro personal de cada individuo, aún fuera del cristianismo y antes de la Encarnación de Cristo, con lo cual se confirma que, aun fuera del cristianismo y antes de la Encarnación, los hombres, (tal vez sin saberlo), andan buscando a Dios. La Iglesia comprende, con esto, de que Cristo, según el texto de san Ireneo, “está cerca del género humano” ya desde antes de la Encarnación y de que Cristo “revela al Padre”, y que lo revela “desde el principio”, que lo revela “a todos” inclusive a los no cristianos.

Desde el principio, el Hijo eterno de Dios, que está presente en todo lo creado, revela a todos al Padre, a quienes Él quiere, cuando quiere y como quiere. Esta revelación del Padre, fuera del cristianismo, es, naturalmente, el misterioso comienzo de la realización de la voluntad salvífica universal de Dios. Pero Dios, con el fin de establecer la paz, (esto es, restablecer la comunión con Él), y de realizar entre los hombres, (que son pecadores), la unión fraterna, decidió entrar, de manera nueva y definitiva en la Historia humana, enviando a su Hijo en nuestra carne, para sustraer del poder de las tinieblas y de Satanás, desde su propio medio, a los hombres y reconciliar Consigo Mismo al mundo entero. (2 Cor. 5, 19). De esta manera, Dios, que había creado todas las cosas, las rescató por medio de su Hijo. (Ef. 1, 10).

En la actualidad, se comprende que Cristo actúa en el Universo, ya desde el principio, aunque todavía no se manifestara de manera personal, sino más bien, como una “fuerza impersonal”. Pero ya actuando, desde el principio, y precisamente en la misma dirección como actuó en la Encarnación, como una fuerza que “unifica” todas las cosas, que integra a todo el Universo en Sí Mismo, en el punto central de la Historia y del mundo.

La Iglesia nos presenta a un Cristo que, aun fuera del cristianismo, “está cerca de todo el género humano”, que, aún fuera del cristianismo, revela al Padre. Lo presenta como el sembrador que, aún fuera del cristianismo, riega la semilla que llega a germinar, inclusive, en otras tradiciones populares y religiosas. El misionero tratará, naturalmente, con alegría y respeto, de descubrir a este Cristo oculto entre los no cristianos. Los misioneros, para que puedan dar un testimonio útil, deben estrechar las relaciones de estima y de amor con estos hombres, y manifestarse como miembros de aquel grupo humano, en el cual vivan, y a tomar parte, a través del complejo de las relaciones y de los asuntos de la existencia humana, de la vida cultural y social.

Deben familiarizarse con sus tradiciones nacionales y religiosas, deben descubrir, con alegría y respeto, aquellas “Semillas del Verbo”, que se encuentran ocultas entre ellos.
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