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Fernando de las Fuentes
Fernando de las Fuentes
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30 Marzo 2019 04:00:00
Dígale no a los edulcorantes
La vida se vive de adentro hacia afuera. Exactamente al revés de como lo hemos venido haciendo. Esto quiere decir que en lugar de buscar algo o alguien que nos ame, valore, respete, apoye y dé seguridad, lo único que realmente funciona es que lo hagamos nosotros mismos por nosotros mismos.

Le sonará redundante este último renglón, pero no, es exactamente lo que hay que hacer, porque básicamente la gente está buscando de nosotros todo eso, pero no podemos dar lo que no tenemos. Si ellos no lo tienen, igual que nosotros, tampoco podrán dárnoslo.

No obstante, establecemos una promesa de intercambio, con los amigos, las parejas, las personas de nuestro trabajo y hasta los padres y los hijos. Ponemos todas nuestras expectativas en lo que queremos recibir, no solo de ellos, sino de la vida misma, y quienes se relacionan con nosotros hacen lo mismo. Evidentemente, les fallaremos y nos fallarán.

Ahora, si esta “rutina” fuera tan sencilla, ya nos habríamos dado cuenta de lo inútil que es exigirle a la vida y a los demás que nos den lo que nos falta. ¡Ah no! Hay que complicarlo, como solemos hacer con todo. Lo cual, por otra parte, es normal e incluso deseable hasta cierto límite, pues aprender a desentrañar estos enredos, para simplificar las cosas, es uno de los misterios y grandes secretos de la vida. Es el hilo conductor hacia el crecimiento y, evidentemente, hacia la felicidad.

Lo que hacemos, pues, para no darnos cuenta de que no nos damos cuenta, es creer que tenemos aquello de lo que carecemos. Así de absurdo. Y que lo que realmente estamos pretendiendo de otro es reciprocidad. Damos por hecho, entonces, que ese otro también lo tiene, pero no nos lo quiere dar.

Para demostrarlo, recurrimos a edulcorantes emocionales y conductuales socialmente estimulados. Es decir, a malas imitaciones de todo aquello que queremos que nos den, para hacer creer que lo damos, y que por tanto tenemos derecho de exigirlo de regreso. Ejemplos: celamos, poseemos y controlamos para asegurar que amamos; “echamos porras” para que se entienda que valoramos y apoyamos; decimos “no llores, no vale la pena”, “déjalo, no es tan importante”, para que se crea que calmamos y consolamos; proveemos materialmente afirmando que de ello proviene la seguridad, etc.

Sin embargo, cuando los demás nos dan exactamente eso mismo, no es suficiente para nosotros, fundamentalmente porque no es los que buscamos, sino un grotesco edulcorante.

Ahora bien, todo este enredo con el que nos relacionamos los seres humanos no es más que un punto de vista de la vida. Una forma de educarnos unos a otros. Un rasgo cultural. Así de simple. Creemos estar atrapados en una realidad, cuando solo estamos entrampados por las ideas.

Otra cosa sería de la humanidad si desde pequeños nos hubieran enseñado que dentro de cada uno nace la felicidad si elegimos poner énfasis en lo positivo en lugar de lo negativo, ver la belleza que hay en todo en lugar de los escasos puntos de fealdad; que dar satisface más que recibir y que la seguridad, el respeto, el amor, la valoración y la tranquilidad son hábitos, no sentimientos.

Confiar en alguien es un hábito, tanto como celarlo; escucharlo poniéndose en su lugar es un hábito tanto como no hacerlo y recetarle unas cuántas fórmulas calmantes; permitirle a alguien ser quien es, pensar y sentir lo que piensa y siente es un hábito tanto como estarle diciendo lo que tiene que ser, pensar y sentir. Y
continúe la lista.

La diferencia es que los hábitos que nos hacen felices requieren que seamos valientes y tenaces, que pongamos la conciencia en on, y los que nos hacen infelices dependen únicamente de que respiremos, con la conciencia en off.

¿Y usted, vive en on o en off?
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