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Fernando de las Fuentes
Fernando de las Fuentes
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18 Abril 2020 04:02:00
Dios los hace…
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Comencemos por el concepto: dice el Diccionario de la Lengua Española que vulnerable es aquel que puede ser herido física o moralmente. Esta palabra la hemos aplicado a la actitud de mostrarnos tal cual somos ante otros, porque creemos que vamos a ser lastimados.

En primera instancia, porque casi todos, si no es que todos, ya lo fuimos en nuestra infancia, directa o indirectamente, por poseer características, rasgos o sentimientos censurados por los adultos.

Pero no existen los seres humanos invulnerables. Solo aquellos que no se gustan a sí mismos y por eso no se dejan conocer. Quien no se deja conocer no se deja amar. Así de simple.

Con todo lo aterrador que pueda parecer quedar expuestos ante otros, es lo único que nos permite amar y ser amados, tocar a otro con el alma y ser tocados de igual manera. Esto se conoce como conexión.

Estamos en esta tierra para conectarnos profundamente, no solo con nuestros iguales, sino con el planeta en toda su diversidad. Ese es el verdadero sentido de la existencia.

La invulnerabilidad, que en realidad es pura insensibilidad, nos deja fuera de la vida, nos incapacita para reconocer lo que sentimos y para conectarnos con los demás. Los seres humanos con mucho miedo y dolor están interiormente yermos. Tenga esto en mente cuando sepa que alguien se ha suicidado, sin importar su edad. Es evidentemente alguien que se sentía profundamente aislado, sin posibilidad de ser ayudado por otro desde el alma.

Mire pues la importancia y el poder de la “vulnerabilidad”, que en realidad no es tal. A la capacidad de ser sensibles ante otros, de mostrarnos tal cual somos y aceptarlos de la misma manera, que es lo único valioso en la vida, le hemos dado un nombre inaceptable, que convertimos en vaticinio justo por lo que significa en nuestras mentes: serás herido.

Esta conciencia de la importancia que tienen los demás para nuestra propia vida y felicidad es lo que ha incrementado y, en muchos otros casos, despertado esta pandemia del coronavirus.

Desafortunadamente hay todavía gente a la que los demás siguen sin importarle y otra que, para no aceptar esto, prefiere las teorías “conspiranoicas” que niegan la existencia del virus.

Así pues, esta conciencia es uno de los cambios trascendentales que trajo esta pandemia al mundo y, aunque no será radical, marca el fin de la era en la que la invulnerabilidad era una aspiración como cualidad.

Escondernos unos de otros, competir, desconfiar, ofendernos, descalificarnos, ignorarnos, criticarnos y, evidentemente, hacernos daño, son conductas muy comunes es nuestro mundo que están ya de salida, aunque sigan predominando. Esta sacudida planetaria que nos dio el coronavirus ha hecho que cada vez más personas entiendan la gran dependencia que existe entre nosotros, los seres humanos, y que lo que pasa en China puede ser perjudicial no solo para México, sino para el mundo entero.

Cada vez más, la gente exige a otros que respeten para ser respetados y cambia sus paradigmas del éxito: ahora triunfa quien colabora. La colaboración es el mejor rasero de la humanidad: nos iguala en valor y méritos, por tanto, nos permite apreciarnos y aceptarnos mutuamente, con confianza y tal cual somos. Establece lazos poderosos de afecto.

No importa nuestra personalidad, mientras a la hora de colaborar lo hagamos humildemente. A la humildad es el llamado que nos hace la pandemia.

Quien se cree invulnerable es en realidad un inadaptado. Aunque “pertenezca” a un grupo no permite que otros lo conozcan lo suficiente como para establecer vínculos afectivos o de confianza. Y aunque no lo crea hay grupos que solo tienen integrantes de este tipo. “Dios los hace y ellos se juntan”.

Pero, como dijera la filósofa, activista, política y mística francesa, Simone Weil: La vulnerabilidad es una marca de existencia.



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